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«El niño que llora», un relato de Viviana Garcés Vargas

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Por Viviana Garcés Vargas*

Desde hace treinta días vengo recordándote con dos vasos de vodka cada noche, una especie de calmante para dormir. Desde esa fecha no he dejado de gimotear por tu partida. Siempre en la oscuridad, nunca en compañía.

De niño, mi padre no me consentía llorar acurrucado en sus piernas y ahora soy yo el que no permite ser confortado ni siquiera por tus alas, mi ángel.

Todos los días posteo una foto tuya en mis redes sociales, cual memorial, en donde te encuentras sonriendo, chimuelo, jugando con los rieles del trencito intacto en la habitación o enlazando tus pequeños brazos en mi pecho.

Me aterra ir a tu tumba, ¿sabes? El sepulcro con su lápida adornada lleno de claveles amarillos malolientes que expresa la decepción que siempre tuvo Verónica por una maternidad no deseada.

Siempre te observó como un tumor, un carcinoma que destruiría su rostro lozano por las madrugadas que no perdonaba o que aniquilaría el vientre que fajó las 40 semanas para evitar su transgresión.

Esa tumba solo me evoca que no pude hacer absolutamente nada para evitar la tragedia, Andresito. Ni cuando llegabas con tus ojitos violáceos a mi búnker o veía tu espalda con evidentes signos de agresión; las leyes muchas veces amparan a las homicidas, esa criminal a la que le juré amor eterno y que se negó a vestirse de azucena en el altar.

Hace seis años conocí a la canalla en la universidad. Me encandilé con su porte, con su garbo, con su manera de seducir. Verónica era una anaconda de 20 años, una depredadora, una migala que fue devorándome, carcomiendo mi espíritu y agujereándote el alma.

Fue muy lista desde el principio. Supo enmascararse como la diosa Afrodita, bella, trigueña, caderas anchas listas para la fecundación y ojos verdes que vacilaban entre la abundancia y el veneno que arrojó luego de la luna de miel.

Supo convertirme en su Hefesto, feo ante sus ojos, una caricatura con nariz aguileña, bigote daliniano, mulato, con las costillas visibles. Eran sus excusas para desvalorizar mis roles como proveedor y amante.

Mi madre, como agorera, siempre me lo advirtió. Yo le decía Casandra, porque siempre acertaba en sus vaticinios. Nunca quiso a tu mamá, ni siquiera asistió al matrimonio, su presagio al conocerla fue: «Ella es el camino hacia la muerte». Y acertó.

Luego del viaje de novios empezaron los primeros cambios en su comportamiento. La Verónica cariñosa y modesta que había conocido tres años atrás se transformó en la boa que solo deseaba enroscarse en mi cuerpo y asfixiarme.
Fuimos a vivir a una casita sencilla, esa morada en donde gateaste y aprendiste a decirme papá y en la que tu mamá siempre le supo poner objeciones.

Muey era el último lugar que ella pisaría, pues lo consideraba el patio trasero de Salinas. La Vinicio Yagual era denigrante para ella, no quería majar tierra con sus tacones de asistente, mucho menos andar en bus, para borrar su pasado de usuaria frecuente. El coito se volvió ocasional, ella decidía cuándo abrir su cloaca para permitir que se manifestara el amor que Verónica eludía, mientras las arañas de las esquinas del cuarto nos observaban copular sin ritmo ni armonía.
Tu mamá fue una mujer vacía a la que solo le importaba comprarse ropa que usualmente adquiría en el Buenaventura.

Tenía en la pared de la sala-comedor una réplica, heredada de su madre, de «El niño que llora», de un pintor llamado Giovanni Bragolin, que retrataba a una criatura de grandes ojos celestes, compungido y lacrimoso, cabello corto y rubio, en un fondo verde. Yo nunca quise tener esa pintura en casa. En cuanto la vi tuve la percepción de que arruinaría nuestro matrimonio. Y tuve más temor cuando ella quedó embarazada.

El día en que supe que sería tu padre sembré geranios en el jardín, como agradecimiento de Dios, mientras tu mamá lloró amargamente no solo al recibir la noticia sino a lo largo de los nueve meses de gestación que terminaron secando no solo las flores, sino el poco cariño que me tenía.

