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«El hijo del sastre»: Debe haber un horizonte más allá

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Una reseña original, diferente y profunda sobre la novela «El hijo del sastre», escrita por Juan Castanier Muñoz. La novela, dice la autora de esta nota, «es un espejo en el que me miro a diario. Todos los días salen titulares a la luz con actos e intenciones de corrupción».  

Por María José Larrea Dávila*

Una camioneta pintada de fuego con las siglas APC en la placa de su identificación lleva a una familia hacia alguna parte. La forma de los sombreros es de alguna provincia de la sierra central. Enfocan su mirada hacia adelante.  Me dan la espalda. Hacia mi izquierda una joven sin semblante me mira, al igual que las iniciales específicas del vehículo. Viajan en medio de distintos verdes que se van perdiendo entre los colores de la tierra y se hace un laberinto de matices acompañado de una luna o de un sol sin luz.  El hombre mira a su mujer.  Su brazo se extiende hacia ella, parece que la tomara de la mano por delante del poncho o del saco verde, y los pantalones marrones del que pudiera ser su hijo encaramado a medias: su pierna se sale del balde, con una mano se sujeta del tubo para no caerse, indeciso de irse o de quedarse. El horizonte debe estar en algún punto: allá, más allá de los colores; en las ganas de marcharse, de buscar, de encontrar y de permanecer; en algún lugar, allá, más allá, en el norte.  No hay rostros.  No hay apellidos. No hay cédulas de identidad.  Y cuando lea sus nombres, serán solo unos nombres.  Es la misma imagen desde el parabrisas del bus cuando yo también me voy al norte, o desde la portada de este viaje de “El hijo del sastre”, de Juan Castanier Muñoz.

Desde mi semblante urbano busco mis pasos por donde camino a diario en esta ciudad cuyo nombre, para lo que quiero reseñar, no tiene importancia; así como tampoco la tiene el lugar invisibilizado e inexistente de “El hijo del sastre” donde nace y transcurre su vida hasta enfocar su mirada en la capital.  Su pueblito y el de los pueblos pequeños con su propio sistema, al igual que mi ciudad, como otras del país, también está construida dentro de un diseño parecido. Mi casa da a una avenida, al frente está la iglesia, más allá un museo y un colegio, vivo rodeada de vecinos a quienes conozco y a otros no. Detrás está el mercado donde realizo las compras y pago los servicios. Si quiero ir un poco más allá, accedo a la red vial de buses o de taxis o camino por unas aceras de lujo. Llego al centro de esta capital donde encuentro librerías, comercios, restaurantes y, en caso de una enfermedad o de un accidente, a dos cuadras, tengo un hospital y algunas farmacias.

Lo más lejos y difícil es ir a la escuela de mi hija, para lo cual hago un plan de vez en cuando si hay una reunión o un evento especial, no tengo que ir por ella a diario, pues va y viene en buseta.  En este año y medio de pandemia todo he encontrado a mi alrededor, incluida la escuela; todo en casa. Mientras escribo pienso en lo privilegiada que soy y seré mientras resida aquí. Hace cuatro años lo hice en la capital principal y, aunque tuve miedo, todo resultó igual de fácil a excepción de la escuela que estaba lejos, y, de la misma manera, planeaba el trayecto que resultaba otra aventura de un día entero.  Cuando me refiero a “fácil”, no quiero parecer superficial ni frívola; me refiero a la posibilidad de tener acceso a todo, acceso al que todos deberíamos tener para que la cotidianidad resulte llevadera, se viva donde se viva.

¿Qué pasa en las provincias donde sus ciudades y pueblos no tienen la importancia de la capital de la república? ¿Cómo es vivir en la zona rural? ¿Cómo es llegar al pueblito o a la urbe principal para asistir a la escuela, comprar lo que hace falta, concurrir a un culto religioso, comer en otro lugar que no sea la casa? ¿Hay universidades o institutos técnicos o academias?  ¿Y cómo es la reflexión de la gente que no vive en la ciudad?  ¿Qué pensarán las personas del campo sobre mí, la urbana? ¿Recapacito alguna vez en otras formas de vida que no sea la mía?   ¿Se sienten privilegiados, como yo, de vivir en dónde viven?

“El hijo del sastre” me sostiene en dos hilos trasladándome por el tiempo: el uno, marcado por las dictaduras y los gobiernos democráticos desde la cuarta presidencia de Velasco Ibarra, Carlos Julio Arosemena Monroy, el triunvirato militar de 1963-1966, periodo en el que nace el protagonista y va en progreso hasta alcanzar su madurez o inmadurez en la presidencia de Rafael Correa.

Los hitos de la vida marcados por los regímenes de turno dejan huellas en la ciudadanía sin que hagamos conciencia de ellos: ¿cuánto ha determinado la política en mi vida? El otro hilo es una especie de obstáculo constante, el leitmotiv de llevar un apellido, objeto de burla desde la escuela.  Su recuerdo lastima y, el rato menos pensado, en los momentos más importantes, se llena otra vez de sangre.  Un peso del que tampoco se hace conciencia y queda como la cicatriz de la infancia sin curar, contrario a sentirse cómodo de ser quien se es.

