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La bodega del espanto

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Vivir al pie de la marea despeinaba mis pasos y embobaba mis anhelos de ascender. Crecer con el olor penetrante a “carita asada” no fue sabroso, si a diario veía a mi viejita a diario con el carbón quemando sus manos mientras mi papá se gastaba la plata de la faena en putas y zapatos Reebok para jugar pelota.

La manera cómo quedó la barraca, que en el terremoto del 2016 fue demolida con mi abuelita dentro, no me animó a derramar una sola lágrima.

Allí vivíamos diez personas, entre hermanos, tíos, abuelita y padres, dentro de una estructura que, con el soplo de un mal viento, descascaraba la poca pintura que se conservaba desde hace unos treinta años.

El afán de mi viejita era construir un segundo piso con el crédito de los chulqueros de la zona, para respirar con mayor amplitud. Pero el remezón del 16 de abril fracturó a la única alma que nos unía como familia. Mi abuelita, Eufemia, no alcanzó a salir. Solo escuchamos un estruendo, salimos cuete con unas lycras con hoyos, las camisetas de campañas electorales, que prometían la unión del país, y un par de zapatillas cada uno. Fue el infierno.

Corrimos, volamos, luchamos desesperados por defender lo poco que habíamos obtenido. Mi Eu fue encontrada a los cinco días, abrazada a mis tres perros que habían rasqueteado el suelo como si quisieran volver a ver el sol de Pedernales.

Desde aquel momento no supe más de mi veterana y del batracio de mi papá. Me refugié con mis hermanos más chiquitos en una carpa para vivir del dolor ajeno y de las latas de atún que donaron los ecuatorianos que se metieron la mano en el bolsillo para solidarizase.

Mi pelo rubio, herencia de mi Clemen y que llegaba hasta las caderas, se destiñó, al igual que mis ojos verdes petróleo que no volvieron a ver la luz de la bondad de la poca familia que aún quedaba con vida. Era poco tener 17 años para lo que me tocó vivir después de esa noche.

El 25 de abril de ese año las provisiones ya no existían. Mis ñaños morían de sed y yo no quería extender la mano para pedir sobras. No había gente en las calles, con excepción de rescatistas, militares y Cruz Roja. Ellos tenían la esperanza de encontrar personas que hayan sobrevivido al terremoto, yo solo quería comida para mis hermanos. Nos llevaron a un campamento luego de deambular días por la playa. Más de una semana sin reconocer el olor a Palmolive, ingresamos cinco niños para cobijarnos de la necesidad y del peligro que hasta ese momento ignorábamos.
Me pusieron en la cocina y en ese espacio conocí la hoguera bárbara. Steven nos ordenó preparar por turnos las meriendas para 200 personas: rotábamos entre siete chicas de diferentes edades para aligerar la carga del fogón. Steven tenía una verborrea que dominaba a todas las muchachas que ayudábamos en la alimentación de los damnificados. Todas las noches, antes de dormir, debido a las pesadillas que muchas niñas sufrían, nos leía dos versículos de Isaías para calmar la ansiedad.

«No tengas miedo, que yo estoy contigo; no te desanimes, que yo soy tu Dios. Yo soy quien te da fuerzas y siempre te ayudaré; siempre te sostendré con mi justiciera mano derecha (41:10)».

Steven se ganó la confianza de las mujeres al ver cómo su carácter tranquilo, combinado con la sonrisa inteligente de un hombre de 32 años, convencía a quien quisiera.

Dos meses después de estar instalados en la tienda, Steven nos convenció a mí y a seis chicas más de irnos a Guayaquil. Había dejado su local de ropa en la Bahía encargado con su mamá para ayudar a las víctimas en Manabí y debía regresar para reanimar su negocio.

Steven quería chicas ágiles y guapas para que le sirvieran de ayuda y asesoramiento a sus clientes. Hablé con mis hermanos porque necesitaba plata para sacarlos pronto del albergue y me fui con la fe que me había regalado Steven para prometer enviarles lo que ganaría todos los sábados y volver antes de lo que les había ofrecido. ¡Qué pendeja fui!

Steven nos metió en una Audi R6 y prometió tanto a las chicas como a mí que nos ubicaría en una villa en La Alborada y ganaríamos sueldo básico más comisiones. Él se haría cargo de la comida y el transporte porque había visto en nosotras esa sabrosura para atender a la gente siempre con alegría y prontitud.

