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Por Christian Espinoza Parra*

  1. PENETRACIÓN EN EL ESPEJO

El exilio le pesaba, lo derrotaba intempestivamente, entonces hablaba de tréboles y de potros, de madrugadas y de lluvias, de guitarras y de entierros, gastándose los días deslumbrado en el milagro de la vida y de los hijos. Y en este sábado negro ya retornas a la hacienda lejana para ver la amanecida, escribías dos años después de la desgracia de Alfonso Carrasco, en 1989, puntual como cada año. Qué pasaría, Edmundo, si nos pasáramos al otro lado del espejo, te preguntaba en sus delirios beatíficos, con las mejillas rojas por el trago. Qué pasaría… La cara de niño, el bigotito filudo, espolvoreado para ocultar la cara de niño. Guagua pleonástico con tu guagua en brazos, guagua con las cosas sencillas sobre el pico de las gaviotas que ingenuo y dulce te llamaba por teléfono y te preguntaba oye, ¿no estás enojado por algo conmigo? No no, por qué, y te respondía acongojado porque no hemos hablado días, Edmundo. Y tú lo ibas a ver en su casa y su esposa, Cecilia, rabiaba, te recriminaba, no se lo lleve a beber, Edmundo, por favor. O te quedabas a conversar de libros, de la última novedad, del último de García Márquez, de los que ibas a publicar en la imprenta, y acababas llorando, llorando, pasándote las manos por los ojos hinchados (Diego, el hijo del Guagua, te vio y guarda el secreto). Y encontrabas la felicidad cuando en una lágrima por fin se te perdía la patria: tenías la certeza de que tu memoria se prolongaría en la mirada afable del Guagua, por encima de las risas vacías, tediosamente alargadas, porque muchos solo ponen en su rostro la máscara, el antifaz, para sonreír a la multitud, pero ella no alcanza a comprender que detrás está un alma, cuyos sombríos misterios nadie se atreve a revelar por temor a ser condenado para siempre por quienes prefieren la mentira, la farsa, a la dolorosa y sombría verdad de la existencia de cada uno de los representantes de la especie humana que camina inexorable, interminablemente en el péndulo de una felicidad vacía de exacto significado. Guagua con el mundo al revés en un espejo de agua, trayéndote a los hijos para que les hicieras recorrer, juguetear en las instalaciones de El Mercurio, en la imprenta de la Universidad, y les regalaras sus nombres o palabras cualesquiera escritas en plomo. Qué pasaría, Edmundo, si nos pasáramos al otro lado del espejo, qué pasaría… Cuando recuperabas la patria decías serio, encabronado más bien, que esta ciudad determina cierto comportamiento, porque siempre hemos estado aislados, lo que nos ha obligado a no depender sino de nosotros mismos, y callabas, callabas con la noche abierta, escabulléndose grosera y silenciosa. Y cuántos amigos enterraste en agosto: Jacobo Aguilar, Paco Estrella, Adriano Cordero, El Guagua. ¡El Guagua!… Lo seguiste, seguiste su ataúd por la Huayna Cápac con esas seis cuadras de gentes apesadumbradas con su luto inaguantable. Como el cóndor que nunca se humilla, no te importe volando morir, pensabas en los versos del Himno del Colegio Fray Vicente Solano sobre las losas mortuorias del Paco Estrella, y pensabas también en tu epitafio, en que Neruda era lo mejor para ti, Edmundo: Vengo de tus brazos, no sé a dónde voy. Hasta los escribías en tus artículos entrada, desesperanzada la noche cuando conversabas con los poetas, los novelistas, los amigos bohemios, y a veces dictabas el artículo mientras seguías conversando. Y una noche en El Mercurio al Guagua, a Juan Valdano y a ti se les ocurrió el Primer Encuentro de Literatura. Fueron a Quito a hablar con los estudiosos de la literatura nacional, a hacer un poco de burocracia, y de repente llegaban a Cuenca en 1979, arremolinados de admiradores, los escritores, los poetas y los críticos: Roberto Fernández Retamar desde Cuba y los ecuatorianos viejos Ángel Felicísimo Rojas, Pedro Jorge Vera, Gustavo Alfredo Jácome, Alfredo Pareja, Galo René Pérez, y los ecuatorianos jóvenes Ulises Estrella, Iván Éguez, Raúl Pérez Torres, Iván Oñate, Javier Vásconez, Jorge Velasco Mackenzie, todos al Teatro Carlos Cueva Tamariz. Y comían en la casa del Guagua, contigo, y se zampaban y se fastidiaban y se volvían a zampar lo que preparaba Cecilia, serena y diáfana en la cocina. El Guagua era como un hijo para ti, Edmundo, pues él te pudo conocer un sentido que hasta a ti se te escapaba, todavía inentendible, sobre todo por ese monstruo creciendo entre tu propia sangre y que poco a poco te sumía en la zozobra. Entonces, ¿por qué lo hiciste, Edmundo? ¿Pensabas acaso en que era una forma de no contaminar su memoria, porque una vez abierta a todos no podría ser más el receptáculo de tu recuerdo? ¿Acaso los muertos nos recuerdan más que los vivos? ¿Creías que cuando pensaran en el Guagua inevitablemente pensarían en ti? Y así es, Edmundo, ustedes son un acto heroico en una ciudad cobarde que ni siquiera puede reírse de sí misma. A los pocos días de morir el Guagua, Cecilia te confió sus manuscritos, la tesis doctoral sobre Alejo Carpentier que hizo durante un viaje a México, el texto completo sobre el análisis del discurso populista del doctor