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Por Magaly Villacrés*

MADRID.- Era febrero en medio del invierno, la puerta del Metro se cerraba detrás de mí y apenas podía tumbarme sobre el asiento mientras suspiraba, agotada. Estaba derrotada por el cansancio físico y cargaba una tristeza en el corazón que no cabía ni quería disimular.

Había terminado mi jornada laboral como empleada doméstica en dos casas distintas, una condición muy similar a la de miles de ecuatorianos que volaban -aún lo hacen- a Madrid en busca de un espacio en ese ajeno mundo, algo de dinero para subsistir y una razón válida para seguir luchando.

Un vagón de tren atiborrado de viajantes con pensamientos silenciosos donde casi todos nos mirábamos, pero fingíamos no vernos. Solo bastaba el bullicio de la propia mente para obligarnos a callar frente a los demás.

Pensaba. ¿Qué hacía tan lejos? ¿Seré olvidada con el pasar del tiempo? Atrás había dejado a mi pequeña hija de cabellos negros, una relación agónica y el sueño de formar una familia. Al final, todo aquello desapareció, a su tiempo y a su modo. En ciertas ocasiones, el destino tiene un guion macabro.

Estas ideas absurdas sobre mi futuro incierto se veían interrumpidas por la ráfaga continua de pasajeros y fragancias variopintas.

No distinguía los nombres ni mucho menos las marcas comerciales, sin embargo, me dejaba llevar por los aromas: madera, lavanda, naranja, rosas, mientras yo olía a cloro y amoníaco. El perfume de la servidumbre.

El rezago de aire que me quedaba se convertía rápidamente en una bocanada de aliento, después de limpiar de rodillas el piso de madera de ébano, sacarle brillo a los cientos de lágrimas de cristal Swarosky  de una enorme lámpara colgante, lustrar el piano de cola, el piso de mármol, los dientes de elefante y cuánto adefesio había en los salones de las casas donde trabajaba.

Justo en el momento en que parecía extinguirse mi voluntad, de mi bolso color azul emergía algo que me salvaba la vida en aquellos días.

Aún recuerdo una frase: “Baila, baila, Zarité, porque esclavo que baila es libre… mientras baila”,  del libro “La isla bajo el mar” (2009), de Isabel Allende. Y yo quería bailar, yo quería escapar, yo quería ser libre, yo quería volver a mi tribu familiar del otro lado del océano.

Mis ojos apenas recorrían las primeras páginas y el amor surgía. Todo era perfecto, la cita íntima, el café imaginario y el tiempo del olvido.

Apenas abría el libro se me abría un universo. Los minutos de mi viaje en tren se esfumaban en medio de las líneas de esta historia de esclavos africanos que me cautivó el alma y atrapó mis pensamientos teñidos por la añoranza; porque eso es lo que provoca un libro, nos acompaña, nos abstrae del caos y todo lo que nos rodea se vuelve invisible, translúcido y hasta innecesario.

Fui testigo de los diálogos de amor, de la desesperación ante la despedida, de los encuentros nocturnos y febriles entre aquellos protagonistas de una historia que parecía escrita para dejarme volar la imaginación y escapar de la rutina. Cada frase y cada línea me invadían de una lucidez tan penetrante que podía ver la vida y el entorno de las cosas más allá de cualquier calamidad.

Así ocurrió mi enamoramiento literario. No provino de una imposición académica, sino del ejemplo constante de mi padre, Waldemar, un hombre sencillo, culto y con una memoria infinita. Casi medio siglo como educador, desde escuelas pobrísimas del campo hasta aulas universitarias en la ciudad, le sirvió para confirmar que los libros son capaces de rescatarnos de la banalidad de la gente, de la torpeza política, del vacío ideológico, del olvido por la belleza, de la soledad autoimpuesta, entre otros males.

“He sido un maestro, no solo un profesor”, suele decir, y no hay vanidad en su juicio. Enseñar a escribir precisa de técnica y vocación, pero enseñar a reflexionar es un acto subversivo de la inteligencia humana que desafía y modifica al mundo.

Mi padre lo tuvo todo. Aptitud para la enseñanza, pasión por el ser humano, humildad para no arrogarse triunfo alguno y cientos de libros para aprender a pensar o aprender a dejar de pensar por si algo nos afligiera el corazón.

En esa época yo era una mujer con las tormentas de la nostalgia atadas al pecho y ansiaba encontrarle sentido a tanta distancia que me lastimaba, a tanto mar de por medio que me detenía, a tanta charla solitaria frente a un sucio espejo que se burlaba de mí. Necesitaba únicamente un abrazo y a alguien que pronunciara mi nombre con un poco de afecto.

Nadie me abrazó, nadie me nombró.

En mitad de la lejanía, el hábito por la lectura que me había inculcado mi padre surgió con una fuerza providencial, como un salvavidas y una sincera compañía en mi soledad. Desde esos instantes, los libros no se han desprendido de mí.

En mi exilio voluntario encajaron porque me rescataron de la realidad o, a veces, me devolvían a ella. Otras ocasiones, en cambio, me estremecían con sus verdades crudas. Transformaron mi timidez en osadía y algunos defectos en virtudes. Fui cómplice discreta de audaces romances, arrebataron mi cordura y mutilaron mis prejuicios.

Leer es como navegar sin rumbo, pero sin miedo al naufragio, pues la meta no consiste en llegar al puerto sino en sobrevivir a la travesía.

Más de una vez me pasé de la estación del Metro de Extremadura, donde debía bajarme, pero no importaba. Mi mente crecía y mi corazón se saciaba con cada palabra que escuchaba. Sí. Escuchaba con claridad, dentro de mi cabeza, la voz de cada personaje. Adivinaba los detalles, sentía los olores, tocaba sus pieles, admiraba los colores, vibraba y lloraba con cada descripción de un sentimiento.

Talvez un libro no sirva para escapar del todo de este mundo, pero es seguro que dentro de sus hojas la vida nos duele menos.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973), licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario digital «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la Revista Oceanum, en Asturias, España. Autora del libro «El camino recorrido» y coautora del libro «Ruta de sabores del tren». Locutora y guionista de radio. Colaboradora de loscronistas.net

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