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Por María José Larrea Dávila*

Ha llegado el ensayo de “El mundo mágico de Disney”, que será en la noche.  Las bailarinas ─aproximadamente cincuenta─ se ubican en las primeras filas del teatro de La Casa de la Cultura, Núcleo del Azuay.  Las maderas brillan y sus bancas incómodas y chirriantes todavía funcionan.  Todas llevan el uniforme de la “Academia Verónica Padrón”: una lycra gris, un body turquesa y la minifalda en puntas jaspeadas lilas-moradas-rosas.  Verónica las saluda y les da algunas indicaciones del uso del teatro y de bioseguridad.

Sé que en la noche toda esta misma preparación será distinta, un aura diferente a la de la mañana. El primer ensayo sin música es un conteo, por lo general de ocho tiempos y algunas veces de números en pares: “¡Uno y dos!, ¡tres y cuatro!”  Presto atención para comprender cómo se danza sin sonido, cómo las bailarinas ─sin importar la edad─ interiorizan los pasos y las coreografías sin necesidad de melodía, cómo la profesora sabe exactamente las cuentas de cada composición. Aprovecha el repaso con cada grupo para marcar con cinta adhesiva de colores los puestos en el escenario, especialmente el lugar de las más pequeñas.  Es el momento para equivocarse y rectificar:

─ ¡Luciana, la pierna tiene que salir por delante!

Luciana comprende y rectifica, y yo no logro entender cómo captó e hizo unos jeroglíficos en el aire, y corrigió esa pierna por delante. Sus cuerpos transmiten sensualidad sin sonido.  No es algo que se pueda mirar en un papel, en una cuerda, en una tecla, en un lienzo, ¡no! Es algo que tiene que ver con otros sentidos, métodos y materiales.

─ ¡Bailan hasta salir de escena, no pueden salir caminando!

Ingresa el grupo de las más pequeñas.  Son los enanitos mineros.  Blanca Nieves danza por todo el escenario como dando un saludo o una despedida. La cervatilla también lo hace guiándolas al ritmo de palabras y números que en la noche no habrá.

─ ¡Salto, cabecita, salto, cabecita, salto, cavo, siete y ocho!  ¡Levanto la pala, cavo, muevo la palita, cavo!  ¡Plié, plié!, ─son pasos de ballet que ellas obedecen.

Todas las niñas y niños bailan y sueñan.  Ningún cuerpo es igual a otro.  Todas tienen un ritmo de aprendizaje y habilidades distintas. Si hay alguna dificultad o discapacidad o una condición específica, no tiene importancia. Interesa la constancia, la disciplina, la pasión y el amor por la danza y el baile deportivo.

Seis hileras desde donde estoy miro a Antonia: comienza aburrirse.  Hace pocos años ella hubiera estado en el grupo de las más pequeñas, como cuando salió de chinita. En plena presentación, Verónica tuvo que esperar a que terminara de marcar el paso sincopado del chachachá.  Al público nos arrancó risas tiernas y dejó una aprehensión en mí.  Mientras ensayaban ayer el número de Blanca Nieves en la academia, una mamá dijo: “¡Qué emoción!”  Hoy siento esa misma emoción recordando a la chinita y viéndola, hoy, tan grande.

Verónica sigue marcando los espacios.  Los grupos que esperan se divierten en sus filas.  Oigo sus risas opacadas por las mascarillas y escucho sus juegos. Parecería que hay desorden, pero no es así.  Están ubicadas por grupos de baile.  En el momento en que les toca, sale toda la fila. Hay padres y madres, como yo, que hemos decidido acompañar el ensayo hasta el final.  Pretendía leer: “Escribir, escribir, no sé qué más”, de Fernando Moreno Ortiz.  Leo y escribo sobre algunos poemas.  Hago caso del título: escribo todo lo que miro, escucho y recuerdo.

─ ¡Esperen, esperen, les cuento!  ¡Yo voy a bailar ahí, pueden irse un poquito para atrás! ¡Voy ahí!  ¡En la línea, Cami!  ¡Ábrete más, Suca!  ¡… siete y…! ¡Uno, dos, tres… cinco, seis y siete, taaa y pum!  ¡Listo, pueden salir!