José María Velasco Ibarra y de Lázaro Cárdenas, la traducción de Ferreira Gular llamada Cultura y Subdesarrollo, el extenso estudio sobre la poesía de Efraín Jara. Les decías que pronto saldrían, estaban levantando los textos, serán como cinco tomos, pero en medio de la espera incierta de la familia te ultimó un infarto y la diabetes y nadie pudo encontrar ni en tu oficina en El Mercurio ni en la Imprenta de la Universidad ningún texto, ni uno solo, ni siquiera ese sacrificio tuyo por publicarlos. El escritor Felipe Aguilar también dice que extraviaste los papeles de su padre. Tu esposa Carmen, según Diego, le dijo a él y a su madre que alguna vez agarró varios papeles en tu estudio de la casa, los metió en fundas y los botó. Ellos te decían Edmundo, qué pasa, déjeme por lo menos sacar una copia para nosotros también tener, y tú decías por Dios, el Guagua es como mi hermano, cómo van a creer. Y nunca más, apenas una compilación de algunos artículos del Guagua desperdigados o recogidos en revistas. Qué pasaría, Edmundo, si nos pasáramos al otro lado del espejo, qué pasaría… Ustedes eran su explicación y su incomprensión mutua. Tú no tenías un padre que evocar, él sí podía zozobrar en los recuerdos de don Vicente Carrasco. Tú tenías una casa en el Descanso a la que no ibas y se la llevó la desgracia cuando pasó lo de La Josefina. Él, su hacienda en Nabón que su padre perdió en 1960 y lo deprimió espantosamente. Tú, que según te acusan hasta tus amigos, te malograste en el poder, en la Casa de la Cultura, en el Departamento de difusión cultural de la Universidad de Cuenca, en la Redacción de El Mercurio. Él, en cambio, rechazó hasta el decanato de la Universidad por sus afanes literarios y aunque con los años aceptó, lo hizo horrorizado por la burocracia. Él, que rechazó irse a Cuba a recibir tratamiento para su cáncer testicular, pese a que era presidente y fundador del Instituto ecuatoriano-cubano José Martí. Tú, una honestidad que te costó amigos; él, una honestidad que alcanzó la gloria. Tú, el humor vitriólico y corrosivo contra el poder; él, el poder para contrarrestar el poder. Él, que dejaba regada una luz casi arcangélica en cada paso; tú, los zapatos viejos. Tú, que por pasar desapercibido eras notorio; él, que no se interesó ni por su olvido. Tú, que con tus editoriales hundías o salvavas; él, que no quiso ni siquiera hacer pública su palabra escrita. Tú, la Colección de Libros para el Pueblo como una forma de promocionar la literatura ecuatoriana que se hacía entonces, durante tu presidencia de la Casa de la Cultura; él, enseñando la lectura y los autores al pueblo, en su docencia. Él, los viajes, Brasil, México, los idiomas; tú, lo local, Cuenca, su encierro. Él, un izquierdista radical, un ejemplo, y tú un izquierdista tibio, como te decían molestos tus enemigos porque aceptaste el reconocimiento profesional como periodista en tiempos de la última dictadura militar (aunque el proceso de calificación de la Ley de Ejercicio Profesional del Periodista, promulgada durante el gobierno del general Guillermo Rodríguez Lara, no había sido solo para reconocer profesionalmente a unos sino a todas aquellas personas que habían ejercido el periodismo durante años, cuando todavía no existían escuelas del oficio), y porque El Mercurio en realidad no era de izquierda, sino todo lo contrario. Tú, el caos, el desorden, la errancia; él, rigor, vocación, un norte. Entonces te viste como un barco a la deriva, Edmundo, deambulando por un mar neblinoso, infinito, y terminaste por llegar hasta una isla gigantesca y boscosa, con un sol radiante que limpiaba la bruma, una isla en la que por fin encallabas y estabas a salvo: Guagua de los brazos abiertos, pero acabado así, con el cáncer regado por todo el cuerpo: la primera visita a Cuba le dio esperanza y esta patria le cubrió de tierra las llagas. Tú, la necedad de postularlo, tu posible sucesor en la presidencia de la Casa de la Cultura, pese a que el escritor Eliécer Cárdenas te decía no, Edmundo, Alfonso está mal, no va a salir, y tú respondías que no, no, se recuperará, hasta que después lo viste paralizado, sin poder siquiera dar un paso, presidiendo el Primer Encuentro de Cineastas. Y tú lo único que pudiste hacer para poner a salvo su memoria fue darle su nombre, Alfonso Carrasco Vintimilla, al Encuentro de Literatura. Pero, ¿sabes Edmundo? Tú y él van juntos, caminando despaciosos y lumínicos por los patios de la Universidad, perdiéndose sin remedio entre la risa, siempre la risa: el Guagua, suco, alto, robusto, seráfico, con ese torbellino desenfadado que eras tú. El Guagua, profundo, inteligente, viendo siempre entre líneas, buscando cosas más allá de las cosas, hace calas en la conversa. Tú, siempre molestando, fregando amablemente la paciencia, como una especie de moscardón que quiere posarse en su cara de niño ingenuo. Él, la razón; tú, la poesía…

  1. NO SOMOS NADIE ANTE LOS OJOS DE UN PERRO

En el momento en el que vio a aquel hombre haciendo un monólogo supo que eso era lo suyo. Los sesenta terminaban. Cata estaba en la Casa de la Cultura y fue directo hasta El Loco, en el tercer piso, y le dijo:

—Yo quiero hacer teatro.

