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La revancha

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Un maltratador de mujeres se encierra en su casa para ingerir alcohol y cocaína luego de que su pareja lo abandonara por golpearla y negarse a que naciera el bebé que ya estaba en el vientre de Virginia. 

Por Viviana Garcés-Vargas

Las luces del zaguán que Ramiro encendía a las 7 pm, en Ballén y García Avilés, por primera vez en 10 años estaban apagadas. Era su manera de llamar la atención a los vecinos que conocían de su costumbre para vigilar la seguridad de su casa, una estructura mixta de madera y cemento que había tolerado un terremoto y la persistente humedad de una ciudad costera.

Dos de los vecinos que siempre lo acompañaban con un par de jabas de Pílsener para matar la sed y las desdichas que, según ellos, les habían dejado sus mujeres; subieron escaleras en las cuales debían evitar los huecos, a falta de travesaños.

Tocaron la puerta, pero nadie contestó. Era extraño que Ramiro no se encontrara a esa hora, puesto que conocían su rutina: un hombre de 40 años que se cobijó en un departamento que había dividido entre su consultorio jurídico y un lugar para habitar. La madera apolillada acompañaba a su escritorio de roble cuando atendía a sus clientes pobres, mientras sus gatos le ronroneaban a Ramiro para que les diera de comer en plena asistencia legal.

Se preocuparon. Ramiro vivía solo desde la última vez que una de sus parejas lo abandonó por sus permanentes discusiones violentas sobre la maternidad.

Tumbaron la puerta y lo encontraron tirado en la baldosa con dos botellas rotas de ron y tres bolsitas plásticas que habían contenido cocaína.

Intentaron tomarle el pulso en su mano izquierda y era mínimo. Bajaron en brazos a ese hombre endeble, de cabello rizado y sonrisa apagada, para llevarlo de urgencia al hospital Teodoro Maldonado, del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social.
Llegaron en un taxi amarillo, ya que las llamadas al #911 para pedir una ambulancia nunca respondieron. Era un 31 de diciembre y Ramiro pensó que terminaría de manera diferente.

Atestado por pacientes con diferentes enfermedades y emergencias, los amigos del abogado intentaron que fuera atendido lo más pronto. La visión borrosa y el cansancio extremo no le permitían a Ramiro caminar con rapidez. Una hora después de esperar atención, una enfermera se le acercó, hizo contacto visual con él y se percató que esa mirada expresaba una profunda depresión y una urgencia de estar en paz.

Angelita era la enfermera en jefe del departamento de Salud Mental. Llamó de inmediato a un camillero para llevar a Ramiro a que le hicieran exámenes. No obstante, el paciente le tomó de la mano y ella esbozó un gesto de extrañeza. No lo soltó.

–Cuénteme, licenciado. ¿Qué sucedió?

Las pupilas dilatadas de Ramiro delataban su manera de hablar, un tanto confusa:

-Usted no lo entendería.

–Estoy aquí para escucharlo, solo deseo ayudar.

El aliento inusual delataba al abogado el momento de explicar con euforia lo que le estaba sucediendo:

-Yo la amaba, pero no estaba dispuesto a tener más hijos.

El auxiliar iba, de manera apresurada, trasladando en un tabladillo a Ramiro para realizarle exámenes toxicológicos de sangre y orina. Angelita le preguntó de forma cautelosa hace cuánto tiempo había ingerido el coctel de estimulantes y alcohol. La transpiración de Ramiro era incesante, a pesar de la potencia del acondicionador de aire:

-Hace horas, licenciada. Fue porque estoy arrepentido de haberla golpeado. Yo no quería, licenciada, ella no me dejó opción.

El vómito no paraba y Angelita necesitaba mayor información sin alterar a Ramiro. Se acercó a uno de los vecinos que llevó al paciente a urgencias.

–Por favor, necesito conocer qué ingirió el paciente o si tengo la posibilidad de hablar con algún familiar.
-Solo encontramos envases de ron “Abuelo” vacíos y al menos cinco bolsitas de polifán con perico, esparcidos en la baldosa.

