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El rey de la farándula

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Por Viviana Garcés-Vargas

Hace 35 años dejé el tugurio de José Mascote y Gómez Rendón, esa covacha que nunca perteneció a mis viejos y de los cuales sus cinco hijos decidimos huir en cuanto fuese posible.

Ese amplio patio donde jugábamos pelota o se armaban las fiestas con orquesta en vivo.

El claustro de ventanas sin rejas, el zaguán tenebroso en el cual di mis primeras pitadas de marihuana. Deserté porque ambicionaba en grande y sentía que nunca había pertenecido a ese lugar de 94 departamentos, de hacinamiento doloroso, bloques de calor estrangulando a las siete personas que vivían en un espacio minúsculo y compartían la tristeza, el hambre y la desesperanza.
Desde el 86 recorrí calles, toqué puertas, tumbé piedras. Era flaco, desgarbado, nariz ñarusa, sonrisa de sabido, harta baba con las mujeres y una barba mal crecida porque no tenía plata para una Gillette.

Subí varias veces el Cerro del Carmen a pie, con la única camisa azul decente que tenía, el pantalón negro desteñido por el abuso del jabón «Lagarto» y unos zapatos deportivos que buscaban esconder sus costuras.

El sol de 36 grados no me perdonaba que sea insistente. Aun así, recorría con mi carpeta manila una hoja de vida en donde constaba mi nombre completo: Víctor Caiche Salcedo y fecha de nacimiento: 16 de junio de 1969, pues el título de bachiller era menos esencial que el ingenio y unas ganas de aprender que no se encontraban en un pelado de 16 años.
Entré a trabajar en el canal de televisión barriendo los sets de grabación de manera minuciosa para que todos observaran la voluntad que tenía.

Esas luces incandescentes, que al principio pensé me dejarían ciego, fueron mi refugio por lo menos un año. Curioseaba en los ratos de descanso cómo manejar una cámara, que era más alta y pesada que yo.

La gente me tenía voluntad y se percataban de mi ahínco por el aprendizaje continuo, a pesar de ser un analfabeto de la producción televisiva.

Luego de un año de haber trabajado como conserje y de aprender en forma empírica sobre iluminación y sonido, fui extra en diferentes producciones del canal. Allí conocí a varias aspirantes a actriz, sin gota de talento, humildad de barrio y los cuerpazos alimentados con avena Quáker. La gran mayoría de ellas tenía ego frágil, buscaba una oportunidad, al igual que yo. Ellas ofrecían esa ingenuidad provocativa y más de uno en el medio supo abusar de esa candidez. Es así como no solamente aprendí de tecnología sino a maniobrar la voluntad y necesidades de las candidatas a mi antojo.
A los 18 me exigieron terminar el colegio para seguir en el medio. El canal se transformó en mi familia y no tenía problema de trabajar más de 12 horas en los primeros programas de farándula que se crearon allí.
Fui camarógrafo, sonidista (cargaba el boom, controlaba el sonido, eliminaba ruidos de fondo) y asistente de casting por casi 10 años. Allí, las mañas fueron muchas y el sueldo, que despuntaba, me hacía olvidar el vertedero del cual era originario. Conseguí un pequeño espacio en las calles Olmedo y General Franco. Tenía una cocina de dos hornillas, una mini refrigeradora Ecasa (que servía como bar), un televisor Sony de 14 pulgadas a colores (el cual habría sido un lujo para mis viejos hace 10 años atrás) y una cama de dos plazas, de puro guayacán, que resistía el zangoloteo amoroso semanal de mis conquistas a cambio de palanquearles tres o cuatro minutos en la emisión prime time de tv nacional.
Mi cachina fue mejorando. La modestia fue aprovechada por los productores por mi hablar de chico pobre y céntrico, que servía para ayudar a los libretistas en diferentes scketchs de los programas de entretenimientos.
Tenía acceso a camerinos y empecé a escoger el vestuario como auxiliar de producción. Podía irrumpir cuando las modelos, actrices y presentadoras estuviesen cambiándose sin que ellas pusieran algún tipo de objeción. Susurraban en los pasillos que era un suertudo y un entrometido, pero era mi forma de imponer autoridad.

Podía tocar sin que me impusieran objeciones: senos frondosos, caderas apretadas y elección de prendas que, mientras más pequeñas y brillosas fueran, elevaban el rating. Mis directivos estaban satisfechos, ese acceso VIP me otorgaba mayores beneficios de los que yo podría soñar en la vida.
Sufría de acné quístico (pústulas y manchas alrededor del rostro), sin embargo pensé que era una etapa superada de la adolescencia cuando era motivo de joda por parte de la gente del barrio, pero jamás fue un impedimento para vacilarme cualquier hembrita que tuviese cerca.

Luego de diez años de camellar en el canal, debido a mi ingenio y a las ideas creativas al añadir cuerpos semidesnudos en horario familiar bailando «La lambada» y éxitos recientes, mis jefes me recompensaron con una oficina propia y persianas internas para concederme intimidad.

Debajo del escritorio de nogal podía acariciar piernas femeninas mientras observaba las sonrisas embarazosas de las candidatas a ser «Miss Bikini». Besos iban, agasajos venían, toda aspirante debía tocar mi puerta y yo palpar sus atributos para que accedieran a una realización. Conocí decenas de bragas, sostenes que tenían desde marcas chinas hasta Victoria Secret y cirujanos plásticos para tunear a las que eran perspicaces, pero sin gota de gracia.
Daniela tenía 17 años cuando ingresó al casting de ‘’La señorita Boom Boom’’. Desde que tocó mi puerta llegó enérgica y voluptuosa. Una minifalda con aberturas a los lados, muslos apetitosos y tacones con una punta tan fina que podría hacer mucho daño a cualquier morboso que la pretendiera y una blusa dónde mostraba sus senos jugosos y tiernos.

