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El día más feliz de mi vida

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El reencuentro de una madre privada de libertad y su hijo, a quien tuvo que enviar a un orfanatorio por no contar con apoyo económico ni familiar para su sustento.

Por Génesis Mora*

Soy Mariuxi C.E. y tengo 34 años. Estoy cumpliendo una sentencia de 20 años por delito de asesinato. Llevo siete años dos meses recluida en el Centro De Privación De Libertad Guayas No. 2.

Me detuvieron en Naranjal en 2014. El 2 de julio de ese año, al pasar la puerta del filtro policial, visualicé a un grupo de internas haciendo tareas de aseo en tanto otras jugaban en la cancha. Hasta llegar a cuarentena C, que es el lugar donde ingresaban las internas nuevas, tuve muchos sentimientos encontrados, pensaba que el camino era interminable y mientras caminaba las lágrimas caían por mis mejillas. No podía contener mi llanto.

La primera semana me incorporé de inmediato a los grupos y talleres de belleza con la finalidad de mantenerme ocupada y hacer menos larga mi estadía. Llegué a ser promotora de computación básica, de medio ambiente y de ingles básico.

Cuando cumplí un año en este penal, quedé embarazada de Alonso, quien era mi novio. En aquel entonces, tenía 29 años y a los tres meses y medio de gestación empecé a sentir síntomas extraños en mi cuerpo, rechazaba comida y olores. Yo me cuidaba con medicinas anticonceptivas, sin embargo, algún mes me pasé de la fecha de aplicación y la doctora a cargo del policlínico no me quiso aplicar el medicamento. Por tal motivo, mis métodos de cuidado se desordenaron.

Pese a sentirme feliz por mi bebé me llenaba de incertidumbre, porque no me encontraba en una situación adecuada: fui juzgada por parte de mis compañeras, pues me señalaban de irresponsable. Pese a todo, desde que sentí a mi hijo en mi vientre, se me activó una poderosa lucha interna que hizo que muchos caminos se me abrieran. Yo les llamo bendiciones.

A pesar de la situación, mi embarazo fue una de las etapas más felices de mi vida. Hacía aseos para cubrir los gastos del embarazo. Cuando mi hijo nació tuve que optar por ponerle mis apellidos, ya que su papá, quien era mi novio se ausentó de un día para el otro. Me di cuenta de que éramos dos personas contra el mundo y que no contaba con el apoyo ni de su papá ni de mi familia. Tengo dos hijos mayores, Jordan y Jerickson, de 14 y 11 años respectivamente, por los que también he tenido que luchar para sustentarlos. Inicialmente, trabajé en la cárcel poniendo uñas postizas y tejiendo.

Carolina LL. fue mi principal apoyo. Un día, a ella se le cayó un pedazo de cable. Sin querer rozó mi busto. El dolor que sentí fue indescriptible, mis senos estaban destruidos por la lactancia, ella sabía mi historia y mi situación. Yo no contaba con los recursos para darle una buena alimentación a mi hijo, pero ella se encargó de proveer los tarros de leches y otros alimentos y medicinas para él. Lo hizo sin ningún interés, se encariñó mucho con mi hijo y yo vivo agradecida por todo lo que hizo por nosotros.

Cuando Jeremy empezó a crecer necesitaba una alimentación nutritiva y Carolina hacía el ingreso de estos alimentos para mi hijo. Cada momento con él era muy importante para mí porque solo podría estar conmigo hasta los tres años de edad.

Un día, una de las profesoras del coro al que yo pertenecía me dio a conocer que en la “Aldea de Niños Cristo Rey de Schoenstatt”, una especie de orfanato, había un cupo para ingresar a un menor. Ella sería su tutora hasta que yo pudiera solucionar mis problemas legales. Una de las indicaciones que hizo que confiara fue que podría retirar a mi hijo cuando cumpliera mi sentencia sin tener que pagar nada, aunque el día que debí enviar a mi hijo él se aferró a mí y sentí que dentro de él algo le decía que no volvería. La tutora me mantenía al tanto de las actividades de Jeremy y me contaba que era uno de los niños más aplicados en la Aldea. Su forma de rezar llamaba mucho la atención ya que, según me contaban, lo hacía desde el corazón, así como también realizaba con esmero sus actividades educativas.

