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París, la ciudad soñada

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La autora de esta crónica nos detalla todas las sensaciones, emociones y percepciones que vivió en su primer viaje a París y luego hace una reflexión sobre el valor histórico y emblemático de la Ciudad Luz.

Por Dalia Palomeque Matovelle*

Salimos en el auto de Francisco luego de tomar la vía periférica y, de pronto, tras recorrer algunos kilómetros, nos señaló con la mano hacia el frente: ¡ahí estaba la Torre Eiffel!

Yo no lo podía creer, era el sueño cumplido, casi no podía respirar por la emoción, le pedí que se detuviera y él lo hizo, a pesar de que estábamos en un puente, bajé y a todo pulmón empecé a gritar:   “¡Estoy en París, estoy en París!”.

Francisco se reía y mi amiga Marianita Heredia, un poco preocupada por las formas, me decía que me callara, que parecía una loca, y mi respuesta fue: “¡Qué importa, aquí nadie me conoce”!

Reímos los tres y volví al auto con esa sensación indescriptible luego de que tu emoción ha llegado al máximo nivel y puedes desahogarte gritando. También lloré. Lloraba y recordaba a mi padre que había muerto pocos meses atrás. Su partida me dejó desolada, me era insoportable llegar a casa y no verlo. Esa fue una de las razones por las que decidí hacer el tour.

Era abril de 1998 y con mi querida Marianita decidimos tomar un tour para recorrer Francia, Italia y España.

Nuestra primera visita fue París, donde estuvimos cuatro días sin ser parte del tour, pues nos esperaban Francisco, amigo de Marianita, y Gerard, amigo de las dos.

No recuerdo la fecha exacta cuando arribamos al aeropuerto Charles De Gaulle. Mi alegría de haber llegado a París no me permitió fijarme en los detalles del aeropuerto. Solo recuerdo su inmensidad cuando lo vi mientras bajábamos del avión, nos dirigimos a migración y luego a la puerta de salida.

Ahí nos esperaba Francisco, un joven alto, más alto que el común de los franceses, blanco, de facciones suaves y ojos castaños, con una amabilidad que con el paso de las horas en París me iría dando cuenta de que era una excepción, pues los franceses son corteses, pero parcos: no se esfuerzan por ser agradables a los visitantes y tuve la percepción de que se sienten superiores a las personas de otros países.

Ya en el auto, nuestro amigo nos explicó que estábamos atravesando el puente de l’ Alma, que está muy cerca donde el año pasado (1997) la princesa Diana tuvo el trágico accidente que le costó la vida.

En él también se encuentra El Zouave, que representa a un soldado francés vestido con el tradicional uniforme que usaba el ejército en el norte de África a principios del siglo XIX y que, antiguamente, fue un instrumento de medición no oficial de los niveles de agua del río Sena. Un puente hermoso que tiene merecido ser uno de los más emblemáticos de París.

Para llegar al departamento de nuestro amigo debíamos llegar al centro histórico, en la rue Copix Nivett. Francisco tomó la avenida Charle de Gaulle, pero ante mi euforia e incesantes preguntas decidió hacer un recorrido panorámico de la ciudad.

París tienen 37 puentes que unen las riberas del río Sena, cada uno más hermoso que el otro, llenos de historias y leyendas. Recorrerlos fue inolvidable: por ejemplo, el Puente Nuevo que, irónicamente, es el más antiguo de París. Inició su construcción en 1578 con el rey Enrique III y concluyó en 1606 con Enrique IV. Cuentan que su concepción fue revolucionaria para la época, ya que permite una amplia y espectacular vista del río Sena. Los turistas con sus cámaras fotográficas captaban imágenes, la gente paseaba, algunos hasta pintaban los paisajes del entorno.

El puente de Alejandro III une la Explanada de los Inválidos con los Campos Elíseos y fue construido para celebrar la alianza entre Francia y Rusia e inaugurado por el zar Nicolás II en 1900. Está decorado con guirnaldas, ángeles, faroles, genios marinos, todo bañado de oro con una majestuosidad incomparable.

El puente de los Inválidos, uno de los más emblemáticos y hermosos de la ciudad, tiene una historia caótica: fue demolido y reubicado varias veces, fue trasladado río abajo y se lo ubicó entre el puente de Alejandro III y el Puente de l’Alma.

