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El señor de las palabras

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La cronista nos hace vivir intensos momentos, todos vertiginosos, todos como en un carrusel que da vueltas sobre el eje del amor, la admiración, la ternura y la pasión volcadas sobre el alma de un hombre apacible y profundo. 

Por Magaly Villacrés*

Suele decir mi mamá que existen deseos que de tanto desearlos, a la vida no le queda más remedio que convertirlos en realidad. Talvez la fuerza del pensamiento opera de manera prodigiosa cuando un anhelo está imbuido por la pasión más genuina y la ilusión más plena de llegar a rozar aquel universo añorado.

Así obró mi milagro de miércoles con café y sol. El genio de las palabras, el escritor, el maestro a quien admiro desde hace tiempo atrás, aceptó compartir conmigo algo tan sencillo como poderoso, una charla y un café.

Yo, la estudiante, la aprendiz, la seguidora de sus obras literarias no podía estar más emocionada por aquella oportunidad de mirar de frente al autor de los relatos y poemas más delirantes que haya leído en los últimos tiempos.

La cita apenas se concretó a las ocho y cuarenta y cinco del mismo “miércoles de gloria”. Él sugirió la hora del encuentro para las diez de la mañana, en una cafetería del norte de la capital. Un sector abarrotado de hostales, árboles, gente y negocios.

Apenas abordé el taxi para acudir al sitio sentía que mi corazón galopaba al ritmo de la emoción, mis manos se expandían y mi mirada se centraba en búsqueda del lugar donde vería al causante de mis rubores literarios, al tejedor de delirios poéticos.

Pantalón y chaqueta de mezclilla, lápiz labial rojo, perfume y mi sonrisa fueron las únicas armas elegidas para enfrentar al escritor. Según yo, así disimularía mi intención de convertirme en una ladrona del encanto de sus palabras.

He de admitir que, desde hace mucho tiempo, nadie había logrado conmoverme tanto con el magnetismo de sus expresiones, el valor para decir las verdades, la revelación de los más profundos sentimientos. La plenitud y la pasión con que él narra la vida se han grabado en mi piel, en mis ojos y en mis pensamientos con una fuerza máxima e indetenible.

Sobre todo por la transparencia que posee para exponer las debilidades y virtudes humanas bajo una luz tan reveladora como asombrosa, que hace que los pecados capitales se perciban como veniales y los placeres del sexo se acunen suavemente en un limbo de total inocencia.

Estas sensaciones bastaron para hacerme romper cualquier paradigma y decoro convencional. Admito que fui yo quien propuso el encuentro con el pretexto de un café y una conversación, para el intercambio de ideas en un momento de dos.

Mi plan secreto era introducirme, así sea por un instante, en esa galaxia desconocida donde habitan sus letras, tan necesaria e imprescindible para quienes detestamos el entorno común y la vulgaridad del mundo.

Llegué unos minutos tarde. Las calles de esta ciudad parecían extenderse con saña y el tráfico confabulaba para impedir mi arribo al sitio de la cruzada poética.

Miraba el reloj, la ciudad, las personas, el conductor, los nombres ilegibles de cada cuadra. Quería aterrizar, urgente, junto con mis inquietudes y anécdotas en el rincón elegido.

Por suerte el cielo fue indulgente y me arrojó viva frente a él, que se encontraba tan cómodo en su silla, tan apacible, tan paciente y cordial. Detrás de su asiento había una estantería de libros que fungía de escudo protector; de arco y flecha para mis preguntas, mientras todo lo demás se volvió translúcido e intrascendente.

Me miró. Yo, entre el tartamudeo y la emoción, apenas lo saludé y sin más, me deshice en mil palabras por minuto. De su chaqueta, como si fuera un mago, sacó uno de sus libros y me lo obsequió. El aire se transformó en emotividad, la mesa se hizo invisible, el tiempo se detuvo en complicidad y cualquier preocupación se diluía gracias al sortilegio del encuentro.

Se desbocaron las historias, las fábulas, los recuerdos, las incógnitas pendientes. Quizás él aún no comprendía el valor de cada instante a su lado.

Estaba invadida por la fuerza de su presencia, de su fragancia a coco, de su mirada indagadora y a la vez infantil, de su habilidad infinita para enhebrar las letras y las razones.  Pensaba, ¿me escuchará? ¿Encontrará en mí algo interesante en medio del evidente frenesí y el deseo por captar su esencia?

Él permanecía en calma, pero yo estaba en llamas.  Fue tan dueño del tiempo y de su arte que parecía adivinar mis dudas y respondía a mis inquietudes con toda naturalidad.

Me sonreía con sus ojos a través de la mascarilla. Pidió un chocolate, una tarta de maracuyá y yo un café. Apenas lo trajeron sostuve con fuerza la taza caliente y quería quemarme las manos para comprobar que estaba despierta, que estaba viva y que era real aquel instante.

Sí. Todo fue real. Y lo confirmé más aún cuando la mascota del local, una hermosa y grande perra llamada Mokka, se acercó a demandar mis caricias. Como si se tratase de una premonición, tan solo cedí y dejé que mis manos resbalaran suavemente por su pelaje negro y brillante.

Una criatura tan dócil me había conquistado y el señor de las letras, hacía rato, también.

Luego solicitó una botella de agua y en mi mente clamaba por reproducir el milagro de la biblia para que se transformara en vino. Sin duda, un momento así merecía un brindis.

Igual que un par de amantes que se ven por última vez, intenté registrar en mi memoria la forma de su rostro, el sonido que adquiría cada palabra a través de su voz.  El color innegable para narrar las historias, su risa. El aire y la música de fondo de Frank Sinatra quedaron marcados para siempre a fuego en mi alma.

El enigma dejó de serlo y su realidad se abrió paso ante mi mirada. Era él. El escritor viviente de mis fantasías, el hombre de las ideas afortunadas. El dueño de las palabras hechizadas y el seductor de tinta negra compartió a mi lado algunos de sus secretos.

Fue un miércoles y el café, al igual que el amor, nunca había sido tan oscuro como cautivante, tan caliente como estimulante, tan amargo y a la vez, tan exquisito.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio.

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