Todavía era una niña de catorce o quince años, me dice Cata con una sonrisa retozona. Estamos sentados en su sala, en unas butacas color crema con cojines cremas. Nos separa una mesa en medio de nosotros. El celular y la tascam graban su voz monocorde y estropajosa. La poeta cuencana Catalina Sojos nació en 1951 y jamás le importaron las críticas: el machismo, el feminismo y los prejuicios la tienen sin cuidado. Es muchísimo más joven que cualquier niña o niño vanidoso que lo asume soberbiamente. La juventud de Cata es ante todo sus opiniones severas, su trato cordial y sus poemas. Lleva una blusa holgada, azul verdosa que deja ver sus antebrazos, y pantalones jeans y unos tacos bajos y negros.

De alguna manera todo empezó cuando El Loco hizo grandes concesiones. No estuvo tan mal, podría ser el brote necesario para el teatro cuencano, le dijo a Jorge Dávila, respecto a la puesta en escena de la obra Los justos, de Camus, montada por aquel joven y espigado dramaturgo cuencano en el Teatro Casa de la Cultura, con un grupo de alumnos colegiales. Sucedió: en julio de 1966 hubo una reunión oficial de los miembros de ATEC. El mismo mes hicieron teatro leído con una obra de Francisco Tobar García y aunque muchos se mostraron adversos, esa noche acabaron por unírseles Paco Estrella, Estuardo Cisneros y El Loco. Cata me habla de la noche de Y así… fue Troya, un triunfo casi cultural en Cuenca. Yo era una chica bien alta, y para la obra me pinté el pelo de rubia con el fin de parecerme a Elena de Troya, y Paris, mi enamorado, era un pequeñito nomás, el Florencio Calle, dice Cata echando una carcajada. La gente lloraba de la risa y cuando por fin Elena se escapaba con Paris, Menelao, que estaba representado por El Loco, tenía las piernas abiertas en mitad del escenario, haciendo una rabieta porque su hija se había escapado con el novio. Él, que era tan gordito. Encima hubo un momento en que Paris se me declaraba, pero la gente se reía, se reía tanto, no sabía por qué. Lo que pasó es que Paris estaba sentado como varón, con la túnica, esa como minifalda, y la gente abajo viendo todo el espectáculo. Se estaba riendo esa Cuenca conventual, pacata. ATEC luego viajó al Oriente, a Cañar, recibió un premio en Guayaquil. Lo hicimos todo, definitivamente. Hicimos teatro de la calle, montamos una obra en la Plaza Santo Domingo, unos escarceos para ver si se podía hacer teatro en la televisión. Cuatro o cinco pelagatos. Mi mamá nos dio un mantel de terciopelo para hacer la capa de Menelao: ya lleva lleva, pues…

—Eran los sesenta, cuando se inventa el LSD, el cine, el teatro, la guerra. El mundo cambió para siempre —suspira Cata—. Estábamos amenazados de totalidad. Perplejos. Pero, acuérdate: no hay nada nuevo bajo el sol.

—¿Por qué se separaron?

—Yo me casé a los 17 años. Ellos siguieron. Y me pasé 20 años en mi casa, cocinando, planchando, criando a las guaguas con mi marido. Siempre seguí escribiendo, no publicaba. En la vida mía he tomado decisiones severas, drásticas.

El Loco mantuvo el nombre ATEC por muchos años más. La Noche Buena del 71 pusieron en escena tres obras en la Cárcel Municipal de Varones. Los reos, emocionados y callosos, colgaron ponchos viejos en los ventanales para contrariar la noche helada, habilitaron en el comedor un escenario improvisado y construyeron el camerino para los actores con tres pizarrones. «La cárcel —escribió El Loco, al día siguiente en su columna— es la dimensión exacta de la soledad». Y en el tercer párrafo, anotó: «Viejos y endurecidos rostros se conmovieron hasta las lágrimas escuchando las desventuras y las penas de los condenados de la tierra. Esas lágrimas caían lentas, monótonas como las gotas de lluvia que se aferran a los tejados cuando pasa la tempestad y llega la melancolía sin remedio del crepúsculo».

—Ahí ya no estaba yo, pero lo que te puedo decir es que mi encuentro oficial con El Loco fue en el restaurante Raymipampa, por una entrevista por un premio que gané en los Juegos Florales del colegio Garaicoa. También estuvo el poeta Rubén Astudillo. La entrevista salió mal, pésima— dice Jorge Dávila.