Casi a las ocho de la noche, aunque el sol todavía brillaba, llegamos al departamento de Francisco, donde nos alojaríamos los cuatro días. Nos brindó una ensalada y unos quesos deliciosos, acompañados de un vino francés que a mí me supo a gloria. No queríamos descansar a pesar del largo viaje, pero Francisco sugirió que debíamos dormir para evitar los efectos del cambio de horario. Aceptamos su sugerencia y luego de un refrescante baño dormí hasta las 10 de la mañana del día siguiente.

En nuestro segundo día en París nos debía recoger Gerard, un caballero francés, técnico en trabajo social con jóvenes. En 1996 él nos visitó en Quito y Guayaquil para conocer el trabajo que el Programa Muchacho Trabajador (PMT) realizaba para ayudar a chicos adolescentes de los sectores más deprimidos.

Según lo acordado, a las once en punto Gerard estuvo para recogernos y nos llevó en su automóvil a visitar algunos de los lugares más importantes de la ciudad. El hotel de los Inválidos fue uno de los primero que visitamos. Su construcción concluyó en 1676 y estaba destinada a dar albergue a los soldados que quedaban inválidos después de la guerra. Le precede una explanada de cerca de 500 metros de largo por 250 metros de ancho y junto a él está el Domo, construido años después y considerado una obra maestra de estilo clásico, así como la iglesia de San Luis que guarda en la capilla de Napoleón el carruaje que trasladó los despojos del emperador.

Luego fuimos a la catedral de Notre Dame, ubicada en la isla de la Cité, que alberga la vida parisina desde el siglo III. La catedral ha sufrido modificaciones por el deterioro del paso del tiempo o por incendios que afectaron su construcción.

Sin embargo, es imponente por dentro y por fuera. La puerta exterior central, donde está representado el juicio final, el rosetón del ala sur con un estallido de luz hacia dentro y, en el exterior, desde los balcones uno se estremece por la galería de las quimeras o gárgolas, figuras de piedra, grotescas, de pájaros o demonios que aparecen en diferentes lugares, cada una con actitud distinta, como riéndose de quien los mira, analizando y asustando.

Son como protectores de la iglesia, guardianes dispuestos a lanzarse sobre cualquiera que quisiera atacarla. Yo imaginaba a Cuasimodo escondido entre estas figuras o deambulando por la catedral. Notre Dame no solo es una iglesia antigua y hermosa. Es también un testimonio vivo de la historia de este país. Al pie de sus portones se ahorcaba a la gente sentenciada por algún crimen, en su templo se autocoronó emperador Napoleón III y ha sido y es inspiración de artistas, poetas y hasta políticos.

Fuimos al cuartel de La Bastilla, un lugar que, si no fuera porque alberga entre sus muros la historia de la revolución francesa, pasaría por uno más en la ciudad. A la distancia vimos el centro Pompidou y la torre Eiffel, al igual que el Teatro de la Ópera.

Como a las cinco de la tarde Gerard nos invitó a comer algo y tomar un vino en uno de los hermosos y acogedores cafés que se encuentran en el barrio latino. A estos cafés los llamé como vitrinas, pues tienen las mesas en los portales mirando hacia la calle y los que pasan te miran y tú miras a los que pasan.

Entonces aprendí que en Francia puedes disfrutar de exquisiteces culinarias, de una variedad interminable de quesos y vinos de excelente calidad a precios accesibles, sin mencionar los postres que, definitivamente, saben a cielo.

Mi mente era un torbellino, nunca antes y nunca después he sentido la emoción de llegar y recorrer un lugar, una ciudad, como cuando estuve en París por primera vez, el imaginario que había formado desde mi infancia se cumplía y eso era raro, siempre creí que los imaginarios se quedan en el alma con la magia de la esperanza.

Cuando tenía diez años, escondida en el cuarto oscuro donde mi abuelita guardaba en un baúl muy grande muchos libros, mi primo Lucho y yo lo descubrimos y a esa edad leí, con avidez, los Tres Mosqueteros, la Dama de las Camelias y Genoveva de Brabante. Desde entonces, París se fijó en mi inconsciente.

