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La memoria final

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Una crónica que nos obliga a pensar, repensar y reflexionar sobre la situación que estamos sufriendo los seres humanos frente a la muerte repentina y sorpresiva y sobre la necesidad de luchar por la permanencia de los recuerdos, los amores, los afectos, los momentos que hacen trascendente nuestro paso por la vida.

Por Magaly Villacrés*

Hace poco me enteré sobre la muerte del padre de una amiga. En las últimas semanas que llevamos de crisis sanitaria esta noticia es casi regular. Era una persona mayor y aún mantenía la lucidez de su memoria; es decir, se encontraba en esa edad en la que la vida nos sitúa caprichosamente entre la franja de lo posible y lo probable.

Con un par de amigas nos citamos, mediante video llamada, para charlar un rato y hacer catarsis sobre estos últimos acontecimientos; al cerrar el teléfono me quedé pensando en que hace solo unos días otro querido amigo, al que conocí a través de mi hermana, murió prematuramente. En este caso, se desvaneció una mente prodigiosa y se mutiló un hogar, porque así es la muerte, un hecho tan cotidiano como inesperado.

Recuerdo estas conversaciones y es imposible no pensar en mis padres, él de 85 años, ella de 75; y en esa ruleta irreversible de la vida se van apagando cándida, lenta y dulcemente como el sol de cualquier tarde que, aunque se marcha, todavía abriga.

Se extinguen despacio y sin dolor. Morirán de pronto un día y anhelo sea una muerte natural: cerrar los ojos sin sufrir, sin resistirse, sin más. Ojalá pudiéramos partir con nuestros seres amados el mismo día y en el mismo segundo; así no habría nostalgias que nos condenen ni culpas que nos aplasten; pero vivir y morir son citas que no escogemos, mas debemos acudir.

Mientras tanto, en una isla a miles de kilómetros de aquí, la madre de alguien a quien tanto quiero, poco a poco va adormeciendo su memoria entre las brumas del último ensueño. Olvidar también es otra forma de partir.

No siempre reconoce a su hijo, pero responde al estímulo si él aprieta su mano. Ella lo mira con atención y sonríe dulcemente al escuchar sus preguntas. A veces, un nombre, un lugar, una canción o, la palabra ‘mamá’, le hace abrir un poco más los ojos y asentir con su mirada, como si un filo del pasado penetrara en el remanente de su memoria. Es terrible para un hijo que su madre no lo reconozca siempre.

Cuando los padres olvidan o mueren, con ellos se borra una parte de nosotros; incluso situaciones, escenas, momentos que ni siquiera imaginamos. Un padre y, sobre todo, una madre, poseen recuerdos que únicamente ellos atesoran, como un álbum de retratos que conservan en el disco duro que les borrará la muerte: quizás nosotros en su regazo, nuestros primeros balbuceos, los torpes pasos de la niñez, los miedos y pesadillas; nuestras primeras ilusiones, los secretos juveniles, los desencantos del amor.

Ellos fueron testigos exclusivos de aspectos de nuestra vida que tal vez nunca revelaron. Los esconden en su recuerdo, el único lugar posible y al que no tenemos llaves de acceso; y al morir se los llevan, perdiéndose en la nada. Con su muerte empezamos a morir nosotros; a desvanecernos lentamente del mundo por el que anduvimos, como una vieja foto que el tiempo deteriora. A ser más lo que somos y un día no seremos, y a ser mucho menos de lo que antaño fuimos.

No nos damos cuenta y a cada momento, en nuestra propia familia, desaparecen evidencias y personajes de nuestro mundo, el propio; y también de los mundos que no llegamos a conocer, pero de los que ellos fueron actores y, por efecto, nos pertenecen.

Setenta, ochenta, noventa años de vida se esfuman llevándose con ellos el siglo anterior, el recuerdo de los padres y los abuelos que, a fin de cuentas, también es nuestra herencia y nuestra memoria.

Dejarlos marchar sin extraerles la información es como vaciar un baúl sin escudriñar en su fondo, no siempre los objetos que guarda son viejos e inútiles, en ellos se amontona cada capítulo de lo que fue nuestra vida inicial. Y no se trata de un gesto romántico o sentimental, sino de algo práctico, incluso necesario. Porque para saber quiénes somos es inevitable conocer quiénes fuimos.

Permitir que los últimos testigos se apaguen tristemente es dejar morir también lo que nos define, lo que nos narra.  Dejarlos silenciarse para siempre sin sacarles antes todo el material posible para que sus recuerdos sobre el mundo en general, y sobre nosotros mismos en particular, se salven y permanezcan de algún modo. Es justo empaparnos del material genético, ahora convertido en una pausada palabra, la mirada perdida en un instante pretérito, la vieja carta o una canción antigua que los traslada en el tiempo; todo eso es herencia invaluable que evitará deshacernos sin más.

En tiempos como los que vivimos resulta peligroso y hasta infame, resignarse a esa clase de orfandad. Permitir que un ser querido se vaya sin heredarnos el tesoro de su memoria es ser doblemente huérfanos. Perderlo a él con una buena parte de nosotros mismos. Quedarnos más desamparados y más solos; ser más huesos que memoria.

Ahora, que aún es posible, sentémonos junto a ellos y hagámoslos hablar lo que puedan. Tengamos la paciencia, la inteligencia y la audacia si es preciso, de que el nieto, la adolescente, los más jóvenes, se interesen por esa historia familiar que pronto habrá de desvanecerse entre la niebla y la lluvia.

Un día ellos se emocionarán de haber escuchado de la voz de sus propios protagonistas de dónde vienen, quiénes los antecedieron y quiénes los hicieron posibles. De saber que los testigos de su memoria no pasaron sin dejar huella por este lugar bello, extraño, cruel, triste y, a la vez fascinante, al que llamamos mundo, planeta, existencia, tierra, vida.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973), licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario digital «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la Revista Oceanum, en Asturias, España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Colaboradora de loscronistas.net

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