• December 9, 2025
  • Updated 10:23 pm
Tendencias
#Un dolor imposible. Por María Augusta Pérez #Paula. Una historia de Ciana Ballesteros #¡Auxilio, Bukowski. Ahí viene Elvira! Crónica de Rubén Darío Buitrón #«Abrazo de lodo». Una crónica de Natalia Dávila #Besitoterapia para un héroe (homenaje a Pedro Restrepo) #Réquiem por Martti Ahtisaari. Una crónica de Arturo Cabrera H. desde Australia #El nido vacío: saltar del escenario al palco. Crónica de Carmen Inés Merlo #Cuando aprendimos a morir: el año de la pandemia. Por Ronald G. Soria #Amanda y Tamia Villavicencio, herederas de la poesía de su padre. Por Rubén Darío Buitrón #Soy dama de compañía. Por Magaly Villacrés, desde España
Los Cronistas I Periodismo & Literatura Los Cronistas I Periodismo & LiteraturaLos Cronistas I Periodismo & Literatura
  • El Proyecto
    • Equipo
    • Estos somos loscronistas.net
    • Escribe en loscronistas.net
  • Temas
    • Crónica
    • Diversidad de Género
    • Opinión
    • Libros
    • Ensayo
    • Cine
    • Entrevista
    • Cuento
    • Perfil
    • Poesía
    • Novela
  • Radio online
    • La otra mirada
    • Loscronistas.net
  • Talleres
  • Concurso
    • De qué se trata el concurso
    • Bases del concurso nacional de crónica 2023
    • Ediciones
  • Servicios
    • Nuestros libros
    • Consultorías y asesorías
    • Tu marca aquí

La Colada Morada, un refinamiento de aromas y sabores

Regresar
Ingrese su texto y encuentre el resultado
Recent Posts
  • 35 Views
  • noviembre 30, 2025

No todas somos Shakira. Y no necesitamos serlo…

No todas somos Shakira…, y no necesitamos serlo. Por Marie-France Merlyn Psicóloga La figura de Shakira ha sido protagonista en las redes sociales durante las últimas semanas. La cantante irradia belleza, energía y una juventud espectacular. “Nadie diría —me comentó una amiga en tono inconfesable— que ya se acerca a los cincuenta”. Y, en efecto,

De la polarización a la espiritualidad
Opinión
  • 382 Views
  • noviembre 20, 2025

De la polarización a la espiritualidad

El pasado 27 de octubre, el mundo -literalmente, el mundo- empezó a hablar de una nueva propuesta musical de la cantante española más disruptiva de la historia reciente: Rosalía.


Un dolor imposible. Por María Augusta Pérez
Crónica
  • 1063 Views
  • junio 23, 2024

Un dolor imposible. Por María Augusta Pérez

Hay noches en que a pesar del sueño pareces estar en vigilia, como esperando, como sabiendo… Para mí esa noche no fue así. La madrugada iba entrando y el teléfono sonó a mi oído, no sé cuántas veces. Yo dormía, yo no entendía nada: “¡Mija, se murió su primo!”. Por María Augusta Pérez* Yo dormía,

Olvido. Por Rubén Darío Buitrón
Crónica personal
  • 999 Views
  • junio 23, 2024

Olvido. Por Rubén Darío Buitrón

Cuando me lo contaba, mamá decía que me había encargado con Elisa, pero nunca entendí por qué confió en ella para que me cuidara. ¿En qué estaría pensando mamá? ¿En su descubrimiento de que su marido la traicionaba y que esa certeza la atravesaba el alma hasta la obsesión y el dolor más vivo? Por

Cuarenta años con psiquiatras. Por Rubén Darío Buitrón
Crónica personal
  • 1006 Views
  • junio 23, 2024

Cuarenta años con psiquiatras. Por Rubén Darío Buitrón

A los depresivos crónicos como yo quizás les ayude la idea de que nunca van a curarse del todo y que no existe nada mejor contra ese mal que asumir, sin eufemismos, que lo llevas como una sentencia a cadena perpetua. Por Rubén Darío Buitrón Es como si una potencia nuclear te atacara, sin previo

Si la muerte me hubiera tenido paciencia… Por Rubén Darío Buitrón
Crónica personal
  • 846 Views
  • junio 23, 2024

Si la muerte me hubiera tenido paciencia… Por Rubén Darío Buitrón

Tuve que resignarme a la atención médica privada luego de que las puertas de la salud pública, a la que tenía derecho, no se me abrieron en el momento en que mi vida se había puesto en riesgo por una grave enfermedad. Por Rubén Darío Buitrón Era absurdo pedirle a la muerte que tuviera paciencia

«El problema final». Miniensayo de Rubén Darío Buitrón sobre la novela de Pérez-Reverte
Novela
  • 1022 Views
  • mayo 26, 2024

