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Una filuda navaja con cacha de plástico

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Av. Quito y 10 de Agosto. Jamás olvidaré mi origen. Tenía 40 años y había sido rebajada a vagar por una entrada apolillada, polvorienta, de paredes cuarteadas con graffitis misteriosos donde era arrullada por las carreras constantes entre los buses de diferentes líneas y el hedor penetrante de la orina de transeúntes y borrachos del sector.
Las lycras de color neón, blusas que mostraban un escote envejecido antes de tiempo y unas zapatillas desgastadas Bora Bora eran mi compañía diaria. Las cejas pintadas de negro, labial corrido y un rubio chillón en el cabello para disimular las canas. Mi mamá me había bautizado como Valentina, pero, entre las boquitas pintadas, me llamaban «Kimberly, la veterana».
Era la mayor de un grupo de diez mujeres que callejeábamos muy cerca de la iglesia de La Victoria, de campanas oxidadas y torres a punto de tumbarse, rogándole al Jesús crucificado de olivo, siempre de rodillas, que nos protegiera de las enfermedades venéreas y de bravucones que nos rondaban como gallinazos para quitarnos la plata del día.
Uno de ellos, y el más solapado, fue quien explotó 20 años de mi vida, desgració al menos dos de mis embarazos y me dejó encerrada en un altillo con escaleras destartaladas, acompañada de ratones y con tres niños a los que jamás les dio un solo dólar para pañales, mucho menos un cuaderno.

