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Muerte en Venecia: detrás del revestimiento está la obra

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«Escribo para comprender la construcción de mi pensamiento y de mi acción, para deconstruirme si no me siento contenta, para volverme a armar con distintos y nuevos pensamientos», dice la autora de este reflexivo texto narrativo acerca de la literatura y la vida, acerca de la decisión de elegir lo que se lee y lo que se vive.

Por María José Larrea Dávila*

Los libros llevan a otros libros.  El capítulo 37 de El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince menciona: “Dos veces, por ejemplo, dos veces me llevó mi papá a ver una película, Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, ese bellísimo film basado en una novela corta de Thomas Mann…”.  En la película El olvido que seremos, dirigida por Fernando Trueba, con guion de Trueba y Abad Faciolince (proyectada en Netflix desde el 22 de septiembre de 2021) hay dos escenas en las que Héctor Abad Gómez mira el filme de Visconti con ojos cargados de silenciosa emotividad que tal vez lo desconecta de su cotidianidad comprometida con su familia y con su país.  Miré y escuché la ópera del inglés Benjamin Britten (a quien conocí hace poco en el 19º Festival Internacional de Música Sacra en Quito), con libreto de Myfanwy Piper, también con el título de Muerte en Venecia, así, sin el artículo “la”.  Al inicio de la pandemia del coronavirus, cuando nos quedamos en silencio y sin saber qué hacer, terminé La montaña Mágica, también de Thomas Mann, en el tiempo y el espacio preciso, pero, de todas formas, con un plazo por volver a su voz sobre la enfermedad, las discusiones intelectuales, el humor, la contemplación de la época, el arte, la cultura y uno de los pasajes más hermosos que he leído de amor platónico y admiración.

¿Qué blindajes me aíslan de La muerte en Venecia?  Con la obra de Abad Faciolince y ese capítulo específico, y con mi lectura de La montaña mágica, sé que voy a la novela por encontrar respuestas en los argumentos y en los símbolos y escribo para comprender la construcción de mi pensamiento y de mi acción, para deconstruirme si no me siento contenta, para volverme a armar con distintos y nuevos pensamientos.  El libro leído en la editorial Sol90 tiene 94 páginas, fácil de decir y de leer; sin embargo, mientras más me adentro, más me alejo del horizonte de esa búsqueda en tanto no deje por sentado lo que pienso. Esto dice, esto es, esto sé, es volver a la línea que me separa de la obra.

El número de páginas es contrario al de La montaña mágica y semejante en profundidad.  Puedo verla como un cuento largo que gira en 360 grados, en juego con el destino.  Las pistas son anticipaciones constantes.  Un día cualquiera es el principio del fin: un paseo al cementerio, un párrafo sin terminar, la marmolería, las tumbas, las cruces, el foráneo que ha descendido las escaleras “entre dos efigies apocalípticas”, la ensoñación breve, el llamado velado de la juventud, el tranvía que lleva y trae.  Todas son señales gráficas con sus propias descripciones que dicen algo más que la propia imagen.  Gustav von Aschenbach pudo haber elegido otro recorrido, y, sin embargo, sus pies lo llevaron hacia allá y por ahí.  Escogió el tranvía en vez de un carruaje.  Soñó con paisajes exuberantes, húmedos y extravagantes en vez de unos conocidos. Distinguió las cruces griegas ─específicamente griegas─ en el cementerio que podrían recordarle el equilibrio y la disciplina infranqueable en el método que utilizaba para escribir.  Puso atención minuciosa en la descripción física del forastero lejano, en su recorrido por dónde caminaba y de dónde salía, en la psicología de sus gestos y, a través de ella, en el temperamento de un pueblo: “Daba a su postura un aire dominador e imperioso, temerario y hasta fiero”; y, sobre todo, en lo que el extraño despertó en él.

¿El párrafo sin terminar sería el mismo después de ese paseo?  Cada elemento escogido tiene su razón de ser, son signos convencionales con sentidos establecidos, normados; sin embargo, diversas según el observador, el narrador y el lector. Tiene que ver con algo que en el fondo se desconoce, aunque en apariencia sea muy fácil pretender saber qué es un cementerio, unas cruces, un forastero, un párrafo, etc.

