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El amor del pueblo al Chucho Benítez

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Por Rubén Darío Buitrón*

Olía a pueblo allí dos horas antes de la medianoche del jueves.

Porque era el pueblo el que había llegado desde temprano.

Ese pueblo que soportó seis, siete horas de frío, de viento, de garúa, de hambre y de sed.

Las autoridades y los directivos, llamémoslos así nomás, acudieron más tarde en sus autos enormes, con custodios y guardaespaldas, y esperaron  la llegada de la nave en la confortable y elegante sala de protocolo del aeropuerto de Tababela.

La que estaba afuera era la gente humilde, la  gente sin recursos, la que mira a los futbolistas exitosos como un referente para salir de la pobreza; la gente que necesita creer en algo o alguien para llenar sus vacíos materiales.

Era la gente que apareció allí, en las instalaciones de un gigante aeropuerto que quizá pocas veces, o ninguna, puedan utilizar porque viajan de una ciudad a otra en bus, en camioneta, en auto, no en aviones.

Era la gente que anocheció allí no solo desde el dolor legítimo sino, también, desde la curiosidad, desde la novelería, desde la necesidad de convertirse, de alguna manera, en protagonista de un pedazo de realidad y de historia.

Olía a polvo, a garúa, a madrugada.

A chalinas, a chompas, a capuchas, a cobijas; a deshilachados edredones, a gorros y bufandas y guantes tejidos de manera rudimentaria.

La gente de los autos lujosos, nuevos, con diseños arrogantes, esperaba dentro de sus vehículos.

Escuchaba la radio o miraba en sus teléfonos de última generación, vía Internet, lo que informaban los canales de televisión, unos canales de televisión exageradamente minuciosos, morbosamente detallistas (siga con nosotros, minuto a minuto, la trayectoria de la nave que trae al Ecuador el cadáver del Chucho Benítez).

Los ocupantes de una opulenta Ford Escape negra 4×4, híbrida, de placas PBO-1232, habían salido a curiosear un rato.

Dejaron las luces de parqueo de sus vehículos encendidas, intermitentes, y llamaban la atención con un enorme afiche, quizás extraído de alguna revista azteca que pegaron sobre el vidrio trasero. Era ‘Chucho’ con el uniforme del América mexicano.

A unos cincuenta metros de allí no dejaban de titilar los faros de luz mediana de un auto Chevrolet Aveo gris.

Encima del capó delantero, sus ocupantes habían colocado una camiseta de la selección ecuatoriana, pegada con esparadrapo negro con el que también habían dibujado el mítico número 11 y el apodo de Christian Benítez.

Martín Martínez (18 años, delgado y con un perla en la oreja izquierda) y Jeyson Paladines (26, más pequeño que Martín, cargando una mochila y una pequeña cámara digital) decidieron esperar desde el otro lado, en el área de carga, porque alguien les comentó  que por ahí saldría la carroza fúnebre y la caravana con los familiares, directivos, compañeros de selección y amigos.

Les mordía el frío. Porque aunque vestían chompas de cuero negro, gruesas, y Martín se protegía la cabeza con una gorra y Jeyson con un sombrero, ambos venían de Pedernales, una cálida y hermosa playa junto a la cual florece, desde hace más de una década, el negocio camaronero de exportación.

Llegaron a Tababela a las 18:00 pero no por ‘Chucho’ Benítez, dijeron casi a dúo, sino porque debían realizar algunos trámites que en realidad les importaban más: recibir al hermano de Martín, Carlos Luis (25), que llegaría a las 04:00 de La Habana, Cuba, graduado de médico.

Así que había que aprovechar el tiempo y buscar un ángulo de visión distinta a la que veía aquel pueblo situado al otro lado, vestido de rojo y amarillo, los colores del primer equipo de ‘Chucho’: El Nacional, y de la Tricolor.

Olía a pueblo también porque cientos de policías, unos con chaleco verde y gorra con visera y otros con el uniforme negro y boina negra, permanecían impasibles cumpliendo la orden de no dejar pasar a nadie fuera quien fuera, es decir las personalidades importantes, no cualquier persona.

Y estaban los cadetes Montesdeoca Carrillo César Renán, Orosco Miguel Arturo, Poll Flores Edwin… Así llevaban inscritos los nombres sobre sus uniformes.

¿Querían expresarse ellos también?, ¿gritar?, ¿hacer barra?, ¿llorar?, imposible saberlo.

Tenían orden de no hablar; solo de impedir el acceso a la sala diplomática y controlar posibles desmanes.

Pero, ¿qué desmanes? Eso no lo entendía José Cevallos (30), albañil carchense que reside en Yaruquí, “aquí cerquita del aeropuerto”, arropado con la bandera de El Nacional y con el largo cabello recogido en una trenza al estilo otavaleño.

Él había llegado con su familia a mirar, a estar cerca, a rendir un homenaje personal al ídolo, según insistió.

¿Qué desmanes, señores policías?

Lo mismo decía Segundo Caiza, un latacungueño que recientemente llegó a vivir a Yaruquí porque el aeropuerto promete crear trabajo, dar empleo, desarrollar la vida.

Caiza (40) estaba allí por curiosidad, pero también porque quiso aprovechar para ganar algo de dinero con la venta de caramelos, chocolates, chicles, papas fritas, cigarrillos.

“A tres dólares la media de Marlboro”. “¿Tres dólares?, replicó Cevallos y cambió de opinión. Que más bien le diera solo dos tabacos.

¿Cuánto le debo? Setenta, dijo Caiza. Cevallos empezó a impacientarse: ¿Setenta centavos cada cigarrillo? No, le tranquilizó el caramelero. Setenta por los dos.

Giovanny Díaz, de 40 años, estuvo cuatro días a la espera de que llegara el cadáver.

Con él llegaron cuatro compañeros y amigos del barrio de Luluncoto -suroriente de Quito-, todos hinchas de El Nacional.

“Estamos aquí para acompañarlo en las malas”, expresó Díaz, vestido con una gruesa chompa de su equipo.

A su lado, Gabriel Pazmiño, de la Villa Flora, estudiante universitario de 19 años, exigía una y otra vez a su barra, mucho más numerosa que la de Giovanny, cantara su himno: “Jamás, jamás, jamás te olvidaremos, Chucho eres eterno, en nuestro corazón”.

Pero, ¿de dónde salió tanto amor por el Chucho? ¿No lo criticaban e insultaban cuando defendía la selección y fallaba goles? ¿No decían, insinuando perversidades, que acá “no se esforzaba como sí lo hacía en los clubes mexicanos donde fue goleador y campeón?

Pazmiño reflexionó y dijo que eso hacían los medios, por el “rating”, pero que si también lo hicimos muchos ecuatorianos fue porque somos expertos en amores pastusos.

¿Amores pastusos?

Sí, como el del hombre que dice amar a una mujer y la golpea, como el de la mujer que dice amar a un hombre y le grita cada vez que la traiciona.

Amor pastuso, como olor a pueblo.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta y periodista. Es director del portal loscronistas.net  Ha sido editor general de los principales diarios del Ecuador y ha ganado dos premios nacionales de periodismo y dos de literatura. Tiene publicados 10 libros (en algunos de ellos, como coutor).  Actualmente tiene un columna de opinión en la revista digital Plan V, donde se dedica a comentar temas de comunicación y periodismo. 

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