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Papi nuevo

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Vivíamos en un cuarto de rayos de sol, donde Jair y yo cantábamos el «Gallo Bartolito», antes de dormir mientras mamá reía. Una mesita chueca en la que comíamos arroz con huevo frito de merienda. Una cama en la que apretaditos, dormíamos con calor pero contentos, un par de carritos al que le faltaban llantitas para jugar con Jair y un cartón donde mi mami guardaba la ropa y pañales que nos ponía a diario. Éramos los tres.
Cuando llegó papá nuevo, al principio venía con pelotas, cachitos y caramelos para comer. Nos llevaban al parque a jugar fútbol, mientras Jair aprendía a caminar y a subirnos en los columpios, mientras papá nuevo nos empujaba fuerte. Jair y yo ya íbamos a tener un papá para todos los días.
Papá nuevo prometió mucho, que trabajaría y nos compraría juguetes, zapatos de Spiderman y un cochecito para sacar a pasear a Jair. Siempre nos retaba por estar muy flaquitos, pero después que él llegó solo comíamos una vez y a veces una Polaca, cuando él me decía: anda, Efraín, abre bien los ojos y estira la mano a la gente para comprarle pañales a tu hermano.
Nos llevó a un lugar donde había mucho monte y poca luz. Dijo que sería nuestra casita y seríamos felices los cuatro. Jair y yo fuimos a dormir afuera, dijo que somos bulliciosos; siempre escuchábamos golpes en la pared, era mi mami con sus ojitos morados y lágrimas que no podíamos secar. Jair tenía harto frío, papi nuevo nos quitó la sábana con la que nos tapábamos, ya son niños grandes; mi ñaño solo tenía dos años y yo, ocho.
Siempre vi a mi mami como la mujer maravilla, todo lo hacía bien y nunca se quejaba. Tenía la casita limpia y siempre nos cocinaba sopitas de queso y cremas. Se pintaba la boca y los ojos y parecía una niña, ¡qué bonita era! Usaba pantalones y blusitas cortas, se peinaba su cabello negro largo y aritos en las orejas, pero papi nuevo se lo prohibió todo. Nos quemó los juguetes en una noche de gritos, él chillaba que somos un estorbo, mientras lo miraba sostener en la mano una botella que apestaba; debíamos ir a trabajar con papi nuevo. Primera vez que vi a Jair temblando, cuando él se sacó el cinturón y nos dio duro a los tres. Me dolía la nalguita, Jair tenía chichones en las piernas y mami, marcas rojas en la espalda.
Amanecimos con miedo, papi nuevo no se acordaba de nada. El cuarto olía mal, le reclamó a mami por su encebollado y ella salió corriendo a comprarlo en bata. Solo comió él, debíamos ganarnos el café con pan en la calle, Jair todavía tomaba teta a papi nuevo no le importó. –¡Oe, qué pues, viejote y con hambre!, le jaló con odio el pelito crespo a Jair, mami no hizo nada, nos mandó a callar con una mirada fea, ya no era dulce con nosotros.
Papi nuevo nos llevó a su trabajo. Se puso su camiseta negra, una gorra roja y un pantalón con hoyitos. Era un lugar de mucha tierra y un sol bien fuerte. Las motos corrían, los buses hacían ruidos como de monstruos y los carros pitaban y aceleraban. El semáforo no valía y la gente gritaba porque no podía caminar, Jair estaba a punto de llorar por tanta bulla, papi nuevo le pellizcó en el brazo.
Mami me sentó en el suelo y Jair iba en su cochecito azul, amarrado para que no salga a caminar por allí, las moscas zumbaban porque estaba con el pañal cochino, mi mami parecía vampiro con mordidas en el cuello, nos dio la espalda y miraba cómo papi nuevo se subía a los buses a vender agua de coco en fundas. “Coco, a 25 el coco, vea, refrésquese, ¿cuántos le doy, doñita?”

