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La gorda

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Esa niña nunca se acostumbró al maltrato: soñaba con llegar a ser tan astuta como sus hermanos e igual de bella que su mamá. Soñaba con que en la adolescencia esa etapa de la niñez sería una triste anécdota, pero fue solo el principio del fin de su decadencia.

Por Viviana Garcés-Vargas*

“Gorda, cada vez te pareces menos a mi mami, ¿segura que no te recogieron de la basura?” Era la burla frecuente que mis hermanos hacían no solo de mi físico, también de mi inteligencia.

Ellos, sobresalientes en el colegio, miembros de las selecciones juveniles de básquet y fútbol. Yo, con siete años, cabello cortito (motivo adicional para el bullying) y la única niña del salón que aún no podía aprenderse las operaciones básicas.

Las llamadas de atención que recibía en la escuela por mis bajas calificaciones reincidían en casa, cuando mi mamá llegaba cansada de trabajar y yo aún no sabía cuánto era 7 x 8.

Mis hermanos mayores me dejaban llorar sobre la mesa del comedor esperando a que mami me explicara cómo debía resolver los problemas de Pepito y cuántas sandías habría comprado en el mercado sin que lo estafaran.

“¿Por qué no puedes ser como tus hermanos?, solía preguntarme mamá. “Ellos solos hacían sus tareas y tengo que obligarles como a ti”. Entre el coraje y la soledad y el problema de lidiar un hogar ella sola, acostumbraba a decirme golpeando el escritorio de guayacán: “¡Qué bruta eres, Adriana!”. Arrancaba las hojas del cuaderno y me exigía repetir el deber. Esa niña nunca se acostumbró al maltrato: soñaba con llegar a ser tan astuta como sus hermanos e igual de bella que su mamá. Soñaba con que en la adolescencia esa etapa de la niñez sería una triste anécdota, pero fue solo el principio del fin de su decadencia.

Tenía 17 años, medía 1.60 metros y pesaba casi 200 libras. Era más morena que mis hermanos y fracasaba de manera estrepitosa en aritmética. Los profesores particulares no funcionaban o quizá era yo la que venía desde pequeña con esa avería.

Mi mamá escondía el pan de dulce, las barras de chocolate Nestlé, el televisor Sony, arrancaba el cable del teléfono fijo Samsung y colocaba en la bodega la grabadora Sanyo. Para castigarme dejaba todo bajo llave y convertía la casa en una caja fuerte para evitar que comiera e hiciera otras cosas que la molestaban, como llamar a mi única amiga del colegio para contarnos los últimos chismes o eludir distraerme con mis cds rayados de los Backstreet Boys. Mamá había sido reina de la ciudad y la más bella madrina en los campeonatos deportivos. Era la que se jactaba de que a mi edad logró bajar de peso y formar un cuerpo deseado y admirado, con cintura fina y caderas anchas.

A los 17 años todas mis compañeras ya tenían su enamorado, o al menos un vacile, pero yo, con mi triste figura, ni siquiera era objeto de una mirada de algún chico. Mis compañeras manejaban con soltura su maquillaje y conocían las discotecas de moda. Cada sábado era una farra diferente, pero a mí no me invitaban. Si no era porque me discriminaban en el colegio, era por los castigos maternos por mis bajas notas. Alguna vez que me invitaron no tenía ropa, todo lo que había era de talla más pequeña. Esa era mi condena hasta que llegara al peso me serviría para que la gente me aceptara.

Ese año ingresó un chico nuevo al colegio. Era rubio, cejón, ya se le notaban vellos en el pecho y sus pectorales eran como los de los muñecos Gía Joe que coleccionaban mis hermanos. ¿Qué pasaba con una adolescente como yo a la que todos la miraban por debajo del hombro? Me obsesioné con él.

Investigué sus gustos, dirección domiciliaria, número de celular, novias, su equipo favorito de fútbol, sus redes sociales, su familia, todo lo que se me ocurriera. Pe. ro nunca pude entablar ni una conversación. Él se sumó a todos los que me decían «la gorda» y se integró sin problemas a la vida secundaria.
Era súper ágil para varias materias, labioso, pertenecía a la Sub 17 de la selección de fútbol de la provincia y eso le daba, automáticamente, acceso a chicas y popularidad. Era uno de los pocos adolescentes que manejaba auto y que tenía licencia de conducir gracias a las influencias familiares. Se volvió intocable. Un héroe de la promoción 2021, una idolatría para mí. Tenía su grupito de pendejos que le propusieron un reto: acostarse con la gorda del colegio. O sea conmigo. Yo no lo supe hasta que ocurrió.