Otro me embobó a punta de huanchaca, ofreciéndome sacar de mis cañas añosas de Hogar de Cristo para camellar como secretaria en un banco del centro. Me engatusó en una red de zorras de la que ni siquiera lograba la mitad de la propina. A $5 el punto era lo que Agustín alquilaba por mi cuerpo desbaratado, diez minutos en los que conocía sexos de diferentes tamaños, grosores, olores y sedientos de distracción, ternura momentánea o simplemente de pegarse un palo.
Traté con tantos hombres como Agustín quiso. La demanda era al menos de 30 al día. Debía ganar $150 cada noche porque sino conocería cómo mi rostro se quebraría delante de los bebés o de quien estuviera viendo mi espectáculo semanal. Resistí patadas, chupetes y azotes gritando siempre ¡no! y Agustín alentando a que perdurara el dolor por ser jachuda.
Los arrastres en la entrada de la hostal eran quincenales. Agustín, ya derretido por la mezcla de «hache» y «Pedrito Coco», chillaba porque exigía más plata del trato que él mismo me hizo jurar. Prometía quitarme a los niños o dejarme ensacada si no cedía. Nadie alzaba la cabeza para escucharnos, las mujeres de faldas plisadas y carteras de la Yoni nos miraban por encima del hombro, mientras sus maridos rebuscaban en medio de nuestros muslos y exigiendo más tiempo del acordado.
Una sombría ronda de municipales, entre los cuales se infiltraba Agustín, pasó en la madrugada del caluroso 16 de marzo por nuestro zaguán, tirando puertas, lanzando insultos. El desalojo fue inevitable. Nos echaban por culpa del virus chino. Eran las tres de la mañana y salimos corriendo, semidesnudas, de nuestras colchonetas de una plaza, tomando apresuradamente a nuestros hijos en brazos y evitando ir a la peni como unas vulgares rateras. Botas negras chirriando y pateando todo lo que encontraran en el piso mohoso y denso, gritando de algarabía por ver a quién se podrían llevar sin pagar la tarifa básica.
Corrimos, de la mano de nuestros hijos, dejando los pocos trapos que nos acompañaban en el burdel. Me sentía extraviada y las lágrimas que no caían desde mi segundo aborto nublaron mi poder de resistencia por un par de minutos.
Llegamos sin gota de aire, pero con vientos de caos. Éramos solo los cuatro abrazados a un catre y tapándonos bocas y narices con trapos para que no se nos pegara el coronavirus a nuestros cuerpos frágiles.
Dos muros dividían la malicia de la tranquilidad. La 18 y Gómez Rendón fue nuestra guarida luego de zafarnos de Agustín y de un templo religioso que nunca nos protegió de la miseria.
La pica era grosera y la necesidad, salvaje. Nos agruparon por edad, tiempo en la calle y categoría. Debimos aplicarnos con la oferta y la ropa de cuerpeo. Me rasuré el pelo que rondaba por las nalgas para darle un aire a peladita. El rubio extraclaro que chamuscaba mi piel cambió a un rubio oscuro que parecía quitarme las patas de gallo que brillaban cuando intentaba reír.
Entre hilos y sostenes con escarcha y relleno para aumentar el autoestima y uñas tan largas que se confundían entre garfios y sensualidades despachábamos el hambre de los machos, eso sí con mascarillas de papel y frasquitos de alcohol en mano para sortear al Covid que ya había matado a varias compañeras dejándolas tiradas en el asfalto de la calle Milagro mientras sonaba en los parlantes «Te va a doler», de Maelo Ruiz.
Algunos hombres tocaban tímidamente el portón de metal ubicado en nuestra vía para separar a los vecinos de las fiestas que la regeneración urbana quiso esconder. Otros, simplemente, iban preparados para desfogar lo que no encontraban en su casa u oficina, a contar las penas a las putas que ellos tomaban como consejeras. Curtidas por tantos pretextos, ahora más por el coronavirus, el comité de boquitas pintadas nos dio la opción de instalarnos afuera de los bares como mercancía a escoger (siempre y cuando tuviéramos carnet de profilaxis y prueba rápida de Covid) o buscando convertirnos en sabrosas ofertas en redes sociales peluconas.
Las peladitas querían ofrecerse en una plataforma cachina llamada Only Fans. Xiomy, la chévere, me dijo que también podía colocarme allí: se había convertido en mi hermanita menor y confidente. Desde que le perdí la pista a Agustín estaba obligada a desaparecer de su mapa.
La Xiomy me tomó las fotos y puso algunos filtros en donde borró algunas marcas de cinturones y botellas que Agustín me lanzó cuando era mi amo y me alargó las piernas para que mi 1.50 de estatura se vea más prosudo.
Dos días después del pegue en Only Fans con un perfil que mostraba solo mis nalgas blancas y mis tetas que luchaban por no caerse, ya tenía 25 suscriptores. Algunos, bien caprichosos; otros, medio pendejos. Querían pagar bien y no les interesaba nada más. Sin embargo, presentía que la sombra de Agustín cada vez estaba más cerca y debía quitármelo de encima. Mis hijos nunca habían tenido papá y yo un marido que al menos me mantuviera.
El punto más exquisito ofrecía $100 por 20 minutos. Le pedí a Xiomy que averiguara quién era el aniñado que pagaría por un cuerpo que no ha probado. Era Agustín, disfrazado de hombre ricachón: traje que escondía su panza prominente, corbata comprada en almacenes Fierro y zapatos bien lustrados en el parque Seminario. Su sonrisa seguía siendo la de un mamarracho. ¿A quién estaría matando por dentro?
Lo llevé al «We House», muy cerca de la Iglesia San Francisco, para que perdonara mis pecados.
Me gustaba jugar con los clientes y vestir con máscaras para quitarles las ganas de besuquear o hacerme promesas de ternura. Conmigo solo era ver, acariciar y que su pito venga hacia mí y me embista en unos dos o tres minutos en la posición que más sabrosa se le haga.
Fuimos a la habitación. Agustín intentaba apretarme las nalgas en el ascensor. Sin pagar y sin tocar, le dije intentando cambiar mi tono de voz. Abrió la puerta y se sacó rapidísimo los zapatos de cuerina negros y se desabrochó el Levi’s de trabajo. Intentó quitarme la minifalda jean que me había prestado la Xiomy, una blusa negra con el escote más profundo y unos zapatos de tacón de 15 centímetros.
Como acordamos, dejó los $100 en el velador que estaba del lado de mi cama. Y le bailé al son de «Devórame otra vez», de Lalo Rodríguez, mientras se derretía por tocarme.

Nos acostamos para chuparle la pinga de arriba a abajo. Mientras él cerraba los ojos de placer yo desenfundaba la navaja de cacha plástica que cargaba en medio del sostén. Cuando fingí treparme sobre Agustín le clavé el puñal en su verga dura, no una ni dos veces, mientras él gritaba de dolor y su sangre ensuciaba las sábanas de flores azules. Yo le susurraba a Dios que me rebajara la pena en el cielo, porque en la Tierra nadie me castigaría ni me usaría nunca más.

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*Viviana Garcés-Vargas es escritora y periodista. Radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente de que la educación es un arma contra las fobias, el  discrimen y la ignorancia. Lectora compulsiva, busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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