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Por Christian Espinoza Parra*

 A la memoria de Eliécer Cárdenas

Por primera vez, calle abajo, no encontró aquel caminito largo de pesetas angurrientas que le lanzaban los mocosos apenas se encontraban con las sombras que proyectaba su humanidad excesiva sobre los adoquines. Pero antes de que Tío pudiera bajar la mirada, mientras se mojaba bajo la lluvia vieja que parecía haber nacido con la ciudad misma, el resuello de su respiración grasosa le subía violentamente como las aguas bravas del río Tomebamba, desacomodándole las orillas del cuerpo. Ya con la respiración que le salía calmosa por la nariz, se encontraba primero con su barriga grande, debajo de la cual aparecían sus pies chiquitos embutidos como sea en botines bien lustrados; solo después hallaba la ciudad distante y repetida.

A mediodía, después de regar los girasoles y crisantemos del patio y despedirse del sobrino Pedro, comenzaba siempre su taconeo sonoro, dos pasos perniabiertos y pesados, seguidos de su resuello de muerto grande, luego de atravesar el umbral de su casa en la Mariano Cueva. Hoy iría hasta el Puente de Todos Santos a ver lo que había provocado la larga mano de Dios que desde hace tiempo arrastraba rabiosa el caudal sagrado de las montañas del Cajas hasta los suburbios de la ciudad, destrozándolos. El cuello vacuno de Tío giraba porosamente, entre crujidos y quebraduras, sobre su propio eje, a izquierda y derecha, pero entonces apenas quedaba el ruido de los pisotones presurosos sobre los charcos estancados en los baches y el apodo huidizo que le gritaban los mocosos luego de tirar las pesetas a su paso:

—¡Moneda falsa!

Pero hoy no había ni eso.

Extendió el dorso de la mano hacia la lluvia lenta y monótona y con él se refrescó la frente sudada.

A sus cincuenta y cinco años se había acostumbrado al desafío de los mocosos. Al inicio, eso sí, se encabronaba tanto que el resuello violento que le subía desde las entrañas lo ahogaba en la rabia, y debía buscar desesperadamente la sombra del árbol de chirimoya del patio para caer de rodillas y manos sobre el piso de tierra y tragar a bocanadas el aire que le faltaba en la selva de los pulmones. La culpa la tenía la momia narizona y vigilante de Fray Vicente Solano que, aunque sepultada por fin en su nicho, en algún rincón oscuro de la Catedral de la Inmaculada Concepción, no le perdonaba haberse dormido a mitad del ora pronobis y que encima, minutos antes, se atreviera a susurrarle al oído a Tía que el obispo era igual de marica que los otros curas que no podían dar la cara durante la misa, porque, según le dijo su profesora, en primer año de catecismo él, por ejemplo, podría usar para fines imprecisos el geométrico movimiento divino encarnado en las manos sacerdotales que preparan con minucia beatífica la lectura del evangelio o el rito de la comunión. Siempre le pareció curioso que la misa, o sea la personificación de la palabra de Dios, eso que no acabó de entender nunca, fuera en latín, y que las explicaciones para que supuestamente entendiera y amara lo que no entendía ni podía amar se las dieran en castellano y fuera de la misa. ¿Cómo amar algo si su explicación no forma parte del sentimiento de mis dedos? Será porque algo espera el obispo dándonos la espalda toda la misa por más de cuarenta minutos. Así fue siempre. ¡Y cuando ya no sea! ¡Cuando nos hable de frente! Nosotros seguiremos siendo. Hasta que nuestros votos de silencio despierten a ese Dios que no es Dios, por haber callado tanto, la noche futura en que sepamos para siempre que no es malo pecar sino hacerlo con miedo.

Solo se odia y se peca lo querido.