Jorge es escritor, su generación, la de los años setenta, renovó la manera de narrar en el país con varias obras capitales. Sobre su mesa de comedor sus dedos menuditos e inquietos juegan sin darse cuenta con el celular y la tascam. Tiene la mirada exhausta. Usa lentes gruesísimos y tiene dos hileras de dientes lustrosos y alargados. Cuenta que antes El Loco era despectivo con quienes comenzaban a escribir. Pero, más tarde, Catedral Salvaje se pobló de nuevos talentos, de gente que incluso no volvió a escribir nunca más.

Jorge Dávila se hizo amigo de El Loco en ATEC, con el trato cotidiano, cuando aprendió a no tomarse demasiado en serio a sí mismo. En 1970 ganó una beca del gobierno francés para estudiar Asistencia de dirección teatral en Marsella, Lyon, Estrasburgo, para el año lectivo 70-71. El Loco, entristecido, esperaba mi regreso.

Jorge Dávila hasta le compraba ropa al papá de El Loco en su almacén, el Overol. A veces fiaba una casaca o un pantalón. El papá era un tipo atento, amable, pero El Loco no se refería al padre ni evocaba la infancia perdida, para él el recuerdo empezaba en la juventud cuando descubrió el cine, la música, el arte: sus principios. Y el periodismo, que es importantísimo.

Junto a Jorge Dávila y otras personas El Loco formó parte de la Junta Censora de Cuenca, una suerte de aparato represor del cine que se reunía ocasionalmente en cualquiera de los cines de la ciudad para discutir los valores artísticos de las películas o si transgredían los otros, conventuales y caducos, encarnados en el evangelio de Jesucristo y establecer las edades o la censura total de la película. Los empresarios de cines les pedían censuras altas para tener público: no quince sino veintiún años, en películas más o menos, dizque porno. Una de las grandes batallas que libró El Loco fue para que se proyectase en Cuenca El último tango en París, de Bernardo Bertolucci, y La última tentación de Cristo, de Martín Scorsese. Y lo logró.

Jorge Dávila y El Loco tuvieron el máximo encontronazo cuando el primero, disgustado con la representación teatral de El chulla Romero y Flores, basada en la novela de Jorge Icaza, escribió una crítica en la revista Sur Ecuatoriano, en la cual tildaba a la obra de representación excesiva. El Loco leyó indignado aquel atrevimiento. Por seis meses ambos se retiraron la palabra. Pero un día, El Loco se quedó pasmado, mudo, ante su puerta. Le preguntó a Jorge Dávila, desvergonzado frente a él, qué haces. Y Jorge Dávila le respondió que tenía que entrevistarlo, aguantándose la carcajada, para Sur Ecuatoriano.

Y de pronto, Jorge Dávila me llamó a mi casa y me dijo Cata, ya basta, te necesitamos. A Cata sus compañeros la habían despedido entristecidos de ATEC, con un pájaro en una jaula, porque al esposo, el doctor Enrique Martínez y a su familia, les decían pájaros, o quizá porque Cata era también como ese pájaro, como todos los pájaros, que por alzar el vuelo encuentran la desgracia. Para su regreso al Taller de Cine, en el rodaje de La última erranza, Carlos Pérez Agusti, Jorge Dávila y El Loco vinieron a pedirle permiso a su esposo. Mi marido y yo tenemos una muy buena relación. Yo no necesito permisos.

El Loco la amó apasionadamente, me adoró, la veía como a una hermana menor. Cata heredó el espacio de mil caracteres que El Loco firmaba bajo el seudónimo de Mauricio Babilonia, La danza de las horas, en El Mercurio. Allí, El Loco le escribió Recado, cuando Cata se accidentó en su carro, despedazándose el rostro. Eso indica su manera de amar. Carlos Pérez tiene razón en llamarlo visceral: había que cuidarse de El Loco cuando odiaba. Yo alguna vez tuve un roce con él, algo sin importancia, en realidad. No me volvió a saludar y yo tampoco volví a mostrarle la cara, hasta que pasaron los años y nos reconciliamos. Te mandaba un periodicazo nomás y ya está. Y si algo pasaba en El Mercurio, era como oye, sal vos; definitivamente, con los editoriales de El Loco se podía conseguir cualquier cosa.

El Loco, con Jorge Enrique Adoum, Rubén Astudillo y Efraín Jara fueron mis maestros. Sin duda, el Efraín es uno de los seres que más se acercó a mí, llegaba todos los miércoles a verme en mi casa, en Huangarcucho, dice Cata, las piernas soberbias, sobriamente cruzadas.

—El Loco admiraba de Efraín el inalcanzable aliento, el fallido intento de la perfección—le digo a Cata.

—Una de las frases, no de El Loco sino del Efraín, que a mí más me gustan, es esa de «¡Ah…!, si las palabras solo resplandecieran…» Ahí está todo… claro… «¡Ah…!, si las palabras solo resplandecieran» —repite Cata, y por un instante naufraga en sus recuerdos—. En el momento en que pones algo en palabras ya lo limitas, y la belleza no es limitarlo, no hay cómo encajonar la belleza, y las palabras encajonan la belleza. Yo por eso digo que la poesía es buscar la palabra perfecta, aquella que no existe.

Las tertulias, las conversaciones la fueron formando: «Soy lo que soy porque soy producto de mi historia», dice Cata con firmeza, con esa convicción de piedra con la que de seguro escribirá sus versos: cuenca / es un paisaje que se abre siempre en el mismo sitio, por ejemplo, en su libro Cantos de piedra y agua.

