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Por Rubén Darío Buitrón*

Mientras fuma como si el humo que aspira y exhala le trajera paz a su espíritu y a sus palabras, cuenta que unos 25 especialistas (“facultativos, como diría Moliere”, ironiza) lo han examinado.

Todos, desde médicos generales hasta psicólogos y psiquiatras, le han dicho lo mismo: sus enfermedades como la psoriasis (muerte de la piel) y la diabetes -que padece desde hace cuatro años- son resultado del estrés que nunca superó desde que, cuando tenía seis años, vivió el violento terremoto que en 1949 destruyó Baños (su tierra natal), Pelileo y Ambato, la capital tungurahuense.

Poco antes de que nos reuniéramos en su estudio -una habitación rectangular colmada de libros, cuadros de pintores famosos, retratos de la fiesta que le organizaron los hijos por los 50 años de matrimonio, antigüedades, artesanías, cristos y vírgenes de Caspicara, retablos- esperamos unos minutos afuera, en la esquina de las calles Valladolid y Lugo, en el tradicional barrio quiteño de La Floresta.

En el muro que da a la Valladolid leo un rótulo que, en letras grandes escritas sobre una cartulina amarilla, dice “Fanesca, entrega a domicilio”, y dos números de teléfono celular.

Sobre la puerta de hierro, dibujado por manos de artista, dice “El ajicero”.

Luego me enteraré que es un restaurante creado por una de las nietas y que ocupa parte de la planta baja en la amplia casa de dos pisos donde habita uno de los más grandes poetas contemporáneos del Ecuador: Julio Pazos Barrera Baños, 1944).

Allí viven el escritor, de 74 años, su esposa Laura (exmaestra de colegio) y su nieto Joshua. La vivienda es una suerte de museo espontáneo.

El patio de la entrada está decorado por seis piedras para moler morocho y un pequeño jardín con distintas flores.

Las escaleras que llevan al segundo piso están adornadas por antiguas máquinas de coser “Domestic”, bandejas de bronce, planchas a carbón, retratos del poeta…

Laura, con sus ojos verdes claros, nos pide esperarlo unos minutos. Él está en la cocina preparando la fanesca que al mediodía disfrutará la familia: sus tres hijos, Alexis (49), Yavirac (48) y Santiago (40), sus seis nietos y una biznieta.

Pazos está jubilado hace cinco años, cuando dejó las aulas de la Universidad Católica, donde fue catedrático de la facultad de Pedagogía y Literatura por 34 años.

Pero el retiro no le he traído descanso.

Al contrario, hoy vive una época intensa: creó la Asociación de Docentes Jubilados de la Universidad Católica.

Preside el Grupo América, formado por intelectuales y escritores.

Es “censor” (término que no le gusta) de la Academia de la Lengua, cargo que ocupó durante muchos años el hoy fallecido escritor Hernán Rodríguez Castelo. Dicta cursos abiertos de arte quiteño en el museo Jacinto Jijón y Caamaño.

Y sigue leyendo mucho. Y escribiendo mucho.

Es un personaje muy gestual, de sonrisa fácil y larga y fecunda conversación.

Podríamos hablar horas y hasta días o semanas sin descansar, pues su existencia es una historia maravillosa y sorprendente que él agradece mucho: “Me ha ido bien en la vida, pero todo tiene su precio”.

Es un hombre de un metro con 67 centímetros de estatura, contextura gruesa, aunque no gordo pero sí con una barriga algo prominente.

Su cabello abundante, peinado hacia atrás y hacia arriba, es tan blanco que brilla cuando un rayo de sol se cuela por alguna ventana del estudio.

Recuerda con cariño a su amiga Gladys Jaramillo, quien junto a Laura fueron las promotoras de uno de los hitos en su trayectoria literaria: ellas enviaron a Cuba el libro “Levantamiento del país con textos libres”, que en 1982 ganó el entonces prestigioso premio Casa de las Américas e hizo que el Ecuador empezara a enamorarse del poeta.

No ha militado en ningún partido político, porque le parece que un escritor no necesita ese tipo de filiación para tomar conciencia de que su oficio no le da derecho a ser indolente frente a la miseria, frente al dolor, frente a la injusticia, frente a la necesidad de sumarse a los procesos de transformación del país en beneficio de los humildes.

Es católico y se declara convencido de que es falso que un escritor no debe tener una religión.

“Pero una religión comprometida con los pobres, como lo hizo monseñor Leonidas Proaño, como lo establece la Doctrina Social de la Iglesia”.

Hay que separar las cosas, sin embargo, “porque un poema no puede ser un panfleto”, aunque hable del hombre común, del paisaje, de las raíces, de las vicisitudes humanas.

Entre sus lecturas de siempre, las más profundas y que más lo conmueven, están las obras del peruano César Vallejo y el español Antonio Machado. En poesía clásica son sus referentes San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo.

