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La última voluntad

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Guillermo me tenía extasiada por su inteligencia desde la primera vez que lo vi y lo escuché en la cama del hospital. No sé por qué, pero lo oí atentamente. Era un lector voraz de la literatura y, sobre todo, un fanático de la poesía. Todos los días al hacer la guardia en Cardiología me detenía unos minutos para saber cómo iba su salud y, ante todo, para escuchar cómo recitaba de memoria los versos de Benedetti.
Sus conversaciones eran muy ingeniosas y me gustaba estimularlo con los textos literarios que encontraba en la biblioteca del hospital. Aunque trataba de guardar la distancia entre los dos, su voz grave al declamar me aproximaba a la seguridad que él transmitía:

«Porque eres linda desde el pie hasta el alma,
porque eres buena desde el alma a mí,
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce,
corazón coraza».

El acercamiento fue inevitable. Todos los días encontraba versos del poeta uruguayo en forma de nota de voz en mi celular. Guillermo era obstinado y la literatura nos estaba fundiendo y acercando. Yo solo deseaba escabullirme de un paciente fogoso que en algún momento lucraría de mi fragilidad.
Conocía que Guillermo estaba bien con su novia, aunque ella lo visitaba frecuentemente, se afanaba en encontrarlo todo limpio y que él cumpliera con el tratamiento. Yo debía disimular mis celos cuando ella lo besaba apasionada, exagerando ese entusiasmo cada vez que existía personal médico en la sala. Estaba obligada a soslayar el apego que estaba comenzando a sentir por él.
Escasamente atractivo: nariz aguileña, ojos rasgados, cabello lacio extremo, sonrisa coqueta; 1.65 mts de estatura (cinco menos que la mía), labios carnosos que varias noches me susurraban al oído que yo estaba atrayéndolo en todas las formas posibles. Y lo más importante: su inteligencia, que compensaba cualquier tipo de imperfección física.
Guillermo añoraba la época en que llevaba en su motocicleta «Sport Touring» recorriendo Sudamérica. A los 35 años echaba de menos esa adrenalina y yo, como médico, anhelaba su recuperación porque quería ser parte de la vida que él extrañaba.
Mi turno como residente en Cardiología era de 18:00 a 24:00 de lunes a viernes. Mi última visita era, por supuesto, Guillermo. Su negación a tomar medicamentos contra la hipertensión y su consumo de dos cajetillas de Philip Morris desde los 15 años, le originó una creciente arritmia. Los latidos rápidos de su corazón le provocaban dolores constantes de pecho y desmayos en forma reiterada.
Yo me esmeraba por usar mandiles cada vez más ceñidos al cuerpo, a pesar de las normas del hospital que impedía inducir o distraer a los pacientes y sus familiares con vestuario provocativo. Pero no tenía por qué esconder la sensualidad de una mujer de 50 años, con caderas bamboleantes y senos que aún se mantenían firmes. El labial rojo cereza era mi predilecto al momento de hacer mi guardia con Guillermo. De esa manera buscaba resaltar mi tono de piel escasa de sol, procuraba tener las manos hidratadas para que al menos pueda sentir la suavidad de mi piel cuando en silencio nos tomábamos de las manos. Sonreía con su blanquísima dentadura y era quizá lo que más me atraía de él: su capacidad de reír y conversar a pese a lo que le estaba ocurriendo y que se iba agravando.
Me sentaba casi siempre al filo de su cama, a conversar de todas las aventuras que disfrutó como trotamundos. Se regocijaba en narrar sus anécdotas, haber conocido la Isla de Pascua con poco presupuesto o recorrido las cataratas de Iguazú sin pasaporte.
Pero, a veces los pensamientos negativos se apoderaban de Guillermo. Tenía miedo de que su novia ya no viniera más (algo que a mí me favorecería mucho) y procuraba tocar mi rostro con sus dulces manos. Parecía que eso lo tranquilizaba, le compensaba la falta de motivación y cariño. Una noche, en medio de las luces que parpadeaban por falencias en la energía eléctrica del hospital, Guillermo susurró mi nombre de forma carnal para que me acercara a él: «Amelia, ven», y yo accedí. Una vez más me tocó el alma con los versos de Benedetti:

«Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte».

Se sentó en la cama de una plaza y con alguna dificultad de respirar comenzó a recorrer con su lengua mi boca y mis orejas, Me quedé perpleja, aunque era lo que más deseaba. Le saqué la bata y aproximé mi pecho tan cerca al suyo que mis pezones se pusieron erectos. Le pedí que se sentara en el borde de la cama en medio de las paredes que se estaban descascarando y que mantuviese las rodillas recogidas. Me hinqué en medio de sus piernas, ladeé mi cabeza hacia abajo y tuve la vista espectacular de su pene erguido. Miré a Guillermo cómo se sobresaltaba cuando ingresaba a placer mi boca en su falo, cuando lo recorría de arriba hacia abajo con mi lengua, engulléndolo con delicia.
Guillermo se puso en cuclillas y me abrazó fuertemente, solicitó que me pusiera de rodillas, ingresó su vigoroso pene lentamente y nos contorneamos de placer. Sus latidos cada vez eran más rápidos y erráticos en medio de sus gemidos de regocijo. Me di cuenta de que su corazón dejó de bombear abruptamente sangre al cuerpo. Actúe de manera presurosa, supe que nos quedaba poco tiempo. Empujé el tórax en sincronía con la respiración. Le realicé masajes y de inmediato tomé el desfibrilador para reestablecer su ritmo cardíaco. Coloqué dos almohadillas adhesivas con electrodos en su pecho para analizar la presión sanguínea. Pero él me susurró que su última voluntad y su muerte más dulce sería tener un orgasmo conmigo y yo rompí todas las normas éticas para darle gusto. Guillermo, que temblaba sonriente, después de un largo suspiro, se quedó inerte.  Yo, amándolo con todas mis fuerzas, me quedé junto a él agradeciéndole en silencio porque nunca como esa noche había sido tan feliz.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Nacida y radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental.

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