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Un cuento en el que la autora aborda el tema de la sumisión femenina frente al machismo, a la indiferencia, a la irresponsabilidad de su pareja, un hombre que nunca supo ser hombre ni padre ni esposo.

Por Viviana Garcés-Vargas*

“Aunque pegue, aunque mate, marido es”. Ese dicho de origen indígena me ha taladrado siempre la cabeza. Ha perforado mi cerebro el sinnúmero de veces que se lo he escuchado a mi mamá, mientras papá tiraba los platos del desayuno al percatarse que su café no era pasado, entre tanto, mis hermanos pequeños y yo salíamos despavoridos a escondernos debajo de la cama. A mis tías, cuando sus maridos se presentaban borrachos a exigir sexo maloliente. A las vecinas, cuando el escándalo traspasaba las finas paredes y los chillidos despabilaban a todo el barrio. Crecí normalizándolo, crecí aceptando que era parte de la cotidianeidad.

Vivía en el barrio Sucre, allá en Las Balsas, donde en los inviernos las quebradas nos hacían evacuar y el agua con lodo nos llegaba hasta la cintura. Ese aluvión, buscaba electrocutar los pocos electrodomésticos que teníamos en la casita que mi mamá logró armar a punta de lavar y planchar ropa que no le pertenecía.

Mamita me enseñó a bajar la cabeza en señal de mansedumbre: “A un marido nunca se le contesta, Mayrita, al marido se le tiene la ropa planchada y la comida calientita antes que se despierte, mijita”. Mamá me explicó en múltiples ocasiones que a los hombres se los complace por su enorme sacrificio económico por la familia. Pero en la mía, mi papá solo aportaba con el trago para compartir con los peloteros del barrio. Mamá me adiestró que las relaciones de pareja funcionan cuando la sumisión femenina es sinónimo de mutismo y obediencia, siempre conformismo.

La resignación me llegó a corta edad. Tenía 13 años. Aún jugaba a colocarle la ropita a las muñecas de papel y conservaba el cerquillo de los últimos años de la niñez. A los 13 años, papá me vio compartir en la esquina de la casa un gemelo de limón con un compañero cinco años mayor que yo. Fraccionar una golosina con el género contrario era semejante a la condena de un contrato implícito, a un acuerdo de ser mujer y madre por imposición. ¿Y el amor? Eso se aprende o se carga como una cruz, decía mi mamá. Debí ser estrujada desde ese momento como en la pintura del «Rapto de las meninas» de Juan de Bolonia, donde mi virginidad fue arrebatada por un joven al que fui forzada a venerar para que él pueda usar mi cuerpo en pos de saciar sus necesidades biológicas, para que él pueda usar la fuerza cuando fuese necesario. Así es el orden de las cosas, a veces eso significa ser mujer.
Mi papá me lanzó a ese lobo disfrazado de adolescente. No permitió que dijese una sola palabra, vetó mis explicaciones. Sus bramidos retumbaron las ventanas y mi mamá, escondida en el cuarto principal, sin intervenir, no conocía del amparo hacia sus hijos; era su niña la mayor, la que aspiraba a ser la primera universitaria en la familia, la que no debía reincidir en la vieja historia de imposición de los Torres Sánchez.

Julio era ese muchacho que no tenía aspiraciones en la vida, solo le importaba ganar los torneos de Free Fire y dar vueltas en su moto por el Parque Central. Nunca quiso preocuparse por mí, menos por la niña que tuvimos en común. Julio se fue pudriendo y llevándome a rastras.

Fuimos a vivir a una covacha de caña que mi papá y él pararon de mala gana al lado de la vivienda de mi familia. Ese cuchitril donde el agua se filtraba en invierno y hacía mucho frío en el verano. En ese lugar en el que fui mamá, ama de casa y jamás una estudiante otra vez.

A los cuatro meses de un enlace de boca ya tenía más barriga que estatura, mostraba llagas y golpes en partes invisibles del cuerpo y ni media pizca de cariño hacia Julio.

Faltaban tantas cosas en casa que solo nos cobijaban una cama de fierro maltrecha y un colchón al que le faltaba relleno. Hablaba tan poco con él que las conversaciones se daban solo para satisfacerlo o renegar de su búsqueda infructuosa de trabajo.
Peleábamos a diario. Julio buscaba sexo, yo le rehuía. Intentaba besarme en las heridas que él mismo había provocado. En las zonas del cuerpo con cortes de cuchillo, espalda y marcas de zapatillas. Ese mechudo, achinado, un esperpento de 18 años, me producía asco, sentía vergüenza. ¿Ya no me quieres? Insistía y rogaba hasta que tenía un orgasmo y caía adormitado nuevamente al catre.

