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Después de 32 años de una larga y misteriosa amnesia familiar, Patricia recuerda lo que vivió su familia tras la muerte de su hermano en extrañas circunstancias.

Por Freddy Solórzano*

Preludio

Patricia, Patty para casi todos, tiene 40 años, esposo, tres hijos y un nieto. Decidió volver al colegio a estudiar. Puso en práctica aquello de que nunca es tarde para aprender.

Patty se había olvidado por completo de la muerte de su hermano, hasta que la profesora envió la tarea de escribir algo impactante que haya ocurrido en la vida de los alumnos.

La estudiante pensó en esto y lo otro y no le convenció, pero empezó a limpiar las telarañas y recordar hechos que estaban en el sótano del cerebro.

La memoria llevó de la mano a Patty hasta la niña que fue a los nueve años de edad. Ahora ya sabía sobre qué iba a escribir: el crimen de su hermano.

Esa tragedia familiar la bloqueó en su mente unos meses después de los hechos ocurridos la noche del 6 de enero y la madrugada del 7 de enero de 1989.

En casa tampoco se habló más de lo que pasó. Hubo una amnesia familiar que duró 32 años, hasta que en enero del 2021 volvió a ser tema de conversación de los Chávez.

Para escribir la crónica, Patty habló por primera vez del crimen con su madre y sus hermanos. Les explicó por qué quería conocer más detalles y la apoyaron, aunque en este rompecabezas hay piezas que no encajaron antes y menos ahora, 32 años después.

Esta es la crónica de la muerte de un hermano, de una bebé y una sentencia.

Esa noche

Yo tenía nueve años cuando conocí a Luis Alberto. Mi hermano, de 23 años, vino de vacaciones con su mujer y su bebé de un mes de nacida. Ellos vivían en Guayaquil y yo en Manta, en el barrio Cuba, en una casa vieja de caña, que si estaba de pie era por un milagro divino.

En casa éramos once: mis padres y nueve hermanos. Y la pobreza de yapa.

Luis Alberto fue uno de los tres hermanastros que tenía. Eran hermanos solo de madre y los primeros hijos que tuvo ella.

Mi madre, cuando él era un bebé, lo dejó al cuidado de mi tío y la esposa. Ella había conseguido trabajo en Guayaquil y no podía llevar al niño. La pareja aceptó cuidarlo.

Cuando mi madre regresó, después de varios meses, fue a buscarlo, pero mi tío dijo que se lo dejara, que él y su mujer se encargarían que no le faltara nada y ella aceptó.

Y ahí estaba ahora este muchacho hecho un hombre, frente a nosotros. Medía 1.70 mts., era delgado, ojos verdes y cabello negro. Le pusimos de apodo “Ñaño mico”.

Era cariñoso con nosotros, sus hermanos más pequeños. En los pocos días que lo conocimos, nos visitaba por las mañanas y dormía en casa de sus padres adoptivos, mis tíos.

El 6 de enero, a las 11 de la noche, tocó la puerta de nuestra casa. A esa hora estábamos durmiendo. Mi padre abrió y Luis Alberto asustado le dijo que lo estaban persiguiendo unos ladrones que le quisieron robar cerca del cementerio, pero pudo escapar.

No alcanzó a decir más, porque cuatro hombres, como mensajeros de la muerte, entraron sin permiso, ya que mi padre había dejado la puerta abierta mientras hablaba con mi hermano.

Los tipos se abalanzaron contra mi hermano y empezaron a golpearlo y utilizaron un par de machetes que mi papá tenía en la sala para darle planazos.

Mis hermanos y yo vimos todo eso y más.

Luis Alberto se cubría con los brazos y luego con una poma vacía de agua. Mi papá quiso defenderlo, pero uno de los hombres lo amenazó con el machete.

No recuerdo cómo, pero mi hermano hirió a uno de los atacantes y aprovechó para correr al patio trasero, saltó una cerca y entró al baño de un vecino a esconderse.

Los atacantes lo buscaron y allí lo encontraron, acurrucado en una esquina y con el corazón latiendo a mil. No tuvieron piedad y le dieron 20 machetazos en todo el cuerpo. Huyeron mientras él se desangraba.

Mi hermano, casi sin voz, le suplicó a mi mamá que no lo dejara morir. En ese entonces la Policía tenía carros a los que se llamaban escuadrones volantes y en uno de esos lo llevaron al hospital. Cuando lo iban a operar murió. Eso fue a las cinco de la madrugada. Sus hermosos ojos verdes y pícaros se apagaron.

Mi madre puso la denuncia porque conocía a los asesinos, ya que vivían en el mismo barrio.  De los cuatro, solo tres fueron capturados. Uno de ellos tenía 15 años y estuvo en la correccional hasta cumplir 18. Otro pagó la pena máxima de 12 años y el tercero solo cuatro. Todos murieron después en situaciones similares. Se cumplió eso de que “el que a hierro mata a hierro muere”.

La bebé

Mi cuñada, la esposa de Luis Alberto, estuvo nueve días más en Manta y luego se fue a Guayaquil a buscar dinero para pagar los gastos funerarios. La familia había prestado para el ataúd y la bóveda en el cementerio. Ella dejó a la bebé al cuidado de mi mamá.

Regresó después de tres meses en busca de su hija, pero ya no estaba. Mi mamá le explicó que la niña sufrió una fuerte diarrea que la deshidrató. La llevó al hospital, pero no se pudo hacer nada. Lloró y gritó de dolor mi cuñada, me acuerdo clarito de eso.

Se marchó y no supimos nada más de ella nunca, como si la tierra se la hubiese tragado.

En los últimos días mi familia y yo nos hemos preguntado por qué esos asesinos buscaban a Luis Alberto. No creo la versión de que le querían robar. Algo más pasó en la calle esa noche entre ellos y él, antes que lo mataran. Nunca lo sabremos. Solo queda echarle tierra a esta historia, ahora sí para siempre.

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*Freddy Solórzano (Manta) es periodista y narrador. Desde el 2017 es editor del Diario La Marea, especializado en crónica. Durante un año dirigió, con mucho éxito, el Diario El Ambateño. Ha participado en encuentros de periodismo en El Salvador, Panamá, Perú y Argentina. Es colaborador permanente de loscronistas.net

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