El Loco a veces estaba de mal genio, de uno que ni él mismo se soportaba, y yo decía qué le pasará a este, pero cómo adoraba vivir, aunque sea de barriga, como decía César Vallejo. Y le cuento a Cata de la escena de Tahual, la fatiga que me dice ella no sabe, y calla. Me dice que va a ser trivial, absolutamente trivial. Es lo único que se me ocurre en este momento de dolor: murió con las botas puestas. Tenía que ser así… Debía ser así…

—No sé si usted sabe —le digo a la Cata—, que la última vez que volvió a su casa, el día que iba a morirse, El Loco saludó a la doctora Carmen y a su perrita, un perrita grande que él quería mucho, pero que no le reconoció, pasó de largo, precisamente en ese exacto momento, como anulándolo, como si tan solo la cercanía de la muerte lo anulara, lo negara, como si ese Loco, en el instante definitivo fuera otro Loco, quizá el auténtico, o como si hubieran sido varios y solo en ese instante se borraran para desanudarse, acabarse.

—Yo lo veo más como una escena, la última escena. No te puedo decir nada, sino hablarte sencillamente en metáfora… No te puedo decir nada más. Hay cosas que están fuera de nuestra parte izquierda del cerebro. Es parte de ese mutis por el foro que hizo El Loco.

—No me lo imagino muerto, me cuesta.

La última vez que lo vi fue en una exposición sobre el Carnaval, que detesto pero que a él le encantaba, jugaba de ocho de la mañana a doce de la noche. Fue mi homenaje a él, dice Jorge Dávila. El Loco entró, le hizo una señal de buen augurio con el dedo pulgar, al fondo del auditorio César Dávila Andrade, detrás del cúmulo de estudiantes, profesores, y se fue, y nunca más lo volví a ver. Nunca más.

—¿Usted cree que era un hombre adolorido, solitario?

No, no, sería una exageración. Lo que pasa es que allí vamos a otro plano, vamos hacia qué podemos creer o dejar de creer, dice Cata. O sea, El Loco era ateo, el Efraín igual, el Rubén, todos ellos eran medio raros. Pero imaginarte vos a alguien amado, a un gran amigo, imaginártelo muerto, es decir, el cadáver… Yo creo que es inútil, es inútil, una pérdida de tiempo… El cadáver no tiene nada que ver, es una cáscara que vas botando… Y cuando a uno le duele la persona que muere no es que te duele el muerto, te duele por ti mismo, lloras por ti mismo, te estás compadeciendo de ti mismo. Lo que pasa es que todos los seres son un universo. Por ejemplo, al Efraín dejé de verle. Lo que pasa es que yo le salvé. Cuando estaba en la Casa de la Cultura tuvo un accidente, chocó. Yo le llevé a la clínica y toda esta cuestión cerebral del Efraín, ver cómo poco a poco se iba perdiendo con la vejez y tal, yo dejé de verle, porque a mí me parece que uno debe tener mucho respeto por la gente, hacer la dignidad hasta el último día. Una persona que vos admiras tanto, que está brillando en su cabeza y de pronto empieza a asustarse viéndote llegar…

En el hospital, Cata llegaba a ver al poeta, al amigo Efraín, con un ramo de flores, y él no encontraba las palabras, entonces le decía dulcemente: «Gracias por tu tristura». Eso me puso un alto, no iba a molestarle más con mi presencia. Lo demás es parte de lo que nos toca a todos: la vejez, la decadencia, la muerte que es la más piadosa y evita lo peor: la agonía. Y deberíamos recordar al otro como uno quiere que le recuerden. Una vez había llegado El Loco a la casa del Efraín. Yo lo llevé hasta la cocina. El Efraín estaba enfurecido, de un genio tenaz. La Cata le dijo sorprendida: «Doctorcito, qué le pasa, ¡Avemaría!». Se había atorado un pedazo de sardina en el lavaplatos y el Efraín estaba revisándolo. El Loco le dijo que no, Efraín, tienes que hacer de esta manera, y el Efraín contestó furioso: «Voy a tener que llamar al plomero». El Loco, El Loco detrás de él se reía ancha, contagiosamente.

6. QUE MORIR TENEMOS

Las dos arañas de luz que cuelgan del techo imprecisan los estantes metálicos y las cosas a la izquierda de la puerta pintada de celeste: los cuatro mesones grandes, la antigua máquina de microfilm de 35 mm. que resguarda un hombre alto y gordo, con anteojos, que me cuenta su pasatiempo favorito: poner a colores fotografías decimonónicas en blanco y negro (una del ferrocarril de los tiempos del general Eloy Alfaro y otra del cadáver embalsamado del tirano católico Gabriel García Moreno, ambos presidentes del Ecuador en más de una ocasión), y luego despotrica solitario, sereno, masticando insultos contra los 137 asambleístas del país, su sueldo, sus asesores, apoyado íntimamente en una efigie de Don Bosco coronada de laureles, como si no hubiera nadie, y golpea la pared con el puño y se va derrumbando sin topar del todo el piso, mientras el sol también se derrumba preludiando la noche. «Ve al fondo», me dice. Un brillo atraviesa, se rompe en una esquina de los anteojos del hombre. A un lado hay una cafetera calentándose, en uno de los mesones. Es el primer piso del Archivo de la Curia de Cuenca. Aquí descansa la historia de la Iglesia en la ciudad: sus bienaventuranzas, sus pecados. En el mismo cuarto, detrás de un escritorio, espera una mujer. No hay pasillo, pero unas sombras intencionadamente cubren el camino hasta ella. La luz grumosa baña de medio lado su rostro hasta sus manos. La mujer juguetea con sus tacos. Tiene alrededor de 70 años.

