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Despedida de soltera

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Por Viviana Garcés-Vargas

Martha era una abogada a quien maleducaron con la intención de que, como mujer, fuera complaciente en todo. Debía casarse a los 30 para que sus tías no la catalogaran de «solterona», cursar una maestría para que sus hermanos no la clasifiquen menos ingeniosa que ellos y aunque la burla constante era por su sobrepeso, aunque su índice de masa corporal se encontraba dentro de los índices normales, los desaires causaron su bulimia nerviosa.

Recién graduada de derecho y con 25 años a cuestas, Martha -que oscilaba entre los atracones y sus constantes métodos para evitar el aumento de peso-, se observaba a sí misma como una mujer sin gracia, con un estilo de vestir obsoleto: pantalones de tela mucho más anchos a su cintura, camisas con colores que opacaban su piel trigueña y blazers que le aumentaban la edad, a pesar del intenso calor del río.

Martha se había aferrado a los apegos negativos. Alberto fue el único novio que tuvo desde segundo de bachillerato. Era su recurso para desprenderse de un sistema familiar que la había asfixiado. Siempre que podía criticaba su cuerpo deforme o el escaso maquillaje que usaba, tan limitado como su amor propio. No obstante, cavilaba que Alberto podría ser su fuga inmediata para esquivar un sistema opresivo, obviando que el sexo con él resultaría monótono y egoísta y que cargar con expectativas ajenas era un peso que la agobiaba.

Saciaba sus desengaños devorando tabletas de chocolate mezcladas con comida para perros, motivo suficiente para ocultarse y devolver en la taza de baño, la amargura de no encajar en el molde patriarcal.

La asistente de la casa la encontró desmayada en uno de esos episodios y luego de ese incidente la psicoterapia ayudó a evitar la autocrítica, centrándose en la independencia de la familia. La nutricionista, al evaluar su situación, realizó un seguimiento y un monitoreo preciso para prevenir el antojo incontrolable con el azúcar, bajo la supervisión de su ama de llaves para que las comidas se hagan de comida regular.

Así mismo, la derivaron a clases de kick boxing que le ayudaron a tonificar su musculatura y le enseñaron a defenderse. Por último, las clases de baile personalizadas donde aprendió a mover las caderas con soltura la empoderaron y reforzaron su cuerpo con formas placenteras y un ego suficiente para aniquilar a las sombras que tanto la habían maltratado.

Sus amigas ingeniaron una despedida de soltera en donde el recato no estaba invitado. A orillas del río Guayas, con una piscina bajo la luna llena y con ventanas transparentes a gusto de los fetichistas, las amigas de Martha  alquilaron uno de los salones del hotel Winehouse y adquirido los juguetes necesarios para convertirla en una noche espléndida.

El ambiente estaba engalanado con globos negros de diferentes tamaños, una mesa con una mini torta y un muñeco Ken en tanga, pequeñas botellitas de vino con lubricante en su interior y bocaditos en forma de penes o de brasieres. Entre las recreaciones que se disputaron hubo el pepino caliente (colocar un pepino en medio de los muslos y pasárselo entre las invitadas sin tocarlo con las manos), encontrar la prenda íntima escondida entre pantis de diferentes colores.

Un grupo de invitadas empezó a buscarlos, pues la que hallara la mayor cantidad de bragas ganaría.
Luego de las distracciones vendría el plato principal. En medio del «sexy back» de Justin Timberlake, aparecía una torta falsa de tres pisos adornada con falos de diferentes tamaños, mientras Martha lucía un vestido rojo, un amplio escote y zapatos de tacón nudes.

Martha bailaba en medio de palas que amigas e invitadas golpeaban con sus manos para incitar a la algarabía cuando salió de la tarta un hombre de 1.8 metros, en un boxer minúsculo rojo que enaltecía su miembro viril sustancioso y con pectorales que Martha nunca había visto personalmente. Él tenía grandes ojos verdes, era mulato y con facciones tan finas que podía derretirse en medio de tanto calor femenino. En cuanto Martha lo vio, conoció el significado más próximo al frenesí.

Las invitadas armaron un círculo y colocaron a Martha en el centro para que disfrutara con el stripper. Las convidadas, entre gritos de algarabía y
voceando: «¡Baila, baila morena!», aplaudían a Martha que era otra mujer, con la osadía que había adquirido en las terapias.

Se acercó al stripper, le puso varios billetes de $100 en el pequeño bolsillo del slip y comenzó a bailar rozando el cuerpo del hombre. Las convidadas con el delirio se extasiaban y aplaudían para que Martha siguiera el ritual. Se aproximó mucho más al bailarín y le arrebató un beso, quizá el más intenso de su vida, con las lenguas en plena lujuria. El artista, acalorado y con gotas de sudor en rostro y cuerpo, la alzó en brazos y le levantó el vestido con agilidad. La penetración fue rápida. Sin protección pero con intensas ganas de reincidir. Martha se sujetó a él de manera fuerte con un abrazo que, probablemente, fue el más fuerte que dio en su vida.

Las caricias de Martha eran interminables. Recorrió con besos gran parte del cuerpo del hombre, de su hombre. Lamió su cuello y su abdomen hasta llegar al pene, en donde la felación hizo sobresaltar al stripper, que pasó su lengua por sus labios haciendo una mueca de apetitoso ante la mirada de las amigas de Martha que, entre suspiros y envidia, cambiaron su concepto de Martha y la consideraron un ídolo.

Él se sentó en la alfombra dorada persa, colocó las piernas de Martha encima de sus hombros y levantó su pelvis. Martha le pidió que pusiera una mano en sus glúteos y la otra en el clítoris y mientras se comía al bailarín decidió que nunca más volvería a vomitar.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Nacida y radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva, busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental. Integra la mesa de redacción de loscronistas.net

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