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Por Christian Espinoza Parra*

  1. GOLPEADO POR EL MAR Y LA DESGRACIA

El señor Alejandro Izquierdo espera sentado en una cama baja. El cuarto es casi una trastienda al fondo de una casa que sus padres compraron en los cincuentas para sus hijos y que hoy solo sigue cumpliendo años: ciento cincuenta, dice meditabundo el señor Alejandro Izquierdo y mira, poco a poco, con la cabeza erguida sobre dos hombros fuertes, el piso de madera, el rastro del polvo viejo, las paredes desconchadas y celestes, las mesas grandes y pequeñas, el armario desportillado, la ventana cubierta con un forro de colchón Chaide y Chaide, la puerta metálica y negra de la entrada, la pala derrumbada, el tacho de cera derrumbado, los libros derrumbados, derramados, todo atestado de libros: Marx, en unos cajones; historia del arte; una biografía de Anthony Quinn en un tacho de plástico rojo; la poesía de Olmedo en otros cajones; estudios de Kafka, de cine, de Joyce, de Camus, el libro que él acaba de publicar encima de un cubrecama rosado de princesas barbies: libros superpuestos como mundos antiguos que se niegan a desaparecer, como si la historia hubiera dejado a propósito rezagos de su memoria cubiertos de polvo, sabiendo que todo nos sobrevive.

Le pido al señor Alejandro Izquierdo que primero me cuente sobre sus lecturas, sus aficiones, el cine, su familia, esas cosas que es uno. Entonces su mamá, sus hermanas, el hermano que papá fue a ver en Guayaquil fulminado por un accidente de tránsito a los veinte años se confunden intempestiva y torrentosamente con El Loco, el hombre que fue todo.

—Leía en el silencio cuando llegué al magisterio —dice, de repente—. En el silencio de una comunidad indígena, en el que había justamente ese silencio de los pueblos de los que creo hablaba Sartre.

El señor Alejandro Izquierdo fue profesor, ahora está jubilado, tiene setenta y cinco años. Trabajó en Collana de Ludo, uno de los caseríos más pobres del Azuay y, como a El Loco, lo primero que le dolió fue la pobreza, las tierras sin pan, Las Hurdes de Buñuel, tan lejos, tan iguales a las de acá. En Collana de Ludo los profesores duraban una semana, luego se iban espantados por el hambre y la postración infinita de sus hombres allá en donde el propio castellano servía solo para dar los buenos días o vender una gallina. El señor Alejandro Izquierdo era el único profesor en ese entonces en Collana de Ludo. Estaba a cargo de los primeros y también únicos cuatro grados de escuela. Debía enseñarles a leer y escribir a unos pobres niños descalzos y sucios que a duras penas chapurreaban español, porque lo que sí hablaban era un quichua que él, en cambio, no comprendía.

Cuando el señor Alejandro Izquierdo realizaba su primer año de docencia, una familia de apellido Duchitanga fue asesinada en uno de los caminos de tierra, entremezclados los tajos de los cuerpos destazados a machete, con las tripas afuera, fofas y calientes, porque del espeso coágulo de gentes del caserío apenas los miembros de los Duchitanga que eran cuatreros estaban bien comidos. Solo uno de los hijos, un indio de cuerpo atlético, pudo escapar rompiendo el tumbado de la casa cuando las gentes enfurecidas llegaron a aniquilarlos.

El señor Alejandro Izquierdo no pudo más y se fue.

Me cuenta que su padre dejó el alcohol durante veinte años porque él le rogaba de niño, entre sollozos: «Yo no quiero que se muera».

—Y comencé a verle como una figura gigantesca cuando su estatua se sentaba a leer la prensa, en voz alta, a cuestionarse. Tampoco le eran indiferentes los libros… Pero cuando estaba bebido, o le pasaba, con el alcohol en las venas, gritaba…

—¿Era violento?

—No, pero yo lo sufrí. Mis hermanas, no. El antropólogo Oscar Lewis decía que cada miembro de la familia tiene un concepto diferente de la familia.

Y acaso no conocemos nada, conocemos tan poco.