Colocan en el centro del escenario un sillón decorado con lentejuelas fucsias y tela morada.  Es el cuento de “La Sirenita”. Pienso, y estoy segura, que Zaidita Crespo ─mamá de Verónica─, como le dicen las niñas y las mamás, confeccionó la banca.  Es una mujer con una habilidad increíble y llena de creatividad.  Todo el tiempo está cosiendo los vestidos de los campeonatos.  Ha guardado el vestuario de Verónica y los rehace una y otra vez, y muchísimas veces los presta a las alumnas para las competencias. Cuando no está trabajando en el vestuario hace muñecas de trapo, teje y borda, es interminable la lista de todo lo que la he visto hacer sin contar con la administración de la academia.  La banca parece un pulpo.  Viene a mi mente Juan Pablo, mi hijo ─veinte y seis años atrás─ cuando salió de duende en una navidad.  Llegaba contento de la escuela, me contaba emocionado del Gigante Egoísta, parecía feliz, sorprendido, metido en el cuento; pero a la mañana siguiente no quería irse en la buseta y yo no comprendía el porqué.  El día de la presentación, después de su número, se sentó en mis faldas y en cuanto apareció el Gigante Egoísta sentí un líquido caliente que recorrió mis piernas, y lo supe todo. Había tenido terror y me lo anunció con una falsa alegría.

─ ¡Uno, dos, tres…! ¡Ah, ah, ah!  ¡Esperen ahí!  ¡Uno, dos, tres, cuatro…!

Continúan con “Moana”.  Cuatro adolescentes que bailan en Hawai.  Mueven los hombros y los brazos abanican a la cantante.

─ ¡Esos pies chuecos de adelante! ¡… cinco, seis, siete…!  ¡Perdón, guaguas, ahí va a estar sentada Moana!  ¡Salgan en diagonal!  ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho!  ¡Creo que son tres veces las que tengo que contar, ¿no?!  ¡Moana, cuando acabe la canción, te levantas y sales!

Dos hileras de chinas con palos que llevan borlas rojas en los extremos y danzan juegos marciales, y figuras bélicas de Oriente, dan la espalda al público y tienen la mirada en Mulán.

─ ¡Perdón, guaguas!  ¡Retiren la banca de la Sirenita!  ¡Miren las distancias entre unas y otras para que no se choquen los palitos!  ¡ … ocho!  ¡Es con el otro brazo, Noelia Zambrano!  ¡María Mercedes, estás muy lejos de Noelia!  ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho!  ¡Kari, salen de escena las chicas y bajas de la tarima al centro! ─ Vuelven sin los palos y forman una media luna detrás de la cantante.

Antonia viene a decirme que se muere de hambre.  Le recuerdo las indicaciones de la profesora: “No pueden comer dentro del teatro, no pueden sacarse las mascarillas”.

─ ¡Espérate un ratito!  Desayunaste bien. Todavía no has bailado.  Después de tu ensayo te busco algo─ le digo.  Sé que es aburrimiento, ansiedad y tal vez frío, a pesar de que afuera el sol está como nunca, adentro uno se congela.  Tampoco quiero perderme un momento de lo que miro. Comprende y vuelve a su sitio.

─ ¡Mami, Coco”!, ─le dice Verónica a Zaidita, quien busca a las niñas porque son más pequeñas que las del grupo anterior.

Parecen de cinco o seis o siete años, zapatean al estilo mexicano y juntas forman una estrella como los papeles de fiesta de México.  Entra la cantante con “La Llorona”, en vivo y sin acompañamiento; su voz es maravillosa.

A pesar de las indicaciones hay gente que come, reparte y se le caen las papas.  Zaidita corre a pedir que respeten las reglas.

¿Cómo prestarnos o alquilarnos los teatros si no cumplimos con las normas? Aparte de que en estos espacios no se come por muchísimas razones que siempre es bueno recordar para tomar conciencia, son lugares que nos pertenecen a todos los ciudadanos y hay que cuidarlos; la razón principal, hoy por hoy, es el coronavirus: es protegernos entre todos para lograr que poco a poco se abran los teatros y otros centros culturales como los museos.  Los teatros son el lugar de trabajo de los artistas, respetar su espacio les garantiza a ellos poder trabajar y ganarse la vida como lo hacemos los otros ciudadanos en las oficinas y otros lugares.

Ahora sale Antonia en el grupo de Rapunzel. La filmo para compartir con su papá, con sus hermanos y con mi familia, y llega el recuerdo.  Cuando estuve embarazada de ella, María Gabriela, mi segunda hija, había decidido aprender ballet.  El día de la presentación, pocos meses después de su inicio en la danza, mi sorpresa fue tan grande que, emocionada como la mamá de ayer al verla a su hija de enanito, no pude parar de llorar. Para mí ya era una artista.