—Soy Martha, la hermana de El Loco. Mucho gusto.

—Igualmente, vengo por la entrevista…

—Lamento haberle hecho esperar. Sé que tiene prisa, pero le seré honesta, soy menor a él con unos catorce años. ¿Me entiende?

No sé decirle nada. Empiezo a molestarme.

—Descuide, le prometí que iba a ayudarle. Mi hermana de Quito me dio esto. Llevaba unas notas sobre mi hermano, ¿sabe? Le advierto, hay muchos huecos.

Tomo una funda de papel arrugada, livianísima.

—Quizá ni siquiera le sirva, lo lamento—. La mujer se enjuaga el chorro negro de oscuridad en el pálido resplandor de la luna. Va por café.

Le agradezco y salgo. El hombre se ha recostado de espaldas en un rincón, cerca de la efigie de Don Bosco. La oscuridad le acecha la cara, apenas se nota la montura de sus anteojos. Le tararea un tango a la mujer: Ya nunca me verás como me vieras, / recostado en la vidriera / y esperándote…

—Es tan misteriosa la muerte que sí quisiera conocerla— dice la mujer.

Me regreso para oírla desde el umbral. Levanto la voz para pedirle que continúe.

—Eso me dijo—, responde la mujer.

Vierte el café soluble en un recipiente con agua caliente y humosa. Las salpicaduras de agua no empapan, crujen.

—Creí que le espantaba.

—No le espantaba, era un tema recurrente, un camino.

—Las calles y las lunas suburbanas / y mi amor en tu ventana/ todo ha muerto, ya lo sé, canturrea oxidadamente el hombre.

 

En mi escritorio manoseo la funda de papel, la mido de nuevo con la vista. Luego, con una regla, saco cuatro hojas pequeñas arrancadas de un cuaderno anillado de 15×12,5 cm. Las hojas son cuadriculadas, tienen rayas negras, los bordes un poco arrugados. Están escritas con unos rasgos delicados de fuente azul que se alargan afuera de las cuadrículas. Hay palabras y espacios en blanco, ininteligibles. Las hojas no tienen fecha, excepto las que se mencionan en puntos importantes para la autora.

Mi propósito no es contar la historia de mi ñaño, apenas unos datos o, al menos, unos actos que creo, lo conformaron. Tampoco es mi intención hacer detallismos ni descripciones morosas y extenuantes. Carezco del talento y detesto los sentimentalismos. Pero antes, quiero aclarar un asunto por el que esta ciudad cree que mi hermano fue ante todo periodista. No es cierto. No porque no lo haya sido, sino por el afán reduccionista de esa afirmación. Él le dijo a un periodista que, como a todo, llegó al periodismo por accidente, que solo se pasaba las noches en la redacción de El Mercurio porque no tenía nada mejor que hacer en la casa. Las columnas que escribió mi ñaño, por lo menos las más conocidas, bajo los nombres de Pedro Páramo, José Ignacio Sáenz de la Barra y Mauricio Babilonia son, más que seudónimos, heterónimos. Un problema de fondo, no de forma. Mi ñaño fue muchos y se asomó al mundo como quien observa los árboles y no el bosque. Espero eso le dé a esta ciudad una idea de quién fue.

Cuando se lee la antología de sus textos periodísticos en el libro Palabra de Loco son demasiado notorias las distintas entidades a lo largo de la lectura, como unos seres unidos por una metafísica de la nostalgia. Suena insulso, pero lo explicaré. Pedro Páramo es un anunciador vitalista, verboso, de la crisis del mundo contemporáneo, visibilizándola a través de breves reseñas de películas y de una que otra novela que le gustaban; Ignacio Sáenz de la Barra es el rufián que se enfrenta con una agudeza irónica a la crisis, con el carácter severamente cambiado por culpa de ella, como si fuera un Cristo desesperado que solo puede reírse del dolor de sus llagas; Mauricio Babilonia es la entidad derrotada por el peso de la ausencia y del fracaso. [fragmento ininteligible] Mi ñaño creía en el humor vitriólico para rasgar el velo de las apariencias. Eso explica su estilo corrosivo, mordaz, y de vez en cuando depresivo. El 6 de enero de 1972, escribió como titular de un artículo: Ríe payaso que tu risa es alegre antifaz.

Lo del periodismo me parece queda zanjado si digo que su primer contacto con la práctica de este oficio ingrato fue en la revista y en la radio que dirigía el hermano Eliseo Luis o José Castellví, en su época de colegial, así como la lectura de El Universo que tampoco faltaba en la casa. A Ondas Azuayas llegó por intermedio de Paco Estrella y en El Mercurio fue muy amigo del poeta Rubén Astudillo. Desde China, Rubén le escribió: «¿Cómo van esas noches blancas bajo la Cruz del Sur?». Excepcionalmente, a mi ñaño le dolía menos reencontrarse con él que recordarlo.