La familia atribuía la rabia de Fray Vicente no tanto a la blasfemia como al espacio, pues Tío había dicho semejantes disparates en la mismísima Catedral, sin considerar que Fray Vicente, a pocos días de muerto, fue embalsado con un baño de agua y cal y expuesto impúdicamente en una bóveda del Cementerio que apenas lo protegía del pecado de las gentes con un vidrio doble. Y cuando sus enemigos decidieron olvidar y dieron su apoyo íntegro para que Fray Vicente fuera enterrado en aquel nicho catedralicio por el dechado de mudez del muerto, su colon irritable y sus diarreas de sangre se convirtieron en los escombros finales de esa muerte viva que acabó manifestándose, para fastidio de esos mismos enemigos y gozo de sus beatos, en alaridos de rabia. «Cuando te caigas de espaldas te mueres, escarabajo», maldijo por los siglos de los siglos la voz de Fray Vicente a Tío, levantando hasta el polvo viejo de la Catedral. Pero él, en lugar de amilanarse, se puso de pie, se tapó la nariz con los dedos índice y anular, interrumpió la primera lectura de la misa y dijo, desde su lado de la banca: «Anda a soltar tu tintilla en otro lado, Fray Gargajo».

Sin embargo, como era supersticioso, comenzó a dormir bocabajo en la cama de dos plazas, después de tomar dos pastillas de Nembutal con un vaso de agua. La pobre Tía, a su lado, desconocía si al día siguiente velaría a su marido. De modo que tomó la determinación de engordar a Tío, ayudada por el apetito voraz que tuvo desde chico, segura de que brutalizando su cuerpo con cuyes llenos de grasa y bizcochos cebados en azúcar blanca, acabaría por inmovilizar mejor al marido cuando quedara bocabajo junto a ella.

Luego de meses, al sobrino Pedro se le ocurrió que Tío podía volver a la vida de antes, dormir de nuevo bocarriba, siempre y cuando se colocara una almohada en la espalda que la dejara levemente inclinada para no quedar de espaldas del todo, tal como decía la maldición de Fray Gargajo. Pero Tío se negó, harto y ojerudo, y volvió a dormir suelto de huesos y mirando al techo. ¿Acaso el secreto de la maldición no radicaba en «caerse» de espaldas y no en «acostarse» de espaldas? El Diablo no solo está, sino que peca contra sí mismo en los detalles. Cuando Tío se atrevió a burlar la maldición durmió tan profundo durante tres días y tres noches consecutivas que la familia apenas pudo cancelar el primero de los dos pagos adelantados hechos a la funeraria que por poco se lo lleva al Cementerio.

De ese triunfo, sin embargo, a Tío apenas le quedó su fofez y aquella casa grande con un patio lleno de pedazos de tierra arrasada por sus ronquidos torrentosos. Durante las noches, de tanto abrir la boca, aspiraba todo lo que había alrededor suyo en un radio de cinco metros para llenar el mundo viciado y vacío de sus pulmones. Había acabado por tragarse la mitad de sus girasoles y crisantemos del patio, el árbol de chirimoya y la cama de dos plazas. Esta última cuando llegó borracho y se quedó botado sin conciencia en un rincón del cuarto matrimonial. Por suerte, esa noche Tía fue a dormir con su mamá.

