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La historia de una madre cuya pequeña niña fallece camino al hospital. Una reflexión profunda sobre la vida, el amor, la maternidad, el luto, las relaciones rotas, la resiliencia.

Por Magaly Villacrés*

En mayo de 2004, mi única hija falleció debido a una enfermedad que aparece -cual lotería- entre cada mil niños. El calvario duró solamente unos meses y ella durmió para siempre mientras sostenía mi mano camino al hospital.

Luego, las cosas no salieron bien con quien hasta ese momento fue su padre (para efectos literarios, simplemente el inseminador).

Dicen que no hay dolor más grande que la pérdida de un hijo, y si a ese estado «post mortem» se suma la soberbia de creer que cada uno sanará por su lado, sencillamente la herida se convierte en un pozo de pus; y, por si fuera poco, añádase al diagnóstico infidelidad, violencia y abandono, entonces el resultado es letal. Así que el dolor no siempre une, muchas veces se convierte en una bestia hambrienta que destruye y ataca sin piedad, mientras nos ajusta el cuello con todo rigor.

Él y yo, jamás pudimos hacer terapia ni perdonar ni abrazarnos para sobrellevar el luto. Dicen por ahí, que nada extraordinario llega a la vida de los mortales, sin antes pasar por la desgracia; y en esta guerra no declarada, apenas intentaba seguir respirando.

Después de la muerte de mi hija, la escritura fue la única cosa que me mantuvo relativamente cuerda; como si un cable estuviera atado a mi pie para no caer de cabeza en el hueco de la sin razón. La tristeza fue un largo viaje a los infiernos, fue como caminar sola en un túnel oscuro y mi manera de recorrerlo fue a través de las letras.

Cada mañana -si mi cuerpo lo permitía- me arrastraba de la cama, prendía la computadora, y empezaba a llorar. A menudo, el dolor era insoportable y me quedaba mirando la pantalla durante horas, incapaz de escribir una sola palabra. Otras veces, las frases fluían, como dictadas desde el más allá por mi propia hija. Cinco años más tarde llegué al final del túnel, pude ver la luz y descubrí asombrada que ya no clamaba para morir: quería vivir.

Su corta agonía me dio una oportunidad única para revisar mi pasado. Después de este episodio mi vida se detuvo por completo, no había nada para hacer, solo esperar y recordar. De a poco, aprendí a ver los patrones de mi existencia y me hice preguntas fundamentales: ¿Qué hay del otro lado de la vida? ¿Es solo noche, silencio y soledad lo que me espera? ¿Qué queda cuando no hay más deseos, recuerdos, o esperanza? Miles de esas preguntas aún continúan sin respuesta.

Aquellos escritos sobre el trágico y prematuro adiós de mi hija, han ido apareciendo levemente bajo el resplandor de algunos espacios. Desde aquí, las dos hacemos una celebración de la vida. Nuestra historia, que se entrelazó por tan solo 6 años, 3 meses y una semana, hoy es mapa de mi propio destino aventurero y en cada ruta trazada encuentro una causa genuina para sonreír.

 

El miedo habitual a reiniciar se convirtió en acertijo y camino. Descubrí lo delicioso que era arrancar ligera de equipaje, con una sola certeza en mi pecho y honrar la vida de mi niña haciendo lo que pocos sabemos: vivir.

Era lógico pensar que mi manantial de historias y la necesidad de contarlas se había secado para siempre; entonces recordé que soy periodista y si me dan un tema y tiempo para investigar, puedo escribir sobre casi cualquier cosa, (excepto deporte, economía o salud).

Empecé a definir temas que merecieran comentar algo. Elegí historias tan alejadas del dolor como fuera posible y terminé escuchando detalles escondidos de la vida íntima de amigas y conocidos. Unas eran viudas, otras divorciadas; y las más atrevidas, con cédula de casadas, pero con licencia propia para tener amante. Concuerdo siempre en que la gula y la lujuria son los únicos pecados mortales que valen la pena experimentar.

Investigar tanta libertad de piel como suspiros me llevó a comprender razones impensables hasta ese momento, que me sacaron de la depresión y me hicieron regresar lentamente hasta mi dolido cuerpo. El primer síntoma fue un sueño sensual y maravilloso en cual era esposa de Antonio Banderas, y me reservo los detalles.

En verdad, mis escritos llevan realidad y ficción y en última instancia, una huella autobiográfica en merecida justicia. Escribo sobre el amor y el exceso de endorfinas que lo libera; la violencia de la muerte y la redención. Sobre mujeres fuertes y valientes, sobre la supervivencia.

La mayoría de mis escritos les pertenecen a seres amados, protagonistas enigmáticos; personajes vibrantes, convencionales, irrespetuosos y desafiantes.  Y me doy cuenta, que mientras escribo, simplemente camino y pierdo de vista las huellas del pasado, para dar paso a otras nuevas.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Este es su primer texto con loscronistas.net y le damos cordial bienvenida.

 

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