Cuando me levanto por la mañana tengo mi día de acciones, mis pasos me llevan por unos caminos y no por otros, y a veces, obligada también por esos otros, una razón más honda que la simple apariencia y, aunque no lo crea, la profundidad de la apariencia sola.

Desde el inicio aflora un desencadenamiento de miedos y deseos sin ser vistos como tales. La cadena se va deslabonando a lo largo de la historia. ¿Miedo a la verdad, al deseo amortiguado, a la preferencia sexual, al desconocimiento, a perder la fama, a no saber cómo más escribir, a descubrir que la belleza está donde se la negó, a comprender que ese no ha sido el camino? ¿Deseo de ser el artista, de mantenerse joven, de renunciar a la represión sexual?

La obra de arte ─la escritura─ es un disfraz revestido de forma y no deja de ser arte. Al desintegrarse los miedos y los deseos, la luz se abre paso entre la neblina gris del escenario del viaje, de la novela, del protagonista y del lector.  En cuanto hay visos de claridad ya no importa echar abajo lo construido, lo que se era o se es; importa cumplir con el impulso de vivir por un camino más honesto en el que se involucra al yo, al otro, a la obra, sin más juicios.  Tal vez un camino hacia el amor (¿el amor desde la mirada de la Mitología, la Biblia, Goethe, Schopenhauer, Freud, Nietzsche?) y no importa si en el intento por llegar a esa claridad se consiga la muerte.  Con la muerte se llega a la verdad. Tanto en Mann como en los artistas y en los seres humanos, no es la forma de la obra la que se ve, sino, a través de la forma artística y bella y a veces no tan bella, el interior genuino que sabe de pasado y de futuro y de eterno.

La fecha está abierta en La muerte en Venecia, es 19… en cien posibilidades, y, a más de cien años de su publicación (1912), sabemos lo sucedido en Europa, y Thomas Mann estaba clarísimo en el devenir de la burguesía, en el fin de un mundo conocido, en la guerra.  Mis años están abiertos desde mi nacimiento en igual número de posibilidades multiplicados por todos los años vividos.  ¿Cuántas posibilidades se escaparon por tomar otras que en realidad no fueron importantes ni necesarias?

Las anticipaciones constantes se esclarecen al final como en un abrir y cerrar de ojos, eso que estuvo ahí y lo dejé escapar por creer: un adorno literario, un elemento sin importancia…  Como para darme cuenta de que el mínimo detalle cotidiano es una oportunidad para la introspección y la comprensión de mí misma, y de los acontecimientos en donde me desenvuelvo. Hay una acción, entre miles, que escojo, que hace la diferencia, la que crea o cambia mi destino. ¿Hemos comprendido las acciones pasadas, y mucho más atrás, las que dieron origen al coronavirus ─presente transversal en todo y en todos, y de manera universal─?  ¿Cómo proceder ahora?  ¿Tengo conciencia de las acciones que me han traído hasta aquí y de aquí hacia allá?  ¿Cómo es el allá que quiero?

Apremia el tiempo.  Ni la disciplina ni el empeño por dar belleza a la forma garantizan la culminación de la obra; el horizonte de la belleza misma está siempre lejano. ¿En qué radica la belleza?  Un pasaje imprescindible podría ser la respuesta que, además, tiene que ver con un icono católico: “Era una fórmula bella, ingeniosa y exacta, pese a su carácter excesivamente pasivo en apariencia. Pues la entereza ante el destino y la gracia en medio del sufrimiento no sólo suponen resignación paciente: son también actividad, un triunfo positivo, y la figura de San Sebastián es el más bello símbolo, si no del arte en general, al menos de este tipo de arte”.  Según el texto, ¿cómo miro los detalles de la religión en la que estoy inmersa?  ¿Qué veo y qué comprendo cuando observo una obra de arte de la Escuela Quiteña?  ¿Contemplo una composición estética o la desgloso y busco el significado que me llene?

