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«La ciudad, como los seres humanos, como los perros y los gatos, tiene un nombre que la humaniza.  No sé si durante mi permanencia he sido consecuente con nuestro mutuo amor.  En estos días me he investido de turista y he caminado por los bellos rincones de Cuenca».

Por María José Larrea Dávila*

“Somos hijos de nuestro paisaje; nos dicta nuestra conducta e incluso nuestros pensamientos en la medida en que armonizamos con él.  No concibo una identificación mejor”.

 Justine, de Lawrence Durrell

 El domingo 24 de octubre de este 2021 Antonia tenía que hacer un deber sobre Cuenca.  Era una mañana soleada y aproveché la tarea para compartir con ella la razón del porqué el espacio en dónde vivo me colma tanto.

Conocí esta calle antes de instalarme en la ciudad.  Era repleta de molles sin podar, con sus ramas retorcidas en forma de espíritus tenebrosos; apacible, tan sin ruido, tan sin gente, porque era una zona residencial donde no había un motivo para pasar por ella.  Llegaba hasta Los tres puentes.  La Primero de Mayo estaba asfaltada a partir de la avenida Solano, unas cuadras más lejos continuaba siendo de tierra.  Para hacer el ejercicio del día caminaba hacia Turi. El primer tramo era un chaquiñán hasta la actual autopista, el siguiente era de tierra y a continuación una escalinata larga de cemento que fortalecía los músculos de las piernas y destrozaba las articulaciones de las rodillas.  Junto al chaquiñán se construyeron casas y se perdió ese trayecto de pencos y raíces enredadas de eucaliptos en el surco, era un reto diario bajar por él, llegaba a la zanja y el corazón se me agitaba por el miedo a caerme. Sustituyeron ese tramo con un graderío más de cemento en vez de uno construido con la misma piedra de la montaña, plana y porosa, o con la piedra redondeada por el agua de los ríos, con jardineras naturales que nos invitaran a subir y a bajar por él.  Entiendo que la gente que vive en Turi necesita de buenos accesos, iluminados, seguros, pero no sé si el cemento sea la decisión correcta. Entre el primer graderío y el segundo todavía existe el trecho de tierra que de seguro incomoda a la gente que vive ahí.  ¿Cómo será cuando llueve?

Con la autopista Sixto Durán Ballén, la avenida Solano se convirtió en la entrada a la ciudad.  Hasta ahora, desde la existencia de la gran vía, la Veinte y cuatro de Mayo siempre pasa hundida y son años sin una solución. El paisaje de 1985 se ha ido transformando.  Los árboles están podados y los parterres perfectos, las aceras tienen los mejores adoquines, La Virgen de Bronce se ilumina por las noches, el Museo de los Metales parece un observador del tiempo, la muralla antigua de piedra protege el edificio moderno Rosenthal y el museo, el muro del colegio Bilingüe sigue ahí. Nunca más nadie volvió a estacionar sus carros junto a la acera de mi casa: se construyó la ciclovía; hoy la están arreglando una vez más y las mañanas se llenan de ruido de taladros.  ¿Nos han preguntado a los habitantes del barrio cómo nos impactó la autopista, la ciclovía, el mercado?  Hace unos días vinieron del Municipio a informarme que arreglarían la vía para las bicicletas, y de verdad me alegro, porque desde su construcción se ha destrozado.  La avenida Solano es una puerta de entrada, nadie puede detenerse bajo su dintel.  Hay horas de tráfico insostenible.  Sigue siendo hermosa pero su alma silenciosa, de troncos misteriosos, de sombras alucinantes ya no es la de ayer.

Mi hija Antonia, que nació en el 2008, ha mirado otra Solano: La Avenida de los Ilustres.  Por su tarea se ha acercado a cada estatua para conocer sus nombres.  Yo le conté un poco de la historia mientras ella posaba y sacaba fotos de mi hija junto a los monumentos, pero no era necesario, Antonia también sabe algunos datos.  ¿Qué cuidan los ilustres o les cuidamos a ellos?  Los ilustres también son los molles que le dan el verde a esta isla de pavimento entre el río Tomebamba y el río Yanuncay.  Esta franja territorial podría ser independiente y autónoma, tiene bancos y colegios, un hospital y farmacias, negocios y restaurantes, iglesias y transporte, peluquerías y museos…  Deseo que cuando mi hija tenga la edad que tengo yo, la avenida Fray Vicente Solano siga siendo la que es desde su mirada.

