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Un muerto de 250 mil dólares

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El cementerio general de Manta es una pequeña ciudad donde sobresalen mausoleos familiares, las tumbas con pinturas marchitas, las que se pintan cada año en noviembre, las que tienen siempre flores, la de la niña muerta de 250 mil dólares y la del asesino más grande de la ciudad. Es el refugio de quienes buscan venganza y recurren a la brujería. También donde las parejas hacen el amor, los drogadictos fuman, los rateros guardan lo robado y los que no tienen donde dormir descansan sin importar que al lado esté un cadáver.

Por Freddy Solórzano*

El muerto más valioso de Manta es una niña sepultada en una tumba sin nombre. A quienes sean sus padres les espera una jugosa indemnización, pero han pasado los años y nadie ha demostrado que esa hija es suya, o por lo menos que es el hermano mayor, una prima cercana o un tío lejano.

La niña fue una de las víctimas mortales del accidente aéreo de La Dolorosa, ocurrido el martes 22 de octubre de 1996.

La historia de este cadáver está envuelta en misterio: ¿Quién es ella o quiénes son sus padres? ¿Qué hacía en ese lugar? Son preguntas que hasta ahora nadie ha podido responder.

Mientras tanto, a 2.973 kilómetros, en un juzgado de Miami sigue empolvándose la orden para entregar 250 mil dólares a quien demuestre que es su familiar.

Esa es la indemnización que dispuso la empresa aseguradora de la compañía Million Air, propietaria del avión accidentado.

El cadáver fue hallado incinerado entre los escombros cuando se hicieron los trabajos de rescate. Hay quienes creen que ella era pasajera del avión carguero, que con flores y pescado cayó sobre el barrio La Dolorosa.

Su cuerpo fue llevado al cementerio General de Manta y en su lápida se lee: “A la niña del accidente del avión”. Por estos días alguien colocó flores de plástico y una rosa blanca real en su tumba.

Humberto Solís es el supervisor del camposanto y dice que han llegado tres grupos de personas a decir que son parientes de la niña. Solo fueron palabras porque nunca mostraron ningún documento que lo certifique. Para Solís todos han sido simples “avivatos” que desean el dinero de la indemnización.

El tiempo corre. Si hasta el 22 de octubre del 2021 no hay quien demuestre ser pariente de la niña, una corte de Estados Unidos decidirá qué hacer con los 250 mil dólares. Como van las cosas parece que no habrá necesidad de exhumar el cadáver y hacer pruebas biológicas entre los restos de la niña y algún familiar que reclame el dinero para determinar el parentesco.

El censo

La niña de La Dolorosa es uno de los siete mil cadáveres que hay en ese cementerio. La cifra no hay que tomarla literalmente porque nunca se ha hecho un censo. Es una cifra a vuelo de pájaro del supervisor, que lleva seis años en el cargo. Existen además 15 mil tumbas, pero no todas están ocupadas.

Entre esos cadáveres se encuentra Flavio Reyes quien donó el terreno para que se construya la necrópolis. La avenida que está a un costado lleva su nombre, como también un nieto.

Flavio, el nieto, tiene 68 años y desde su juventud ha trabajado haciendo tumbas. Sus días los pasa en el cementerio, entre los sepultureros y los guardias.

Cartucho

Flavio está allí desde mucho antes del sábado 14 de enero de 1984, cuando un río de gente, como si fuera el Día de los Difuntos, llegó a ver el cadáver de Ángel García “Cartucho” a la morgue de la ciudad, que entonces funcionaba en el cementerio General.

“Cartucho” murió baleado esa madrugada en un operativo policial en una casa donde se refugiaba en el sitio El Arroyo.

Los curiosos se paraban sobre las tumbas que estaban construidas al lado de la morgue para ver por las claraboyas el cuerpo ensangrentado del más famoso asesino de Manta.

Ese que mató por la espalda, de cuatro tiros en el parque el Jocay, al periodista Héctor Toscano, que había sido una piedra en su zapato por denunciar sus delitos. El mismo que formó la banda de “La Cartuchera” y ejecutó asesinatos, secuestros, robos y extorsiones.

El terror de la ciudad de los años 80 murió en su ley.

Manuel, que entonces era un quinceañero, fue uno de los curiosos que llegó a ver a “Cartucho”. No regresó al cementerio hasta 20 años después para sepultar a su esposa. Llevaban tres años de casados cuando Gloria murió de cáncer.

A ella la sepultaron un lunes por la tarde y esa noche, como a las 10, Manuel desgarrado por el dolor y borracho volvió a la tumba. No le costó esfuerzo entrar al camposanto porque saltó por una pared.

Lloró y suplicó, que como Lázaro se levantara su amada. A las seis de la mañana regresó a la casa. Tres noches más repitió la historia. El milagro no se cumplió.

Desde entonces le molesta ir a los cementerios, aunque lo ha hecho dos veces más para sepultar a sus padres. Ir lo deprime.

Ver las tumbas blancas le demuestran lo que dicen los borrachos en los sepelios: “que no somos nada en esta vida”.

Hay otros, como Margarita Villamil, a los que les gusta la tranquilidad del lugar. Casi va todos los domingos a visitar la tumba de su marido. Junto a ella está la de su nuera, que fue una muchachita de 14 años que una tarde se envenenó, 20 días después de comprometerse. Lo hizo en un acto de locura porque el hijo de Margarita iba a salir sin ella.

Pequeña ciudad

El cementerio es una pequeña ciudad. Sobresalen los mausoleos, pocos, construidos de piedras negras, mármol y con puertas de vidrios como los de las familias Balda y Cevallos.

Están las tumbas con pinturas marchitas, donde se ha borrado el nombre y la fecha que el cadáver fue sepultado. Son los olvidados. Están las bóvedas vacías porque los cuerpos fueron exhumados.

—Mamá, ese muerto se salió de la tumba— dijo una niña de seis años cuando vio una de esas bóvedas.

Están las que se pintan cada año en noviembre. Las que tienen siempre flores. Las tumbas familiares: una sobre otra.

También vive el desorden. En las vías principales los visitantes pueden caminar sin problemas, pero en otras, en los estrechos callejones hay que subirse a las tumbas, como la de Rosa Cedeño, una de las más antiguas y que data de septiembre de 1957, para seguir el camino.

En otros casos una pared impide el paso. Allí se construyeron bóvedas sin ton ni son. Vendieron terrenos donde no debían.

El camposanto es también el refugio de los que buscan venganza y para aquello recurren a la brujería.

Los trabajadores relatan que han encontrado fundas con cabezas de chancho, fotografías de personas clavadas con alfileres o velas prendidas con un atado de cigarrillos.

Los que creen en brujería dicen que la tierra del camposanto tiene las energías de los difuntos. Aquello lo utiliza la magia negra para enfermar gravemente o incluso matar a las personas.

José Lara ha escuchado esas historias y muchas más.

Él fue una vez sepulturero y ahora con 82 años recibe seis dólares por limpiar, de vez en cuando, un grupo de bóvedas familiares.

José aclara que en el cementerio no solo se entierran los muertos, también ha servido para que las parejas hagan el amor, los drogadictos fumen, los rateros dejan guardado lo robado y los que no tienen donde dormir descansen sin importar que al lado esté un cadáver.

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*Freddy Solórzano (Manta). Es periodista y narrador. Desde el 2007 es editor del Diario La Marea, especializado en crónica. Durante un año dirigió, con mucho éxito, Diario El Ambateño. Ha participado en encuentros de periodismo en El Salvador, Panamá, Perú y Argentina. Es colaborador permanente de loscronistas.net

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