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El cementerio azul

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Cada amanecer, las grandes piedras de las tumbas cubiertas de azulejos daban vida a entretenidos diseños infantiles. Hoy, lo único que recuerda la muerte en aquel lugar son los nombres grabados en blanco, con una fecha que precisa el día de entrada al mundo y de su salida.

*Por Ivanny Salinas Bartoletti

En el viejo cementerio del pueblo que data del 1869, hay una tumba en particular que llama la atención.

Un crucifijo de hierro en el piso, caído y quebrado, que con sus brazos extendidos hacia arriba parece señalar el nombre de Ángela Bouguet. Difícil ver las fechas: el musgo y la piedra quebrajada por los años no dan más información.

Cuentan que hace muchos años llegó al pueblo, en busca de un lugar donde vivir y trabajar, una tímida y silenciosa mujer de unos 30 años.

Recuerdan que llamaba la atención por su delicada belleza, por sus ojos azules y su abundante cabellera rubia, recogida en un moño en lo alto de la nuca. Su nombre era Sophia Goujon.

Entre los anuncios que se exhibían en la vidriera de la panadería algo atrajo su interés: el puesto de guardia de cementerio estaba disponible.

Visitó la propiedad y se fascinó con aquel cementerio de piedra maciza y blanca que, en estado de abandono, alojaba al menos 100 almas, en su mayoría de niños.

Lejos del ambiente lúgubre que podía invadir su ser, Sophia se sentía en su elemento, libre y serena. Desde lejos se oían sus risas y a veces sus dulces cantos mientras cortaba las flores secas.

Cada día, con la idea de embellecer las tumbas de los niños muertos, pensaba en algo nuevo; podaba los cerezos, arrancaba malezas, sembraba rosas blancas a lo largo de los muros.

Un día, en la bodega de las herramientas, encontró cientos de cajas selladas de baldosas azules, todas en tonos diferentes. Largas horas dedicó a cortar en pequeños triángulos las baldosas y luego a incrustarlas en las piedras. Su proyecto de mosaicos iba tomando forma.

Cada amanecer, las grandes piedras de las tumbas cubiertas de azulejos daban vida a entretenidos diseños infantiles. Hoy, lo único que recuerda la muerte en aquel lugar son los nombres grabados en blanco, con una fecha que precisa el día de entrada al mundo y de su salida.

El trabajo fue rápido. El pueblo se preguntaba si recibía ayuda en su proyecto.

Efectivamente, nadie lo sabía, Sophia tenía en su mente una tropa de niños que venían cada noche a ayudar y jugar por los jardines, sin dejar huellas.

Cada dulce susurro del viento, le traía a la más encantadora y divertida entre ellos, una pequeña de grandes ojos azules, de cabello rubio suelto.

Sus pequeñas manitos eran rápidas, era capaz de crear los paraísos azules que Sophia también imaginaba.

Mi Ángel, la nombraba Sophia, la niña no contestaba. Cada noche la abrazaba con su mirada, la acariciaba con sus pensamientos. A cada amanecer, esperaba con impaciencia ese calor agradable que cobijaba los espacios que compartían.

Llegada la noche, desamparada, veía correr a los niños a las profundidades de una tumba olvidada, donde un Cristo crucificado señalaba la entrada. Luego los pequeños desaparecían, como un acto de magia.

De día, su proyecto avanzaba, todo el año las rosas y los cerezos permanecían en flor y cada alma de niño, mostraba grabado en su tumba retazos de un paraíso hecho de mosaicos azules.

La noticia sobre la belleza del cementerio azul se expandió y más allá de su región, visitantes llegaban de todas partes. Entre ellos, un hombre llamado Mario Bouguet.

Desde que la encontró, volvió cada año, le pedía indicaciones, intercambiaba con ella un par de frases y luego se dedicaba a observarla.

Después de esos años de visitas angustiosas, decidió revelar a Sophia que él era su marido.

Poco a poco le contaba algo de su antigua vida, pero ella solo sentía indiferencia y desconcierto, hasta que en uno de los relatos de Mario apareció el nombre de Ángela.

– ¿La recuerdas?, le dijo.

Sophia solo lo miró con un aire lejano que no dejó espacio para más preguntas.

Ese día, ella no jugó a hacer mosaicos con los niños. No comió, tampoco logró conciliar el sueño. En el insomnio vio a su ángel con un vestido azul intenso, le dio la impresión de que había crecido, que había algo distinto en la niña.

La mirada de Sophia se cruzó con la mirada de su ángel invisible.

En la profunda transparencia de los ojos de la pequeña vio el reflejo de una luz intensa que la cegaba.

Eran dos faros que venían directo hacia Sophia, casi no podía mantener los ojos abiertos.

Ella conducía y en un instante se produjo un violento estruendo, todo se hizo fuego. A ella lograron sacarla, pero su hija quedó atrapada por el cinturón de seguridad, calcinada en el interior del vehículo.

Un grito de horror salió de sus entrañas, se escuchó en todo el pueblo.

Sophia, arrastrada por esta visión del infierno… ¡Recordaba!

Después del accidente, los llantos de ese tiempo no alcanzaron para secar su pena, los medicamentos no aliviaron su culpa, sus oídos se volvieron sordos a los consuelos. Y las palabras de compasión caían vacías al bloque de cemento en el que se había convertido todo su cuerpo.

Estos años en el cementerio vivió en calma, intentando no soltar el fino hilo de amor que unía su vida al recuerdo de su hija.

Ahora comprendía por qué en las noches de soledad en que sus imágenes desaparecían, era solo la tristeza quien le hacía compañía.

Al día siguiente, ante la evidencia de su verdad de madre huérfana, arrebató todas las flores de los cerezos y arrancó con sus manos cada rosa de los muros.

Se resistía a la idea de no verla.

Con las manos ensangrentadas por las espinas de las rosas corrió hasta la tumba abandonada en la que su ángel desaparecía cada noche. Y no volvió a salir del cementerio.

A la semana siguiente, cuando Mario vino a verla, siguió el rastro de sangre que habían dejado sus manos hasta la tumba que decía:

                                                 Angela Bouguet, fallecida a los 5 años. 1901-1906                             

Mario vio el cuerpo inerte de Sophia con rostro pálido, abrazado para siempre a la tumba de su hija.

______________________________

*Ivanny Salinas Bartoletti, chilena, es psicóloga clínica. Reside en Borgoña, Francia, desde hace más de un década. Esta es su segunda incursión en la escritura y loscronistas.net acogemos con orgullo su excelente trabajo.

**Foto del Cementerio Alegre en Rumania

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Comments (2)

  1. Romina

    08 Nov 2021

    Me he quedado perpleja y un poco triste. No puedo imaginar el dolor de una madre al perder a su hijo, mucho menos en esas circunstancias… Me pregunto, ¿realmente vale la pena recordar? Yo no lo sé, yo no lo sé.

  2. Angelica Nasir

    08 Nov 2021

    Una historia triste que sensibiliza y crea empatia hacia las personas que han sufrido una tremenda perdida, a la vez me encanto la descripcion de los personajes y del cementerio azul. Un relato excelente y cautivador.

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