Pienso: Cuenca es un monumento al pesimismo, una promesa en la que no cabe nadie, una farsa, un papel que representar, y la gente debe elegir el mejor. El Loco eligió muchos o eso creo. En uno de los Artículos Pánicos que le dedicó al escritor Fernando Arrabal, en diario El Mercurio bajo el seudónimo de Pedro Páramo, transcribió muchas frases, las enumeró prolijamente. Escribió que el tiempo que un hombre pasa en crear no lo emplea en su provecho sino en el de la sociedad, que entre un hombre y otro hay miles de millones de años luz, pero no hay mayor distancia entre un hombre y una comunidad; el destino de lo individual y lo colectivo, la tragedia de que a veces duela adentro y afuera sea demasiado, demasiado lejos. El señor Alejandro Izquierdo continúa hablando de su padre, de las discusiones con su mujer por unas herencias, de su corazón generoso. Por alguna razón, su padre fue la forma que encontró para hablarme —en las repreguntas— de El Loco, del dolor de El Loco, de la alegría de El Loco. Le decían El Loco porque no tenía una rosa de los vientos, una vocación, un horizonte; era un barco solitario en este país a la deriva, en esta «nación de historieta cómica», por eso reía tanto…

—Porque en el Ecuador decimos locos a los más cuerdos. Velasco Ibarra decía: «Los locos no me eligen a mí, qué de locos estarán».

La primera vez que lo vio, ¿a El Loco?, sí, a El Loco, estaba paseando por el parque Calderón con un periódico, un libro o una chompa. No, no fue ahí. ¿O fue en las oficinas de El Mercurio, cuando entrevistó al doctor Rodrigo Borja? No, lo conocí de niño en la escuela de los Hermanos Cristianos. Jugábamos al básquet todos los días. Y El Loco, de unos doce años más o menos, locutaba en el primer piso de la escuela, con los apodos de los del equipo, la calor del mediodía, los chirichis de la gente: ahí va, como de costumbre, la Guadaña Cisneros, el Chugo Abril, el otro Hugo pero el Arévalo, el Cuto Díaz, el Cañizares, el Zurdo Sánchez que lanza la bola y no ve porque no necesita.

Y después, a inicios de los setenta, El Loco fue su colega docente en el colegio Manuel J. Calle. El señor Alejandro Izquierdo lo veía caminando, pequeño y escurridizo, el vientre bombacho, el pantalón de casimir, los zapatos de suela, la camisa con el botón del cuello sin abotonar, los ojos de salamandra afable, hacia el despacho de su amigo, el rector del colegio. El Loco le decía que si los ecuatorianos fuéramos a la luna caeríamos en Balao Chico. Era su manera de corroer su enfermedad, de corroer aquel castillo herméticamente cerrado, de abandonarse a la vida. Dicen que el nicho donde se deposita el cadáver es el espejo del hombre, dice el señor Alejandro Izquierdo.

—Era un hombre, en el fondo, comparable a Schopenhauer, si me disculpa la expresión.

—¿Por qué?

—Porque el mundo es dolor.

Los griegos hablaban del acmé, que el ser humano llega a la plenitud y entonces comienza el descenso. Quizá no hay mucho que dar, pero en El Loco no hubo tal apagón, una derrota. De hecho, el artículo que escribió horas antes del fin, lo tituló victoriosa, amargamente: No estoy sordo.

El señor Alejandro Izquierdo conversó con El Loco en el evento por el Día del Maestro de 1980, en el Salón de Actos del colegio: era inmensa, inmensamente bondadoso. El Loco llegó hasta él con unos tragos encima y le mostró esa forma de querer, de esculpir en una dirección insospechada que un mundo mejor era posible, «el hombre más cerca del hombre», y le dijo, además, que el Ecuador es un país golpeado por el mar y la desgracia. No sé si eran palabras suyas o las hizo suyas. Se identificó conmigo, estoy seguro. Alejo, no hemos cruzado palabra, pero veo que es un hombre de lecturas, un buen interlocutor, que hay cómo conversar con usted, me dijo ese hombre magnífico que en su conmiseración por su prójimo también se conmiseraba de sí mismo. Cruza los brazos, se concentra de nuevo en la ventana frente a él: una trampa negra, y ahí van sus hermanas, mamá, el hermano que encontró prematura la muerte, papá leyendo el periódico. Entonces le pregunto si acaso sabe, si acaso se le ocurre qué duele de la ausencia, y el señor Alejandro Izquierdo me responde, sin dudarlo:

—La ingratitud.

  1. ¡HASTA PRONTO, ADMUNDO!

