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La revancha de Juliana

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Hernán y Marcelo se conocieron mientras cursaban la carrera de comunicación. Ambos tenían ambiciones similares: Hernán, ser locutor deportivo y Marcelo, asesor comunicacional de Barcelona Sporting Club. Cursaban el segundo semestre y debían tomar como materia dentro de la rama: modelos de investigación. La docente que dictaba esa cátedra era conocida por ser una de las más exigentes: no aceptaba excusas o pretextos mediocres. Ellos estaban dispuestos a conseguir el 10, aunque les costara noches sin dormir y muchas tardes encerrados en la biblioteca municipal.

Juliana era una respetada investigadora que había sido contratada un año antes para otorgarle mayor prestigio a la facultad. Era una de las profesoras más jóvenes de la plantilla, perspicaz, rigurosa y bella. 1.70 mts de sabiduría, mirada penetrante, cintura estrecha y nalgas redondas, envidiada por sus alumnas y apetecida por su sonrisa conquistadora entre profesores y estudiantes.

Pero Juliana tenía la costumbre de mirar por encima del hombro a la gente y no romantizaba con nadie. Intentaba ser cordial con sus colegas para evitar malos entendidos, pero sus estudiantes eran el punto débil respecto a la rigurosidad en las calificaciones, castigaba la impertinencia y conocía perfectamente cómo persuadirlos sexualmente sin que conste como una penalidad universitaria.

De 36 años de edad, que no los aparentaba, Juliana no se involucraba con nadie. Su vida personal era un enigma y solo manejaba Twitter para conocer las noticias diarias. Su regreso de Madrid había provocado múltiples murmuraciones entre el plantel docente y mucho más estudiantil. Lo que se desconocía es que venía desertando de un matrimonio conflictivo y se prometió a sí misma convertirse en una mujer hermética e inconmovible.

Se estableció en una suite en Urdesa, para no incomodar a sus padres, luego de tanta represión por parte de su ex esposo: lo que menos necesitaba era la vigilancia patriarcal. Un departamento amoblado con libros de técnicas de investigación, sociología, comunicación, literatura y kamasutra.

Pintó su departamento de azul y lo decoró con óleos de Van Gogh, muebles blancos vintage en la sala y alfombra de vinilo vainilla con motivos barroco-victorianos (único adorno que pudo traer de su estadía en España), una amplia cama de tres plazas en la habitación, velas aromáticas y dos espejos de cuerpo entero: uno arriba del lecho y otro diagonal a este; ambos le proporcionaban diferentes ángulos de sí misma y de sus posibles visitantes ocasionales de alcoba.

Su sonrisa veleidosa confundía a compañeros de labores y estudiantes. Pese a la seriedad con la que entraba a los salones de clases o a las reuniones con colegas, tenía una manera de despistar a sus futuras víctimas sexuales que las iría eligiendo despacio, con mucho cuidado y rigor.

Varios de sus camaradas intentaron relacionarse, no obstante, los citaba en un motel para saciar su curiosidad y luego les abría la puerta para otorgarles la opción de marcharse o seguir disfrutando sin culpa alguna, pero sus alumnos le atraían mucho más ya que su lozanía era el ingrediente que su malogrado enlace le usurpó.

Era observadora e intuitiva. Analizaba a fondo el comportamiento masculino para saber con quién involucrarse. Hernán y Marcelo se encontraban en su lista de deseos. Elegante al caminar, Juliana asistía a diario con tacones, faldas tipo lápiz y blusas que acentuaran su color de piel y figura contorneada.

Su conocimiento de la materia era vasta y los estudiantes terminaban encantados escuchándola. Las clases de hora y media muchas veces se extendían más tiempo y sus compañeros se lo permitían sin ninguna objeción.

Hernán se esmeraba en ser participativo, ya que consideraba a Juliana como un reto en todo sentido. De 1.75 mts, cabello largo, negro y crespo, Hernán imponía respeto por su tono de voz y sabiduría adolescente. Conocía mucho de historia, rock, literatura y fútbol. Cigarrillo en mano cada vez que departía con sus compañeros en el césped de la facultad, Hernán supo acercarse a Juliana gracias a su velocidad estratégica de pensamiento y curiosidad.

Juliana invitaba al estudiante a cafeterías lejanas al sector universitario como  «El Mono Goloso», por su gusto hacia las pizzas vegetarianas, siempre en horarios poco concurridos, donde hablaban de diversos temas. Juliana quedaba extasiada al observar la pasión de un joven de 19 años hacia la carrera y se propuso aleccionarlo tanto en la cátedra como en el ámbito sexual.

Sus encuentros eran fortuitos y cada vez más libidinosos. Juliana se convirtió en la maestra sicalíptica de Hernán. La suite de la docente era el albergue carnal donde en múltiples noches se escuchaba desde Tchaikovsky a Barry White, mientras Juliana llevaba el control conduciendo a Hernán a fornicar en diferentes espacios del departamento.

