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El cuchillo de mamá

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Mi vida era un eterno sube y baja de las palizas que recibíamos mi vieja y yo del zarapastroso de mi papá y de las sábanas que coso desde hace cuatro años para las presas aquí en el Centro de Adolescentes Infractores.

He tomado las medidas y escogido los rollos de telas de colores chillones. El sonido de las tijeras de sastrería siempre me ha emocionado: he vivido jugando con los hilos, estiletes y los pedazos de plumón porque sueño con ser sastre y darle a mamita la vida que merece.

Mírame aquí, Pancho, sentado frente a la máquina de coser Singer, igualita a la que usaba mamá para remendar los calzoncillos de los hijos postizos que ella tenía en varias casas, dándoles el tiempo y el cariño que me entregaba a mí a medias por rajarse el lomo trabajando, mientras mi papá, bien, gracias, jugando cartas, bebiendo y apostando con los pocos centavos que ella traía para la comida.

Todas las noches recuerdo cómo salvé a mamá y me siento orgulloso. En dos semanas más, cuando salga de este encierro sin gota de arrepentimiento, volveremos a ser solo los dos, sin nadie que protestara porque algunos días solo había una taza de café aguado y pan para desayunar. La ayudaré a comprar una villita en la Frank Vargas Pazzos, como ella siempre quiso y ningún pendejo le vaciará su chauchera para llenar la panza con las Pílsener de a litro.

¿Recuerdas, Pancho, que justo el día que llegué cumplía 12 años? Mi vieja lloraba desconsolada porque se le llevaban a su compañero y lo metían en un cuarto ancho, oscuro y con literas para compartir contigo y los otros chicos las culpas iguales o peores a lo que yo hice.

A mí se me rompió el corazón de verla así, atormentándose por tener un hijo encarcelado, flaco y piojoso.

¿Sí me cachas? Desde que llegué a esta cárcel llena de pelados bochincheros no me quedó de otra que aprender a defenderme como tú me enseñaste, para que no me vieran la cara de cojudo. Romper cabezas e hinchar el rostro de los que querían someterme se hizo costumbre. Dormir con un palo de escoba bajo la cama para estar pilas ante cualquier intento de golpearme o robarme.

¿Cuántas veces mamita reclamó a las inspectoras porque me marginaban, no me daban de comer lo suficiente, me castigaban y enviaban al calabozo cuando les caía mal? Nunca le importé a nadie aquí, solo a la señorita que nos capacita.

Encaletado en la celda con las paredes llenas de moho, aguantando frío, sin gota de agua, triste y con las cejas rotas, pero, eso sí, con el orgullo de no juntarme a la banda de los Lituanos.

Tú, mi único amigo, siempre me has dicho: “¡Oe, Beto, eres patucho, hueso y pellejo, pero qué cabrero, loco!” Y, sí, me arrecharía mil veces, porque volvería a hacer lo mismo con tal de que mamita viviera en paz.

Recuerdo sus manos menudas, morenas y callosas y siento una mezcla de ternura y de rabia. Era triste verla corriendo a diario de un lado a otro, tratando de multiplicarse, cocinando, lavando y planchando lo ajeno para que comiéramos el mantenido de papá y yo.

Le curioseaba la espalda con moretones o marcas de cinturón y hebilla y le colocba sábila helada para que cicatrizara rápido. Ella decía que no era nada, que solo era una alergia. Jamás olvidaré cómo en las noches dejaba todo arreglado en la casa para que papá no la tildara de “poco hembra”. ¡Mierda! Tantas cosas feas de ese man y mamá fingiendo para que yo no me diera cuenta de la realidad.

Nunca tuve un hogar feliz, Pancho, ¿existirán de verdad? Tuve noción de eso desde los cinco años. Pasaba solo en la casa porque mamá camellaba duro, hiciera frío o calor, mientras el inútil de papá jugaba pelota o entraba a las casas de las vecinas más coquetas del barrio. Mamá tenía 35 años en ese tiempo, pero las patas de gallo y ojeras le alborotaban la cara como si le doblara la edad. Dormía poquito, reposaba mal. Las deudas se la llevaban en peso, cada seis meses debíamos cambiarnos de casa por los escándalos del borracho de papá. Rompía vidrios, subía a full el volumen de los parlantes en la madrugada, mientras las paredes y el suelo de madera retumbaban o buscaba lanzar puñete a diestra y siniestra si algún vecino venía a reclamar. Muchas veces me gané un par de patadas por evitar que mamá las recibiera, pero daba igual, nos golpeaba a los dos.

Ella fue tolerante y confiaba en que Dios cambiaría las cosas. Jamás se quejó de lo poquito que podíamos tener. A veces sus patrones se portaban bacanes y hasta le regalaron un televisor usado con pantalla LED de 40 pulgadas. Fue una pequeña fiesta en mi casa cuando ella vino abrazada de la TV, nos pusimos a ver telenovelas y con un pan remojado y agua de panela nos acostábamos en el piso de madera y veíamos Combate: el veterano aparecía y se acababa la chacotada, ese hombre de unos 1.75 metros, mulato y con brazos de cargador, sería tumbado por el raquítico que no valía ni para hacer los mandados. Ja, ja, era muy divertido ver la tele con mamita cuando no estaba el monstruo de papá.

Y ahora, Pancho, mírame disfrazado de estudiante aquí, en Calicuchima y Babahoyo, para que nos enseñaran un camello por cuatro años.ñ Era lo único que le pedí a papá y que toda su vida pensó en que iba a perder mi tiempo y la plata: el desgraciado estaba convencido que mejor me dedicara en comprarle la “h” para su vicio, porque si no se volvía loco. Era una bestia, nos odiaba y se ponía como un demonio cuando empezaba a temblar por la ansiedad de no fumar la hierba ni meterse el polvo blanco.

Cómo me cabrea acordarme que durante doce años mi vieja no pudo tener nada de valor en la caleta, porque todo desaparecía, con excepción de los cuchillos de cocina que ella guardaba como tesoro. La refri, el equipo de sonido, la tele, duraban tan poco los electrodomésticos, todo era empeñado por el sinvergüenza.

Mamá se esmeraba en Navidad, compraba una muda nueva para cada uno y ese año, el patrón le vendió un play station 4, usado y con discos intactos. Creo que fui feliz ese 24 de diciembre. Mi viejita me acolitó jugando, compartimos los controles, reímos en pleno bullicio mientras comíamos pollo frito KFC como cena hasta que llegó papá, todo grifo, con las pupilas inflamadas, envalentonado, queriendo llevarse el play station.

Arrancó el cable del enchufe con toda mala intención, mamita saltó, le rogó que no se lo robara, él la empujó contra la pared y yo solo pude salir corriendo a la cocina. Papá no tenía piedad y golpeaba con trompones y patadas a mi vieja, ella sollozaba pero no gritaba para que los vecinos no se dieran cuenta.

Cuando la vi ensangrentada, con los ojos inflamados por los golpes, ya no pude más, Pancho. Fui por detrás y le clavé tres puñaladas en los pulmones con el cuchillo más filudo de los que guardaba mamá. Mirábamos ese bulto encharcado de sangre y al fin pudimos llorar en libertad.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión», que ya está a disposición de los lectores. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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