Gracias a los vacíos que tenía en matemáticas, el colegio propuso un sistema de tutorías para ayudar a los estudiantes menos aventajados a mejorar sus calificaciones. En el plan piloto, Jorge estaba como guía. Empecé a disfrutar las horas extracurriculares. Él era perspicaz, muy despierto y ocurrido. Manejaba ejemplos didácticos de variables y era muy bueno escuchando a los demás. Me tenía embelesada mucho más, porque era sencillo y me pidió ser su amigo. Iba a dejarme en su carro a mi casa luego de clases, sin importar que los batracios de mis compañeros se burlaran de mí. Era el único que me llamaba Adri, aparte de mi amiga Antonella.

El antiguo hotel Sanmarina, con una S simulando a un caballito de mar,  se encontraba en restauración. Los chicos organizaron allí la primera fiesta del año. Limpié y trapeé por dos semanas la casa de dos pisos para ganarme la confianza de mamá. Quería ir a esa fiesta porque Jorge se ofreció a llevarme. Creí que todo empezaba a cambiar para mí.

Entré en un jean semidescaderado, una blusa negra manga 3/4 para ocultar los brazos rechonchos y zapatos de taco rojos, que eran de mi mami y que me daba pánico caerme en media fiesta. No había ropa que me calzara con holgura, pero así logré verme por lo menos agradable. Usé un labial rosa y me delineé los ojos para profundizar la mirada. Con mis pocos ahorros me compré un Lolita Lempicka para la ocasión. Mi dormitorio olía a flores, yo flotaba en una nube de engaño. Jorge tocó el timbre de la casa y me esperaba con un girasol en la mano. Sonrió y me dijo que estaba resplandesciente. Yo sentí que iba a estallar de emoción.

Encendieron las luces que rodeaban la piscina y todos salieron a bailar «Felina» haciendo un círculo. Jorge me agarró de la mano y me llevó. ¡Ven, Adri! Mis piernas temblaron, me pegó a su pecho, mezclamos transpiraciones, olores a perfume y a loción y tomé dos o shots de tequila que Jorge me acercó. La brisa de la cercanía al mar me mareó al instante. Ante la mirada de los compañeros, Jorge me elevó entre sus brazos y me llevó a una de las habitaciones en reparación. Encendió la luz y, en medio de mi ofuscación, solo vi un colchón, unas almohadas y una sábana.

Me hizo acostar y con mucha paciencia logró que yo cediera a sus impulsos, dejé que me desvistiera y él se encargó de tocar las carnes que solo yo había visto en el espejo de mi baño. Era un hombre experto y yo una doncella asustada. Con mucha ternura me pidió permiso para tomarme fotografías que solo serían para él, para recordar esa noche. Captó decenas de imágenes de mi cuerpo y yo me moría de la vergüenza. Su pene recorrió mis muslos y luego me desfloró, eyaculando a placer sin siquiera advertirme que lo haría mientras su falo parecía presumir de haberme despojado de mi virginidad.

Después supe que mi única amiga me buscaba por todas partes, que los chicos se burlaban y las chicas soltaban risas nerviosas porque todos sabían lo que estaba haciendo Jorge, que no era nada más que cumplir una apuesta. Cuando Antonella me encontró yo estallé en lágrimas, mucho peor cuando me di cuenta, a la distancia, que Jorge mostraba al grupo las fotografías.

El reto se había cumplido y Jorge y sus amigos se encargaron de hacer virales las escenas en las redes sociales.

Hasta mis hermanos y mi mamá llegaron las fotos en las páginas de Facebook y en los chats de Whatsapp. Dejé de ser la burla solo para provocar asco y desprecio. Era la deshonra a la hija fea de la exreina de la ciudad. La profanación. La transgresión a los secretos de una familia que llenó de complejos a la más pequeña de la casa.

Nadie juró venganza, solo sentían vergüenza de la hermana y de la hija rota, de la Adriana expuesta al mundo con sus vergüenzas. La que fue desnudada y poseída por un adolescente temerario y agresor.

Pasé una semana encerrada en mi habitación. Rodeada del panda de felpa que ocupaba el asiento de mi coqueta, envuelta en pizza con bordes de queso y múltiples litros de Coca Cola. Me estaba hundiendo y nadie venía a tocar mi puerta para salvarme. Era como la pesadilla más infame que me pudo haber ocurrido.

Nadie tocó mi puerta, nadie me pidió que al menos me bañara, me quitara el pijama y las lagañas de los ojos. Mi madre me desheredó, mis hermanos salían a la calle bajando la mirada, con mucha vergüenza de su hermana. Todos hablaban del poco decoro que yo había tenido en aquella fiesta y nadie criticó lo que Jorge me hizo.

