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El aquicito

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En el río siempre vivirá lo que no has dejado, lo que aún te espera; en sus aguas el tiempo que, como un remolino, refleja su propia memoria mientras se hunde hacia la superficie. Luego de un ayampaco de tilapia y un pilche de chicha de yuca con los amigos en el Bar del Chavo, el autor se adentra en la selva del Oriente ecuatoriano.  

Por Alexander Ávila*

Existen dos tipos de aquicito: el aquicito shuar y el aquicito mestizo. Cuando vives acá, ya sabes a qué atenerte con el aquicito shuar, pero, si no, lo más seguro es que tengas que duplicar el esfuerzo que tenías programado realizar pues, aunque no existe una regla básica, el aquicito shuar supera casi al doble la distancia del aquicito mestizo. Sin embargo, todo enunciado no es regla y a veces pasa justamente lo contrario.

La ruta trazada en la mañana no consistía más que en desayunar los tan recomendados ayampacos de muta, del centro gastronómico shuar “Yawi”, de la parroquia Sevilla Don Bosco. Una variedad de ayampaco elaborado con un tipo de bagre de menor tamaño, cuya carne, según palabras del chef Paúl Orellana, tiene la consistencia de la mantequilla.

Al llegar, las propietarias de los locales manifestaron que existía carestía de este pez desde hace aproximadamente un mes, por lo que iba a resultar bastante complicado acceder al singular platillo durante esta temporada.

Ya qué, pensamos, sin decirlo, porque la complicidad de la amistad no necesita de tantas palabras. Desayunamos, pues, un ayampaco de tilapia que resultó mejor de lo que esperábamos. Preparado casi sin condimentos, solo a base de palmito y hojas de rolaquimba, acompañado de ají shuar (una mezcla de ají cocido en la brasa y molido, y mezclado con sal), papa china, maduro y yuca, resultó la comida más saludable de lo que va del mes. Al terminar, con la implícita intención de sentirnos visitantes pese a que estamos en el mismo lugar geográfico, en el mismo cantón Morona, cerramos el desayuno con un pequeño pilche de chicha de yuca. La experiencia estaba completa.

El reloj marcaba alrededor de las 11 de la mañana y el fuerte sol parecía augurar un buen día, aunque en la Amazonía nunca se sabe. Nuevamente en la avenida, sin saber en qué momento tomamos la decisión e, incluso, sin tener conciencia plena, ya estábamos encaminados hacia Yawi (sí, otro Yawi), un balneario de aguas mansas y cristalinas del río Seipa, cuyo fondo esmeralda le otorga todas las características de un pequeño lugar paradisíaco.

No fue hasta ese momento en que el aquicito se había convertido en cerca de dos horas de pedaleo, y apenas nos enterábamos de que nos hallábamos en Sucúa, la ciudad vecina de la capital Morona. La suerte del que ignora la envidia el sabio, pensaba. Habíamos recorrido, desde Macas hasta Yawi, alrededor de 30 kilómetros. Distancia que, junto a las características viales (donde priman extensas pendientes) y las condiciones climáticas del día, representaba, para un ciudadano promedio y sedentario, un largo y, por momentos, doloroso camino.

El agua había apagado el incendio que era el cuerpo y los grandes árboles brindaban una sombra excepcional. Tumbado sobre una roca, todo parecía volver a su lugar. En el río siempre vivirá lo que no has dejado, lo que aún te espera; en sus aguas el tiempo que, como un remolino, refleja su propia memoria mientras se hunde hacia la superficie.

Silencioso, limpio y libre de multitudes, la familia Ampam–Arévalo lo cuida como a uno más de los suyos y, con él, a toda la fauna que habita el sector, en especial a las aves, que se alimentan de las aguas salinas (ricas en minerales y nutrientes), que emergen de las bocas de los distintos sistemas de cuevas que se encuentran en este brazo del río Seipa. De allí el nombre de Yawi: el alimento que proviene de un lugar específico o endémico.

Que nadie te espere es una forma de libertad y ella, en sí misma, en ocasiones, te provee algo de felicidad, por lo que no había afán en volver. Mis compañeros se habían marchado. Yo permanecí solo por un buen rato, capturando la infancia en cada brazada. Las piedras que, al sumergirte, convertían a los ojos en lupa. El deseo profundo de conocer la luz en lo hondo de la arena.

De vuelta al asfalto y al sol que, antes de irse, deja sus mejores rayos. Luego, un viento atípico que sacudía la bicicleta y hacía del camino una pendiente constante. Más de una vez, en la mente la tentación de parar y tomar el primer bus, pero a medida que continúas sientes la necesidad de conocer tus propios límites. Seguía. Me encontraba nuevamente con la infancia, pero la infancia envejecida, y reía mientras descansaba unos minutos. Nunca hubo para la renta ni para las tortas de jamón, pero en el arte de la pared exterior del “Bar del Chavo”, don Ramón y Roberto Gómez Bolaños, con su gorra verde a cuadros y su camiseta desaliñada, bebían, despreocupados, unos tragos.

Después de un retorno de más de 120 minutos (que incluyeron necesarias paradas) a lo lejos comenzaba a divisar la silueta del acantilado del río Upano. Es sorprendente y extraño que una misma ciudad esté separada por un hueco tan imponente. Ya casi sin piernas dejaba la inmensidad de la selva y la ciudad aparecía como pequeñas fichas de dominó. Tocado por una necesidad, volví por un instante la mirada hacia atrás y comenzaba a sentirme un extranjero en mí mismo.

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*Alexander Ávila escribe poesía y crónica. Ha publicado el libro Disonancias (Editorial La Caída, Ecuador, 2017). Es fundador del sello Sur Editorial. Trabaja, de manera independiente, en proyectos de investigación cultural y como librero. Textos suyos forman parte de varias antologías y medios especializados de literatura y periodismo. Ganador, en 2020, de la “I Convocatoria de Periodismo Narrativo”, otorgada por el medio digital loscronistas.net

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