«El problema final». Miniensayo de Rubén Darío Buitrón sobre la novela de Pérez-Reverte

Por Rubén Darío Buitrón* La reciente novela «El problema final«, de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951), publicada por editorial Alfaguara en septiembre de 2023, tiene un sabor de algunas maneras distinto al de las 34 novelas anteriores. Si bien algunas de ellas abordan aspectos de la vida desde la trama policial e investigativa, esta nueva

Paula. Una historia de Ciana Ballesteros
Crónica
  • 1446 Views
  • mayo 26, 2024

Paula. Una historia de Ciana Ballesteros

Por Ciana Ballesteros* Paula es una mujer de 37 años. La conocí en febrero de 2019. Es una exitosa profesional en Contabilidad y Auditoría, recta, tenaz en lograr sus metas y alcanzar en corto tiempo grandes trabajos. Nos presentaron en el matrimonio eclesiástico de mi sobrino Horacio con su novia Anita. Paula es la hermana

¡Auxilio, Bukowski. Ahí viene Elvira! Crónica de Rubén Darío Buitrón
Crónica
  • 1597 Views
  • mayo 12, 2024

¡Auxilio, Bukowski. Ahí viene Elvira! Crónica de Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón* El show de la poeta Elvira Sastre en Quito convocó a más de 400 personas, pero, como dijo alguna vez el escritor español Arturo Pérez Reverte, su espectáculo es más fuegos artificiales que poesía. Fue inevitable. Ver a Elvira Sastre sobre las tablas del escenario de la Cámara de Comercio de

Maratones de series (historia imaginaria). Por Guillermo Gomezjurado
Historia
  • 857 Views
  • mayo 12, 2024

Maratones de series (historia imaginaria). Por Guillermo Gomezjurado

MARATONES DE SERIES Por Guillermo Gomezjurado* Desde un principio me advirtió que no veía series y que solo pagaba Netflix porque las paredes eran delgadas y mis visitas -ruidosas- podían provocar molestias a los vecinos. Ponía cualquier cosa en la tele y subía alto, muy alto el volumen. Con este ambiente sonoro –compuesto por una

La Colada Morada, un refinamiento de aromas y sabores
Crónica
  • 1496 Views
  • noviembre 2, 2021
  • Crónica

«La Colada Morada toma su tiempo.  Se necesitan varios pozuelos y de preferencia de acero inoxidable o de vidrio. Como me he acostumbrado a hacer para un batallón, las ollas son gigantes.  No logro hacer menos cantidad.  Pero no importa, me dura días, de días, de días… Antonia y yo somos felices». 

Por María José Larrea Dávila*

“Nada queda de nosotros, padre, más que estos animales minúsculos atraídos por la calidez que rodea la muerte”.

(Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire)

Cuando preparo la Colada Morada me inunda el poema Elegía, de Miguel Hernández, pero: “Tu corazón, ya terciopelo ajado”, no tiene nada que ver con el corazón terso, aterciopelado, brillante de esta fina mazamorra, a menos que esté mal preparada y se separen en ella todos los ingredientes.

Con ella se convoca a la muerte en un espacio, en un día entre los trescientos sesenta y cinco, en un tiempo, en una entrega.  Desde el rito vivencio sin preguntarme, sin reflexionar, dejo mi intelecto de lado: ¿cuánto sé de dónde y desde cuándo se practica este manjar?  La verdad es que no sé nada.  Ahora ha salido una historia interesante sobre los jesuitas y el porqué de la costumbre de elaborar de esta bebida.

La dedico horas, paciencia, secuencia, orden, utensilios, ingredientes; lleno la casa y la memoria de mis hijos con fragancias propias de las hierbas dulces, especerías y distintos tonos de la mora, del mortiño, del ataco que, al final mezclado todo, parece sangre; con ella también revivo los recuerdos pasados de los ancianos.  La bebo como sea, en grupo o en soledad, caliente o fría; me hace abundante cuando la comparto, me deja buenos momentos cuando la tomo, acompañada, me hace pensar en los que no la beberán y llamo para preguntar si la desean, me hace congelarla por aquellos que me piden: “¡Guárdame un poquito!”.

Yo aprendí a hacerla con mi abuela.  Hace treinta y dos años mi mamá me mandaba los ingredientes desde Quito y no sé por qué. Mi verdad es que en Cuenca no se la bebía como lo hacíamos en el norte, había pocos restaurantes, todo se cocinaba en las propias casas, pero ahora se la encuentra en todas partes, todas distintas y cada vez más ricas.