Llegamos a Guayaquil un domingo 25 de junio. El calor se pegaba a nuestras camisetas y los jeans que Steven nos había comprado nos quedaban muy estrechos. Una casita de bloques sin enlucir, donde la puerta de rejas finas estaba recontrasucia por el tráfico en la entrada de la 8, fue el lugar donde fuimos a parar. Siete peladas en un cuartito donde las cucarachas nos acompañaban mientras dormíamos sobre pliegos de cartón, una al lado de otra.

Steven nos ofrecía un plato de comida por la gracia del Dios, pero lo obviaba. Nos llevaba en lapsos de doce horas para no cansarnos, decía, nos llenaba de Energy Drinks y nos confinaba a un minúsculo local de venta de ropa con etiquetas falsificadas que Steven nos obligaba a coser antes de las seis de la mañana.

Sin ventanas, un ventilador de pedestal que cubría el ego de Steven y paredes de gypsum para dividir el local con los otros almacenes, nos sofocábamos por la demanda de pantalones Zara que, en realidad, provenían de Pelileo. En los minutos de descanso, Steven nos sentaba en sus piernas en actitud paternalista, mientras recibíamos con mucho esfuerzo y pequeñas protestas la mitad del sueldo cada dos meses.

Los vecinos andaban moscas, especialmente el veterano de al lado, que vendía zapatos deportivos made in Ambato y que le tenía puesto el ojo a Steven hacía rato. Don Gualberto cuidaba a la distancia, ya que nos decía, a espaldas de nuestro jefe,  que cada vez nos veía más flacas, anémicas y poco comunicativas.

La bodega de la tienda de Steven era un misterio. Todas salían de allí en silencio, con la cabeza cabizbaja y algunas con lágrimas en los ojos. Sus blusas desgarradas y ajadas. Nadie me contó qué pasaba allí en ese lugar hasta que me ocurrió a mí.

Yuri, Yuri, gritaba Steven. Su barba canosa, pese a su juventud, me producía vómito porque siempre tenía restos de comida entre los pelos. Eran las 6 pm cuando gran parte de los almacenes había cerrado y, por primera vez, me encontré sola con él.

Steven me haló del short y a rastras me encerró en la bodega después de pasar el picaporte de la puerta. Grité, supliqué y mordí cuantas veces fue posible, pero él se abrió el botón del jean desteñido que cargaba puesto y me lanzó al suelo, donde solo un pedazo de cartón nos separaba del piso maloliente. Me arranchó la camiseta de bolitas rojas, me quitó mi único sostén y lo rompió pese a que yo intentó evitarlo.

Empezó a besarme los pezones y yo, con el miedo encima, lo pateaba con la poca fuerza que tenía. Rasgó mi pantalón y empecé a ver la muerte. Sabía que Don Gualberto estaba terminando de hacer inventario en el local de al lado y que, quizás, podría ir el forcejeo. Seguí luchando, escurriéndome, empujándolo, rogándole por misericordia a Dios, recordándole los pasajes de la biblia que solía leernos.

Don Gualberto, quizás con la certeza de lo que pasaba, tocó la puerta enrollable y oxidada mientras Steven me tapaba la boca. Como nadie respondía, el vecino terminó derribándola con la ayuda de tres comerciantes más. Steven intentó huir con el bóxer abajo de sus rodillas, pero los minoristas lo arrinconaron, lo apalearon y lo llevaron hasta la esquina de Eloy Alfaro y Luzurraga.

Vecinos y comerciantes se sumaron para lincharlo sin que los municipales ni los policías hicieran algo para evitarlo. Era lo que merecía: piedras, puñetes, puntapiés, golpes entre las piernas. Yo reía y lloraba. Reía y lloraba, pero todo por era mi certeza de que nuestra situación ya no tendría vuelta atrás. Y porque Steven tuvo una muerte indigna y cruel, tan indigna y cruel como la manera en que nos trataba a las chicas que nos trajo desde Pedernales, a donde nunca más volveremos.

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*Viviana Garcés-Vargas, escritora y periodista nacida en Salinas, donde ha vivido la mayor parte de su vida, es una narradora dedicada a explorar temas tabúes o poco hablados en el Ecuador, como es el erotismo, la situación de las minorías y grupos discriminados, los tabúes y los mitos que circulan entre la población. Próximamente publicará su primer libro de cuentos e historias de ficción.

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