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Palabras contra el puro olvido: un recuerdo de Eliécer Cárdenas (+)

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Por Christian Espinoza Parra*

A Eliécer Cárdenas lo conocí —como muchos lo conocimos—, viéndolo bajar por la Mariscal Sucre, en la vereda de la que fue su casa: la biblioteca municipal Daniel Córdova. Mi mamá me llevaba de la mano calle arriba cuando nos encontramos, como si fuera un afortunado preludio —porque casi siempre todo preludio tiene algo de tragedia— de que cualquier camino por largo y complicado que sea atraviesa todos los caminos posibles, sobre todo, el propio, aunque sea momentáneamente. «Buenas tardes, licenciado», le dijo mi mamá con admiración y respeto. Y Eliécer que jamás se permitía responder al cariño de la gente con un burocrático movimiento de cabeza, le dijo esbozando una gran sonrisa: «Buenas tardes, señora». Ahora que Eliécer ha partido, pienso que mientras nosotros le dimos la espalda cuando lo encontramos aquella tarde, hace más de veinte años, él continuaba aprendiéndose de memoria a la ciudad porque creía que nombrarla era habitarla de otra forma para amar sus distintas formas. Mañana volveré a la Mariscal Sucre, iré hacia la biblioteca que fue suya —que él hizo nuestra— y en cuya oficina conversamos por primera vez, y repetiré en voz baja unas de las líneas más hermosas de César Vallejo: «El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado».

Sin embargo, ya sin Eliécer Cuenca será otra y nosotros también. La parada de bus en el parque de la UNE, donde esperaba de pie con su sempiterno juego de pantalón y saco gris, estará vacía. El hombre que volvía a casa ya no volverá más. Ahora, entre las páginas de sus libros, nosotros volveremos a él.

La primera vez que Eliécer descubrió, durante las vacaciones de verano, en su hacienda de Chilchil, que un hombre podía ser multitudes, el tío Ezequiel y luego el tío César se turnaban para contar cuentos, casi siempre adulterándolos impunemente. De modo que en las historias de Las mil y una noches, en la de los Hermanos Grimm y en la de los cuentos españoles, el califa Harum−al−rachid comía capulíes, el rey de Francia comía motilones y los payasos del emperador de Roma se atragantaban con máchica y choclos, hasta que de pronto aparecían indios tocando el pingullo bajo la fría noche de Ducur. En esos días Eliécer también jugaba en el patio de la cárcel de Cañar, en Tambo Viejo, con saltimbanquis de madera pintados con anilina por los dedos callosos y extenuados de unos presos que a poco de familiarizarse con el rostro de ese niño chiquito que había cruzado hasta donde ellos purgaban sus culpas o sus inocencias, eran atados y subidos como sea a unos camiones y llevados hasta el Penal García Moreno, en Quito. Eliécer recordaba con el gesto conmovido cómo las familias corrían detrás, desesperadas y llorosas, gritando amargamente.

Sé que años después Eliécer se trasladó a Cuenca, con sus padres Arturo y Soledad, quienes al poco tiempo lo matricularon en el colegio Borja. Y así, entre clases, recreos y rosarios, conoció que Cuenca marginaba y que en buena parte esa es la función de las ciudades: erigirse sobre los pies de página, desconocer lo ya desconocido. Las familias de abolengo venidas a menos, sumidas en la desesperación de un pasado irreparable, le prohibían jugar con los cholos de la calle.

En el Borja hizo dos amigos, unos niños desadaptados como él, hijos de carpinteros, mantenidos en la escuela por caridad. Pronto se fueron cuestionando la beatitud, la hipocresía y el encierro. En cuarto curso Eliécer comenzó a leer, gracias a los quioscos de la ciudad, las obras de Marx, Lenin, Mao y el Che. Formó una célula llamada OER (Organización Estudiantil Revolucionaria) con Jaime Meneses, un lojano hijo de un terrateniente, que por su rebeldía airaba a su familia, y un muchacho Iglesias cuyo nombre no recuerdo. Un día, los tres fueron al colegio vestidos con un luto riguroso. Por supuesto, no se les había muerto un familiar ni un amigo. Les preguntaron por qué iban así y respondieron sin desparpajo: «Por la muerte del Che Guevara». A Eliécer lo suspendieron y le dijeron que si quería arreglar las cosas debía pedir disculpas, pero como se negó a semejante disparate, tuvo que terminar el colegio en el Nocturno Francisco Febres-Cordero. Pero un año atrás, en 1970, lo encarcelaron por hacerle oposición a la dictadura de Velasco Ibarra. Pero faltaba más: en su celda leyó Conversación en La Catedral, la obra maestra de uno de sus escritores más amados de toda la vida: Mario Vargas Llosa.

Podría seguir inventariando la vida de Eliécer: sus días como presidente de la Federación de Estudiantes Secundarios de Cuenca; su viaje a Quito por una ruptura con doña Carmen, su viuda; sus días en la Facultad de Derecho de la Universidad Central, en donde terminó su primera novela Juego de mártires para contrariar esa suerte de condescendencia de sus amigos Iván Éguez y Raúl Pérez Torres; pero cuando un escritor nos deja —en especial, cuando nos muestra que en su literatura (en la literatura en general) Cuenca podía dejar de ser por fin una promesa vacía y volverse la constatación de nuestras victorias cotidianas, —solo podemos encontrarlo en su propia obra, en su intento, como el mismo Eliécer decía, por desbaratar la eternidad inmóvil del mundo.

Tuve la fortuna de conversar varias veces con Eliécer. En cada encuentro se mostró como lo que era: un auténtico caballero y una conciencia lúcida de su tiempo, al que también estudiaba minuciosamente a través de las columnas políticas en las que criticaba a los gobiernos de turno sin importar la ideología que profesaran. Nunca olvidaré que la penúltima vez que lo entrevisté —instantes en los que mi timidez, a causa de la admiración que le tenía por sus novelas Polvo y ceniza y Que te perdone el viento, se redujo a una sonrisa sin preocupaciones por su manera de ser tan franca y cordial— en su oficina ubicada en el centro histórico, unas monjitas llegaron a pedirle de favor que no solo corrigiera los textos de una revista, sino que también los hiciera. Lo que casi acabó por volverse un momento tenso, pero Eliécer lo supo superar sin inconvenientes; con su voz pausada y cálida y sus modales ceremoniosos, provocó que las madres fuesen las que no pudieron negarse a una respuesta que en su boca se convirtió en una acabada forma del respeto y la ternura: «No».

Tampoco olvidaré la última vez que nos vimos cara a cara, durante un homenaje que la Universidad Católica de Cuenca le dedicó por su trabajo periodístico, donde le dediqué unas palabras —que vuelvo a revisar con vergüenza dos años después para escribir este recuerdo, pero que él incluso guardó en una carpetita con mucho cariño—, porque pude decirle cuánto lo admiraba; que sus novelas —por las que todavía mantengo un desmedido entusiasmo y que entonces  compraba y leía compulsivamente—  me acercaron por primera vez a la literatura nacional y me hicieron ver que era posible escribir sobre el Ecuador y sus gentes sin fracasar en el intento. Pero, ante todo, porque aquella noche irrepetible pude estrechar la mano de un hombre bueno.

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos y crítico de cine del diario digital Nuevo Tiempo, en la sección Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net y presentador del programa dominical de streaming por SRRadio, en el que aparecen los mejores escritores del país.

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