─ ¡Listo!  ¡Las cantantes dónde están!  ¡Vengan, por favor!  ¡Mami, Martha Encalada, dónde está!

Van a comenzar todo el ensayo con micrófonos, música y canciones.  Son las 11:49 y Antonia vuelve a decirme que tiene hambre.  Se lleva el celular y se le pasa.

Sé que la noche será hermosa. Salimos del teatro a las 13:00 horas.  No sé cómo logró la profesora dos ensayos con niñas de todas las edades, con la misma altura de la voz de inicio a fin, con paciencia y tranquilidad infinita, con una autoridad que nace de la práctica constante y del enfoque de sus metas.  Y las niñas, todas obedientes, serenas y seguras de saber lo que hacen.  Compramos maquillaje en un almacén.  Tomamos un taxi y llegamos a la casa.  Antonia, por fin, va a comer.

⁂⁂⁂⁂⁂

Una princesa rosa a las 19:10 de este 3 de julio de 2021 nos da la bienvenida, nos anuncia que estamos por presenciar la magia del arte de Verónica Padrón, encantamiento que hemos presenciado durante siete años con títulos y temáticas distintas: “D´ película”, “El circo de la vida”, “Buscando la magia”, “Un viaje en el tiempo”, “Al ritmo del rock” y el que estamos por disfrutar: “El mágico mundo de Disney”.  En el telón se proyecta el video, hilo conductor de la noche: una estudiante/Samantha Ledesma de la Academia y su mamá/Silvia León entran en la casa después del entrenamiento. Samantha sube a su habitación y su mamá le entrega un libro. En cuanto lo abre, las páginas se llenan de luz y de pañuelos que las llevan al África. En medio de las palabras incomprensibles del Mono Chamán/Michael Chacón entran chitas, leopardos, tigres, gatos salvajes, pájaros exuberantes: Tamara Quezada, Luna Díaz, Pamela Pesántez, Luciana Ulloa, Sofía Córdova, Antonia Murillo, Samantha Sevilla, Estefanía Cárdenas, Camila Guerra, Sofía Beltrán. Se lanzan por el suelo, se levantan, se extienden, sacan sus garras, vuelan. Cada animal manchado, cabellera rizada de pelos, plumas y penachos, cuerpos esbeltos y estilizados en rumba, samba, chachachá y jive nos hacen partícipes de “El ciclo sin fin”.

Indira Urgilés, la voz de los cachorros que han crecido, nos narra: “Esta noche es para amar / todo listo está / y las estrellas resplandecerán / romance irradiarán…”.  Danza de movimientos melódicos, sensuales y también bruscos. Se jalan y se tumban, y parece que se ríen.  Se aman.  Diego Pizarro tiene el pelaje de león en su chaleco.  La espalda tersa descubierta, el brillo de las lentejuelas doradas en la delicada transparencia de su pecho y una falda de pelo de leona que fascina, es Verónica Padrón.   Vuelven los animales salvajes, se ha cumplido el ciclo y hay que disfrutar: “Hakuna matata / una forma de ser / hakuna matata / nada que temer…”.  El Mono Chamán cierra la danza presentándonos al nuevo cachorro desde la roca más alta.

Samantha vuelve al cuento y ahora su madre leerá “La Sirenita”.  Todo el teatro se queda a oscuras, el vapor denso que parece humo se despeja cuando estamos en el fondo del mar proyectado en el telón.  Peces, un cangrejo, un caballito y una estrella de mar: Yairelis Severino, Amelia Arias, Rafaela Montalván, Bethzabé Freire, Ana Cristina Serrano, Gabriela Ortiz, María Emilia Garcés, Paula Castanier, Sophie Cevallos en tutús iridiscentes iluminan el océano, bucean, nadan y flotan samba alrededor de la Sirenita/ Martha Urgilés nos estremece con su sueño de pretender ser humana: “Solo nadar no es original / yo quiero ver una bella danza / y caminar con los ¿cómo se llaman? / ah, pies…”.  Los peces no se pueden resistir y danzan su pedido.

Moana/Priscila Urgilés se sienta en: “Ese punto en que están cielo y mar, me llama / yo qué sé, cuán lejos es…”, una estela de agua en la tela verde. Decide con la fuerza del color y la abundancia de Hawái.  Camila Arias, Salomé Ponce, María Mercedes Ordóñez y Fernanda Rodas son una samba de guirnaldas de flores hospitalarias, cabellos ensortijados al viento, retazos largos que simulan faldas de hierba en sus caderas.