Pero, en cambio, desde los días más negros de la maldición, la pobre Tía se desquiciaba / préstame Madre tus labios, para con ellos orar / tejiendo túnicas bíblicas que la gente alquilaba para vestir a sus niños Jesús, y que devolvían cochinas o con los hilos saliéndose por los costados, y que ella remendaba o dejaba otra vez en resuelto esplendor; solo así continuaba palpando, queriendo sanar trocitos de manos y muslos y nalguitas de madera o porcelana de las decenas de réplicas baratas del Hijo de Dios que necesitaba desesperadamente vestir. Una tarde, el obispo le mandó a hacer una túnica bordada con olivos de paz color sol para arropar a su obeso niño Jesús / préstame Madre tu manto, para esconder mi maldad / Pero la túnica terminó, de última hora, vistiendo el cuerpo escaso del sobrino Pedro, que le habían devuelto a Tía completamente desnudo en la puerta de la casa, horas antes de la Pasada en la que se disfrazaría como el niño Dios. Así como estaba, con las manos más muertas que la cara torcida de miedo, el sobrino Pedro no podía cubrir su sexo chiquito / préstame Madre tus manos, para crearme otra vez /, mientras Tía, casi besando la vereda helada, estiraba con espanto los bordes blancos de la túnica gigantesca que por alguna razón estúpida no acababa de desenrollarse hasta las rodillitas frágiles del sobrino Pedro, luego de precipitarse a arroparlo con ella antes de que los vecinos asomaran las carotas. Tía no recordaba o no sabía o no quería saber que el puro olvido de esta ciudad, o el infierno más negro de la indiferencia, que es peor, religiosamente hipócrita, se hallaba puertas adentro y al alcance incluso de los más infelices / préstame Madre tus ojos, para con ellos mirar / Y a pesar de que ella acostumbraba, cuando se portaba mal el sobrino Pedro, halarlo como sea de la muñeca derecha y dejarlo castigado detrás del umbral de la casa, al descubrir con asco que ese pedazo de piel tierna, tan suyo para acomodarle bien el carácter, se abandonaba en la tirantez roja de una mancha blasfema que otra mano que no era la suya le había hecho recién, por robarlo horas antes de la Pasada, Tía ya no pudo —ya no podría— tocar nunca más aquella carne prematuramente convertida en estigma… (Y la sangre chorrea lenta, discreta, por encima de la blanca túnica del niño Dios que esconde el despoblado cuerpo del sobrino Pedro, a la altura del culo) / préstame Madre a tu Hijo, para poderle yo amar, y esa será mi dicha para toda la eternidad /

Al sobrino Pedro, al que la gente además tenía por retardado por su piernita coja y su espalda torcida (pese a ciertos ingenios como los de la almohada bajo la espalda, pero que solo servían para resolver problemas domésticos), sobre todo, por su forma de leer los libros con los fonemas completos de las letras, «eme-a-eme-a» y no «mamá», había decidido no volver a salir jamás de la casa si Tío no le traía un pedazo de la piedra del sepulcro de Cristo que fue removida misteriosamente cuando resucitó al tercer día. El sobrino Pedro decía, entusiasmado, que había cómo resucitar entre los vivos y no entre los muertos. Que por eso le encantaba la Pasada. Que por eso le gustaba vestirse de Jesús, aunque luego de lo que ocurrió, poquito antes de la última, ya nadie lo invitara.

Tío dejó al sobrino Pedro con la respuesta colgando en el aire y salió enseguida al Puente de Todos Santos, antigua promesa de sus primeros recuerdos, a ver si, como solía ocurrirle en contadísimas ocasiones, al contemplar desde la mitad del Puente las aguas bravas del Tomebamba encontraba una respuesta.

El centro, los ombligos de los cuerpos, no son zonas de neutralidad exclusiva ni mucho menos sino, como el Puente desde donde podré mirarme de nuevo a mí mismo, el sitio exacto donde caben todos nuestros excesos.

Fue cuando descubrió que no había pesetas tiradas en la Mariano Cueva y pensó que el más irreparable de los vicios es hacer el mal por / estupidez. Así decían los dos últimos versos de un poema póstumo del poeta Charles Baudelaire, que Tío sabía gracias a los dizques intelectuales del círculo de visitantes asiduos a la tesorería del Municipio de Gualaceo, del que era casi casi su jefe vitalicio. Por eso, estaba seguro de saber quién le había puesto el apodo (y que era tal por la pronunciada tacañería de Tío, traducida en las grapas, trozos de cinta usada y lápices motolos que daba, altruista, a los funcionarios altos y medios del Municipio), pero las gentes estúpidas de la ciudad lo habían degradado a «don Mone».

Abundan los Vaudelairrr de Todos Santos, se burlaba Tío.

Sus escasos amigos o, en última instancia, Tía o el sobrino Pedro, le decían que las pesetas se las lanzaban niños descalzos y mendigos, hijos de los indios domésticos a los que sus enemigos los «pitucos», por haberse deshecho de la momia de Fray Gargajo, tras cometer esa monstruosidad que nadie en la ciudad quería ni mencionar, salvo ellos, pero que inevitablemente recordaban con profundo dolor (aunque el olvido aquí es como la gravedad: un fenómeno natural que atrae a todos los cuerpos), delegaban la burla, mandándoles el contingente necesario de pesetas y advertencias de que salieran a las volandas luego de tirarlas con todas sus fuerzas. Tío respetaba su palabra, en especial, las venganzas que para él eran la única manera de hacer a Dios posible.

