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Por Freddy Solórzano*

Durante seis años me llamé María Cantos porque así estaba escrito en el pasaporte. El nombre me lo escogieron los narcotraficantes para los que trabajé. El pasaporte está por allí, olvidado en una maleta de la casa.

En la fotografía tengo el rostro duro. Es la imagen de una mujer decidida, como me defino, sin falsa sonrisa. En todas las fotos que me han tomado, desde chiquita hasta ahora, salgo igual. Me piden que sonría y no puedo. Creo que como mi familia era pobre, esto se reflejaba en mi rostro y en las fotografías jamás me pude quitar esa tristeza.

María Cantos fue mi nombre del pasado, pero existió cuando me registraron en los aeropuertos de Barajas, en Madrid, y en los de Bogotá y Medellín, en Colombia. Viajaba como turista y regresaba con miles de dólares y euros a Ecuador.

El dinero provenía del negocio de la cocaína y no era conveniente transferirlo a cuentas bancarias porque levantaría las sospechas de las autoridades. En estos casos nada mejor que una mujer atractiva para transportarlo. La gente para la que trabajé sabía que las mujeres recibían un trato distinto en los controles de migración y son menos chequeadas. El perfil de una mula es el de una mujer joven sin antecedentes penales. Yo era perfecta.

Me casé a los 26 años con Ricardo, pero nos veíamos poco porque él trabajaba en Guayaquil como profesor secundario mientras yo me quedaba en Manta. Nuestra relación fue más de amantes que de esposos. Nos encontrábamos cada 15 días y después cada uno en lo suyo, sin muchas preguntas.

Tenía dos años de matrimonio cuando conocí a un par de muchachos, quienes después de salidas a karaokes y bares, en una ocasión hablaron de un cargamento de droga hallado en Puerto López. En 2006 la prensa informó sobre los 20 sacos que flotaron cerca de una playa. La Policía recuperó los sacos que contenían más de 400 kilos de clorhidrato de cocaína.

Mis dos amigos sospechaban que los pescadores guardaban el resto de la droga para negociar con los narcos dueños del cargamento. Ellos fueron delegados por la banda de Los Choneros para recuperarla. Ambos necesitaban dos mujeres para viajar, ser cautelosos para no levantar sospechas. Ellos querían que yo los acompañara y acepté porque iban a pagarme. Viajamos una noche con otra chica hasta Puerto López. El debut no pudo ser más desastroso porque no recuperamos ni un gramo de la droga. Los pescadores, temerosos, no querían negociar debido a que los policías rondaban la zona. Pero después hubo otra propuesta para viajar a Quito y acepté. Tenía que sacarme la pica y me estaba gustando ese mundo prohibido donde los dólares nunca faltaban.

Dos hombres y yo llegamos a una casa en Quito y a mí me pusieron fajos de billetes de 100 dólares en las botas. Regresamos los tres en un mismo auto. Solo paramos para comer y una vez ir al baño. Todo salió a pedir de boca y obtuve mis primeros mil dólares.

Los viajes se repitieron y los mil dólares también, hasta que llegaron las preguntas en casa por mis frecuentes ausencias de uno o dos días. Sabía que eso iba a pasar y que una mujer como yo siempre tenía una respuesta para despejar el camino. Vivía con mi mamá y una hermana de 20 años; mi padre había muerto en la infancia. Decidí ir de frente con la verdad. Tenía claro que, pese a lo que dijeran, nadie me haría cambiar de opinión. Les aseguré que no corría ningún riesgo ya que todo estaba bien calculado. Mi madre lloró y mi hermana me pidió que tuviera cuidado. Al final aceptaron, de mala gana, mi trabajo, porque era eso, lo que tenía era un trabajo.

A mi marido le conté la verdad solo a medias; las preguntas del esposo celoso fueron las más fáciles de resolver. Le dije que todo era cuestión de negocio, nada más que eso, y que nadie se fijaba en mí como mujer. Ricardo, desesperado, me pidió que me fuera con él a Guayaquil, la respuesta fue que no. Me amenazó que si no dejaba ese mundo se divorciaría y la respuesta fue «hazlo». A esa altura de mi vida no dejaría el trabajo que me daba mucho dinero por un sujeto con un sueldo de hambre. Además, para ser sincera, nuestra relación era una farsa: tú allá, yo acá, nos vemos cuando podamos.

Ricardo, el profesor

Yo juré amarla y cuidarla, pero no cumplí ninguna de las dos promesas después de que se metió en el negocio. Fueron muchas las veces que le pedí que no siguiera en eso, pero nunca me hizo caso. Siempre fue ambiciosa y mi sueldo de profesor no alcanzaba para cubrir sus deseos de lujos.

Siempre le atrajeron los hombres malos y yo no entraba en esa categoría. En el fondo no teníamos nada en común. La conocí en una fiesta y creo que fue el sexo el que nos unió. Y también la idea de que yo, el profesor, era un hombre inteligente. Eso la impactó. A los ocho meses de conocernos, nos casamos. Entonces trabajaba como profesor en un colegio en Manta, pero tuve una mejor propuesta en Guayaquil. María no quiso acompañarme, prefirió quedarse con su familia y terminé aceptando. Esa decisión arruinó la relación.