Luego, de adolescente, cuando conocí a Charles Baudelaire y sus poemas Las Flores del mal, a Julio Cortázar, con su Rayuela, a Víctor Hugo con los Miserables y Nuestra Señora de París. Las imágenes que guardaba se acrecentaron e incluso recuerdo cuando la maestra de literatura nos habló de Juan Montalvo y de cómo con su ropa deslucida y rota trataba de no parecer pobre, paseando por las calles de París y pensando en su Ecuador querido y en su amada Ambato.

Llegamos a casa cerca de las 7 de la noche y luego de un rápido baño salimos con nuestro amigo Francisco al Moulin Rouge. Nos tenía una reserva para asistir al espectáculo de las 9 de la noche, costaba 100 dólares y el ticket incluía una botella de champaña. El espectáculo fue inolvidable: las luces, las bailarinas, la música, el ambiente tan poderoso e histórico. Regresamos a casa pasada la medianoche, agotadas, había sido un día intensamente vivido, dormí hasta las 11 de la mañana del día siguiente.

Nuestro tercer día en París estuvo destinado a visitar el Museo de Louvre. Pensé que nos quedaría toda la tarde para recorrer otros lugares, pero solo alcanzamos a ver la Mona Lisa, la sala de Rafael Sanzio, el italiano, uno de los grandes representantes del renacimiento llamado “El Divino” (1483-1520) y la sala de Anton Van Dyck, el pintor flamenco de origen holandés (1599-1641), retratista de la corte de Inglaterra y en especial de Carlos I, que destaca por sus magníficos retratos de estilo barroco. Salimos cuando el museo cerraba.

Debo decir que mi expectativa por ver a la Mona Lisa era enorme y sé que es una de las obras más grandiosas de la pintura universal, pero me decepcioné: es un cuadro muy pequeño, encerrado en una inmensa urna de cristal. Ni siquiera nos pudimos tomar una foto, todo muy complicado, en cambio en las salas de Rafael y de Van Dyck, con sus pinturas de gran formato, extraordinarias, nos quedamos contemplándolas mucho rato. Mi amiga recorrió otras salas más, pero yo quería mirar las dos con más detenimiento y me perdí de ver otras maravillas que el museo contiene. Por fortuna, mis siguientes visitas a París he ido ampliando mis recorridos, pero aún no termino de ver todo lo que el museo ofrece.

A las seis de la tarde, saliendo del museo, fuimos a ver la torre Eiffel y a caminar por sus alrededores. No pudimos entrar porque la fila era muy larga, estábamos solas y teníamos algo de preocupación respecto a cómo llegar al departamento. Por supuesto, estas preocupaciones eran solo mías, Marianita estaba muy bien orientada y se reía de lo despistada que soy yo.

Al día siguiente, el último en París, fuimos a la Plaza del Teatro, lleno de artistas más bien callejeros, sentados en pequeños taburetes frente a sus obras de arte, llena de colorido, con callejuelas angostas y muchos cafés a su alrededor. Tanto Gerard como Francisco nos aconsejaron que no nos detuviéramos demasiado allí y no nos dejáramos convencer por los artistas que ofrecen retratos, cuadros… “Ellos son muy insistentes -nos dijeron- y van a tratar de sacarles dinero”, pero fue imposible resistirse: mi amiga se hizo un retrato a carboncillo en un formato de hoja A3 y yo un perfil de mi rostro, de apenas 20 cm, que hasta ahora lo conservo. Ella pagó 40 euros y yo 30, pero nos sentimos felices de llevar este recuerdo.

Como a las cinco de la tarde decidimos comer algo allí mismo en uno de los cafés que están alrededor de la plaza y tomamos una sopa de cebolla tan exquisita que hasta ahora no he encontrado un lugar donde la hagan así.

Sufrí cuando la pedí, era la más económica de la carta y mi amiga me decía que era sabrosa, que la pidiera, yo jamás había probado ese plato y oír que eran puras cebollas me hacía dudar, sin embargo, la pedí y qué maravilla en el paladar: los sabores, la temperatura, el olor, todo permanece en mi memoria y cada vez que regreso a París voy ahí a tomar esa sopa que, por cierto, ya no tiene esa misma exquisitez, pero siempre será el mejor lugar para tomarla.