En diciembre de 2020, luego de un evento de Navidad en el que canté como parte del “Grupo Voces Unidas” del penal, el exsubdirector de Rehabilitación Social, coronel Orlando Jácome, nos dio la oportunidad a todas de recibir un regalo para nuestros hijos. Sin embargo, yo solo tenía un deseo: él se conmovió y, como caso especial, me dio la oportunidad de realizar una visita a mi hijo.

Uno de mis temores más grandes era que no me reconociera, pues ya estaba por cumplir cinco años. Sin embargo, era más grande mi emoción de verlo. Luego de los trámites administrativos en el penal, gestionados por la psicóloga Marina Salazar, directora de la cárcel, realicé la visita junto con un agente de Seguridad Penitenciaria, un policía y la trabajadora social.

Cuando llegamos identifiqué a mi hijo de inmediato. Estaba jugando en un columpio con otros niños, lo llamé y él, al escuchar su nombre, se volteó. Su rostro de sorpresa fue único, me reconoció al instante a pesar de que habían pasado casi dos años de no verlo. Me sentí muy tranquila al ver lo cuidado y grande que estaba, vestía un pantalón corto color rojo, una camiseta verde, zapatos negros, y llevaba una gorrita crema para cubrirse del sol.

Estuvimos juntos por casi una hora, lo sentía y se veía muy contento, jugaba emocionado con un carrito rojo con blanco, de llantas verdes, que pude conseguir con el apoyo de mis compañeras, para llevarle un regalo, pues ya se acercaba la Navidad. El tiempo se fue muy rápido y cuando llegó la hora de despedirnos, Jeremy quiso quebrantarse, pero le dije: “Aquí nadie va a llorar, este es un momento feliz para los dos”. Con esas palabras cambió y me admiró mucho su fortaleza. Vi en sus ojos la paz que transmitía, lo sentí un niño libre.

Ese, sin duda, fue el día más feliz de mi vida. Por mucho tiempo no pedí a Dios nada más que eso, oraba porque ese día llegara y llegó. Y en mi corazón solo guardo agradecimiento por las personas que pudieron cumplir mi sueño.

Pese a las condiciones en las que me encuentro, en las que muchas personas podrían sentirse limitadas, he tratado de sacarle provecho a todas las oportunidades: actualmente tengo dos carreras, soy ingeniera agrónoma y tecnóloga en marketing, en esta fui una de las estudiantes que tuvo calificaciones más altas y me gradué con un puntaje de 9,83 en el Instituto Tecnológico Superior Guayaquil.

Ese es un regalo que hice a mis hijos. Jordan está con su papá, Jerickson está al cuidado de mi madre, todo lo que hago es para demostrarles que cuando uno quiere hacer algo no importa en qué lugar se encuentren. los límites solo están en la mente. Hoy trato de ser un buen ejemplo para ellos, ejemplo de lucha y perseverancia, y que quiero que ellos sepan que todas las metas que se propongan las pueden lograr si van tras ellas.

Mi deseo más anhelado es estar con mis hijos cuando salga de este lugar. Pese a ser uno de los lugares más temidos he encontrado en él un refugio, refugio que me ha motivado a combatir mis miedos y a demostrarme lo capaz que soy si pongo voluntad en lo que hago.

Aún me faltan cerca de trece años para cumplir mi sentencia, pero solo cinco años para aplicar a un régimen semiabierto (beneficio penitenciario), porque deseo estar rodeada del amor de Jeremy. Sé que es un niño fuerte y a su corta edad él entiende todo este proceso. Sabe que soy su mamá y que en cualquier momento volveremos a estar juntos. Quiero hacer de él un hombre de bien, inteligente, respetuoso, que lo que hemos vivido sea un impulso para que logre todo lo que su corazón anhele.

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*Génesis Mora es estudiante de Comunicación Social de la Universidad Politécnica Salesiana de Guayaquil. Este texto es su primera colaboración para loscronistas.net 

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