Como ya dije, a ella le gustaban los malosos. Un hombre malo, según su definición, es aquel que tiene un buen cuerpo, no mucho ni poco músculo, solo lo preciso para que las camisetas hagan resaltar sus pectorales. Pero lo que hacía de verdad a un hombre malo era su comportamiento. Debía ser capaz de poner en su sitio a cualquier majadero, con una mirada penetrante y arrogante que dijera “conmigo no te metas”. Eso le gustaba y una vez me lo dijo borracha. Yo estaba a años luz de esa imagen. Siempre he sido tímido y reservado, no alzo pesas ni me gusta el fútbol. Soy la imagen típica de un cerebro con mis anteojos.

Hasta cuando tuvo 30 años, María hubiese sido el trofeo de cualquier capo, pues no tenía nada que envidiar a las muñecas de las narconovelas. Su cuerpo era casi perfecto, cintura de avispa, unas nalgas bien puestas. No era linda, pero sí atractiva. Su verdadero problema eran sus senos. Se quejaba, con amargura, que llevaba en el pecho dos tortillas de huevos. Nunca decidió ponerse silicona por miedo al bisturí, a que le corten la piel.

Sufrí cuando me enteré en lo que andaba. Ya no podía ocultármelo porque en varias ocasiones cuando la llamaba desde Guayaquil tenía apagado el celular. Pensé que era por un amante, pero luego me dijo la verdad, le prohibían tener encendido el teléfono cuando viajaba. Le lloré, me arrodillé para que saliera de esa porquería, pero nada la hacía cambiar de opinión. Por primera vez tenía lo que siempre deseó: dinero para comprar ropa, zapatos, perfumes y dejar de comer en su casa lo mismo de todos los domingos: caldo y seco de gallina de incubadora. Ella repetía, hasta el fastidio, que no nació para ser pobre. Lo maldecía. Se consideraba demasiada mujer para aquello.

Una vez hablé con mi suegra para que la convenciera y dejara ese negocio, pero no encontré respaldo. La respuesta que recibí fue que “los rezos maternos la protegerían de todo mal”. Después de eso me di por vencido. Al final, terminamos divorciándonos por mutuo acuerdo. No iba a soportar la vergüenza de ver a mi mujer en la portada de un periódico, detenida por trabajar para narcotraficantes. Pese a eso, seguíamos siendo amigos y, de vez en cuando, nos acostábamos.

La maleta de María

Yo demostré que era de fiar y estaba para trabajos más importantes. Me propusieron viajar a España y una ganancia, por primera vez, de 10 mil dólares. Todo era cuestión de cinco días y de traer una maleta con dinero.

Como siempre, no lo pensé mucho y dije que sí. En un par de días recibí el pasaporte con aquel nombre falso: María Cantos. Mi nombre sí es María, pero cambiaron el apellido. Un colombiano me esperaba en el aeropuerto de Madrid.

Me aburrí como nunca porque pasé los cinco días encerrada en un departamento viendo televisión. El colombiano me iba a buscar solo para ir a comer a un restaurante y luego regresaba al departamento.

Estuve en Madrid, pero fue como si no porque nunca conocí la ciudad. Durante esos días solo hice una llamada a Ecuador para comunicarme con Ricardo. Lo dejé con la palabra en la boca cuando quiso indagar más del viaje. El último día llegó el colombiano con una maleta negra y me mostró lo que había adentro, dinero, mucho dinero, billetes de euros de mil que estaban ordenados en fundas. Nunca había visto tanta plata en la vida. El dinero iba en un doble fondo de la maleta y sobre él debía ir mi ropa.

Dos indicaciones me dio el colombiano: la maleta debía ir conmigo siempre, como equipaje de mano, y si las autoridades descubrían el dinero no debía involucrar a nadie. Yo acepté el trabajo y debía salir sola del problema. Nadie me ayudaría. Siempre supe aquello, no era una niña tonta a la que engatusaron. Estaba en esto por dinero.

Todo salió perfecto en el viaje de regreso. Templé los nervios en migración, en el aeropuerto de Manta me esperaban, entregué la maleta y recibí el pago. Con ese dinero y lo que tenía guardado tiré abajo la casa vieja en la que vivía y construí algo mucho mejor. Además, compré lo que siempre quise, un auto de paquete que me costó 20 mil dólares. La vida me sonreía. Ya era tiempo.

Me había ganado tanto la confianza del grupo que hacía el papel de tesorera porque me entregaban dinero para que lo guardara por unos días. Conocí a los peces gordos del narco en Manta. Estuve con ellos en fiestas y participé de algunas reuniones. Ya no era una simple mula sino una mujer en la que se podía confiar. Ninguno, nunca, me insinuó nada; bueno, hubo algunos piropos, invitaciones a salir, pero no les di importancia. Ellos tenían sus amantes, muchachitas de 18 años. Yo quería enriquecerme y no distraerme de mi objetivo que era sacar adelante a mi familia.