Es que, ¿cuán orgullosos somos los ecuatorianos de ser quiénes somos?  Siempre pretendemos ser otros y todas esas frases, lugares comunes y refranes que se desbordan en la novela, como en el diario vivir, tal vez para volver a pensar la forma en la que hablamos, tal vez para reírnos de nosotros mismos; sin embargo,  decretan en nuestro imaginario y lo llevamos a cabo sin reflexión alguna; el mal que nos hacen sus significados se escapa en los discursos políticos, en las prácticas burocráticas, en las elecciones profesionales, en las malas decisiones; es decir, también en nuestras vidas personales y privadas.  Nos llenamos de sofisticación y delinquimos; no somos felices de nuestros orígenes y queremos lo de los otros sin importar el costo, sin saber qué hay en las grandes ciudades, en la fachada de lo que se ve ─la ciudad donde vivo es preciosa, pero fachada al fin─, en las apariencias del vestir y del tener, en elaborar con gran esfuerzo imágenes de nosotros mismos; en vez de servir desde donde estamos. Los resultados serían más felices y más simples, sin tanto esfuerzo.

No perderíamos el sonido del lenguaje, las formas de celebrar sencillas y fraternas los pequeños triunfos; a la larga, conquistas para el país.  Como el esfuerzo de estudiar, de educar a los hijos, de mantener la cultura.  Como la decisión de no aculturizarnos, al evitar creer que lo que saben y viven otros de este mismo país y de otros países de afuera es mejor.  Las provincias abandonadas desde siempre ─la sencillez no significa que no se luche por escuelas, transporte, tecnología, servicios básicos de calidad, salud, entre otros─ es una injusticia constante y circular, una predestinación de eterno retorno sin escapatoria.

¿Me siento orgullosa de ser la hija de los oficios de mis padres?  ¿De dónde surge las ganas de aprender un oficio?  No es fácil acceder a la universidad y no todos estamos hechos para ella sin importar de dónde se provenga.  Los habitantes de los pueblos, de las parroquias rurales siempre deben salir de sus lugares si quieren estudiar una carrera.  Salir implica desarraigarse, vivir en sitios mucho más incómodos.  Si leo la novela, recuerdo y miro las instalaciones de la Universidad Central en Quito, me deja un desasosiego que no sé si es óptimo para que los jóvenes que salen de sus tierras inicien allí una carrera.

La práctica de los oficios (crear, hacer, obrar) también permite vivir y soñar, formar una familia y sostenerla, crecer y prosperar. ¿No han sido acaso los oficios los que han mantenido a la población e incluso a la monarquía desde la conquista, la colonia y posteriormente al país, sobre todo, en las épocas de crisis más profundas?  ¿No se dividieron las ciudades en barrios de oficios: panaderos, herreros, zapateros, carniceros, sastres? Son los oficios los que han logrado que los hijos se eduquen hasta alcanzar niveles inimaginables de conocimiento como el protagonista de la novela y, sin embargo, nos olvidamos de ellos y los menospreciamos.

Pero “El hijo del sastre”, además, es un espejo en el que me miro a diario.  Todos los días salen titulares a la luz con actos e intenciones de corrupción.  Si están escritos en los medios de comunicación, es porque de alguna manera están presentes en mi propia vida.  No puedo decir: “son unos ladrones”, “son unos corruptos”, el gentilicio de ecuatoriano también me sostiene como lo hace con todos los que hemos nacido aquí. La reflexión debe ser constante para erradicar lo que molesta e impide crecer desde la propia individualidad. Me devuelve un reflejo que me duele y me hace sentir sin alma, sin madre, sin patria. Como autómata en conquista de un mundo vacío.  Riquísimo en apariencias, pero vacío de amor propio, y en ese “propio” vacío de amor por la identidad, por los genes, por la cultura, por el Ecuador.

__________________________________

*María José Larrea Dávila, ecuatoriana, nacida en 1970.  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito.  Perteneció al club de lectura “En perspectiva lila” y es miembro del club “Santa Ana”, de Cuenca. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

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Comments (2)

  1. Juan Castanier Muñoz

    15 Sep 2021

    Muchas gŕacias por su comentario Maria Jose. Plantea usted vísiones muy interesantes sobre la historia narrada y admiro como el desarrollo de El Hijo del Sa stre lo extrapola en parte a su propia cotidianidad.
    Su comentario me honra y resulta especialmente grato. Abrazos

    • Los Cronistas

      15 Sep 2021

      Estimado Juan:

      Muchas gracias por su lectura. Aprovecho para felicitarle por la novela y también para que sepa que usted también cuenta con el espacio de loscronistas.net cuando necesite expresarse y escribir lo que tenga en su corazón. Estamos abiertos a cualquier expresión.

      Un abrazo,
      Rubén Darío Buitrón
      Director-fundador
      loscronistas.net

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