Saliendo de allí fuimos al visitar la iglesia del Sagrado Corazón, erigida en 1876 en la cumbre de la colina de Montmartre, con su maravillosa arquitectura de cuatro cúpulas de estilo bizantino y, en su parte posterior, una estructura de 84 metros de alto que sostiene la Savoyarde, la campana de 19 toneladas, una de las más grandes del mundo y que, además, ofrece una hermosa y panorámica vista de la ciudad. Bajamos por las escaleras y abajo ya nos esperaba Francisco.

Al día siguiente, a las 12 del día, nos recogió Gerard y nos invitó a conocer el proyecto de comunicación juvenil que él manejaba en París para los jóvenes de barrios pobres. Yo aprendí mucho de esa visita y algunas de las cosas que observé las apliqué en el proyecto que el PMT ejecutaba en Guayaquil. Comimos al paso, rápidamente, y regresamos presurosas al departamento porque debíamos salir de inmediato al hotel IBIS donde nos recogerían a las tres de la tarde los guías del tour para continuar nuestra aventura por Italia y España.

He vuelto por dos ocasiones más a París. En una de ellas, en el 2006, me quedé 10 días asistiendo a un curso de capacitación sobre desarrollo de la inteligencia, dictado por Reuven Feuerstein. El horario, muy estricto, era de 8 de la mañana a 6 de la tarde con un solo receso para almorzar, así que a las 6 en punto, salíamos los talleristas a cambiarnos de ropa y recorrer la ciudad aprovechando el sol que recién se escondía pasadas las diez de la noche.

Entonces, con más calma, pude subir a la Torre Eiffel, visitar el hermoso museo de Orsay, recorrer otras alas del Museo de Louvre, conocer el palacio de Versalles y los jardines de Luxemburgo y otros lugares maravillosos de París eterna.

París no cambia mucho en sus zonas históricas, pero sí me impresionó en esta ocasión cuando a las 8 de la noche paseábamos por los Campos Elíseos. Vi por primera vez mendigos que pedían limosna, arrodillados, con las manos juntas y recordé inevitablemente esos años oscuros de Francia cuando los reyes ostentaban sus grandes riquezas en palacios y fastuosas fiestas y la gente moría de hambre en las calles.

París tiene una atmósfera especial que solo se la puede sentir allí. Es una extraña y seductora mezcla de glamour, modernidad, lujo, historia, leyendas, arte, cultura, política. París es la ciudad de mis sueños y no importa cuántas veces vaya, sé que encontraré en ella esa magia que la hace única.

___________________________________

*Dalia Palomeque Matovelle es socióloga. Ha sido maestra de escuela, de colegio y de universidad. Nacida en Azogues, guayaquileña de corazón, amante de los libros, de los viajes y de la gente. Esta es la primera colaboración para loscronistas.net

**Fotografía de la emblemática Catedral de Notre Dame, en París

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Comments (7)

  1. Sara Rowena Acosta Bustamante

    12 Oct 2021

    Un excelente recorrido virtual por Paris , me traslade a Paris e imagine estar recorriendo sus calles y lugares historicos y saboreando los vinos , quesos , con deseos de conocer a Gerard por su experiencia en trabajo social.

  2. Susana

    19 Oct 2021

    Muy hermoso, quiero conocer Paris

    • Los Cronistas

      19 Oct 2021

      Gracias por su comentario, Susana. Le enviamos un fuerte abrazo.

      Rubén Darío Buitrón
      Director
      loscronistas.net

  3. Samanta

    20 Oct 2021

    Pude verme andar junto a la autora y su amiga Marianita, haciendo el recorrido con ellas, hizo volar mi imaginación detallando y hablando sobre los lugares visitados, hasta imaginé la presentación y el olor de la sopa de cebolla, que debo probar allá mismo y espero encontrarme alguien como el caballero que las recibió y atendió.

  4. Nadia Palomeque

    20 Oct 2021

    Hermoso relato, sentí cada emoción del viaje.

  5. MFernanda VP

    21 Oct 2021

    ¡Me encantó y me llevó de vuelta! Es ver Paris desde otros ojos, ¡Vamos de nuevo a recorrer los puentes y sentarnos a conversar en las mesitas a la calle!

  6. Dolores Chica

    21 Oct 2021

    Me encanto esta frase «siempre creí que los imaginarios se quedan en el alma con la magia de la esperanza», pues siempre tenemos tantos imaginarios en nuestras mentes, algunos de ellos realizables y otros aun están con la esperanza de poder cumplirlos.

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