La única que de verdad se inquietó por mi actitud autodestructiva fue Antonella, mi amiga. Intentó comunicarse de mil maneras conmigo, negaban mi presencia en la casa, mis hermanos desconocían que detrás de la puerta de roble estaba una niña moribunda.

Antonella era todo lo que yo hubiera anhelado ser. Cheerleader, guapa, delgada, carismática, cuadro académico de oro, encantadora de hombres. Fue la única persona que pudo alumbrar mi cueva y sacar las telarañas. Convenció a mi mamá de dejarla ingresar al dormitorio y puso como pretexto el atraso de la monografía que debíamos presentar para graduarnos. Mamá no tuvo reparos, deseaba verme fuera de su vida en cuanto terminara el bachillerato.

Antonella era estratégica, deseaba reparar los daños y me juró que Jorge pagaría lo que hizo. Me trajo, en secreto, una prueba de embarazo y, por suerte, el examen dio negativo. Me enjugó las lágrimas y se portó enérgica: ¡Adri, despierta, la maldita pesadilla terminó! Empezamos a cranear cómo remover a Jorge de su cúpula de cinismo. El siguiente paso sería boicotearle la incorporación. La Anto llevó los apuntes de las últimas semanas de mi inasistencia a clases y me puso al día.

Era la última presentación de cheerleaders en el coliseo Jaime Roldós, en Salinas. Antonella deslumbró en la coreografía siendo la flyer más destacada. La falda corta y plisada blanca, más el body blanco con azul donde se dibujaba un delfín, estaba lista para la revancha, aunque sus pompones mostraran candidez.

Jorge se la comía con la mirada, Anto aprovechó esa insinuación y se acercó al grupito de vándalos. Jorge, guiñándole el ojo, tú y yo juntos, en la graduación, ¿o me tienes miedo? Jorge se cagó de risa y aceptó de una.

Se acercó el día de la fiesta de graduación, mi amiga y yo teníamos todo listo, el deshonor era temporal, la satisfacción sería exquisita. Los vestidos, el maquillaje, los peinados, las herramientas para juguetear.

Jorge apareció en la puerta de la casa de Anto, con un corsage y su risita de galán siniestro. Le abrió la puerta del auto. Todos nos encontraríamos en el vetusto hotel donde se agudizó mi desgracia.

Yo era carroña para mis compañeros, mi quemeimportismo para finalizar el colegio era bárbaro. Cada estudiante tenía una mesa para su familia e invitados especiales. El Sanmarina fue por última vez seleccionado para el acontecimiento.

Era la despedida tanto para los estudiantes de último año como para el hotel que se estaba convirtiendo en la facultad de turismo para la universidad pública de la provincia. Globos de helio color platino y dorado fueron lanzados por cada alumno al cielo con un deseo, el mío era que Jorge se pudriera y mi vida terminara.

Nos reunieron para el brindis de los alumnos. Antonella le entregó un copa de champagne a Jorge para el convite. Una mezcla de alucinógenos en el líquido bastó para que Jorge fuera desvaneciéndose poco a poco.

La mesas estaban copadas de botellas de vodka y whisky como agua. Antonella sacó a bailar a Jorge. En el momento en que todos se mostraban eufóricos Antonella besó a Jorge y este le respondió, pero en un estado semihipnótico. Sin que nadie se percatara lo llevamos lejos del escándalo de la fiesta, al mismo cuarto donde él me arrastró para humillarme.

Nadie se dio cuenta de nuestra desaparición, todos estaban conectados a sus celulares, tomándose fotos y selfies y posteándolos en sus cuentas de Facebook e Instagram.

Desvestimos a Jorge que, a esas alturas, ya no tenía ninguna voluntad. Era una roca insensible y fría, un guiñapo. Entonces tomé su celular, abrí el Instagram de él y filmé en vivo: Antonella, con una máscara que no permitía identificarla, fingía besar en todo el cuerpo a Jorge y llegó a intentar una felación. Succionó y lamió, pero en las condiciones en que estaba Jorge era imposible que tuviera una erección. Por el contrario, la verga se veía inerte y minúscula y no se estimulaba con ninguna provocación. De los 767 seguidores que tenía hasta ese momento, se unieron 1000 más gracias a ese live en la que el pito encogido y perezoso de Jorge fue la chacotada que él nunca imaginó.
Después de la graduación, Antonella y yo nos fuimos a estudiar a la universidad en Guayaquil. Pasaron meses y Jorge, después del escándalo, desapareció de las redes. El tamaño de su pene sería uno de los estigmas que arrastraría para siempre.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión», que pronto saldrá a circulación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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