Durante años la he vendido, pero este 2021 decidí que me iba a la capital para hacerla con mi mamá.  El “paro indígena” no me permitió comprar los pasajes y no sirvo para tomar decisiones a última hora, me dio miedo de que se repitiera el octubre de 2019, de exponerle a mi hija, a mí misma, de pasar un buen momento y que, de pronto, se adelanten a reiniciar la “huelga” y no pueda regresar.  Esta digresión en medio de mi escrito me molesta. Así como me incomoda el no entender: se detiene el trabajo del país por causas “supuestamente justas”, pero se lo deja en suspenso por un feriado, por la “coladita morada”.   Entonces, detrás de estas decisiones arbitrarias, no hay convicciones serias y con estas actitudes nos afectan a todos.  No quise jugar, no me arriesgué y decidí dedicar un día del feriado a la preparación.

El viernes conseguí los ingredientes en un solo lugar del Mercado 27 de Febrero ─pensé que por el cierre de carreteras no habría ciertos ingredientes, pero encontré todo─: mora, mortiño, piña, babaco, naranjillas, frutillas; el atado de hierbas: cedrón, hierbaluisa, arrayán, hojas de naranja, ataco; la harina de maíz morada.  En la abacería compré: panela, canela, clavo de olor, pimienta dulce y el ishpingo.  Todo por veinte y cinco dólares.

La Colada Morada toma su tiempo.  Se necesitan varios pozuelos y de preferencia de acero inoxidable o de vidrio. Como me he acostumbrado a hacer para un batallón, las ollas son gigantes.  No logro hacer menos cantidad.  Pero no importa, me dura días, de días, de días… Antonia y yo somos felices.  La mía tiene el gusto de la de mi abuela, de la de mi madre, no sé cómo se logra esta repetición de la sazón.  No tiene que ver con los ingredientes.  Por ejemplo, mi abuelita ponía al final las naranjillas con cáscaras, cortadas en cuatro al final de la cocción y no ponía frutillas; resultaba un poco rústica.

En cambio, yo, al agua de las hierbas, como mi abuela y mi madre pongo las cáscaras de la piña, pero añado también las de las otras frutas y no las retiro sino las licúo y las cierno.  La pulpa de la naranjilla la cocino con la mora y el mortiño, y para mí tiene que estar sumamente madura, es mejor comprar esa por la que ya no se pagaría nada. Pero de todos los ingredientes el que más me emociona es el ishpingo.  Lo froto entre mis manos, lo huelo y me viene la fragancia de los baúles, de los guardarropas antiguos y envejecidos.  Cuando era profesora, llevaba a mis estudiantes distintas especerías para que cerrados los ojos se concentraran en el olor y escribieran, no importaba si fuera una línea, los resultados eran increíbles, bellos.  Un poco lo que estoy haciendo en este instante, y no resulta fácil, quisiera transmitir con palabras la acción de saborear y sentir la esencia de este dulce.

El perfume del babaco es delicado, profundo, la gente de otros lados, que vive en el Ecuador, se maravilla con él.  El mortiño es otra baya propia de ciertas zonas de altura de América del Sur, en el mismo Ecuador es difícil encontrarlo en otros meses que no sea noviembre, pero congelado sirve para usarlo en dulces en otras épocas del año, por ejemplo, una miel con mortiño hace diferente los pancakes y los pies también son deliciosos.  El mortiño le da el sabor de la tierra mojada a la colada, un agriecito, la humedad, y el color negro de la sangre que se ve cuando la donamos.  Es distinto, muy distinto al blueberry del norte del continente en textura y sabor, pero sirve de igual manera para comer con el yogur. No somos conscientes de lo privilegiados que somos con tantas frutas, porque las tenemos a la vista, en abundancia, a diario.

Hay que comprobar que la harina de maíz morado no esté amarga, la dejo unos días en agua hirviendo para que fermente y le dé un agrio más intenso, un mordicante a la colada.  La panela es mucho mejor que la azúcar, deja en el fondo del paladar una sensación de liviandad, unas ganas de seguir bebiendo sin que resulte empalagosa; la azúcar blanca, en cambio, la vuelve pesada y difícil de digerir.

Como la mayoría de los platos ecuatorianos, la Colada Morada es más sabrosa conforme pasan los días desde su elaboración.

Yo sé que Antonia será la encargada de transmitir la receta a sus hermanos y a sus primas cuando yo no esté.  Y no por predestinación, sino porque le encanta. Estos son los aprendizajes que no se dan en la escuela y que son necesarios para sostener la oralidad, los rituales, lo sagrado unido a lo profano; la muerte atraída por la calidez de símbolos de aroma y de sabor.

________________________________

*María José Larrea Dávila (Quito, 1970).  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito. Perteneció al club de lectura “En perspectiva lila” y es miembro del club “Santa Ana”, de Cuenca. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

Post Anteriores Cuenca, detalles multiplicados en la infinidad
Nuevos Post El secreto del elefante

Los Cronistas 2025 I Todos los derechos reservados I Desarrollado por Sabana Kreativos