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Los límites de un amor

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Mi papá me aborrecía y mi mamá se aferraba a mí como la única persona que la ha respetado desde que planeó tener una familia y apenas logró un hijo reprimido y un marido maltratador.

Cinturones, amenazas, golpes, botellas de vidrio… Todo volaba en esa casa desde que nací. Mi mamá, excusándose de los moretones en el rostro, en la espalda y en las piernas y yo, frágil y temeroso en un hogar donde sobraba alcohol y escaseaban los abrazos.

A los 19 años decidí colgar una bandera multicolor al pie de mi casa y esa fue la excusa para que mi papá me lanzara a la calle, otorgándome 10 minutos para recoger mi álgebra de Baldor, el Don Quijote de la Mancha, los pocos libros de economía que había adquirido de segunda mano en el Mercado Central, la mochila azul que conservaba desde el colegio, la notebook que gané en las olimpiadas nacionales de matemáticas y la cosmetiquera que ya no deseaba esconder, llena de labiales, sombras y delineadores, regalo de mi mamá y que solía proporcionármelos cuando papá dormía profundamente luego de sus borracheras monumentales.

¡Ay, mi papá! Jamás imaginó que el apellido Pino se estancaría conmigo y que la imagen viril que siempre pensó tendría su único hijo estaría llena de estrógenos. Un hijo que buscaba comprar skinny jeans de colores y no rectos y de colores sobrios. Un hijo al que no le gustaba tener brazos musculosos, pero sí unas nalgas redondas que resaltaran en el uniforme escolar. Un hijo a quien criticaba por no llevar el cabello corto tipo militar y prefería usar un copete para resaltar la nariz perfilada.

Un hijo que se llenaba de valentía para defender a su mamá de los porrazos que ha recibido por callar su irresponsabilidad como padre y su falta de amor como esposo.

El día en que me esfumé de la fortaleza en Samborondón, donde mi papá nos arrastró para evadir los chismes del sur, fue de horror. Ese baluarte en la que llevábamos viviendo seis meses y a la que solo se podía acceder con tarjeta de membresía fue el escenario de los bramidos más coléricos en donde temblaron los candelabros de cristal y los perros de las villas vecinas aullaban del dolor.

Salí por la puerta de atrás como la terrible deshonra que significaba llamarse Valentín Pino, a pesar de haber sido el mejor egresado de mi generación.

Me fui recogiendo las ropas dispersas sobre el césped sintético adonde mi papá había lanzado por la ventana de mi cuarto, adornado con pósters de Lady Gaga y Taylor Swift, lanzándole un beso volado confundido con lágrimas a mi mamá y jurando que alguna vez regresaría por ella. Desde ese día me propuse que haría lo imposible por sacarla de esa prisión.

Luego de esa atribulada noche me emancipé de la terquedad de mi papá, pero las suspicacias contra mí en el mundo académico, profesional y amoroso se convertirían en mi infierno personal.

A pesar de la excelencia académica que había logrado en los cuatro años de carrera, dos profesores casi truncan la quimera de convertirme en economista. El primero, en cálculo diferencial. No toleraba la agilidad con la cual podía resolver problemas matemáticos y pocas veces me dejó ingresar a clases. El supletorio fue inminente.
En Álgebra fui ayudante de cátedra, sin embargo, la aversión que tenía el profesor por mis cuadernos con decoraciones y colores estridentes, algo poco común en la profesión, no me dejaba crecer como alguien a punto de ser profesional.

Mi mamá fue la única persona que me acompañó el día de la incorporación, implorando que regresara a la mazmorra de oro que tenía como hogar. Me negué. Desde la batalla descomunal que tuve con mi papá vivía en un anexo que, gentilmente, la única amiga que aún tenía desde la escuela, Andrea, me había cedido hasta que me estabilizara económicamente.