[fragmento ininteligible]

Respecto a nuestra familia materna, huyó del Sígsig en la década de los treinta por la crisis del sombrero de paja toquilla y la explotación del oro. Los abuelos llegaron a Cuenca con mi madre, Isabel Samaniego Morales. Por su parte, mi padre, Vicente Maldonado Figueroa, fue comerciante y autodidacta, con el colegio sin terminar. Tuvimos un almacén de ropa, el Overol, que quedaba en la calle Bolívar, frente a la botica Olmedo. Papá iba de ocho de la mañana a ocho de la noche. Conversábamos con él, no más, pues, la intimidad eran los libros, las revistas: Leoplán, Biliken, Caras y caretas, Aquí está, La Familia, Cuéntame.

Mi ñaño nació bajo el signo Tauro, un primero de mayo de 1937, en nuestra casa de Todos Santos, asistido por mi abuela materna, Margarita Morales. Era el segundo de siete hermanos. Lo llamaron José Edmundo Maldonado Samaniego. José por la veneración que sentía papá por el padre adoptivo de Jesús, Edmundo por el protagonista de El conde de Montecristo.

Por suerte, el ambiente rural que irradiaba la ciudad le permitió a mi ñaño tener perros, gatos, gallinas, y jugar en la orilla del Tomebamba con sus hermanos. Él era un buscador infatigable de las cosas sencillas. Las hallaba en los arbustos, en las piedras, en el sonido del agua del río. Pero su infancia transitó abrupta entre el regazo de mamá y la fatalidad. En noviembre de 1945, la pobre murió a causa de la tuberculosis y papá rompió con la familia materna que hasta ese momento era como un manto sagrado para nuestra fortuna. Edmundo vio entonces, podría asegurarlo, que el hombre era feo.

[fragmento ininteligible] Mi ñaño estudió en la Universidad de Cuenca por invitación de un hombre a quien consideraba su maestro en la plenitud de la palabra, el intelectual Gabriel Cevallos García. [fragmento ininteligible] La Facultad de Filosofía no formaba profesores de segunda educación y la Carrera, por tanto, no tenía mayor salida profesional. Cuando quiso doctorarse fue por el puro placer de tener el título.

(Me gustaría ser más metódica en esto. Me voy dando cuenta que escribo ideas sueltas, sin una unidad narrativa. Mi escritura es zigzagueante, inconexa. Afortunadamente, mis propósitos iniciales quedaron claros, o eso quiero creer.)

Eliécer Cárdenas me dijo que mi ñaño tenía novelas y cuentos —no sabe si terminados o no— y no quiso publicarlos. Mi ñaño le decía que él era el silencio anterior a su generación: ustedes deben hablar por mí.  Quizá su silencio lo curaba bebiendo con los amigos. Solía irse con Efraín Jara y Alfonso Carrasco a beber religiosamente cada Viernes Santo, hasta que tuvieron un accidente de tránsito que los espantó también religiosamente.

No se podía resistir a la música clásica ni a los pasodobles ni a las canciones protesta ni a las de Julio Jaramillo ni a los tangos ni a la comida tradicional ni a la gourmet. Tuvo una pasión desenfrenada por la Argentina que no llegó a conocer, pero que conocía de cabo a rabo por los libros. Odiaba viajar, lo detestaba de corazón. No sé por qué. Detestaba ir a la casa de El Descanso que compró con su primera esposa, Alicia López. Tuvo un divorcio azaroso. Le costó mucho: unas casitas, unos cuadros de Kingman. Fue su segunda y última esposa, Carmen Vázquez, la que estuvo con mi ñaño hasta el final, en su casa de la Nueve de Octubre. Ese 12 de enero, después de ir al Seguro y recibir medicación, mi ñaño se acostó en la cama y de repente su corazón dejó de latir.

No era metódico con su medicación, a veces podía tomar tres pastillas con mucha disciplina y en la mañana siguiente ni una. No lo culpo, nunca se curó. No creía en los médicos. A eso de los 30 años, los amigos le llevaron a engaños a hacerse un chequeo. Había comenzado a ponerse morado por la hiperpigmentación. Le diagnosticaron la enfermedad de Addison, un mal que hacía que sus glándulas suprarrenales no secretaran la cantidad suficiente de adrenalina, la substancia fundamental que produce la felicidad. «Toco abismos, ñañita —me decía—, toco abismos». La imposibilidad de tener hijos fue lo peor de su mal. Lo paliaba dolorido, jugando con los hijos de los amigos.