La ciudad, como los seres humanos, como los perros y los gatos, tiene un nombre que la humaniza.  No sé si durante mi permanencia he sido consecuente con nuestro mutuo amor.  En estos días me he investido de turista y he caminado por rincones.  Después del homenaje póstumo que se hiciera a Eliécer Cárdenas Espinosa en la nueva casa de la Prefectura del Azuay a la que nunca había entrado ─así nos pasa con el amor, ¿qué conozco a profundidad de ese ser al que amo? A veces pienso que no conozco nada, y él, de mí, tampoco.  Ojalá me dejara sorprender a diario como por La casa de la provincia─, esa noche me deslumbraron sus jardines iluminados con velitas en fundas de papel a lo largo de los corredores.

Volví una mañana con  Antonia solo para ver cada plinto tratado sin cubrir las huellas de las polillas; troncos que parecen uniformes, pero son distintos, singulares, sostienen al segundo piso de la casa; las ventanas empotradas en las paredes anchas de adobe entre marcos de madera, protegidas por vallas de rombos enlazados con nudos de hierro forjado; las puertas de dos cuerpos también de tablones planos y sencillos, las cerraduras y las jaladeras de metal recio; los arcos de los corredores; el mural: El jardín de la mujer, del artista Armando Nicolás Herrera donde consta un texto del amor de Claudio Cordero a su hija Silvia Cordero Cueva.  ¿Cómo será trabajar en un espacio así?

Continúo por la Bolívar hacia el occidente.  Subo, como dicen aquí.  Subo. ¿Adónde?  Subo como si me fuera hacia El Cajas donde nacen y descienden los ríos.  Me detengo en los detalles.

Recuadros amarillos enmarcados en filos castaños bordeados de celeste, encuadrados en blanco con pinceladas de beige que parecen hojas y ramas, rodeados por otras molduras marrones, unidas a las demás para formar el cuadriculado de latón del cielorraso de la alcaldía.  Retahílas de colores en secuencia: del cuadrado más grande al más pequeño o a la inversa.  Un cuadrado dentro de otro y de otro y de otro…

Puertas talladas. San Alfonso.  Retablos.  Mitades de rosetones con vitrales reflejan a medio día la calle Bolívar y la luz pasa a la iglesia.  Arcos sobre columnas corintias. Cruces latinas, coronas de espinas, corazones, brazos de travesaños de los que cuelgan el manto, letreros con INRI; más allá, Ave-María-Gratia-Plena. Pétalos que guardan lirios, flores que encierran pétalos. Infinidad de tres y de cuatro.  ¡Misterio! Si sumo todo lo visto, ¿qué número dará?

Frente al Parque Calderón entro a Vatex.  Está de moda subir a Negroni para tomar un desayuno, para comer o beber, para ver desde la terraza la ciudad.  Visitar este nuevo restaurante es reservar con antelación.  Me quedo en los almacenes de ropa y me sorprendo.   ¡Me maravillo!  Cada piso, cada rincón es una mezcla del pasado con la ropa nueva, y todo se vende.  Esas cosas por las que no daríamos ni un real por ser antiguas o viejas, porque ya no gustan más ─aunque una lámpara cueste mil doscientos dólares─ aquí tienen su lugar y todo combina muy bien.  Es una tienda única, es un museo que enseña cómo era vivir hace cien años frente al parque. El patio de atrás, donde también se vende comida y está protegida por una pérgola de vidrio, tiene la pared de adobe enmarcada como orgullo de una construcción de tierra que sigue sosteniendo la vida a través de los negocios.  Han arreglado las puertas de los vestidores con los gobelinos franceses que antes colgaban de las paredes.  Hasta los libros viejos de medicina o de teología se los puede ojear o querer.  Si reconociera la vida en la presencia de las cosas, no comprara tanto y sin sentido, conservara lo que tengo y les diera otro lugar, les arreglaría si se han dañado, porque me han llenado de recuerdos.  Con sus vidas han hecho mi vida; con sus muertes me acercan a la mía.