El libro tiene vida y Samantha siente miedo, llama a su mamá.  Se meten debajo del edredón y viajan a la China. Las guerreras: Ariana Coronel, Samantha Ledesma, Sofía Pesántez, Nohelia Ulloa, Noelia Zambrano, Fiorela Jiménez, María Mercedes Coello con sus moños templados y brillantes, con sus pantalones rosa-verde manzana, más bien, parecen flores de cerezo.  La delicadeza de su atuendo, el movimiento y su mirada en Mulán/Karina Urgilés es el mismo reflejo que ella mira en la tela espejo de las guerreras: “¿Quién es quién veo ahí? / su mirar fijo en mí / y que mi reflejo no / reconocí…”.  La rumba atenta, suave y ágil, y las mangas ranglán son alas que vuelan con la brisa.

Samantha y Silvia dejan China para adentrarse en México. Llegan a la fiesta donde catrinas pequeñas: Daniela Pulgarín, Camila Arpi, Amanda Chaca, Dayana Zaruma y Analía Farfán, adornadas de flores y lentejuelas, llenan de color, de zapateo, de samba y de aplausos el escenario. Ingresa de negro la Llorona/ Martha Encalada y nos entristece con: “Y aunque la vida me cueste, Llorona / no dejaré de quererte…”, fuerza y profundidad que siente al mirar un retrato.  Al finalizar la canción, como mostrando el otro lado de la moneda, el lado de la vida, el mariachi en traje blanco Josué Ulloa, mirando la misma imagen que le dejó la Llorona, pide: “Recuérdame / hoy me tengo que ir, mi amor / Recuérdame / no llores por favor…”.  Y así, entre la vida, la muerte y los recuerdos nos despedimos de México.

Ingresamos a la fantasía que dejó de serlo para convertirse en realidad desde la pandemia: Matías Quintuña, Amanda Muñoz, Valentina Bustamante, Sophie Vázquez son Woody y Jessie; el comisario y la vaquera.  Juguetes que bailan jive desde el lugar de la academia, proyectados como una película desde la pantalla.

Samantha deja los viajes y los juguetes, y pide a Silvia, su mamá, que le lea cuentos de princesas.  Elsa/Martha Urgilés con su capa y su canción siente: “Libre soy, libre soy / no puedo ocultarlo más / libre soy, libre soy / libertad sin vuelta atrás / ¿Qué más da? / No importa ya / Gran tormenta habrá / el frío es parte también de mí…”.  Elsa bota su capa, se libera de la tormenta, de la nieve y de todo lo que implica “abandonar” en el cuento de “Frozen”.

Entra en el bosque Blanca Nieves/Mónica Espinoza en puntas de ballet.  Disfruta del paisaje; se la ve feliz en su eterno vestido amarillo, azul y rojo.  Los enanitos que en la mañana practicaron dónde colocarse, el movimiento de sus cabecitas y cavaron la tierra con sus palas de colores, entran guiados por la cervatilla/Verónica Padrón.  Ágil en sus piernas que parecen frágiles y sobresalen de su tutú beige salpicado de escarcha, y de su torso marrón; brotan de su cabello pequeñas astas y de sus piernas los cascos rosas de sus zapatillas de ballet.  Natalia Álvarez, Victoria Aguilera, María Alejandra Sánchez, Doménica Ledesma, Ana Lucía Moscoso, Antonia Pesántez, Amelia Pulgarín, siendo tan pequeñitas reverberan el escenario con sus tutús vaporosos y brillantes, los sacos y los gorros coloridos, las golas y los guantes blancos, las palas de colores.  Los enanitos son los mismos diamantes que encuentran en la tierra.  Pero, qué triste, una manzana de trapo rojo envenena a Blanca Nieves y un Caballero/Jonathan González se empeña en despertarla o revivirla con la danza contemporánea en la que sincronizan los dos.

Salen luces de tutús y lentejuelas en medio de la noche.  Se propagan en el vacío de la samba y de la rumba: Antonia Polo, María Eduarda Sánchez, Martina Burneo, Daniela Aguilera, Daniela Guarache, Marcela Guarache, María Emilia Vallejo.  “Y la luz encuentro al fin / se aclaró aquella niebla / y la luz encuentro al fin / ahora el cielo es azul / es real brillando así / ya cambió la vida entera / esta vez todo es diferente / veo en ti la luz…”.  Por fin se ha despejado la niebla de Rapunzel/Indira Urgilés.

