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Los postres de Macarena

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Los 48 años de Macarena no compaginaban con tantos años de matrimonio indolente.

Así que, con dos hijos varones de 10 y 12 años decidió en plena emergencia nacional por la pandemia convertirse en

repostera para generar dinero y no gastos en casa (como solía acusarla Edwin).

Ama de casa a tiempo completo, la pandemia hizo que meditara todos los propósitos que no había cumplido por vivir

en sus objetivos de madre y esposa ejemplar.

YouTube, Instagram y Pinterest fueron sus primeros aliados en el emprendimiento. Revisó a conciencia: recetas,

decoración, modelos, formas y, sobre todo, los ingredientes que necesitaba. Analizaba exhaustivamente qué podría

cambiar o cómo podría improvisar para que sus postres fueran libres de gluten y tuvieran precios accesibles.

No obstante, las violentas olas de calor que solo Macarena sentía a cualquier hora del día, a pesar que el clima

guayaquileño anunciara apenas 20 grados, la cintura se le hinchaba pese a que se ejercitaba todos los días con

bailoterapia.

Edwin decía que le provocaba repugnancia que el cuerpo de Macarena perdiera su seducción y comentaba que no

daría resultado ninguna rutina para recomponer el cuerpo de Macarena. Le culpaba por haber echado a la basura la

sensualidad que lo atrajo en la juventud.

Los largos cabellos lacios y rubios de Macarena habían empezado a escasear luego del ciclo final de

sus ciclos menstruales. Tuvo que anular el uso de faldas cortas por la reprobación de Edwin: Las viejas deben

vestirse de forma recatada. Sin embargo, él halagaba a las esposas de sus amigos, de edades parecidas a las de su

mujer, al verlas con escotes profundos, minifaldas, pantalones ajustados y tacones altos.

El acercamiento sexual entre Macarena y su esposo cada vez era más lejano. La inflamación que sentía en las

cada vez menos penetraciones era intensa y Macarena sugirió a Edwin usar gel lubricante para que resultara

satisfactorio, pero la oposición masculina cada vez era más evidente:

-Pretextos, pretextos. ¡Me tienes harto! Tus migrañas y presuntos dolores cuando quiero tocarte van a hacer que me

busque a una mujer rica.

Macarena solía encerrarse en el baño a llorar. Sentía que todo se estaba derrumbando. Necesitaba visitar a un

ginecólogo porque ya no menstruaba desde hacía dos años y el cansancio era indescriptible. Edwin aseguraba que

ella no necesitaba ir al médico y le negaba el dinero para la consulta con el doctor.

La piel de Macarena, sin embargo, se mantenía tersa gracias a la genética familiar y seguía tan firme como su

empeño de reverdecer. Los problemas que sufría eran internos e invisibles para quienes aún la piropeaban.

Comenzó a investigar qué necesitaba para el primer postre que había sido solicitado por medio de Instagram hace

días atrás, en donde fomentaba su negocio al que había decidido bautizar D’Light. Compró Stevia, avena, harina

integral, nueces, almendras, leche vegetal, chocolate amargo y otros componentes con bajo contenido en azúcares.

Se creó su ambiente en una cocina de 3 x 4 metros cuadrados donde el mesón de mármol, más el lavadero

minúsculo, la licuadora y batidora Oster, cocineta eléctrica de cuatro hornillas, horno tostador y un cocinero como

adorno de cristal, eran el espacio en el que Macarena cocinaría los muffins que ofrecería en la plataforma digital.

La publicidad empezó a dar resultado. Un joven de 28 años requería 20 bizcochos para la matiné cumpleañera de su

único hijo. Macarena prometió llevarlos a domicilio de inmediato y con la decoración que el cliente deseara.

Horneó al menos por dos horas y decidió maquillarse y arreglarse para su bienvenida como emprendedora.

Pantalón jean negro ajustado, que mostraba aún la cintura que no perdió con los partos, una linda blusa roja, con

escote en v y manga 3/4 para ocultar los brazos flácidos, cabello con una media cola que mostraba los aretes largos

que estilizaba su rostro, ojos grises claros que resaltaban su mirada y zapatos puntones de suela baja color beige,

para armonizar el look.

Macarena se dirigió a la ciudadela La Joya a entregar el envío. Raúl (su cliente) autorizó a los guardias, por medio del

intercomunicador, el paso de Macarena en el Chevrolet Spark celeste que le regaló su mamá.

Bajó del auto y se percató de que Raúl se sorprendió al verla, tanto como ella se impresionó. Sí. Esa era la idea: que el

cliente viera lo buena moza que lucía, tan diferente a las fotos de Instagram en las que a veces se veía a sí misma

como una mujer derrotada por la rutina.