En el avión

María nunca lo supo, pero cuando me llamó de España yo estaba de vacaciones en Manta, en casa de mis padres, y fui al aeropuerto. Estuve dos días desde las seis de la tarde hasta las ocho de la noche esperando su llegada en el vuelo desde Quito. Nunca la vi. Al día siguiente, sábado, me llamó y quedamos en encontrarnos en un hotel. Hicimos el amor, pero evadió todas las preguntas sobre su permanencia en España. Ya no era su marido, solo un amante,y no podía reprocharle nada. Nuestros encuentros eran en hoteles. En una ocasión fuimos a una residencial, subí primero y luego de unos minutos ella entró al cuarto. María prefería que no nos vieran juntos. Me decía que “era mejor para ambos”. Empezamos a besarnos y desnudarnos hasta que sonó su celular. Vio quien era y me pidió que saliera del cuarto. Lo hice sin reclamar. Tardó un par de minutos y abrió la puerta. Me dijo que debía irse a entregar un dinero. Me quedé, otra vez, sin nada que decir. Cinco horas después me llamó para terminar lo inconcluso; y yo, el títere, acudí a la cita.

En esa época la ciudad estaba más violenta que antes porque había crímenes entre bandas de narcotraficantes rivales y, a veces, las víctimas eran inocentes, como el niño que sirvió de escudo humano o el profesor asesinado por equivocación. Manta exigía seguridad y hubo marchas. El presidente Rafael Correa, en un acto de ingenuidad, pidió a Los Choneros que entregaran las armas. Los narcotraficantes se rieron de la propuesta, pero el Gobierno dejó la cortesía y decidió cazar a Los Choneros, uno a uno, y lo logró.

A los narcos de Manta los comparo con algunos cárteles de Colombia que han desaparecido. Leí una vez que eran brutales y sin carisma; codiciosos, sin inventiva empresarial, incapaces de mantener a raya las rivalidades internas. Asesinos elementales. Por eso cayeron.

María llevaba seis años como mula cuando detuvieron a los cabecillas de la banda para la que trabajaba. Su castillo se vino abajo. No hubo más viajes ni dinero que guardar. Para entonces, me había alejado de ella porque yo tenía otra pareja. Me agarré a una tabla que me salvara de esa relación enfermiza con mi exmujer. María tomó con humor mi decisión y creyó que, como siempre, volvería a sus brazos. Cuando se dio cuenta que no la llamaba me buscó. Me quiso conquistar con sexo, con canciones en karaoke, con perfumes. Lloró, por primera vez en su vida la vi llorar por mí. Los papeles se invirtieron. Sentí pena, amor no; eso se había terminado.

Hace dos años María me escribió a mi celular y me pedía perdón por no haberme valorado, me deseaba suerte en mi relación. No sé más de ella desde entonces. Prefiero que sea así porque eso es el pasado y tengo ahora una familia a la que me debo.

A la espera

Lo bueno no dura para siempre. Muchos del grupo están presos y otros, por temor, cambiaron de negocios. Yo me quedé sin nada. Ahora intento, en lo posible, no contestar llamadas de desconocidos. Estoy casi segura que si lo hago serán los empleados de los bancos con los que estoy endeudada por no pagar las tarjetas de crédito. Y no es que no quiera pagar las deudas, siempre fui cumplida, pero no tengo cómo. Me han amenazado con juicios y declararme insolvente si no llego a un acuerdo de pago. Que lo hagan, no quiero pensar más en deudas.

Demasiadas malas noches pasé pensando en aquello que hasta bajé de peso. De mi época con el grupo quedan la casa y el auto, que lo utilizo para hacer transporte escolar. De eso vivo. Vendí las joyas y los familiares a los que ayudé con dinero me han dado la espalda. Son unos malagradecidos. Ya ni me amargo porque aprendí la lección, solo puedes confiar en tu madre.

De Ricardo no sé nada. Eso es amor pasado; ahora tengo un novio, pero es como si no lo tuviera porque él nunca me sacará de la pobreza. He buscado trabajo, he tocado puertas de conocidos, pero nadie me contrata. Sé la razón: no es que esté vieja sino que el pasado me castiga porque trabajé con narcotraficantes. Pero no pierdo la esperanza. Sueño que los viejos amigos, que no están en prisión, me busquen y renazca el negocio. Ellos saben que soy de fiar. No me siento culpable de nada. Nunca maté a nadie, yo solo entregaba dinero. Sé que era sucio, que era de la droga, que estaba manchado de sangre, pero ese no era mi problema.

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*Freddy Solórzano (Manta). Es periodista y narrador. Desde el 2017 es editor del Diario La Marea, especializado en crónica. Durante un año dirigió, con mucho éxito, el Diario El Ambateño. Ha participado en encuentros de periodismo en El Salvador, Panamá, Perú y Argentina. Es colaborador permanente de loscronistas.net

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