Rumba de pétalos rojos de una misma flor son: Tamara Quezada, Luna Díaz, Pamela Pesántez, Luciana Ulloa, Sofía Córdova, Antonia Murillo, Samantha Sevilla, Estefanía Cárdenas, Sofía Beltrán.  Una lámpara candelabro cambia constantemente el color del vestido de Bella/Verónica Padrón y despoja de su máscara a la Bestia/Michael Chacón.  Cuando la tetera/Priscila Urgilés y el candelabro/Josué Ulloa cantan: “Fábula ancestral / sueño hecho verdad / belleza y fealdad / juntos hallarán / más que una amistad…”.  La Bestia abandona su apariencia y de ella sale a la luz su yo.

Vestidas con corte princesa: Ariana Coronel, Samantha Ledesma, Sofía Pesántez, Nohelia Ulloa, Noelia Zambrano, Fiorela Jiménez, María Mercedes Coello bailan al compás de la rumba y chachachá.  Flotan en la fiesta del Príncipe/Michael Chacón en la que Cenicienta/Indira Urgilés ha perdido su zapato, única señal para volverla a ver: “Soñar es desear la dicha / en nuestro porvenir / lo que el corazón anhela / se sueña y se suele vivir…”.

“En las calles andar de un viejo bazar / donde todo podrás comprar…”.  Aladino/Diego Pizarro ha encontrado la lámpara y de ella sale el Genio/ Diego Calle: “Ni Sherezada ni Alí Babá / pudieron nunca imaginar / la suerte que mi amo mostrará / con la gran magia que lo hará triunfar…”.  Una mezcla vertiginosa de jive, samba y rumba.  Hasta que Jasmine/Verónica Padrón en transparente turquesa brilla y vuela junto a Aladino/Diego Pizarro en una rumba de alfombra mágica: “Un mundo ideal / será fantástico encontrar…”, y el ombligo de Jasmine se le escapa de aquí para allá en la danza de Arabia.

Samantha y Silvia viajaron a través del libro de los cuentos; nosotros por el inicio, el nudo y el desenlace de este espectáculo que nos hizo soñar en ritmo de ballet, baile deportivo y danza contemporánea, en colores y texturas, en trajes delicados y vaporosos, en voces con registros amplios, cálidos y estremecedores.

Salen todos los artistas y solo hasta el final me doy cuenta de que las cantantes son hermanas, acompañadas por su mamá que también cantó: la familia Urgilés Encalada, así como los cantantes de la familia Von Trapp en la “Novicia Rebelde”, así como la familia Padrón Crespo que hicieron posible este viaje.  Equipos de voces, de danzas, de creaciones, de logística, de arte.

Con los ensayos y la presentación ha terminado el año escolar de la academia: “Un final que se concibe desde marzo hasta completar las coreografías en abril, con la búsqueda y la adaptación de la música a los distintos ritmos.  Y hasta los últimos momentos se agregan ideas y ocurrencias como esta, de cantantes en vivo” ─señala Verónica.

En medio de esta crisis todos hemos tratado de sobrevivir, mantener nuestras economías y cuidar nuestros oficios.  ¿Cuántas personas dependen del movimiento o la paralización de nuestra cotidianidad?  Detrás de todo lo que vemos, del espectáculo presenciado, hay un movimiento insospechado que permite vivir.

⁂⁂⁂⁂⁂

Llegan las vacaciones y el grupo especial de danza no puede descansar. Próximamente participarán en competencias: las clases y los ensayos continúan.

El grupo seleccionado lo integran las bailarinas que actuaron de gatos salvajes, pétalos y hawaianas en el cierre de año.  Entrenan una hora y media, tres veces a la semana. Se calientan con música movida mirándose en el espejo-pared de la derecha de la sala extensa con piso flotante. Es imposible dejar de mirar el tumbado antiguo acanalado de madera que pareciera unirse al suelo en algún punto.  La academia se ubica en el Museo de los Metales, en la avenida Solano 11-83. Le protege una muralla de piedra con cenefa de bahareque y ladrillos a manera de tejas, la misma que se extiende hasta el edificio moderno de vivienda Rosenthal.  Adentro tiene varias zonas verdes y un parqueadero pequeño.  El primer apartado es el de la academia “Verónica Padrón”, que consta del recibidor, la sala de danza y el baño, pintados y decorados con los mismos colores del uniforme.  En el otro extremo está el restaurante “La Chichería”; entre los dos locales, la grada amplia que sube a las oficinas del museo y a las salas de exposiciones.  La segunda planta tiene un volado suspendido en el aire sostenido por columnas; un cuadrado rodeado de ventanales como un invernadero de otra época que al mismo tiempo sirve de protección de sol y de lluvia para quienes ingresan al museo. En el centro de la cubierta de tejas de la casa hay un palomar que es otra instalación de ventanales más pequeños. Una casa patrimonial mantenida en el tiempo, rodeada de modernidad.

