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Kléver Viera: troca y truco

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Por Sebastián Vera*

Pienso en un tributo, una ofrenda que rivalice con el clima de Quito hacia Los Ríos, a su encuentro. Tromba en la Antonio Elizalde comprando Trópico, biela y guarniciones. Segundo encuentro con el Maestro desde que lo conocí en su casa durante un encebollado solidario organizado para pagar la defensa legal de un joven actor por cultivo de marihuana, hace seis meses atrás. Frente a una menta muralla monástica, sale un monje bohemio, un asceta radical. Entré en el floripondio y el altar, la vela encendida en las estampas del tiempo y a los sacrificios: a la textura textual, el cruce y la fuga, la sinceridad del fuego dentro del espíritu y ese misterio que convierte a Kléver Viera en un oráculo danzante.

Su Taller Permanente de Investigación Escénica estrena el 9 de junio la adaptación libre del cuento “Angelote, amor mío” del escritor quiteño Javier Vásconez, en el Teatro Sucre. El Maestro Viera está en la dirección de esta puesta en escena y me reúno con él para conversar sobre su trabajo, su relación con la literatura, su militancia desesperada y su paso por “la otra muerte”, derrotado por la palabra. Próximo a cumplir los 67 años el 15 de junio, y con más de 40 años de vida artística, “Angelote, amor mío” representa para Kléver Viera una lectura de 38 años hasta descuartizarlo en oposición e intuición, hasta unificar lo individual: el nacimiento de la escritura.

Sebastián Vera: ¿De dónde nace la idea de adaptar la obra de Javier Vásconez al teatro y a la danza?

Kléver Viera: La lectura es una gran herramienta. El libro es un gran transporte. He gozado, he sido muy feliz en mi vida el tiempo que leía. Hoy no leo: releo lo que necesito. El transporte me hace ver. Inmediatamente al abrir una página empiezo a ver. Regresaba de México, donde hice mis primeras coreografías, y estuve tres años. Antes de irme a México -es importante decir esto, porque tiene que ver con la lectura- empiezo a militar, apenas entro a la danza, apenas salgo de mi pueblo. Empiezo a militar porque me desesperaba y no sabía por qué. Así encuentro al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Para los setentas era una agrupación radical que se definía como un movimiento político-militar. Ahí empiezo a leer. Una compañera de México, que se llamaba Angelina, me alimentó en la lectura. Rodolfo Reyes, mi maestro. La poesía. Cuando regreso empiezo a leer la literatura ecuatoriana. Te hablo del año 81-82, cuando descubro el “Angelote”.

SV: ¿Qué tal es el trabajo con el grupo de personas con las que montaste la obra?

KV: Tuvimos un montaje anterior en el que trabajamos con César Dávila Andrade. El haber topado su poesía, el haber mezclado los cuerpos, nuestras esencias, nuestra forma de poetizar la vida. Ese montaje fue largo y un taller muy rico en exploraciones, en entrega. Ahí trabajé mucho la muerte. Les cortaba la cabeza todos los días y los enterraba. Eso me da la visión, la confianza, de abordar un texto largo, que ya lo había trabajado en varias ocasiones, bosquejado una puesta en escena. Es un texto muy difícil. Es abrumador en lo repetitivo, lo reiterativo que es sobre el tema. Hubo momentos en los que ya estaba arrepentido.

SV: ¿Por qué?

KV: El punto de quiebre es porque me encuentro trabajando con personas que aman su oficio, aman el teatro, aman el texto. Yo al texto lo uso como textura, mas no como texto. Muchas veces no quiero que me entiendan. Fue una experiencia dura porque aprender a mirar es duro. Yo tengo mis esquemas, mis visiones y soy radical. Hubo momentos duros, de tensión. Tuve que recurrir a un amigo actor de Pasto, Andrés Martínez, que también es director, para que, por medio de Zoom, trabajáramos con él para analizar el texto, darnos tareas, subrayar los verbos, decir los textos de una manera, de otra, personajes, acciones, situaciones.

SV: Me imagino que por reunirse en Zoom, quizás haya faltado algo.

KV: Fue una gran herramienta. Como colombiano que es, muy apasionado, metódico, nos llenó de energía, nos hizo ver cosas en nosotros mismos. Nos corrigió sobre disciplinas, horarios. Lo percibió, porque lo perdimos. Con tanta fractura, ha pasado mucho tiempo afuera sin el espacio propio. En este tiempo dividido podemos estar, pero no avanzar. La energía se fuga.

SV: ¿Cómo se organizan para combatir esa fuga, para sentir mejor la obra? Porque ese uso del tiempo depende de una disciplina y de establecerse.