Mi manera de mirar se ha visto afectada por tantas influencias que vale la pena reflexionar sobre el tema, y volver a mirar lo que miro.  ¿Sigo sujeta a cánones?, ¿son esos cánones los que no he logrado descifrar y por eso la novela me dice tanto?, ¿cuál es la razón de ser del arte en mi vida: una forma clasificable en género, época y escuela; una forma digna de análisis y de críticas; ser una moralista de la forma y de la disciplina?  ¿El arte busca la cima?, ¿en exploración de qué cima voy?, ¿de una humanística, sensible, profunda o, de una competitiva, vacía, vanidosa?

Se entrega la vida por el arte y no deja de proyectar dos caras: somos duales.  La muerte en Venecia es una constante polarización que podría resumirse en lo apolíneo y lo dionisíaco y para hablar de ello habría que volver a El origen de la tragedia, de Nietzsche.  Se tiende a contar dos historias a la vez: la que se narra y la que, silenciosa e imperceptible, va por detrás. Por ejemplo, la disciplina: moral por constructora de arte, al mismo tiempo inmoral por hacer del trabajo una vanidad y una obediencia en la construcción de algo que se queda en una simple forma.  El artista famoso tiene un nombre y se muestra ante un público gracias a su voluntad férrea y constructora contra el artista desconocido y solitario que no sabe del reconocimiento, pero que crea desde los mismos preceptos o desde otros sistemas desconocidos y desvalorizados.

¡Inquietud!  Tanto pensar y pensar, tanto escribir con un método y un orden da unos resultados parecidos en la cimentación de la obra, y de las obras por venir, como para decir: encontré el camino y lo recorreré siempre, y siempre las obras serán una misma obra: ¿un camino para llegar siempre a lo mismo?

De pronto, el viaje es una tentación.  Un llamado.  Una necesidad de encontrar. Se busca afuera: “Pues quien está fuera de sí nada aborrece tanto como volver a sí mismo”. Todo lo que Gustav von Aschenbach vio en su viaje deseaba plasmar en su escritura de Múnich a Venecia.  “«Vean ustedes, Aschenbach ha vivido siempre así» ─y cerró el puño izquierdo─, «nunca así», y dejó que su mano abierta colgara libremente del brazo del sillón”. ¿La obra de arte tiene que ver con la autenticidad del artista?  ¿Deja de ser arte cuando el artista construye con severidad la forma de su obra? ¿Sin autenticidad hay arte?  ¿En qué radica ser auténtico?  ¿Qué brindaba entonces Aschenbach a sus lectores, una forma exquisita, pero vana?

Durante el viaje un grupo de muchachos es atendido por un “supuesto” igual a ellos.  Frente a los jóvenes reales, este es un viejo que pretende, con su apariencia, mostrarse joven.   Una anticipación más.  Algo incomoda al protagonista y al lector: “Era un hombre viejo, no cabía la menor duda.  Hondas arrugas le cercaban ojos y boca.  El opaco carmín de sus mejillas era maquillaje; el cabello castaño que asomaba por debajo del panamá con cinta de colores era una peluca; la piel del cuello le colgaba fláccida y tendinosa; el bigotito retorcido y la perilla se los había teñido; la dentadura amarillenta y completa, que enseñaba al reírse, era postiza, además de barata, y sus manos, cuyos índices lucían anillos con camafeos, eran manos de anciano”.  Aschenbach se paraliza frente a lo que ve.  ¿Qué le disgustó de ese personaje?, ¿encontrarse en él?  ¿Qué me duele, ser un hazmerreír de mí misma o me duele no ser libre como el personaje?

Las claves anteriores se conectan a las nuevas. Gustav von Aschenbach observa, describe, poetiza y resignifica minuciosamente todo cuanto sus sentidos alcanzan.