Cuando está por terminar su tercer cigarrillo reflexiona, como mirándose a un espejo invisible:

“No confundo la vida real con el texto porque las emociones no determinan el lenguaje, cuyo uso es el principal conflicto en el trabajo del escritor. Tampoco hago poesía de sonetos ni escribo bajo las reglas ortodoxas. Solo sigo ritmos y pausas porque es lo que siento, aunque parezca –como decía Umberto Eco- un autor empírico”.

En 2010, Pazos recibió del expresidente Rafael Correa el premio nacional de cultura “Eugenio Espejo”.

Ese premio le recuerda sus lazos indirectos con el poder, por ejemplo cuando rememora que uno de sus primeros trabajos fue el de corrector de actas del Senado y, luego, compilador y editor de las obras de la poeta, compositora y escritora Corina Parral, esposa del cinco veces presidente José María Velasco Ibarra.

Estudió en Colombia y España, donde obtuvo el doctorado en Literatura. Ha visitado y vivido en decenas de países. Pero siempre con miedo a la velocidad de aviones, trenes y autos.

Teme los estruendos y sacudones de motores y máquinas, quizás porque parecen réplicas del terremoto que nunca olvida.

Pero esta condición humana tan frágil, es, justamente, lo que le convirtió en un ser sensible que en su juventud no podría haber sido otra cosa que decidir que el resto de su vida sería poeta.

El poeta explora los múltiples sentidos corporales

“El alma es una venada perdida en el bosque del cuerpo”, escribe Julio Pazos Barrera.

Dotado de una enorme capacidad para crear imágenes, sonidos y ritmos, Pazos estrena su duodécimo libro y ratifica con él las infinitas posibilidades de la creación literaria cuando se la hace con pasión por la exactitud de las ideas y de las palabras.

“El libro del cuerpo”, bajo el sello editorial Eskeletra, contiene 34 poemas y  confirma, según el prologuista Luis Carlos Mussó, que Pazos “es una de las voces con mayor raigambre en el país”.

Enamorado de su tierra, de sus montañas, de sus aguas, de sus olores, de sus paisajes, de sus mujeres, de su geografía y de su historia, el poeta muestra su elaborado oficio en textos que, como toda buena poesía, no se reducen al efectismo o al relámpago estético sino que provocan danzar alrededor de propuestas que inducen a la reflexión, la filosofía, el deseo, el gozo, el sufrimiento, la libertad:

“… El hombre es de polvo indoblegable/ y no soporta ataduras./ Encadenado por sí mismo, pronto romperá la cadena/ el pedestal, su propio andamio,/ y arrojará los pedazos en las cumbres y el llano del cielo”. (Manía de redactar memorias).

Con ritmo lento, pausado, lúcido y sensual, pletórico de resonancias, ecos y multiplicaciones, Pazos construye sus textos como si cada línea y cada verso quisieran decir por sí mismos mucho más de lo que dice el conjunto (el cuerpo) del poema. “… Merodeo en la identidad/ como quien se mira desde lejos/ y cataloga el aire y el tránsito de sus leves alegrías”. (Aporte)

El sentido del cuerpo camina a lo largo del libro como un solo eje que, al mismo tiempo, son decenas de sentidos. En sus poemas no está solamente el cuerpo concebido desde lo erótico, que es apenas un fragmento de la realidad, sino desde todas las posibilidades expresivas y simbólicas que lo corporal es capaz de transmitir.

“Retorno al beso,/ a ese más blanco y dulce/ que la carne de la chirimoya;/ a ese que me acompaña/ con sus alas vibrantes,/ mojadas con la sangre/ que derraman los dioses/ en sus noches de fiesta./ El beso se repite/ y me camina/ en toda la extensión/ de la selva del cuerpo”. (Efusión)

Julio Pazos Barrera transita festivo y elocuente por los alrededores del alma materializada. La explora, la asume, la reinventa, la vuelve urgente, fugaz, intensa, pero, en simultáneo, la vuelve lenta y apacible, la vuelve lúcida, la vuelve reverente. La vuelve evocativa y nostálgica.

“… Ellos, mis dulces muertos, reclaman acciones que no fueron/ ni serán,/ ni con todo el dolor que me arrasa podrían ser./ (…)/ Acciones que muertas serán incómodos trastos/ en la mansión de mis incansables muertos”. (Represalias).

La escritura camina hasta los bordes del infinito de la palabra en busca de nuevos decires y sentires. Y esa actitud, temeraria y comprometida, hace de Julio Pazos un poeta incansablemente poeta.

“… El sentimiento de la composición es un felino indomable./ Sin batalla, sin logística./ Todo es arrastrar la presa en la inmensa página”.

Domingo, 1 de abril de 2018

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*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es director-fundador de los cronistas.net  Tiene diez libros publicados, ocho como autor y dos como coautor. Ha ganado dos premios nacionales de periodismo. Dirige el programa La otra mirada, por srradio, y es columnista de la revista digital Plan V.

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