Mamita, tenemos hambre.
Mamiii… Halándole el vestido café que la hacía ver negrita.
Mami me sentó al lado suyo y me dijo:
Efraín, mijito, yo siempre te he dicho que eres bien guapo, ¿no? Anda, muestra esos ojos grandes de color café que tienes, mira, allá van dos señoras, párate al lado de ellas, llora un poquito y estira la mano, hasta que venga tu papito.
Anda, mijito, para que les pueda comprar esos politos que tanto les gusta…
Me fui más allá de mi mami y me senté en el piso. Las señoras me cogían los cachetes y decían: «pobrecito niño», me compraron panes de yuca, jugos y una tarrina de arroz con pollo. Fui emocionado a entregarle a mami y vi a papi nuevo festejar, besó a mami y me dio unas palmaditas en la espalda:

-¡Hasta que al fin te pusiste pilas, pelado!

Nos dio un pan de yuca a Jair y a mí y tres cucharadas de arrocito a cada uno, él y mai se comieron el resto. Nos fuimos con la barriguita medio llena. Nadie peleó en la casa.
Al otro día nos fuimos con la misma ropa, unas camisetas de Pocoyó que nos quedaban grandes, y unos pantalones que se arrastraban en el piso y que papi nuevo nos había comprado en Tía, él decía que sucios nos darían más plata. Él iba corriendo en los buses con sus aguas de coco, llamando a la gente:
-4, 4 venga que es la última 4, 11, 11, Muey, Santa Rosa, Salinas, venga, dele. Mami, divertida con su vestido negro que le quedaba aguado viéndolo sentada encima de la hielera, Jair no estaba en el cochecito, mami le había cambiado el pañal en el suelo y lo dejó caminando patuleco por la vereda con su carita y manos chorreadas. Yo estaba más allá recibiendo besos en la frente, galletas y monedas que caían en la gorra roja de papi nuevo.
Había una señora que iba todos los días por ahí. Le compraba funditas de coco a papi nuevo, nos regaló unos muñecos del hombre araña a Jair y a mí, y a mami una pañalera para guardar nuestras cosas. La señora era blanca, rubia, con cartera grande y gafas que nunca se quitaba. Nos sonreía mucho y se ponía a conversar con mami, se hicieron amigas y jugaba con nosotros a las escondidas. Era muy buena, llevaba comida para todos, pero papi nuevo siempre la miraba feo.
Papi nuevo y mami se fueron a comprar el desayuno al malecón de Libertad. Nos dejaron solitos. La señora y yo nos pusimos a jugar con unos títeres que ella había llevado, Jair estaba gateando en la tierra. Mami y papi nuevo regresaron con varias tarrinas de bolones para comer, mi ñaño ya no estaba, mami corría por todas partes, gritando, a papi nuevo le daba igual. La señora intentó con un Manicho calmar a mami que se había puesto pálida, papi nuevo me echó la culpa a mí, me haló de la camiseta y gritó ¡pendejo, eres incapaz de cuidar a tu hermano! bravísimo me pateó varias veces. Mami seguía como loca dando vueltas, cruzando la calle sin fijarse en los carros, preguntando a la gente que iba pasando por Jair.
¡Jair, Jair, Jair! Mami gritó, gritó y gritó hasta quedarse muda. Papi nuevo siguió subiéndose de bus en bus vendiendo sus aguas, la señora se fue en su carro donde la Policía. Yo estaba tirado en el suelo, nadie más volvió a darme de comer, las personas me señalaban con el dedo.
Mi mami ya no dormía. Se levantaba en la madrugada a llorar y a rezarle a Diosito por Jair. Dejó de bañarse y de hacerme caso. Papi nuevo se fue con su hielera y tereques viejos diciendo malas palabras, no aguantaba ver a mi mami vieja y chillona. La señora apareció en la noche ya bien tarde con el cochecito y la ropa de Jair, mami se puso pálida y temblorosa, yo me agarré de su pierna.
-Seño, ¿Y Jair? ¿Seño?
La señora bajó la cabeza y le dijo a mami que lo lamentaba, pero habían encontrado las cosas de mi ñaño vía Punta Carnero, sus piernitas estaban mordidas por los gavilanes y su carita con gusanos.
Mami pegó un grito que hasta los perros aullaron. Me golpeaba la cabeza contra el filo de la cama. La señora le dejó a mami un paquete de billetes en el piso, subió en su carro negro, se sacó las gafas mientras papi nuevo estaba sentado al lado suyo y yo vi que se dieron un beso en la boca.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986) es escritora y periodista. Integra la mesa de redacción de loscronistas.net Próximamente publicará su primer libro de cuentos, «La última pasión».

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