Andrea fue mi consuelo desde el primer grado. Fue la única niña, la recuerdo perfectamente, con su falda azul de tablones, camiseta tipo polo blanca y dos cachitos en su cabellera castaña, que me saludó cuando los demás estudiantes se reían por la forma usaba mi uniforme. Andrea me incluía en las rondas, jugábamos con sus muñecas y hacíamos las tareas grupales.

Andrea fue la primera chica que me prestó su maquillaje y me enseñó a rizar las pestañas con rimel transparente. Fue mi escudo ante la hostilidad de mis bullies, que todo lo han visto en blanco y negro, ese instinto que siempre pensé era materno y del cual he soslayado sus besos y muestras de afecto. Ha llenado mi billetera con sus cartas a mano y los pétalos de las margaritas que su mamá sembraba en el jardín familiar. Ha tomado mi mano en mis constantes visitas al hospital por mis cortes en las muñecas, llenando de pulseras mis heridas de supervivencia. Nos hemos protegido en las borracheras de los chicos que rompían nuestro ego herido.

Andrea nunca exigió nada a cambio. Ese día, en la que me adoptó como un cachorro herido, ella había llenado la habitación de globos e ilusiones. La llamé entre gimoteos y desesperanza, ella solo extendió sus brazos, a pesar de la negativa de su mamá ante el amor que su hija y yo podríamos cultivar.

Llegué a medianoche, cansado de combatir mi naturaleza, buscando una explicación a la ausencia de solidaridad del ser humano, y no encontré respuestas. Toqué el timbre de la casa de Andrea y ella me recibió con ese bello resplandor en su rostro que había mantenido intacto desde que la conocí.

Me ayudó con el equipaje y con las pocas ganas de subsistir ante la intolerancia humana. Había encendido un par de velas e inciensos y preparado la cena, porque conocía de antemano que en casa me negaba a comer ante cada discusión que tenía con mi papá, esos anexos llenos de detalles que sentía jamás merecer. Andrea tomó mi mochila y la guardó en el clóset. La cama de ébano estaba con sábanas nuevas y la habitación olía a lavanda. Era su manera de demostrar ese amor al que lo apostaba todo, al que pensaba que algún día se concretaría.

Cenamos muertos de risa recordando todas las burlas y las cosas que ocurrieron en el colegio. Ver su sonrisa que brillaba entre las pocas luces de la habitación hacía que me preguntara por qué ningún hombre se había fijado en ella, por qué yo no podía avanzar más hacia ella. Era hermosa y, aunque teníamos la misma edad, seguía conservando gestos de niña que la volvían tierna y a la vez sensual. Dieciocho años juntos y la seguía viendo como una hermana.

Una noche, mientras Andrea cantaba «Drivers license», de Olivia Rodrigo, volví a esquivar sus labios rojos de mi boca y sus bellas manos intentando sacarme la camisa, mientras ella solo quería ser admirada como mujer y no de la única manera en que yo podía amarla.

Andrea salió de la habitación, angustiada y triste porque no entendía mi falta de respuesta. Yo tampoco lo entendía. Era la primera vez que ella reclamaba su lugar y yo le fallé. Era una plaga en su vida, en la de mis papás, en la gente que le molestaba mi manera de ser, mis gustos y mis preferencias.

No supe qué hacer, si salir en busca de Andrea, aunque fuera para abrazarla y consolarla y explicarle mis sentimientos, o acabar para siempre con mi gusto por los chicos y mi insensibilidad sexual frente a una mujer.

Pasaron muchos minutos y no tomaba ninguna decisión. Por fin, me acerqué a la cocina, tomé el cuchillo deshuesadero y despacio, muy despacio, mientras lloraba por mi irreversible condición, lo acerqué a mi cuerpo, empecé a introducirlo en el tórax y los recuerdos de mi papá y los deseos ocultos y la tristeza por la soledad a la que estaba destinado iban agudizando mi dolor.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental. Es integrante de la mesa central de loscronistas.net

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