Monseñor Luis Alberto Luna Tobar grita su nombre en mitad del sermón, ovillándose en sus quejidos, los brazos abiertos, piadosos, extrañándolo: «¡Edmundoooooo, dónde estás, Edmundoooooo!». Su voz resuena en las bóvedas, en la nave central y en las laterales de la Catedral de la Inmaculada Concepción de Cuenca y el eco fúnebre de Monseñor se vuelve uno con el de la asamblea que reclama su cuerpo, licenciado Edmundo. Ruega que desclaven la tapa para verlo reírse, para que nos diga cuán grande es el milagro de los amigos, cuánto extraña a Alfonso, cuánto ama a la doctora Carmen, a su perro, a sus alumnos de periodismo que venimos a despedirlo: y usted ya se va sobre los hombros de la multitud. Las manos del pueblo palpan la caja, suplican una bendición, que se compadezca de lo duro que nos será sobrevivirle a usted que llegaba a clases repartiendo trozos de manicho, regándolos con sus dedos llenos y su sonrisa ancha entre nuestros pupitres como si fueran mundos o chupando una naranja o un helado, angustiado por los zapatos viejos de sus alumnos, a la vez que nos decía que debíamos gastar suelas, comer en el mercado, ir hacia la cara negada, menesterosa de Cuenca, porque el periodista no puede tener el pecho frío. Y usted, cuando menos, llegaba en su carrito, un Volkswagen gris, y nos saludaba bajando el vidrio pero nosotros nos hacíamos a un lado, porque aprendió a manejar muy tarde y mal, licenciado Edmundo. Y pocos saben, quizá nadie, que durante los descansos de las clases ya arrastraba los síntomas finales de su enfermedad, y en lugar de ir al bar general de la Universidad de Cuenca con sus compañeros se encerraba en su carrito estacionado en el parqueadero, meditabundo y agonizante, con los ojos abiertísimos, contemplando el horizonte desparramado sobre el parabrisas, escuchando cómo se le iba escabullendo la vida en medio de sus sollozos que creyó que nadie veía, licenciado Edmundo. Y pocos saben, quizá nadie, que para usted una fiesta sin trago es todo menos fiesta, por eso, en un paseo a San Joaquín, en un restaurante, se le ocurrió hacer un trencito humano para bailar mejor y nos sacó por las dos puertas que desembocaban en la avenida Carlos Arízaga Vega y a usted no le importaron los rostros sorprendidos, los pitidos de los conductores asombrados, molestos por las cosas que hace este loco. Y el Édgar se pone triste, nos cuenta, nos recuerda uno de los exámenes orales en la imprenta de la Universidad, cuando nos formábamos en una hilera para entrar al llamado de la lista, en su oficina, justo el día en que no podíamos contestarle cuál era la diferencia entre las obras de Eduardo Kingman y de Oswaldo Guayasamín, y yo le dije las manos, y usted gritó por fin, chugcha, tiene cien estudiante, elevándose con su anatomía de rinoceronte manso, pero cuidado le diga a alguien la respuesta. Y recordamos también los reportajes que nos publicaba en Catedral Salvaje, el suplemento dominical de El Mercurio, y el llanto, los trajes negros en la capilla ardiente en el Auditorio de Química, la guardia de tres estudiantes a la derecha y a la izquierda de su ataúd y las canciones para que nos duela más su partida: Roberto Carlos y Piero. Qué inútil es la palabra ante el silencio sin respuesta de la muerte, qué desgracia que solo eso nos hace nuestros, que solo eso nos pertenece, escribió usted en un artículo, y yo, licenciado Edmundo, que pude escucharlo de quienes sí fueron sus alumnos, callo ante esas frases de mármol. Mi timidez me hubiera impedido acercarme, pedirle un abrazo, un consejo cuando mi padre empezó a faltarme, eso sí, le digo que lo que nos hace nuestros es la vida porque la muerte es una hija de puta que apenas nos deja una desvaída silueta, un suspiro, y entonces el hombre que no puede volver el tiempo atrás debe ser él quien vuelve: y a usted lo sacan en andas de la Catedral. Los amigos se turnan para cargarlo, las mujeres para padecerlo, extender sus paños, sus avemarías, y Monseñor va al final, detrás de esa compacta y desorientada marcha de sufrientes. Y la Brígida dice que un profesor es la posibilidad de elegir, de tomar un camino, cuando ese profesor no exista más, sin olvidar que la cultura, tal como me enseñó usted, no es únicamente el hecho estético, ni tampoco leer leer y leer como nos lo dijo siempre, sino también sostenerle la cabeza a ese pobre señor que convulsiona en San Blas, recogerle los sueltos, los guachitos de lotería, o verlo a usted, licenciado Edmundo, alejarse para siempre con su paraguas abierto, mojándose los zapatos bajo la lluvia. ¡Ay!, Edmundo, usted nada tenía qué hacer aquí, dice una mujer devastada, humilde, con un bastón y unas fundas que le cubren la cabeza y el pecho. Se le ocurrió morirse el 12 de enero de 1995. La Catedral ha quedado muda en su soledad de polvo, con Monseñor a punto de cruzar la enorme puerta de la entrada, pero los brazos se le caen, desorientados, sus pisadas son apenas ecos de tiempos mejores. Y grita desbocado, incontenible:

—¡Hasta pronto, Edmundo!