  • La embarcación: “Era una vieja embarcación de bandera italiana, anticuada, lóbrega y ennegrecida por el humo”.
  • La góndola: “…evoca aún más la muerte misma, el féretro y la lobreguez del funeral, así como el silencioso viaje final”.
  • El hotel: “…una agradable alcoba con mobiliario de cerezo y adornos florales de intenso y penetrante aroma, por cuyas altas ventanas se ofrecía a la vista el mar abierto”.
  • Los turistas: “Podía verse el semblante enjuto y alargado del americano, la típica familia numerosa rusa, damas inglesas y niños alemanes con ayas francesas. El elemento eslavo parecía predominar”.
  • El adolescente: “El rostro, pálido y graciosamente reservado, la rizosa cabellera color miel que lo enmarcaba, la nariz rectilínea, la boca adorable y una expresión de seriedad divina y deliciosa hacían pensar en la estatuaria griega de la época más noble; y a más de esa purísima perfección en sus formas, poseía un encanto tan único y personal que su observador no creía haber visto nunca algo tan logrado en la naturaleza ni en las artes plásticas”.
  • El aroma: “… el aire era tan espeso que los olores provenientes de las casas, tiendas y fondas ─vaharadas de aceite, nubes de perfume y muchos otros─ flotaban inmóviles, sin disiparse”.
  • El mar: “Amaba el mar por razones profundas: por la apetencia de reposo propia del artista sometido a un arduo trabajo, que ante la exigente pluralidad del mundo fenoménico anhela cobijarse en el seno de lo simple e inmenso, y también por una propensión ilícita ─diametralmente opuesta a su tarea y, por eso mismo, seductora─ hacia lo inarticulado, inconmensurable y eterno: hacia la nada”.
  • La soledad: “La soledad hace madurar lo original, lo audaz e inquietantemente bello, el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.
  • El bufón: “─ ¿Epidemia? ¿A qué epidemia se refiere?  ¿Acaso es un mal el siroco?  ¿O nuestra policía?  Está usted bromeando.  ¡Una epidemia!  ¡Ésta sí que es buena!  Es una medida preventiva, ¿me entiende?  Una disposición policial para contrarrestar los efectos de este clima sofocante…”.
  • Los periódicos: “Los de su país consignaban rumores, ofrecían cifras fluctuantes y publicaban desmentidos oficiales cuya veracidad, sin embargo, era cuestionada”.
  • La enfermedad: “El enfermo se consumía en pocas horas y, entre convulsiones y estertores, moría ahogado por su propia sangre, que acababa adquiriendo la consistencia de la pez”.
  • La muerte: “…se había derrumbado sobre el brazo de la tumbona”.
  • La ciudad: “¡Ah, Venecia! ¡magnífica ciudad! Una ciudad que ejerce un atractivo irresistible sobre la gente culta, tanto por su historia como por sus encantos modernos”.
  • La sexualidad: “… lo cierto es que notó, sumamente sorprendido, una curiosa expansión interna, algo así como un desasosiego impulsor, una apetencia de lejanías juvenil e intensa, una sensación tan viva, nueva o, al menos, tan desatendida y olvidada hacía tanto tiempo…”.
  • El amor: “Así, víctima de su extravío, no sabía ni quería otra cosa que perseguir sin tregua al objeto de su pasión, soñar con él en su ausencia y, a la manera de los amantes, dirigir palabras tiernas a una simple sombra”.

Estas citas son ejemplos de la poética narrativa de las claves de Thomas Mann, sin contar con todo lo que falta, porque lo abarca todo.  Si escogí esas citas fue porque tienen un significado para mí.  Todo lo escogido a diario encierra una razón de ser que me hace ser quien soy.  En las circunstancias, en el día a día, aparecen “pequeñeces”, las claves para resignificar mi propia vida. Son ellas las que permiten reflexionar y sentir, viajar y encontrar las respuestas dejando que “las cosas sigan su curso”.  Aquí puede haber otra respuesta, no es la culminación de la obra la que importa, es el viaje, ese recorrido en el que escojo minuto a minuto haciéndome más yo y desde esa selección con apariencia de exterioridad el viaje es hacia adentro, aunque tenga el nombre de Venecia.