La mayoría de las practicantes usa el uniforme, otras llevan pantaloncillos cortos y las demás, lycras; todas utilizan mascarillas.  Entramos, incluida yo, desinfectándonos los zapatos, aunque los de baile se los colocan dentro de la clase. Si les llegara el agua, si pisaran sobre el cemento, piedrecillas o tierra, estas zapatillas se dañarían enseguida.  Tienen un taquito que se desprende de las plantillas recubiertas de una especie de felpa finita que se amoldan al movimiento del pie.  Son muy difíciles de conseguir y, por lo general, se las trae del exterior.

La pared del fondo sostiene un letrero luminoso que dice “Verónica Padrón Rock” y fue utilizado en la presentación de hace dos años en homenaje a ese ritmo.  Las bailarinas apoyadas en la otra pared descansan un momento después de cada ensayo.  Esa pared tiene dos ventanas con sus contraventanas en los extremos de la sala y, en medio de ellas, la puerta de madera vieja de dos cuerpos se abre al jardincito sin importar el frío y la garúa; así se ventila el espacio y se evita cualquier posible contagio.

El piso de trece por cinco metros está señalado con círculos adherentes que indican pies y frases: “Baila aquí, este es tu espacio”; así se conservan las distancias.  Llega tarde una de las bailarinas y se calienta en uno de esos círculos.  En general, durante estos minutos, todas calientan con rumba y jive.  Bailan con sus estilos y coreografías propias, mueven por turnos las piernas, las levantan en el aire y las mueven sin llegar al suelo, retroceden con pasos del rock and roll de los años cincuenta; tocan la madera con las puntas de sus zapatillas: adelante, al lado, atrás.  ¡Respiran!  ¡Se sientan! ¡Descansan! ¡Escuchan las indicaciones!

─Esta semana van a hacer samba y chachachá, la siguiente, rumba y jive.  Hora y media de entrenamiento para la competencia en tres semanas es muy poquito tiempo.

Verónica en su lycra, zapatos deportivos, chompa azul eléctrico y casaca negra, maneja el equipo de sonido entre los dos espejos y desde ese centro observa a cada una.  A la que necesite intensificar le pide que exagere, se acerca a quien requiere su acompañamiento hasta lograr el ritmo.

Inician con la música más lenta alcanzando la síncopa: ¡ta ta ta!, ¡ta ta ta!  Una corchea con punto, una semicorchea y una negra. Las espaldas rectitas se curvan, se encorvan, se doblan dóciles; los vientres firmes ondulan; el balanceo de las caderas juega con las pelvis de derecha a izquierda y los glúteos rotan, como independientes del cuerpo; los brazos se extienden hasta las puntas de los dedos finos, delgados y gráciles; las cabezas altivas se muestran orgullosas y seguras. Saben que encantan y se encantan.

─Ustedes están terminando antes de finalizar el ritmo.  Tienen que sostener el bounce; profundo hasta que se haga natural.  ¡Exageren!  ¡Aprieten el abdomen!  ¡Aprieten la pelvis hacia adelante!  El bounce parte de las rodillas y le sigue la pelvis.  Un balanceo para que sea profundo y se sostenga.  Hoy no me voy a fijar en los brazos.  Las personas que ven desde afuera, miran un show, pero en la competencia, los jueces están atentos a los detalles del ritmo. Si el bounce está bien marcado, la samba se va a ver más limpia. El resto de lo que ustedes hagan: la dinámica y la expresión, les dará un plus.  Pongan la misma fuerza de principio a fin.

Después de las explicaciones pasan en grupos, se repite la canción y las rodillas reaccionan flexionadas a las indicaciones de Verónica.  Entonces, comprendo que, aunque se vean muy lindas y fascinen, lo esencial es la precisión en los ritmos de cada tipo de baile.

─ ¡Sostenga!  ¡Sostenga!  ¡Ta ta ta!  ¡Ta ta ta!    Movimientos circulares del abdomen. ¡Ta ta ta!

Se motivan entre ellas con aplausos.  Pasan de grupo en grupo.  Bailan una samba y un chachachá sofisticado.  Si alguien vio la película “Baila conmigo”, con Chayanne y Vanessa Williams, o “¿Bailamos?”, con Jennifer López y Richard Gere, hoy estoy dentro de una de ellas o de otra que veré en el futuro. Las coreografías son creadas por ellas mismas como si saliera del océano un espectáculo de delfines.