  1. LA AVENTURA ROMÁNTICA DEL CINE

La primera vez que pudo elegir, por supuesto, no iba a elegir a Franco. El director español Carlos Pérez Agusti estaba a 8.977 kilómetros de Madrid. Depositaba los nombres para los representantes estudiantiles de la Universidad de Cuenca: un ánfora al frente, el papel doblado en el puño, las decisiones por fin eran suyas, podían ser suyas. Pero en España el puño era menos que una rabia callada, un movimiento previo para saludar a Franco: abandonarse.

—Ningún acto de cultura era nuestro— me dice en su sala, más de cincuenta años después. Cuenca era por entonces calles estrechas, adoquines, portales, casitas con sus techos de tejas rojizas apenas iluminadas por las hebras de luz que entran ahora por la ventana y agravan la figura pequeñita, la boina de niño amable, los ojos claros, curiosos de Carlos Pérez Agusti, detrás de sus anteojos. Había llegado a la ciudad para ser profesor de Literatura en la Universidad de Cuenca en 1976, tras haber estudiado Filología Románica y Cine en Oviedo. El decano de la Facultad de Filosofía lo eligió por lo último. Lo recogió en un Ford americano en el aeropuerto, lo hospedó en el hotel Majestic y lo inició con un cuy en su casa.

Lo que quería Carlos Pérez Agusti era hacer cine. Sin embargo, los afanes del corazón se le cumplieron en 1980. Las veces anteriores habían sido puras e innumerables intentonas fallidas. De modo que cuando el Taller de Cine de la Universidad se puso a funcionar, lo primero era vencer la trampa del desaliento, que en buena parte lo hizo debido a que otro decano de Filosofía, Alfonso Carrasco, lo había enfrentado a crear cultura o consumirla. El Taller le debía mucho por sus palabras y el apoyo desde su cargo. Por desgracia, no todos los directivos de la Universidad eran tan comprensivos, pues mientras Carlos Pérez Agusti y su compañero Galo Carrión compraban equipos, el rector fue definitivo: «Parece que ustedes no tuvieron juguetes en su infancia, ¿acaso están queriendo que la Universidad les financie esos juguetes tan caros?». El Taller tenía apenas una cámara VHS con un micrófono incorporado y los actores llevaban su propia comida a los rodajes y aprovechaban la luz natural para ciertas tomas, deteniéndose a las volandas cerca de las ventanas. El cine, entonces, era algo pasajero, vacío, un escepticismo. Y no había edición. Carlos Pérez Agusti montó Arcilla indócil, la primera película que se hizo en el Azuay, como se monta un bautizo, un acto social, con cámara, dice. No podía repetir la toma ni hacer tres y escoger la mejor. Yo la ensayaba hasta que estaba a mi gusto y decía: así queda la toma, si alguien se equivoca va con errores. Y lo grave era el déficit de guionistas, un déficit ecuatoriano que pervive.

Arcilla indócil, basada en el relato homónimo de Arturo Montesinos Malo, fue su gran impulso para luego adaptar y promocionar muchísima literatura ecuatoriana. El Loco recién había llegado al Taller. Venía del grupo ATEC (Asociación de Teatro Experimental de Cuenca). Le bastó esa experiencia, un pequeño papel de teniente político en la película, para vencer los hábitos teatrales, superarse. En el rodaje, Carlos Pérez Agusti le pidió repetir una escena —en la que una periodista hablaba con su personaje y el del escritor Jorge Dávila, en la oficina de la tenencia política del pueblo— por un problema de ruido. El Loco se quitó enfurecido de una banca destartalada. ¿Cómo iba a suponerlo Carlos Pérez Agusti? Los compañeros asombrados, caracoleaban de risa: el pantalón se le había desgarrado a la altura del culo.

Las gentes se reconocieron en Arcilla indócil (era la lírica de un hombre solo). El Loco les pidió a sus amigos del Taller, durante su presidencia en la Casa de la Cultura, que la pasaran de nuevo, una semana completa con llenos completos: ve ve ve, decía alguien del público, la vecina Guadita, ve ve ve, decía alguien, la casa del tarugo del Eusebio, ve ve ve, decía otro, ahí están papi, mami, el ñaño, ve ve ve, ¿es Sinincay, no?, ahí estoy, ese soy yo, somos nosotros. Era el derecho de Cuenca a reconocerse en sus imágenes.