Nunca tuvo prudencia de mi avanzado estado de embarazo y jamás se preocupó por comprar una paca de pañales. Intenté múltiples veces hablar con mi mamá, buscando algún tipo de consuelo, ella decía en una mezcla de sapiencia popular y profunda ignorancia a la vez: «En pelea de marido y mujer, nadie se debe meter», y yo debía regresar, siempre retornar, limpiándome las lágrimas y el orgullo, sin tener a quien contarle mis penas, abrazando mi barriga raquítica de preñada.
El día del parto, Julio se esfumó de la casa con un par de botellas de aguardiente Doña Calera. Quizá a celebrar, quizá a mortificarse porque tanto sus bolsillos como su apego hacia la familia estaban vacíos.

No estuvo en el hospital, mucho menos hizo el intento de conocer a July, la bebé.

Era innecesario, los gritos en la calle de los vecinos me avisaron que un gran charco de sangre cerca de la iglesia matriz fue producto de Julio por atropellar a su reflejo, un padre con su niña en brazos, ese destello que él jamás supo cumplir.

Sentenciaron a Julio por su indiferencia con la vida y a mí a buscar una cuota perenne para que él pueda sobrevivir en la cárcel. $80 de una contribución que no podía pagar, $80 mensuales para seguir mostrando ser una buena mujer.
Solo quería desvalijar mi conciencia de ser una madre adolescente y mucho más de adoptar a un procesado.

No obstante, las ideas se extraviaron cuando July empezaba a llorar y mis senos se secaban, los perros me perseguían al hurgar en la basura para ganarme la vida de chambera y las vecinas me observaban con cara de repulsión al saber que compraba cada pañal y libra de arroz siendo recicladora. La censura se ensañaba, la crítica escupía a dos niñas que se envolvían por las noches en una sábana fracturada para refugiarse del odio y la falta de compasión.

Mamá tocó mi puerta luego de tres meses del nacimiento de July. En todo ese tiempo, no había recibido un solo plato de sopa o un monito para la niña.

Camufló su orgullo y se enmascaró en una abuela afligida mientras le cortaba las uñas a la bebé. Se sentó a mi lado y contemplaba cómo organizaba los sacos de botellas no retornables de Coca Cola, V220 y agua que tenía acumulados en la covacha, en ese espacio que me habían otorgado por piedad:

-Mayrita, ¿Has visitado a Julio? ¿O acaso eres ingrata con el padre de July? Sé que está en talleres de electricidad, quiere aprender un oficio para darles el futuro que ustedes se merecen. Está en una jaula, dale las llaves para sacarlo de allí.

Julio se camuflaba de cachorro indefenso. A diario le mensajeaba a mi mamá desde un celular prestado, imploraba fotos de esa niña que nunca quiso. Mendigaba los $80 mensuales que yo me negaba a depositar al economato. Rogaba seguridad y al menos un par de galletas que el Estado no iba a regalárselas. Gracias a la tarifa que no invertí en Julio, en menos de dos meses se había convertido en el juguete sexual de Los Oritos en la cárcel de Machala. Su fisonomía de adolescente enclenque, voz aguda, y cabello largo que disfrazaba con un chongo en la cabeza, fue fácilmente el cebo preferido para reos más enérgicos y con poder.

A Julio lo tomaban como una mujer por la que estaban batallando en el pabellón #4.

Mamá hizo un sacrificio y me prestó los $80 para la protección de Julio. Lo registré en la despensa de la cárcel y viajé a Machala sin ambiciones, solo por piedad, a mostrarle esa misericordia que Julio nunca tuvo hacia mí.

Las vallas, rejas y que los guardias me manosearan no me llamaron la atención, pero sí el cuerpo esquelético de Julio, lleno de costras y con piojos que rondaban en su cabeza. Al verme se acercó a darme un beso largo, lleno de dulzura, ternura que siempre mezquinó, tomó mi mano y de inmediato me llevó a la celda de visitas conyugales.

El calabozo íntimo tenía una puerta de barrotes que era cubierta solo con una cortina. Era lo menos importante. Julio me llenó de besos y caricias espontáneas. Sonreía, abrazaba, tocaba, era la primera vez que sentía que mi cuerpo le pertenecía.

Ese día parecía que se había quitado el caparazón de hombrecito golpeador. Sentí su sexo húmedo sobre el mío mientras cerraba los ojos de intenso y desconocido placer. Pero luego me di cuenta que estaba trenzando un cable en mi cuello, un alambre de cobre como el que utilizan para instalar las cámaras de seguridad. Estrujaba mi garganta sin piedad hasta la asfixia y la muerte se me venía tan infame como fue mi vida.

_____________________________________

*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión», que pronto saldrá a circulación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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