Compro, virando por la Juan Montalvo, en La Fama, un sándwich de ochenta y un años de sabor de un pernil seco, sin grasa, con sal y la cebolla gruesa de su ají.  Más allá, pasando la iglesia, en El Mono Chico otro sándwich, esta vez mojado en su propia manteca con otro picante.  ¡Diferentes!  ¡Deliciosos!  Regreso, bajo por la misma Bolívar hasta San Sebastián.  En la esquina de la Sucre un jugo de caña recién sacado del trapiche, hace calor y el hielo diluye su dulzor.  Solo probando, Antonia guardará los sabores.

El Museo de Arte Moderno está cerrado, están preparando otra instalación para el feriado de noviembre, pero cuántas veces he venido.  Antonia me acompañaba al coro bajo la dirección de Vanessa Freire hasta antes de la pandemia ─ahora, siempre está presente la pandemia─.  Así no haya instalación de arte alguno, el edificio, su presencia es una obra de arte y de memoria en sí.  Voy más allá.  Antonia me dice: “¡Mami, las palomas están de luto”!  Y es verdad. Miles de ellas se agolpan bajo el zaguán de la casita azul de la artista Eudoxia Estrella, ahí donde dice: Galería Guillermo Larrazábal. Ella les daba de comer y tal vez, de seguro, no comprenden que está muerta.  Me quedo en el parque.  El aire de pronto es un oleaje de palomas que vuelven a detenerse en la orilla de la casa esperando a que ella salga.  Cuántas veces con el Cedfi, un colegio en el que trabajé, llegábamos a San Sebastián después de El Pase del Niño a cantar villancicos en la entrada de la iglesia.

Regreso por la Sucre.  Me detengo en La Plaza de las flores.  La Plaza de El Carmen.  Hace unos pocos años la gente no permitió que cambiaran las sombrillas de siempre por unas garitas modernas con aleros plastificados. ¡No!  ¡No!  ¡La gente no lo permitió!  En esa plaza tomo, obligatoriamente, el agua de pítimas, agua de plantas frescas, de pétalos y secretos de las monjas, le doy a Antonia para evitar cualquier posible mal, así, entre las flores.

El Salón del Pueblo “Efraín Jara Idrovo”, al que ingreso cada vez que voy al centro para ver la exposición de turno.  Muchas veces encontré a Efraín en su escritorio cuando con Noelia Vial ─profesora de piano, directora de la academia de música “Rafael Sojos” con quien, más que aprender, conversaba─ íbamos a solicitar el piano de La Casa de la Cultura para el recital anual de clausura del año lectivo de las clases de música.  Otro lugar especial.  Solo el jardín merece minutos de silencio. La pileta. Trato de descubrir los nombres en los nichos de la pared del fondo de las imágenes sagradas.  En otra sala me encuentro con los retratos de los poetas.  O me concentro en la exposición de los artistas nuevos.

Viro por la Benigno Malo hacia el sur, paso por un recodo de adoquines, de baldosas, de muros de piedra donde se sujetan los pencos, las enredaderas, las ramas hasta llegar al Puente del Centenario y otra vez por los rostros de la avenida Solano: Remigio Crespo Toral, Benigno Malo, Rafael María Arízaga, Fray Vicente Solano, Andrés. F. Córdova, Roberto Crespo, Antonio Borrero, Enrique Arízaga Toral, Honorato Vázquez, Antonio Vega Muñoz, donde me quedo, porque unos metros antes de llegar a él, en frente, está mi casa; no alcanzo a Severo Espinoza ni a Carlos Cueva Tamariz.  Rostros del pensamiento, de la literatura, de la comunicación, de la diplomacia, de la economía, de la autoridad… en una calle que tiene más de cien años; un fragmento de los caminos por los que recorro a diario, en los que transcurre mi cotidianidad de ir por compras, de ir por dinero a los bancos, de ir por exposiciones, por libros, por un helado, por rostros conocidos; de ir muchas veces en la compañía de Antonia.  Vuelvo al epígrafe y no sé si me he quedado en este paisaje demasiado.

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*María José Larrea Dávila (Quito, 1970).  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito.  Perteneció al club de lectura “En perspectiva lila” y es miembro del club “Santa Ana”, de Cuenca. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

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