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Palabras y cenizas

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Por Rubén Darío Buitrón*

Sonó el timbre del teléfono y mi madre supo que era la llamada que esperaba hacía semanas.
Descolgó el auricular. Escuchó la voz adolorida de María Concepción, la mayor de mis cuatro hermanas.
Mi madre tenía el presentimiento. Desde aquel día en que una desconocida mujer, quizás la mujer que entonces vivía con mi padre, se comunicó tímidamente con María Concepción para decirle que mi padre pedía ver y conversar con todos los hijos.
Mi madre ya no pudo ser la que era hasta entonces, porque le resultó imposible eludir las sombras del recuerdo, le fue imposible detener la salvaje e implacable avalancha de pasados.
Fue como repasar lentamente las páginas de un denso álbum. Un álbum que hasta ese día mi madre creía que reposaba en los archivos secretos de su memoria, en aquellos archivos que creyó haber destinado al olvido aquella mañana que mi padre se fue de casa para siempre.
¿Cómo entender que la noticia que María Concepción le comunicó le despertara tantas emociones cruzadas, tantos vacíos, tantas ganas de llorar y de gritar, tanto recuerdos insospechados, tantas alegrías ignoradas durante 45 años?
No tenía nada que comprender. Porque no era necesario: simplemente había que sentir.
Sentir, por ejemplo, el olor de mi padre, el olor que nunca la abandonó.
Sentir, por ejemplo, los pasos de mi padre por la casa, por las escaleras, por el patio.
Sentir cuando mi padre llegaba a casa y silbaba para anunciar su arribo y convertir ese hecho tan sencillo en la fiesta familiar.
Sentir cuando mi padre sacaba las llaves de su bolsillo. abría la puerta principal y mi madre recibía el soplo del mundo, el soplo de la realidad de afuera, para ella casi inexplorada porque llevaba como una pesada cruz de madera la maldición católica de la abnegación, el sacrificio, el silencio, la resignación, el renunciamiento, la decisión de enclaustrarse para evitar los celos del esposo infiel, los chismes de los vecinos, las críticas de sus suegros, el llanto de los hijos, el castigo divino (o de los curas que dicen representar a Dios) por no cumplir sus deberes maritales y materiales.
Dicen que 45 años es mucho tiempo. Dicen que los años lo curan todo, que son una gruesa capa de polvo que se posa sobre el olvido.
Pero mi madre cerró el teléfono, suspiró, caminó lentamente por el dormitorio alrededor de la cama donde ella había logrado controlar tanto tiempo los acosos de la soledad, buscó una llave oculta en un antiguo y pequeño cofre de madera de balsa, abrió con cuidado el cajón inferior del mueble de la cómoda, extrajo una caja de zapatos y empezó a revisar, una por una, las cientos de cartas que escribió y las decenas de cassettes que grabó para mi padre desde que este nos abandonara y, sobre todo, la abandonara a ella.
Centenares de cartas y cassettes ahora inútiles. Inútiles porque mi madre nunca se atrevió a enviarlos, nunca se atrevió a desnudar sus sentidos y mostrarlos al hombre que fue el único en su vida, el que ella amó desde adolescente, con el que concibió seis hijos, el que a pesar de las traiciones y las deslealtades nunca se desdibujó de su memoria convencional, memoria curtida por la culpa, por el entorno que encarceló a mi madre en la casa para evitar el juicio y la sentencia de ese extraño monstruo informe llamado “la gente”.
Pero “la gente” nunca dejó de hablar de la pertinaz soledad de mi madre y de la fuga de mi padre. No dejó de mirar a mi madre con sorna, con prejuicio, con pena, con ironía, con lástima, con ojos de condena o de conmiseración.
Mi madre quedó estigmatizada como “la separada”, porque ni mi padre ni ella tuvieron por lo menos el valor de divorciarse y prefirieron flotar en ese limbo, quizás para evitar que quedara ante un juez o un notario la evidencia de los errores cometidos por los dos. O, quizás, porque en el fondo de cada uno se estremecía una esperanza de regreso.
Fue inútil también porque 44 años atrás no había la posibilidad, al menos en el entorno de mi madre, de pensar en rehacer la vida, en reconstruirla como ser humano y como mujer, en rearmar sus afectos y sus deseos, en encontrar otro hombre que viniera a llenar sus vacíos.
Fue inútil también porque mi madre nunca dejó de soñar, secretamente, en el regreso de mi padre. Soñar mientras dormía y soñar mientras estaba en pie.
Nunca terminó de convencerse de que él jamás volvería. Nunca descartó la posibilidad de que una noche sus hijos, nosotros, la sorprendiéramos con la noticia del retorno a casa del esposo y el padre, como si se tratara de un simple retorno de un viaje donde ningún sentimiento se quebró.
Miró las cartas, una por una. Cientos de ellas escritas en noches interminables bajo una tenue luz para que sus hijos no nos diéramos cuenta. Cientos de ellas escritas como un ejercicio de exorcismo para calmar la ansiedad, la tristeza, los insomnios. Cientos de ellas que nunca se atrevió a enviar. Cientos de papeles y casetes que en la soledad de la casa vieja y grande empezaron a arder en un espacio de la cocina y que, probablemente, se perdieron en la misma atmósfera que ese mismo momento recibía las cenizas, la nube gris del cuerpo del hombre que amó toda su vida.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito) es poeta, narrador y periodista. Ha escrito diez libros sobre distintos géneros y tiene en preparación dos más. Su más reciente libro es la antología poética «Oscuridad de las luciérnagas». Ha ganado premios nacionales e internacionales de periodismo, cuento y poesía. En la cadena digital SRRadio mantiene el programa “La otra mirada” y en la revista digital Plan V escribe una columna de opinión cada semana. Es el director-fundador del portal loscronistas.net 

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