Ramiro necesitaba que se le realizara de urgencia una aspiración nasogástrica para drenar la mezcla de alcohol y los narcóticos de su estómago mediante un tubo. Pero la debilidad extrema del paciente no le permitía hablar con claridad. Cada vez se mostraba más inquieto.

-Le di Postinor y no lo quiso. Le compré Misoprostol, pero tampoco lo ingirió. No quedaba vajilla que volara en la cocina cada vez que lo discutíamos. Ollas y cuchillos los estampaba contra la pared cada vez que yo recibía una llamada, mucho más cuando debía visitar a mis hijos mayores.

De pronto, Ramiro cambió de tema. Angelita se dio cuenta de que deliraba.

-El sexo era a diario e intenso, a cualquier hora, sin importar si alguien estaba cerca. Su mano acariciando mi falo y ella disfrutando del cunnilingus. Yo sacándole sigilosamente el brasier rojo que ella disfrutaba colocarse con blusas transparentes negras para que le lama los pezones o introduciendo mi pene rígido y grueso debajo de su falda corta mientras ella retozaba sobre mis piernas. Era parte de la experiencia que nos gustaba practicar ya sea en la noria, en las cabinas de la aerovía, el Safari Extreme o en los baños de los centros comerciales. A Virginia le gustaba ser exhibicionista y yo la complacía. Sin embargo, a ella no le gustaba protegerse y yo soy alérgico al látex de los preservativos.

Lo decía mientras la cianosis hacía que sus labios y los dedos de manos y pies empezaran a ponerse de color azul. Sus manos temblaban. Angelita dejó escapar un par de lágrimas en su rostro casi siempre imperturbable. Algo especial había en ese hombre, aunque no sabía qué.

El vientre de Ramiro se hinchó, su dificultad para respirar cada vez era más persistente y jadeaba. Angelita le ayudó a inclinar la cabeza y le levantó la barbilla. Respiró profundamente cada cinco segundos. Ella tocó los labios del paciente y le supieron a energía y poder, a un brío por seguir viviendo.

La presión arterial de Ramiro era de 200/110 y él se quejaba por el insoportable dolor de cabeza. Su nariz empezó a gotear. En la mezcla de sinceridad y delirio, le dijo:

-Licenciada, Virginia sabía que no podía mantener más bocas. He vivido siempre aparentando fortaleza, pero esnifar una rayita era suficiente para evitar mi permanente sensación de tristeza y de arrepentimiento. A Virginia ya la conocían en 10 de Agosto y Lizardo García, las motos se acercaban a venderle las cantidades que necesitaba, se la jugaba por mí.

La dificultad para respirar era cada vez más notoria y se agitaba al hablar. De repente, ya no existía gota de remordimiento.

-La euforia me hizo aporrearla. Tenía 16 semanas, su abdomen era poco prominente, no quería sentir sus pataditas y ella tampoco deseaba recibir el poco dinero que aún tenía en mi billetera para un legrado. Solo atiné a apagar su celular y desconecté el timbre, mientras escuchaba “Sobredosis”,  de Alberto Barros, en la radio de mi Chevrolet Astra gris, donde me refugié para no seguirla golpeando.

Las palabras de Ramiro le permitieron a Angelita tomar la decisión de condenar a un paciente que desconocía el significado de la crueldad. Angelita desistió de controlar la frecuencia y fuerza de los latidos, le inyectó Naloxona para revertir la sobredosis de opioides y le susurró que sería la primera y última vez que sentiría los efectos de la cocaína por vía intravenosa. Le suministró el estimulante en el brazo izquierdo, Ramiro empezó a convulsionar y pronto empezaría la hemorragia cerebral. Angelita cerró las cortinas del espacio donde se hallaba Ramiro y, llena de coraje y satisfacción, como si hubiera logrado una revancha a nombre de Virginia, se alejó en completo silencio.

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*Viviana Garcés-Vargas, nacida y residente en la ciudad costera de Salinas, es escritora y periodista. Integra el grupo loscronistas.net Próximamente aparecerá su primer libro de cuentos.

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