Pero la Escuela de Comunicación de la Facultad de Filosofía decidió enfrentarlos, contenerlos.

—No era posible que los del Taller faltaran días, semanas enteras, alguna vez un mes entero a clases para rodar las películas. ¿Y los estudiantes, las notas, los registros? —dice Wilson Gárate, dirigente estudiantil en aquel tiempo.

Antes de reconocerse en sus imágenes, Cuenca debería reconocerse en su miseria, ¿no era eso lo que hacía el Taller? Encender la cámara por donde cabalgaban, sin tregua, la pobreza, el hambre, la enfermedad, la ira soterrada de nuestras gentes, denunciándolo todo: un acto de fe que nada más podía justificarse por una voluntad incomprensible. A la larga, la Escuela de Comunicación logró que los equipos del Taller pasaran a formar parte de sus actividades, pero nunca produjo nada, dice Carlos Pérez Agusti. El Taller se terminaba. Habría que esperar la aparición de la Escuela de Cine (que fundó Carlos Pérez Agusti junto a Galo Carrión), pero tampoco ha producido largometrajes que pervivan en la memoria colectiva. Han hecho sus prácticas, sus esfuerzos individuales. De hecho, el cine ecuatoriano ha evolucionado con impulsos individuales, de ahí sus deficiencias. El Taller de Cine también fue un esfuerzo aislado.

Sin embargo, se rodaron dos películas más: La última erranza y Cabeza de gallo, estrenadas en el Salón del Pueblo y el Teatro Carlos Cueva Tamariz, respectivamente, con salas llenas, mucha gente afuera del Salón, mil personas exactas en el Carlos Cueva. Los clientes del abogado Segundo Narváez, miembro del Taller, prestaban sus casas, sus aperos, sus animalitos, sus historias. Algunas gentes ni siquiera apellido tenían, pero don Segundo les regalaba uno para resolver sus problemas judiciales. Y aun así creían con todas sus fuerzas que la imaginación sí podría reivindicarles el hambre y la miseria.

Por medio del profesor Carlos Álvarez, Carlos Pérez Agusti aprendió que aquella voluntad incomprensible que impedía la zozobra del Taller era una metáfora. El ser humano puede justificarse a través de una metáfora. Durante el rodaje de La última erranza la cámara había capturado en una escena a dos viejitos solitarios, eternamente solitarios en el desvergonzado contubernio de los días y la pobreza. Es la escena que me justifica, que justifica mi cine, a mis amigos.

—Por ejemplo, mi primer contacto con Guayaquil fue sorprendente. Me mostró ese terrible desconocimiento que teníamos, quienes vivíamos en el Ecuador, de nuestra propia gente. ¡Cómo era posible! Imagínese, a dos o tres cuadras que usted pasease por la Nueve de Octubre, de su desarrollo urbano, abrumaba la realidad siguiente: los suburbios. Era realismo mágico, definitivamente. No era invención de los escritores… Filmar es otra forma de escribir la historia. Intentamos eso con nuestras pobres cámaras, la escritura de la historia social del Ecuador —dice y su voz ronca se rompe calmosa entre las vocales—. Por eso en esa escena está todo. Basta eso. Es un poema.

Carlos Pérez Agusti fue el amigo insaciable, incansable de El Loco. Vencía los malos presagios, las expectativas, diligente con su figura menudita de pájaro feliz. Tan frágil, pensaría El Loco, mientras él, gordo, robusto, tocaba abismos. Cuando comían hornado y cascaritas en un salón en Cumbe, les decía que él estaba viviendo los suplementarios. Pero, Loco, le llamó la atención un compañero vegetariano, deje el hornado, no coma eso, es veneno, y El Loco, con las fritangas entre los dedos, la cabeza orgullosa, encanecida, sentado en una silla en un rincón, le dijo que para qué, si los vegetarianos también se mueren, me dice Carlos Pérez Agusti y sonríe.