Termina el ensayo.  Se estiran. Bajan hasta el piso, se tocan las puntas de los pies, suben respirando, hacen equilibrio doblando a tiempo una rodilla mientras la otra pierna las sostiene. Toman agua, se visten y salen. Verónica les pide mirar videos de sus parejas de baile favoritas. Una alumna le pregunta a otra si madruga y le responde que sí, pero Verónica interviene: “Les va a costar madrugar nuevamente cuando vuelvan al colegio”.

Salen y mientras lo hacen pasamos al recibidor.  Vero se sienta en el escritorio y yo en la salita, la banca tiene forma de “L” tapizada en turquesa y gris con adornos plateados ubicada de frente al portón abierto hacia el parqueadero.   Hago algunas preguntas y conversamos para saber todo de su arte. Ella descansa y apoya en sus manos su rostro con su boca cubierta.

»Estudié ballet, danza contemporánea y folclor en el Conservatorio José María Rodríguez desde los siete años.  Aparte de las prácticas también recibí teoría.  Mis principales maestras fueron Osmara de León y Angélica Galarza.

»Ingresé en la danza por el sueño de mi madre.  Ella vio que bailaba en las reuniones familiares y como vivíamos a cinco cuadras del conservatorio, me puso ahí.  Era difícil ingresar, porque evaluaban las aptitudes de las niñas y no todas cumplían con las condiciones fisiológicas.  De cierta manera esta evaluación es importante cuando se quiere ser una profesional en la danza. La corrección de la constitución física de las alumnas sería difícil para una profesora: pies planos, equilibrio, motricidad, caderas inflexibles (en ello intervienen otras ciencias), es muy difícil corregirlo desde la danza.

»Sin embargo, aunque influya, esta situación no es determinante; por otro lado, están los sueños.  Hubo un chico que llegó de 18 o 19 años al conservatorio, Gustavo Vernaza, un esmeraldeño.  No era tan flexible, pero le gustaba; se esforzaba tanto y no paró de formarse. Ahora es un mega bailarín (recordé a Gustavo cuando danzó con mi hija en la academia de Clara Donoso). Bailaba en el grupo de la UDA (Universidad Del Azuay) y en este momento lo hace en la Compañía de Danza de Quito. Por eso, en mi academia, las niñas que aprenden y practican constantemente, y además tienen el apoyo de los papás, y junto con el amor por lo que hacen, se puede corregir ciertas situaciones.

»En el 2009 me gradué de técnica y tres años después de tecnóloga. Tenía cuatro materias: ballet, danza contemporánea, folclor nacional y folclor internacional. Decidí hacer la tesis basándome en la danza árabe como parte del folclor internacional y, de alguna manera, me vinculé con lo que hago hoy.

»Cuando tenía doce años me contacté con Alexandra Martínez, una gimnasta. A su hijo, José Antonio Romero, le gustaba bailar, entonces Alexandra incursionó en el baile deportivo para apoyar a su hijo.  Ella recibió a unos rusos en el 2008 que vinieron de Quito con este deporte. Al inicio no me llamó la atención.

»Continuaba aprendiendo y ensayando por las tardes; los deberes del colegio y, después, los de la universidad los realizaba en la noche. Me sentía feliz, nunca me quejé, nunca renegué. Cuando terminé el colegio no entré enseguida en la universidad.  La voz de mi mami me decía: “Gradúate en el conservatorio, con la universidad no vas a tener tiempo”.  Me fui a Quito durante tres meses a “Humanizarte”.  Ahí tuve unas maestras, la una cubana que se llama Alina y otra, Cristina Baquerizo.  Mientras estaba en Quito, Alexandra me llamó para decirme de un taller intensivo de baile deportivo que duraría una semana, pero llegué dos días antes de que se terminara la semana.  Me hicieron competir.  Cogí los pasos enseguida, sin embargo, la técnica era difícil.  ¡Me fue mal!, ¡muy mal!; ese fue el momento en que me interesé por este baile, por este deporte.

»Tomé talleres en Cuenca.  Formé pareja de baile con José Antonio Romero, cuando tenía 18 años y él, 14.

»En febrero del 2009 me gradué en el conservatorio.  De febrero a abril me preparé para el Festival Olímpico en Quito.  ¡Ganamos!  Desde ahí hasta febrero de 2016 no paramos de practicar y de ganar.