Creía en tres cosas, además: en el Che Guevara, en que el mundo tenía que cambiar para traer una aurora de libertad, y que lo peor de la edad es ver en lo que se convierten los amigos, sentir las puñaladas. Por desgracia, en sus últimos meses perdió el afán de vivir, fue apagándose. «La muerte abre tantas interrogantes, ñaña, que sí quisiera conocerla», me repetía. No se percató de que cuando se supone podemos conocerla y sentirla hincándose en el pecho ya no existimos más. Conocemos de ella, a lo mucho, su perfil siniestro. Tan débiles somos que incluso ese privilegio lo tenemos [palabra ininteligible]. El 13 de noviembre de 1970, escribió: «Acaso para vencer ese oscuro y a la vez lúcido temor a morir que tenemos a pesar de que a veces la soledad nos es más dolorosa, no nos quede sino gritar las noches por las calles de esta pequeña ciudad: ¡Hermanos, que morir tenemos!, mientras ellos sueñan el imposible afán de sobrevivir más allá de la muerte y la nada». Sin embargo, él no la temía, pues si algo quiero dejar en claro es que mi ñaño temía a la muerte circundante, no a la propia. La muerte era para él la tuberculosis de mamá: su imagen defenestrada en la memoria.

No llegué a comprenderlo. Una puede decir que en realidad no conoce a nadie, pero con mi ñaño una se sentía seguido como arañando una cáscara durísima. Para concluir estas notas diré que estuve cerca y decidí no hacerlo por el miedo estúpido, justificado de comprenderlo todo. Prefiero la duda a una verdad absoluta. Nadie podría soportar lo segundo. Nadie. Bueno, el episodio tuvo lugar una tarde de agosto. Yo revisaba unas notas suyas de sus artículos por curiosidad, lo juro. Y encontré unos apuntes para una crónica. Las leí ese momento y no las encontré más después de su entierro, aunque no las he podido olvidar. Lo he intentado inútilmente. Voy olvidando todo menos eso. El tormento por mamá, los amigos yéndose constantes a la tumba, no era la totalidad de su dolor, porque creo que esas líneas escritas nerviosa, corrosivamente, explican todo o casi todo:

Caminaba bajo el contorno impreciso de la Plazoleta de la Cruz del Vado que me tendía la noche. Arriba estallaban sonoros, provocando un cataclismo incandescente, los fuegos fatuos de fin de año. Al filo de la vereda derecha unos niños con sus padres jugueteaban con petardos y lucecitas y prendían, incontenibles, los monigotes que empezaban a arder. Sentí el tiempo quieto, quebrado, ceniciento sobre mi cabeza. Miré a un anciano que se aferraba como un ser que se hunde en el abismo, a su vieja, maltrecha máquina de fotos. Pensé: «Allí quedarán rostros y señales que son pasajeros como el amor, la lluvia, las promesas. Y las leyendas son tan elocuentes en los retratos de amor: No te olvidaré jamás, juntos hasta que la muerte nos separe, siempre estaré a tu lado, jamás te dejaré. Palabras que borra el tiempo, como el mar desdibuja los rastros que dejan nuestros pies en la arena». Entonces volteé la cara a un lado, cerré los puños, impotente, sabiendo que nada más podía intentar escribir ese instante que encerraba el océano: unos niños mugrientos pero más felices, a un lado, siempre a un lado, jugaban con la ceniza de lo que iba quedando; dos mundos en una esquina, en donde sea. 

  1. LA GLORIA ES UNA CAGADA DE PÁJAROS

Desde el camino serpenteante y anaranjado, con manchones grises, se levanta una fuerte ventisca que barre las hojas impávidas de los árboles del parque La Prensa. Sentados en las bancas de piedra se besan furiosamente dos adolescentes, mientras un borracho duerme tranquilo con la mejilla aplastada contra el arco de fútbol. La resbaladilla gigante de cemento, detrás de los juegos infantiles, parece abandonada. Mi mamá pregunta en la casa donde me dijo vive la viuda de El Loco. Está en la esquina derecha de la calle Jorge Carrera Andrade. La veo moverse, diligente. Fue mi doctora en el Seguro, me dijo. Se fue a Estados Unidos, le acaban de decir. Siento una punzada en la boca del estómago, quizá nunca pueda hablar con ella. Vuelvo a mi cuaderno y sigo anotando: él mira hacia la calle El Observador. Es un rostro irrespetuoso, de bronce descascarado y verdoso, poco parecido a El Loco, aunque comparte su nariz ganchuda, las mejillas abultadas, la raya del pelo a la derecha. No tiene placa. Antes de llegar a su ojos compungidos y lastimeros, la base hecha de piedras de río, de tréboles, de dientes de león, de agapantos y de colas de conejo, no pueden ocultar una cerveza Club rota con la etiqueta desmayada de sol y una envoltura de una menta La Universal. Las piedras son escarpadas, fatigosas, para llegar a su porte altivo y sereno, algo mofletudo, debajo de esos ojos lagrimeando caca de paloma en la íntima gloria del olvido.

—¿Lo conoció?— le pregunto a mi mamá por decir algo.

—Tengo la imagen de él vestido de…

—Entonces sí lo conoció— le corto y finjo emocionarme.

—No, ni creo haberlo visto siquiera, pero me acuerdo de él, vestido de negro, todo de negro, caminando de espaldas hacia mí por la Plaza de las Flores, caminando, perdiéndose entre la multitud.

 (Fin de la segunda y última parte)

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos, y crítico de cine del diario digital Nuevo Tiempo en la sección Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net y conductor de su programa de streaming por SRRadio.

**En la fotografía constan la poeta cuencana Catalina Sojos y Edmundo Maldonado, protagonista de esta historia.

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