Y en un rodaje, en una de las furgonetas donde iba el equipo y los amigos, El Loco lanzó un quejido, un pensamiento al aire que recogí preocupado. Me llamaba Beethoven, me gustaba mucho su música (otras El Loco economizaba, prefería llamarle Beto), me dice el abogado Segundo Narváez en su oficina de la calle Benigno Malo, en un edificio a la derecha de la Notaría Décima Primera. Beto yo no hubiera querido nacer, me dijo. ¿Por qué, Loco? Porque nacer implica morirse. Y yo nunca quisiera enfrentarme a la muerte, jamás, es lo que más temo, dice don Segundo Narváez que le dijo El Loco y declamando de memoria esos pensamientos sueltos, desesperados, continúa, repite: solo de pensar se me erizan los pelos, decía… Así decía… Y si un día me toca morirme como me toca morirme, quizás no me dé cuenta que me estoy muriendo… Se detiene, la imagen de El Loco lo ha vencido, como a todos. Se acomoda en su silla, prosigue: yo fui a recoger unos equipos ese día. Carlitos Pérez nos llamó a hacer unas tomas para la película Tahual. Teníamos que estar a las 07h30 o a las 8h00 en el Manuel J. Calle para recogerle a El Loco. Y había que ser puntuales. El Loco era puntual, puntualísimo; si decía a las siete en punto, estaba a las siete en punto, esperando la furgoneta. Y en eso escucho la noticia a las 05h00, por radio La Voz del Tomebamba.

—¿Murió por el sufrimiento?

—Por eso era un gran actor.

Y me dice adelantándose a mi pregunta: la ausencia es la falta de los amigos, la ausencia es estar un día y luego nunca más. El Loco tenía una camisa blanca, parecería que nunca se la quitó. Tenía una infinidad de camisas blancas. Lo veo sentado en una mesa, comiéndose el hornado, con un vaso de jugo en la mano, muy feliz, tan feliz que da envidia y me dice: ven, Beto, no sabes lo que te pierdes, y yo voy. No quise verle en el ataúd para tenerlo así, vivo en el recuerdo.

—La ausencia es algo que nos falta—, dice Carlos Pérez Agusti—. El Taller de Cine no fue lo mismo sin él—. Permanece en silencio, las piernas cruzadas; su calcetín café se ha bajado, dejando ver una pantorrilla de niño. —Parece que me vinculé tanto con él que siento que algo me falta para seguir haciendo cine… Lo extraño.

Y con qué imagen lo evocará, cómo lo llamará en la memoria.

—Actuando, actuando en La última erranza, subido en un púlpito, lanzando un discurso impresionante como el personaje del sacerdote manipulador —dice entusiasmado Carlos Pérez Agusti—. Y en su última película Tahual, intentando rescatar a esa niña. La calidad de actor y la solidaridad en dos escenas; dos dimensiones humanas en una ficción que lo explicaba.

La ficción explica la realidad, insiste Carlos Pérez Agusti. Es la fe de lo que no existe… El Loco era un Quijote. El mundo le desmentía las ilusiones y El Loco insistía, tenaz, sin importar que el cine no le diera ni un centavo. El cine quizá fue su primer amor, no lo sé, pero al menos fue el último. Le fue fiel siempre. No llegó a él por casualidad, él amaba el cine antes de hacerlo, vea sus columnas… Yo he sido profesor en la universidad y en el colegio, decía, he sido periodista, he actuado en teatro y en cine, sin embargo, a pesar de todas estas manifestaciones junto a las de columnista y reportero me iré olvidando, adelgazando en el silencio. No importa cuánta letra quede escrita y padecida, solo me encontrarán vivo en el cine. Tengo asegurada la inmortalidad, Carlitos, me dijo sonriendo.

Era la voluntad del creador, del artista. La certeza de saber que haciendo cine podía ser un hombre limpio, porque era una forma de la generosidad en la que no intervenían las intenciones políticas, como en el periodismo que practicaba. Me dolió mucho también que le negaran su virtud de gran compañero. Era un hombre visceral, lo sé. Es la palabra correcta para describirlo, dice y divaga. Bueno, le decía, me dolió en una escena de Cabeza de gallo no dejarle ir a almorzar a El Loco. Teníamos que repetir la escena ese momento. Cuando regresemos voy a tener otra luz, le dije, y como son dos tomas yuxtapuestas se van a ver dos escenas seguidas: una con sol y otra con sombra. Hagamos un esfuerzo (a Carlos Pérez Agusti se le adelgaza la ronquera). Mi ignorancia de su enfermedad, debía comer a tiempo, si hubiera sabido no me habrían importado las sombras, los errores. Le obligué a hacerla contra su voluntad, me impuse. Me arrepiento. Pero la humildad de un hombre que mucha gente creía impositivo, dominante, dueño de los medios de comunicación —recuerde cuántos años fue el rostro más visible de El Mercurio—, acostumbrado a imponer su voluntad, se encuentra ahí. Calló lo que padecía e hizo la escena por el cine y por el amigo.