Se lamentaba día y noche. El ron se convirtió en su amante y se daba golpes contra la pared del baño cada vez que, mientras se duchaba, palpaba una nueva estría en su vientre. Se resistía a la ropa materna y cuando le inquirí por qué ceñía su abdomen gritó que yo le había destruido la vida. Tu madre nunca fue consciente que nos devastó la existencia a los tres.
Cuando naciste, Andresito, el rechazo fue más profundo. Las vastas noches sin dormir, por cambios de pañal, gases o lactancia, arruinaron la poca cordura que tu mamá aún tenía.

Verónica inspiraba repudio ante mis roces esporádicos, a tus sonrisas angelicales, a todo lo que podía configurarse como una familia.

Intentó desenamorarme aislándome de ti, Andresito, evitando que te cargara en brazos, humillándome y humillándose por tu parecido físico al mío. Acomplejada hasta la médula, anuló tu lactancia porque afirmaba que sus pezones se agrietaban; en realidad la gravedad hizo caer a sus atributos más preciados y nos maldecía a punta de bramidos.

Sus quejidos te arrullaban, admiraba tu soñar profundo en el moisés de mimbre que tu abuelita paterna te tejió, hasta que Verónica volvió a enamorarse del ron y debimos huir una medianoche cuando las tazas de la porcelana china que conservábamos como regalo de unión marital volaron por los aires.

Solicitar una orden de auxilio se convirtió en la mayor burla hacia mi virilidad. Ante la justicia no tenía ningún tipo de derecho. Las secretarias se desternillaban de la risa al verme contigo en brazos, el juez me examinó de pies a cabeza, no le importó el sangrado que emanaba de mi cabeza y solo pudo decir: “Ni tan víctima”. Tuve que desalojar la sala.

Debimos refugiarnos en Anconcito. Mi mamá nos cedió su casita de caña al pie del mar. Su brisa nos acogió al menos siete días. Un monoambiente, en donde la guadua nos resguardaba y los vecinos gentilmente regalaban frutas, verde, leche en polvo y pescado asado. Fue la primera vez que pudiste decirme papá, fue la primera ocasión que en realidad nos convertimos en una familia.

Verónica llegó a buscarnos en un patrullero. Eran las siete am, yo estaba preparando tu biberón. Tres policías mal encarados y ningún tipo de documento a disposición. Tumbaron la puerta y me arrancaron de ti. No pude volverte a ver hasta que el magistrado ordenó llevarte conmigo al menos cinco horas por semana.

Cada domingo que pasaba a recogerte tenías nuevas lacras. El labio roto, huellas en tus piernas, desaseado, mal vestido. Al verme llorabas como el niño del cuadro maldito que tu madre nunca quiso botar de casa. Te aferrabas a mis hombros. Verónica siempre evadía mis preguntas. ¡Se cayó!, ¿no ves que ya aprendió a caminar? ¡Eso le pasa por travieso!

En dos meses, las 18 libras que pesabas bajaron a 14. Ibas sediento y te preparaba los juguitos que tanto te gustaban: sandía, melón, granadilla. El puré de guineo era tu favorito, te lo acababas en un santiamén. Conmigo tus ojos se iluminaban y me halabas de la vasta del pantalón para jugar con tus trencitos. Te llevaba de la mano para irnos caminando al parque. Verónica, nos quitó todo, Andrés, todo.

A la siguiente semana, mi madre me llama preocupada al celular: Agustín, ¿Sabes algo del bebé?, no, mamá, ¿Por? Tengo un mal presagio, anda a visitarlo.

Tomo un taxi y me dirijo a la casa. Veo una cortina luctuosa que cuelga a la entrada, espantando a las telarañas y con la leyenda “Funeraria Tánatos”. Salgo corriendo a la sala, donde estaba la familia de Verónica jugando al cuarenta y mezclando café con ron, el preferido de tu mamá. Jamás olvidaré haber visto, en medio de la estancia, la pintura que siempre le pedí a tu asesina sacar de la casa. Se incendiaba mientras tú dormías plácidamente, con evidentes golpes en el rostro, en el ataúd blanco con forro de felpa.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión», con exitosa acogida de los lectores. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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