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Libertad

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Libertad es una ciudad de la cual siempre he querido huir, pero ella no de mí, nunca jamás. El cantón ha crecido en medio del grito y del piélago por el cual el foráneo no da ni un centavo. Ese aire salitroso que se pega en la piel desde que naces te identifica como un peninsular que ha menospreciado el comercio informal, a pesar que mi familia se dedicó a ello varios años para sobrevivir.

Esa Libertad que pide rescate por las malas administraciones y sus calles hundidas en el fango, ese lodo que me ha condenado a ser un ciudadano de tercera clase.

Ay, ¡Libertad! No has hecho que te abrazara ni visitara tu muelle, ese al que he saboteado diciendo en incontables ocasiones que Kotor es mi bahía favorita, llena de cerros pétreos, cuando son sus arterias las que en realidad se han saciado de maquillaje falsificado.

Nunca me has brindado albedrío, Libertad, me boicoteaste desde el nacimiento al obligar a mis padres a que emanaran mis raíces como hierba mala en un pueblo que vi como pobre por mis estúpidas ínfulas de grandeza.

No me permitiste nacer siquiera en una clínica y tampoco venir a este mundo con un pan bajo el brazo, sino en forma de deuda externa por las múltiples exigencias desde mi alumbramiento. En un hospital donde se descascaraban las paredes y el letrero encendía a medias, comosi estuviera anunciando el destino de los Balón Loor a partir de ese momento.

Cinco hijos en un matrimonio que resistía porque la boda eclesiástica solo se disuelve con la muerte y no derribando las profundas heridas heredadas como un preciado jarrón de porcelana chino.

Soy el menor de todos, al que le transmitieron todos los complejos y defectos de la familia. De ojos rasgados, trigueño y pata al suelo, que vino al mundo oliendo a miramelindo, viviendo en una casa de Hogar de Cristo, muy cerca de la Caleta donde cada invierno los electrodomésticos hacían cortocircuito, cada temblor nos auguraba un tsunami y debíamos salir corriendo en un gusanito hasta el Tablazo para escondernos del oleaje. Esa vivienda que cada año debía reforzar sus paredes con papel empaque y la única decoración era “El grito”, de Munch, presagiando la angustia y desesperación en tonos cobrizos y naranjas.

¡Ay, Libertad!, me condenaste a estudiar en una institución fiscal para que todas mis rarezas salieran a flote. Siendo una criatura, negando el pantalón de lino azul que mi mamá planchaba con carbón, esa camiseta polo blanca que jamás regresaba nívea a casa y zapatos negros de gamuza que se destrozaban en un dos por tres para comprobar si eran resistentes. Tolerar que haya sido el único que debía ir caminando a todas partes para justificar el ejercicio y porque las obligaciones nos llevaban en peso. Esa carga que era para mis papás levantarse a las cuatro de la mañana, merodeando pescado fresco en el Puerto de Santa Rosa y luego revenderlo en el mercado de mariscos. Nunca fui consciente y tampoco me interesó serlo.

Libertad, me criaste como un desconsiderado. Esa impertinencia que me hizo maldecir a mis hermanos cuando ingresaron a la universidad pública mientras yo en el colegio seguía usando sus mochilas remendadas por tres años seguidos. El Baldor al que le faltaba la mitad de su pasta, la aritmética de Repetto con sus páginas amarillentas y el uniforme encogido porque ellos eran patuchos.

Entre tanto, en mi mente concebía que los vecinos y compañeros de clase me envidiaban, ¿pero qué, exactamente? ¿las ventiscas que tumbaban las cañas? ¿Los alaridos nocturnos cuando no había qué comer? ¿el escandaloso altavoz de los chulqueros amenazando a una pronta paga?

No obstante, me juré que en cuanto me graduara del colegio eliminaría esas taras mentales y económicas que Libertad me había impuesto.

Aspiraba a tantas cosas. El anhelo de evaporarme cada vez era más insistente. Libertad estaba arrastrándome a la demencia, conjeturando ser el dueño del castillo de Ala-Vedra, portando una túnica de seda con bordados de oro, pero, en realidad, bastante similar a Lord Caca, ese pobretón al que sus aires de nobleza no le permitieron ser coherente con su árbol genealógico, mucho menos con su objetividad.

Esa pretensión me hizo aterrizar cuando al graduarme, con nula experiencia y atiborrada soberbia, se convirtió en la maldición de Lord Caca mi condena a recoger tus desechos, Libertad.

Tres meses como un objeto de limpieza, aseando las veredas, barriendo heces de perros, maldiciendo la orina ajena, acopiando plástico como ingreso extra y siendo materia de burla por los vecinos a quienes antes observaba con asco.

El hastío me hizo buscar golpes de suerte. Todos los miércoles y domingos me santiguaba con los guachitos de Loto y Pozo Millonario para ganarme el premio mayor.

Recorría la avenida de las boquitas pintadas para comprar los huachitos, mientras el olor a arepa se filtraba en mi nariz o el aroma a pollo a la brasa me hacía sentir miserable por no poderlo pagar.

La puta más hábil me llamaba entre aullidos: ven, chiquito, ven, ¿por qué me huyes? Intenté cambiarme de acera, pero me rodearon entre licras fosforescentes, blusas semitransparentes, plataformas que les daban garbo, pelos teñidos de varios colores y su labor de comer hombres a cambio de unas monedas.

Me agarraron entre cuatro de distintas edades, una en cada esquina, les puse las manos en contra para oponerme, fueron muy hábiles. La mayor metió sus brazos en mi entrepierna para sorber mi sexo roto; la otra, me quitó la camiseta gris para tocar mi pecho lampiño; la tercera acariciaba mis nalgas; y, la cuarta, me besaba apasionada.

Intenté frenarlas, empujando, pateando, dando golpes, mientras los hombres que las rodeaban reían por mi poca hombría. Ellas se convirtieron en David y yo en un Goliat que no supo librarse de una tentación multitudinaria. Una vez más quise huir de Libertad, pero ella no de mí, nunca jamás.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión» (2021). Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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