¿Y es cierto que El Loco llegó a todo por azar, por su desorden, por su vocación vacía? Galo Carrión tampoco sabe la respuesta, pero me dice que estuvo en la frontera, en la guerra de Paquisha. Me habla de su primera cámara y de su colección de treinta y cinco cámaras, y de 1987, cuando los del estudio de cine de la Columbia Pictures llegaron a hacer una película que sería rodada en Cuenca y Azogues: Vibes, protagonizada por la cantante Cyndi Lauper y el futuro actor de Jurassic Park, Jeff Goldbum, en el papel de dos psíquicos que buscaban incansablemente el tesoro de los incas. Los ejecutivos citaron a Galo en el hotel La Laguna para que pudiera recomendarles un doble de riesgo para Goldblum. Por entonces Galo era presidente del Sangay, un club de andinismo. Al entrar fue inevitable: los de la Columbia Pictures miraban a Galo, expectantes mientras hablaba (no se parecía a Jeff Goldblum, pero, sin duda, era el doble exacto de Peter Falk, quien interpretaba un papel secundario). Para la Columbia Pictures también era inevitable: Vibes sería la contracara de Indiana Jones. Fracasó.

Tanto tiempo luchando contra el imperio para esto. Siquiera me quedaron unas fotos, dice desde su silla, los codos sobre la mesa. Galo trabaja como Administrador del programa ambiental y social de la subgerencia de gestión de ETAPA (Empresa de Telecomunicaciones, Agua Potable, Alcantarillado y Saneamiento de Cuenca), en un edificio viejo a la derecha de una sucursal del Banco del Pacífico, en la calle Presidente Córdova. Fue catedrático universitario, fotógrafo y actor. Conoció mejor a El Loco en la redacción de El Mercurio, aunque previamente él había sido su maestro y su tutor de tesis en la Universidad de Cuenca. En la radio, por casualidad, suena un tango, la música que amaba El Loco. Unas como lágrimas entrampadas salen de la garganta de Roberto Goyeneche: Vuelvo a vos / con mi deseo, con mi temor. Galo me quiere hablar de El Loco, pero antes nos detenemos en el fervor de los años universitarios, el siglo veinte y los anhelos de igualar a todos que terminaron por diferenciarlos de otros modos, tanto desdén, la esperanza.

—A mediados de los ochenta, a mediados de los noventa, la Universidad de Cuenca perdió esa única capacidad que tenía para mostrarse en las calles y exigir y protestar. Perdió la capacidad del grito. Hay intentos de hacerse oír, pero todo el mundo busca la comodidad de graduarse rapidísimo, lograr un tercer nivel, un cuarto nivel…

—¿El desencanto?

—Exacto, pero la vida tiene un camino y uno va por el camino haciendo a un lado las piedras para no pisarlas, ¿no?, ahora se camina, se camina sobre cabezas. No importa cuántas…

Goyeneche continúa: Quiero al Sur, / su buena gente, su dignidad, / siento el Sur, / como tu cuerpo en la intimidad. Galo se pone de pie para apagar la radio. Le digo que no, no importa si el Sur es de Buenos Aires o de Cuenca, la patria es donde uno quiere tirar los huesos. Galo prosigue:

—Le pongo un ejemplo: cuando en el colegio uno se daba a puñetes y se caía al suelo, el otro no le caía, había una especie de código, de moral.

—El problema de hoy es levantarse.

—Más bien el problema es caerse. Antes, hasta la derrota era un idealismo. Lo que pudo ser, hoy es solo lo que no fue.

Y eso fue El Loco: un idealista que al final deseaba la muerte, aunque era un amante de la vida. Creía que era lo mejor que le había pasado, como quien dice vivir dignamente es morir dignamente, al menos, valiéndose por uno mismo, ¿no?, sin ser una carga, una piedra que rueda sin destino.

—¿Y usted cree que El Loco murió dignamente?

—No.