El recorrido de Gustav von Aschenbach es corto, su estadía dura cuatro semanas.  Desde el comienzo da rienda suelta ─en su imaginación, la contemplación (guiños de correspondencia platónica y homosexual) a Tadzio─ al deseo que tanto se ha afanado en ocultar de él mismo por su moral autoimpuesta, la de su familia, la de sus ancestros, la del pensamiento del primer cuarto de siglo en Europa.  Pero lo desboca en su interior y lo aborda con su razonamiento en un monólogo constante.  Desde la primera cena se prenda del adolescente polaco de catorce años.  Las imágenes en el comedor, en la playa, en los paseos por la ciudad le permiten divagar por la belleza, cuestionarse y reafirmarse; vuelve su mirada inconsciente a la mitología griega con significados y advertencias: “Aschenbach refrescaba de vez en cuando sus labios con una mezcla de zumo de granada y soda que lanzaba destellos de rubí en el vaso”.  Vuelve su mirada a la filosofía, a los diálogos de Sócrates con Fredo: “La belleza es, pues, el camino del hombre sensible hacia el espíritu…, sólo el camino, un simple medio, mi pequeño Fredo…”.  Retroceder y regresar a Múnich es tarde. Ha encontrado lo que buscaba y nunca llegó a plasmar en su obra: tal vez, necesitaba buscarse y encontrarse a él mismo de manera íntegra, aunque en apariencia buscara otra cosa.  Y después, ¿hay algo más por descubrir?

El quinto y último capítulo deja a la vista con lo que no contamos ─la numerología en Mann es otro símbolo por desentrañar─, una percepción que le inquieta sin saber qué es.  Pregunta. Lo evaden.  Hay una pestilencia en el ambiente disfrazada del siroco, ese viento cálido del África mezclado con desinfectante.  Los turistas regresan a sus países.  Los periódicos de Alemania ya no circulan en el hotel El Lido.  Lee los que han quedado de meses anteriores.  Dicen de algún mal. “La consigna es callar”.  Parecido a enero de 2020. Cuando por fin se escuchan las voces quedas en líneas insignificantes de los diarios, de las radios, de los rumores y de la sátira que no queremos leer ni escuchar ni comprender de lo que pasa en el mundo, ya es tarde. La gente se desploma muerta en las calles y no hay cementerio que aguante.  ¿Qué hemos cambiado de 1912 a la fecha?: “─Esta es la explicación oficial que aquí creen oportuno mantener.  Pero yo le diré que hay más cosas detrás”.  Una radiografía de mi presente.

La muerte en Venecia tiene una forma poética y descriptiva de contar la historia de un viaje.  Su caparazón es bellísimo y su profundidad, aún más.  Podría ser la historia de un escritor en el tiempo del coronavirus.  Podría ser una obra metaliteraria.  Podría ser un llamado al escritor, al artista, al ser humano.  Podría ser el viaje del héroe.  Podría ser una historia de anticipaciones que escoge las acciones diarias porque sabe cómo terminarán.  Podría ser el grito camuflado de la sexualidad en el forastero, en la ensoñación, en San Sebastián, en el joven/viejo, en Tadzio, en el zumo de granada.  Podría ser la historia de un hombre que no llega a ser pederasta. Podría ser la comprensión de la moral, de la ética, de la disciplina.  Cada figura literaria unida a cada símbolo tiene una hondura inacabable y hermosa en toda su extensión.  Una manera divertida e irónica de buscar respuestas, de interpelar al artista y al lector. De inicio a fin cambia el color del paisaje. Una novela me llevó a otra, y esta al pensamiento del siglo XIX, XX y XXI, porque es un desafío conocer a Schopenhauer, a Nietzsche, a Mann y, a la vez, conocerme a mí.  Avanzo un paso y retrocedo dos por desentrañar el pensamiento que lleva al pensamiento.  Alguna respuesta, de tantas preguntas, logrará desprender mi blindaje ante una obra.

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**María José Larrea Dávila, quiteña, nacida en 1970.  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito.  Perteneció al club de lectura “En perspectiva lila” y es miembro del club “Santa Ana”, de Cuenca. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

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