»El baile deportivo en el Ecuador solo mantiene dos categorías C y E, y se lo practica únicamente en Quito y Cuenca. No ha podido pasar a las categorías A y B por la política nacional y la Federación Deportiva que no ha logrado hacer crecer este deporte, ni que se lo practique en otras provincias. La época de oro, en el que a nivel general estuvo muy bien en el Ecuador, fue entre los años 2010 al 2017; período en el que llegaron entrenadores de Europa, donde nació este deporte.

»Es diferente la práctica de la danza y la del deporte. La sensación de la competencia en el baile deportivo es distinta a la sensación de las presentaciones en la danza. En la competencia, al ser observado y juzgado en el mínimo movimiento desde la punta del pie hasta la cabeza, intervienen los nervios y la adrenalina.  En las presentaciones una actúa en grupo. Sin embargo, el ballet es la base de toda danza, permite el control del cuerpo, la flexibilidad y la coordinación.  Me ha ido muy bien en esta actividad desde el comienzo, porque soy la única bailarina deportista que tiene una preparación en ballet.  El trabajo con las piernas bien estiradas, los pies abiertos, el bloqueo de la rodilla; todo eso, me resulta muy fácil.

»Claro que no solamente es la técnica.  Paralelamente a ella fui desarrollando la disciplina en el conservatorio.  El tener algo extracurricular, ya sea el deporte o varias responsabilidades; el no poder faltar, el organizarme, el ser cumplida, el comprometerme me genera disciplina.

»A la técnica y a la disciplina se unió el apoyo de mis papás. Los sueños de bailarina de mi mamá se han proyectado en mí: “No puedes faltar. Si faltas, significa que no te gusta y yo te saco”─, me decía.  Y a todo eso se junta la amistad. Una de mis compañeras desde los ocho años ha sido Mónica Espinoza, la bailarina que salió de Blanca Nieves. Ella se fue a los 15 años a vivir en Argentina, allá continuó con la danza y estudió en la Universidad Nacional de Artes; es bailarina y coreógrafa docente, formada en Danza Composición, Yoga y Bionergética; actualmente trabaja en el proyecto Movimiento Abismal que conecta el arte, la educación y la salud.  Las dos seguimos con nuestro sueño.

»Soy parte del mundo de las niñas, soy parte del cumplimiento de sus sueños.  Mi novio me dice: La profesora Osmara de León fue una mega bailarina, fue también una mega profesora, fue un ejemplo; tú también eres un ejemplo para las niñas.  Les inculco valores y disciplina.  Como soy psicóloga, sé cómo implantar reglas; llego a ellos y al amor en lo que hacen.  Fui campeona.  Lo que mis entrenadores me corregían, yo les corrijo a ellas.  Siempre vienen con quejas.  Entonces les cuento que iba a la universidad, a las prácticas y a los entrenamientos; viajaba, y por el baile deportivo conozco Colombia, Chile, Argentina, España, Francia, Alemania, Eslovaquia, República Checa, Italia, Austria, Taiwán.  Una vez me ausenté tres meses de las clases de la universidad, no sé cómo sobreviví ese tiempo, no sé.  Ahora ya no pudiera, era muy exigente conjugar la vida personal con mi carrera y con los estudios.

»Lo fundamental es saber elegir, decidir y saber las prioridades.  He sido noviera y he tenido relaciones largas, y solo he tenido que cumplir con mis prioridades.  También he tenido conflictos con amistades, familiares, salidas, fiestas, cumpleaños, paseos; pero lo he tenido claro.

»Ahora quiero que la academia crezca en formación deportiva y artística, tener más salas y profesoras con las chicas que se están formando. Sé que hago cultura, porque el baile deportivo es un arte.  Con él hacemos que la gente vaya al teatro y contribuimos con las invitaciones a homenajes, y a otros eventos. Quiero que mis chicas consigan más.  En la escuela yo soñaba con bailar, ser una súper bailarina, viajar con el ballet.  Ahora, los sueños han cambiado.

‘Con todo lo escuchado, sonrío y me despido vigorizada con tanta cosecha de un proyecto de vida.  Detrás de la disciplina, de la constancia, de la inercia por aprender una habilidad están los frutos de la pasión, la magia del mundo de Verónica Padrón, una contribución al arte, al deporte, a la cultura, a Cuenca y al país».

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*María José Larrea Dávila, ecuatoriana, nacida en 1970.  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito.  Perteneció al club de lectura “En perspectiva lila” y es miembro del club “Santa Ana”, de Cuenca. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

Fotografía de Verónica Padrón tomada por Daniel Guarache

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