La bañera angular era su lugar favorito, ya que la decoraba con inciensos para darle mayor serenidad a la velada. Allí dentro, Juliana llenaba de fresas y chocolates por todo el cuerpo a Hernán para luego rozarlo y saborearlo con su lengua y hacerlo vibrar de placer. Sin embargo, no permitía que alguno de sus amantes pasara la noche en su vivienda para evitar que se invada su intimidad.

Marcelo, el mejor amigo y compañero de Hernán, era todo lo contrario a su colega. Medía 1.73 mts, blanco, fornido, obsesionado con el gimnasio, gracioso y conquistador innato, sonrisa de dandi pero con notas que se acercaban casi siempre al supletorio.

Quedó prendado de Juliana desde que la vio llegar por primera vez a la facultad. A pesar que para la profesora Marcelo no pasaba desapercibido, fracasó estrepitosamente en los exámenes, pese a la ayuda que le brindó Hernán durante todo el semestre. El día del examen de recuperación, Juliana se propuso seducir a Marcelo. Lo invitaba a andar en bicicleta por cantones aledaños a Guayaquil, pero evitaba salir en las fotos que Marcelo se tomaba frecuentemente para publicarla en redes.

A ella le llamaba mucho la atención el carisma y el sentido del humor un tanto burdo e ingenuo de Marcelo: sentía que había regresado a la pubertad intercambiando memes por Whatsapp. Al fin, lo llevó a su departamento y recorrieron desnudos cada espacio de sus cuerpos. Las prendas se evaporaban cada vez que estaban juntos.

La cama espaciosa y los espejos le brindaban a Marcelo una perspectiva vanidosa de su cuerpo y que, para mayor satisfacción, ella embadurnaba a su compañero de leche de vainilla con aceite esencial de jazmín. Comenzaba por la espalda y lentamente se desplazaba de arriba hacia abajo con movimientos suaves, hasta que Marcelo irrumpía con su falo, una y otra vez, en las profundidades de Juliana hasta quedar totalmente agotados.

Esa inusual vida sexual que últimamente llevaba Juliana la había transformado por completo. Había olvidado lo que era ser complacida sin mortificarse ni perder su autoestima y le otorgó esa certeza de volver a ser una muchacha que gozaba y encantaba la vez.

Un día, cuando Juliana cumplía años, decidió hacer una fiesta privada solo con dos invitados: Hernán y Marcelo. Preparó varias jarras de sangría y una parrillada. Ninguno de los convidados sospechaba de la relación con la profesora, pues ella les hacía jurar que no contarían a nadie.

Cuando Hernán llegó al edificio, por primera vez bien afeitado y cortada su larga melena negra, se topó en el ascensor con Marcelo, quien se sorprendió al verlo. Conversaron en el lobby en el ascensor y creyeron que era una coincidencia que fueran al mismo piso.

Llegaron al tercero y se despidieron inventando excusas. Marcelo intentó distraer a Hernán, amarrándose el cordón de un zapato, y Hernán hizo lo mismo con su celular fingiendo enviar un mensaje.

Marcelo llegó al departamento de Juliana un tanto nervioso y ella abrió de inmediato. A los dos minutos, alguien tocó el timbre y Marcelo y Hernán se sorprendieron mutuamente. ¿Qué hacía el uno ahí en presencia del otro?

Sin comprender bien lo que pasaba, con los nervios alterados, solo les quedó conversar de cualquier cosa, mientras Juliana sonreía, les enviaba guiños y les servía sangría para que se relajaran. «Sin tu amor» sonó en los parlantes de la sala y los tres empezaron a moverse suavemente. Ella empezó a sacarse la crop top negra y los convidó a desprenderse de sus prendas, mientras los chicos le seguían el juego.

Ya sin ropa interior, Juliana a llevó a Hernán y Marcelo de la mano al sofá para acariciarlos y dejarse acariciar, siempre controlando cada movimiento. Luego los condujo al deslumbrante dormitorio donde los desvistió y traveseó con ellos. Se colocó en la mitad, entre los dos estudiantes y los besó mientras ellos hacían lo mismo en todas las partes de la piel y las formas de Juliana, mientras buscaban penetrarla sin que supieran que, como ocurría con todos los hombres con los que últimamente había tenido relaciones, ella estaba ganado una nueva batalla contra el recuerdo de su exesposo mientras se dejaba poseer por los dos muchachos y, cada vez más, recuperaba su poder de seducción, su belleza y su autoestima.

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*Viviana Garcés-Vargas es escritora y periodista. Nacida y radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva, busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre sexualidad, feminismo, minorías sociales y salud mental. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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