Carlos Pérez Agusti no lo cree, le molesta la idea. Me cuenta que un día antes del 15 de enero rodaban una de las escenas de Tahual en la que El Loco debía rescatar a una niña de las garras del cerro Tamuga. (En 1993, el cerro había vomitado sus entrañas, taponando con más de 50 millones de metros cúbicos de material pétreo los ríos Jadán y Cuenca, en el sector de La Josefina, y había formado un dique que treinta y tres días después del deslizamiento regurgitó su aliento torrentoso contra vacas, casas, carreteras y personas. En gran medida, la desenfrenada explotación minera desencadenó la tragedia. Tahual se inspira con profundo dolor en esta desgracia). La escena puede verse en la página de la Cinemateca Digital del Ecuador. Ahí está El Loco enfundado como un patriarca ancestral, pellejudo y supremo, con unas barbas desordenadas y blancas, un sombrero negro, una camisa blanca, poniendo a salvo a una niña indefensa que grita ¡socorro! («Ya vengo, no tengas miedo», dice, recita, se despide) para agarrarse enseguida, calmoso y exhausto, a una rama clavada en la tierra, y estirar la ruinosa mano derecha que quiere aferrarse —con la madrugada explotándole en la cara, los pies tambaleándose entre las piedras que se desprenden a su paso— a un arbusto, a un minúsculo brote de  esa naturaleza feroz que lo rechaza y lo despeña sin piedad, metros y metros abajo, en cámara lenta, cadenciosamente, como si en esa caída se resumiera la vida. Detrás, los compañeros, sorprendidos de su cansancio agónico, de su expresión blanqueada de horror y de frío, querían aplaudirle: ¡qué bien actúa el Edmundo!

Murió cumpliendo su pasión y no hay muerte más digna que esa. Él superó la conciencia de lo efímero porque su incurable miedo a la muerte en realidad lo curó haciendo cine, dice Carlos Pérez Agusti. Y Galo Carrión me amonesta amable, un poco enojado, que él no insinuó eso, cómo era posible decir que fue indigno escoger eso… El Loco era un apasionado que despertaba pasiones. Hoy les falta, les lastima, a lo mejor lo envidian y no se atreven a decirlo, o lo compadecen. Es natural respetar la memoria de los árboles muertos de pie entre la tempestad. Uno los mitifica, los unta de un aura crística, pero los mitos son parte de la memoria de los vivos para cubrir tanto hueco insaciable de los que se fueron, no importa si los odiamos o los admiramos.

—¿Y usted visita la tumba de su amigo?

—No—dice Galo—. Solo estuve en el Auditorio de Química. Soy incapaz de decir de boca cuánto lo siento en los velorios. Al fin de cuentas, ¿cuándo alguien va al cementerio al frente de qué está? De nada. Está con sus recuerdos y uno con sus recuerdos puede estar en cualquier parte, no necesariamente frente a una tumba. Al fin de cuentas, el que se va nos deja recuerdos que no sé si se empolven o no, pero siempre están en el costado de uno.

Se empolven o no, todos nos volveremos barro ante la eternidad, le digo. Y hay que irse acostumbrando a la idea, dice Galo. Y le pregunto con cierta necedad aquel lugar común: ¿qué le duele de la ausencia? Galo dice que de la ausencia duele la misma ausencia. Hace diez meses desapareció un compañero de toda la vida, en la montaña, en el Cajas. Fue mi profesor en el Benigno Malo, le decíamos Osama por la barba larga y desordenada, me ayudó con un cupo en el colegio, le digo, y Galo me responde que no han encontrado rastro, un pedazo de funda, de ropa, nada. Solo desapareció. Galo respira, cada sílaba se le aplasta fúnebremente debajo de la lengua. En el caso de él es una ausencia justificada, digo justificada porque nunca se vio el cadáver y uno no tiene la imagen del amigo quieto, pálido, porque desapareció, porque más que ausencia hay una…, una preocupación de no saber si le vuelves a encontrar o no. Otro amigo que trabajaba conmigo y que todas las tardes estaba en la esquina de Tosi a las seis y cuarto, seis y cinco, y nos quedábamos conversando hasta las siete, tampoco vimos el cadáver… Murió, no sé, pero hay la esperanza de que un rato de estos lo volvamos a ver si vamos por ahí. Galo mira la hora en su reloj: son casi las seis de la tarde. Le agradezco por conversar conmigo, recojo mis cosas y Galo me dice, acompañándome hasta la puerta de su oficina, como si continuara grabándolo, como si quisiera poner en mármol que la ausencia es lo que duele, lo que duele y ya, pero esas ausencias comprobadas, esas ausencias que se convierten en cadáveres son las que más duelen.

(Galo murió casi un año después de esta entrevista. Tenía 73 años. Tampoco alcanzó a ver Retorno, la última película que hizo con Carlos Pérez Agusti).

(Fin de la primera parte)

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos, y crítico de cine del diario digital Nuevo Tiempo en la sección Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net y conductor de su programa dominical de streaming por SRRadio.

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