Pero ya no le importaba.

Por donde iba, Tío convertía los caminos de tierra o medianamente adoquinados en una turbulencia de pesetas. Más bien las extrañó aquel mediodía. Estaba por la iglesia de Todos Santos cuando pensó en el poema de Baudelaire que contaba una historia del poeta francés mientras se alejaba de una tabaquería con un amigo que acababa de clasificar cuidadosamente su dinero: en el bolsillo izquierdo puso pequeñas monedas de oro, y en el derecho pequeñas monedas de plata; después, puso en el izquierdo un montón de centavos, y en el derecho una moneda de plata de dos francos, o sea, una moneda falsa; con ese extraño reparto mercantil en los bolsillos se les cruzó un indigente al que ambos le dieron limosna; el amigo mucha más. Poco después, este le confesó a Baudelaire que había entregado la moneda falsa, porque ese mínimo acto de astucia podría provocar dos cosas: que apresaran a ese pobre diablo o, en el caso de tener suerte, en lugar de ir a la cárcel, multiplicaría en cientos la falsa moneda, si además de pobre diablo se trataba de un falsificador algo astuto. Sí, tiene razón; no hay placer más dulce que sorprender a un hombre / dándole más de lo que espera, escribe Baudelaire casi al final del poema. Sin embargo, el narrador, aunque felicita en sus adentros al amigo por el mérito de reconocerse malvado, no le perdona la inepcia del cálculo: el azar. Uno puede sorprender a un hombre con más de lo que espera, solo si sabe lo que luego le espera. A la larga, si estoy donde estoy es por dejarme guiar por el azar y por mí.

Tío miró incrédulo el Puente de Todos Santos convertido en un muñón de cal y ladrillo; irremediablemente roto bajo aquella garúa repetida y triste; el hocico mutilado y careado de la ciudad antigua: su prolongado inacabamiento, su fin tan previsible que era mejor volver la cara y continuar, mientras la muerte de unos les permitía ver directo al sol a otros, aunque mirar directo al sol los dejara ciegos. Por supuesto, Tío no miraba —nunca practicó—  poner la cara directo al sol; él prefería mirar lo que este alumbraba de la aniquilada tierra, no las aguas ya mansas del Tomebamba que se llevaban consigo, como caca venerable, kilos y kilos de piedra y ladrillo que habrían de convertirse en el polvo fundacional que anegaría las orillas de la ciudad, y que pies innumerables volverían a pisar o que manos menos desafortunadas convertirían en bolas de barro, sino el último y único escombro de una roca enana que había quedado encima del puente recién destruido, y que Tío agarró en su manaza de buey y exhibió hacia el lado menesteroso de la ciudad —sus suburbios, sus quintas estrechas, sus humedales muertos—, la de los pobres diablos que le arrojaron hasta hoy monedas por encargo, porque otra cosa hubiera sido si al menos hubieran sabido escribir su nombre, si al menos tuvieran un nombre; la de los pobres diablos que habían perdido cualquier contacto con el norte al que apenas tenían acceso por el Puente. Entonces Tío pensó con entusiasmo que, quizá, el Tomebamba no se enfureció solo sino junto a los demás ríos, que derribaron todos los puentes y que por fin pusieron a Cuenca en su verdadera medida: una  isla sin horizonte, un botadero de pensamientos y gorriones rotos en el cual el norte y el sur no se sabía si confluían o se confundían en ese escombro de roca enana que tenía en la mano y que haría pasar, lo había solucionado al fin, como el pedazo de piedra del sepulcro del Mesías en el que el sobrino Pedro esperaba disfrazarse cuando fuera grande para resucitar entre los vivos.

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos y crítico de cine del diario digital Nuevo Tiempo, en la sección Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net y conductor del programa dominical de streaming por SRRadio, en el que aparecen los mejores escritores del país.

*En la imagen se aprecia una pintura del artista escocés Ken Currie. 

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