Raúl vestía una camisa negra donde se apreciaban los pectorales definidos con pesas, afeitado y perfumado con Paco

Rabanne y de unos 1.80 metros de estatura: se presentó y agradeció la agilidad de Macarena para cumplir el

pedido. Macarena se bajó la mascarilla para sonreírle y se dio cuenta de que hacía mucho no se regocijaba ver a un

hombre conectado sensualmente con ella. Él la invitó a pasar y este fue el prólogo de una nueva vida, de la

satisfacción que inútilmente ella buscaba con Edwin.

A pesar de un fuerte dolor de cabeza que sufría, aceptó quedarse en la matiné del primogénito de Raúl. Ese día no

contaba con mucho tiempo porque debía regresar a casa antes de que llegara Edwin, pero decidió disfrutar de los

payasos, los magos y los juegos. Los muffins fueron un éxito entre los invitados y Raúl promocionó el

emprendimiento de Macarena. En el poco tiempo que estuvo allí ya tuvo seis pedidos para la próxima semana.

Se despidió de Raúl, esquivando un disimulado beso en los labios que moría por recibir. Se ruborizó y a pesar de la

vergüenza que sentía por la aproximación, pensó en la herramienta que utilizaría: el número de WhatsApp de Raúl,

un instrumento que le abriría el mundo que no había conocido hasta entonces.

Los mensajes que Macarena y Raúl se cruzaban eran cada vez más persistentes. El flirteo se producía hasta altas

horas de la noche mientras a Edwin veía la televisión o dormía refunfuñando por lo que él llamaba “constantes

cambios de humor” de Macarena. Después hubo madrugadas en la que Edwin regresaba de la calle y aparecía por la

puerta del dormitorio con manchas de labial en cuello de sus camisas mientras Macarena, en la cocina, ataviada con

su pijama rosa y el mandil amarillo bordado con la palabra D´Lights preparaba los bizcochos de frutas que tanto le

apetecían a Raúl, derramando un par de lágrimas en completo silencio.

Las notificaciones del celular de Macarena no paraban de sonar, la demanda de sus productos se había multiplicado

desde que invirtió en marketing digital. Este se aspecto le servía para despistar a Edwin y para que ella pudiese

salir a repartir sus postres y verse a escondidas con Raúl, quién se convirtió en su cliente más devoto.

Él estaba dándole autoestima. No solo halagaba la manera de cocinar de Macarena, sino su personalidad y la calidad

de sus productos. Esto hacía valer todos los años que ella había invertido en su hogar sin mayores recompensas y

estos pequeños estímulos incentivaron a Macarena a ser más provocativa. Trajes cortos, debido al sopor que sufría.

Así buscaba el pretexto para mostrar sus piernas gruesas y asus caderas que escondía por los celos de Edwin. Había

retomado las clases de maquillaje para piel madura, ya que adoraba resaltar sus ojos y sus labios. Macarena se sentía

al menos 10 años más joven y necesitaba demostrarlo. A Raúl le entregó las maravillas de la repostería y la

satisfacción de su sabor. Un budín integral marmoleado con chocolate amargo fue lo que Macarena llevaba en las

manos.Dejó en la mesa de noche el dulce y, de inmediato, acercándose de forma sutil, fue desabotonando la camisa

blanca de Raúl.

Macarena recorrió el cuerpo de Raúl a punta de besos con la ternura y la pasión que hace mucho tiempo no le

despertaba su esposo. Luego le deslizó el boxer negro del algodón y lo arrinconó al espaldar de la cama. Presurosa, se

levantó el vestido rojo de tiras y le ofreció a Raúl los senos que buscaban ser venerados y disfrutados por el deseo

masculino. Se sentó sobre él  colocándose lubricante a base de agua en la vulva para evitar dolor, se rodearon con sus

piernas y empezaron a mecerse mirándose a los ojos. Ese contacto hizo que recuperara la certeza de que aún era una

mujer tan deliciosa como sus muffins.

Luego decidió derramar, muy despacio, el chocolate amargo en la pelvis de Raúl y en su robusto pene. Comenzó a

lamerlo despacio, disfrutando cada movimiento de sus labios y su lengua, hasta que no quedó vestigio del dulce. Raúl

se estremecía por las bondades y el placer de Macarena. Las caricias que ella le prodigaba lo hacían gemir de forma

larga y apasionada. Macarena volvió a sentarse sobre Raúl, esta vez dándole la espalda. Sintió la penetración y

llevó el control de los movimientos al acariciar los testículos de Raúl mientras le lanzaba miradas traviesas y

encendidas.

Macarena tuvo en su boca lo que Edwin le negaba y supo que, de hoy en adelante, lo que estaba haciendo con Raúl

sería un gesto esencial de su libertad y de su derecho a elegir a los hombres que apeteciera.

_______________________________

*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Radicada en Salinas, península de Santa Elena. Es integrante de la sala de redacción de loscronistas.net y fiel creyente de que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia colectivas. Lectora compulsiva y voraz,  busca temas que pueden generar empatía con el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental.

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