Su rostro aparentaba tener menos edad de la que realmente ostentaba: era una mezcla de ingenuidad y fuego. Fue mi preferida durante tres meses. Probé sus exquisiteces en las mañanas: sus piernas en mis hombros, recostada en mi escritorio, vibraba y le exigía que gimiera casi en silencio, metiendo mi verga dura en su vagina jugosa. En las tardes, yo era su más grande tarea, el sexo oral que me proporcionaba era su primer deber y en las noches, ya sea en el camerino o detrás de cámaras, donde a media luz le murmuraba que haría que le subieran el sueldo si accedía a complacerme con las posiciones del Kamasutra.
Daniela siempre accedió a todos mis caprichos sexuales, no obstante, empezó a demandar cariño y en ese momento la despaché.
Kathy era más avispada. Estaba en segundo año de Comunicación en la universidad y aseguraba a sus compañeros que era la consentida del canal, ya que siempre se le hacía tomas en primer plano de sus nalgas candentes, aunque no tuviera que hablar frente a la cámara. Me encantaba que le enfocaran las piernas morenas que me derretían al verle con sus skinny jeans, sus nalgas que se movían a la par de sus pasos de reggaeton y su rostro mulato de rasgos finos que provocaba besarla desde el mentón hasta la frente. Su picardía me obsesionó desde el principio, dominaba las negociaciones de estipendio y reinvindicaba que merecía un sueldo más alto por su naturaleza física y su protagonismo en el set.
Kathy demandaba tener al menos un par de líneas en el programa para demostrar su talento. Yo tocaba y acariciaba su cintura, que parecía la de una guitarra, cuando ella me lo pidiera o cuando yo tuviera deseos. Kathy ansiaba lucirse. La oficina no le parecía apta para nuestros agasajos sexuales y mi pene la extrañaba.
Pedí que la despidieran cuando amenazó con contarle a la competencia de mi preferencia por las jovencitas. Juró denunciarme, aunque nadie creería en sus blasfemias. Más bien creía que todas se enamoraron de mí y que no les convendría confesarlo.
Karen, en cambio, fue muy sagaz. Rostro angelical: labios sabios, frente pequeña y sonrisa de niña, senos reducidos que siempre insistí en que los operara. Su cuerpo no era el más atractivo, pero qué ingeniosa era. Colaboraba en los libretos, conocía de manejo escénico por haber practicado ballet desde pequeña y codiciaba ser presentadora oficial de un programa para amas de casa. La gerente cedió al observar su carisma en vivo frente al público y le dio un cargo de confianza, con un buen salario.

Derrochaba personalidad y elegancia. Su sonrisa deslumbraba y sus carcajadas interrumpían jocosamente las grabaciones. Tocaba mis hombros con suavidad y coquetería mientras me guiñaba un ojo antes de salir del set. Era la primera vez que me atraía solo la personalidad de una mujer sin verme obligado a pedirle que cambiara su físico. Me invitó una noche a la discoteca Rayuela a tomarnos una michelada y a contarme sobre su pretensión de ser periodista en CNN, mientras introducía su mano en mi pantalón rozando el pene inquieto.
Una noche me encontraba en los últimos detalles para el nuevo programa de investigación. A las 10 pm las únicas personas dentro del canal eran los guardias, dos técnicos de continuidad  y yo.

Concentrado frente a la computadora, proponiendo los temas más escabrosos, alguien llamó a la puerta y pregunté quién era. Entró Karen con una falda en A, roja, que estiliza aún más su cintura. Venía con una crop top blanca para disminuir su edad, zapatos de taco alto que se negaba a usar normalmente, una botella de José Cuervo y dos vasos tequileros. Se acercó y me preguntó si necesitaba ayuda. Mientras la miraba cómo se me acercaba y me embriagaba con su perfume, le explicaba lo que deseaba recrear.

Karen sugirió una sex-tape y colocó una cámara frente a nosotros, soltándose el largo cabello ensortijado. Se acercó más, me pidió levantarme del escritorio y arrimarme a la pared.

Entre trago y trago, Karen se sacó la blusa corta y empezó a preguntarme por mis conquistas televisivas.

Al principio no quise decirle nada, porque era mi secreto, pero no sé por qué, quizás porque confié en que era una compañera de trabajo y no una más de las chicas ingenuas que se desleían en mis brazos, le hice un breve resumen de quienes habían tocado mi puerta y se habían acostado conmigo.

Ella sonreía y susurrándome al oído con su aliento caliente y delicioso me pedía que le contara más mientras se sacaba el brasier de encajes, mostraba sus pequeños pero firmes senos y procurando sacarme el pantalón jugando con mi pene, que al sentir la voracidad de sus labios se irguió de placer.

De pronto, sonó un portazo y se escucharon sirenas. Logré escapar por la ventana cuando me di cuenta que venían por mí. Karen no era quien yo pensaba y quería una represalia en nombre de sus amigas que en algún momento cayeron en mis manos a cambio de un papel en los programas del canal. Después supe que ella tenía contactos con los altos mandos de la Policía Judicial y de la Fiscalía. Mi destino era esconderme o ir a la cárcel.

No pude aguantar demasiado tiempo en la clandestinidad. Una mañana, escondido en un hotel de pacotilla y estropeado por la falta de sueño y acosado por las sombras que lo perseguían, decidí entregarme a la Policía mientras recordaba, con nostalgia, a todas las chicas que pasaron por mis manos mientras yo tenía poder en el canal.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental. Es integrante de la mesa central de loscronistas.net

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