KV: Al interior del grupo hay un gran acontecimiento. Le puse a Andrés “El Mono” Barzola a cargo del entrenamiento del grupo. El entrenamiento real, el peso se lo lleva El Mono, y ha sido muy bueno. Me confronté a las clases de danza posmoderna. Fue un gran aprendizaje porque lo mío es la danza moderna. Hay una cuestión generacional. Son otros principios. Estábamos bloqueados. Ese nudo lo zafamos cediendo, hablando, trabajando.

SV: Trabajar con un grupo de personas, después de mucho tiempo de encierro, es complicado. Saber lo que el tiempo hizo en ellas y no poder lidiar con ese tipo de emotividad, de emociones, y mucho más si se necesitan de esas emociones para expresarse en el trabajo. ¿Cómo lograron esa cohesión grupal?

KV: La confianza. A nivel corporal hay una gran sinceridad. [Silencio]. El trasfondo también es la vida cotidiana. Son gente joven, pero se complicaron las cosas. No es la pandemia así no más. Yo pasé por momentos muy difíciles. Esa es otra lección: uno dice que no es orgulloso, pero es mentira: uno vive de su dignidad. No depender. Desde muy joven me dije: “No quiero depender de mi familia por ser el último”. Y así lo hice. Se formó la Compañía Nacional de Danza en el 76, yo tenía apenas como 23 años y ya tuve un sueldo. En esta pandemia, si no hubiera tenido familia, hermanos y mis sobrinos, me habría muerto del hambre. No hubiera podido pagar el arriendo, ni tener qué comer. Y hasta el día de hoy porque tampoco me alcanza el sueldo. Mis sobrinos me dejan 100 dólares, 120 dólares, porque se juntaron entre ellos… Todo eso tiene que ver en nuestras vidas de creación y en nuestras relaciones. Hay mucho desgaste. No teníamos el local. Pasamos dos semanas en La Alameda, que yo recuerdo con mucho, mucho cariño. Ahí desperté. Pasaron cosas muy bellas, muy mágicas. Es todo eso que hemos vivido y que no somos los únicos. Mis compañeras son unas heroínas. Ya tuvimos espacio en el ballet estas dos últimas semanas que agarramos ritmo, nos escuchamos.

SV: ¿Existió apoyo económico del Teatro Sucre?

KV: El año anterior el apoyo rondaba entre los dos mil y tres mil dólares. Ahora lo redujeron a un 50 por ciento. Nos van a dar como mil cuatrocientos, mil quinientos dólares, que es un pequeño apoyo. Y el otro apoyo que hemos tenido es del IFCI (Instituto de Fomento a la Creatividad e Innovación). Con ese poco dinero hemos hecho más producción que vivir.

SV: ¿Cuánto es el aforo que tendrán en el Teatro Sucre?

KV: El 30 por ciento, cerca de 200 butacas.

SV: ¿Y de qué va la obra?

KV: El tema es ano y falo.

SV: ¿Y cómo lo van a representar?

KV: Es una obra donde se van a ver desnudos, pero no hay ninguna cosa obscena. Es una suerte de exorcismo todo el cuento alrededor del ano, el sexo anal, de lo que casi nunca se habla.

SV: ¿Y cómo hicieron esto?

KV: Fue un regocijo hablar del tema, vivirlo. El teatro queda en segundo plano. Va a ser una puesta en escena inesperada.

SV: Quizás le falte parte de ese erotismo a nuestra cotidianidad.

KV: Me quedo en silencio con eso porque tampoco creo que haya eros. Si es que hay un eros, va a ser un eros frío.

SV: Como el clima ahora.

KV: Como el clima de Quito. No da tiempo el texto porque se encuentra alrededor del rencor, de la venganza, del recuerdo. Y eso se reitera y se reitera…, no hay tiempo para un beso. Finalmente, el cuento de dos homosexuales no es trascendente para mí: lo importante es que se habla del misterio de la vida y de la muerte. Del desperdicio de la muerte de un man que le asesinan en un cine por marica, porque estuvo mandando mano a un chavo…Escribir no es cualquier cosa: uno puede morir en el intento de escribir o en el intento de bailar. Eso para mí es importante. Para que veas lo misteriosa que es la vida, te voy a contar la historia -truculenta- de estos dos hombres. En este cuento no se habla del amor. No hay amor. Hay un juego de clases. Es un cuento como el mío. Se va personalizando la historia. Soy yo el niño que está recibiendo el vacío. Yo sé quién soy.

SV: No hay amor, todo es frío, ¿de dónde viene entonces el movimiento, el calor?

KV: A mí me parece que hay puro sexo ahí. Un sexo cruel, porque hay un dominante y un pasivo. Es un cuento complejo. Sufrimos. Yo soy campeón para sufrir en las obras de arte. Siempre paso angustiado y después de eso me muero de las iras. Siempre me digo: “Esta va a ser la última”. Siempre se arma un nudo que tienes que zafar. Y el nudo es de diferentes formas. El arte en sí es liberador. El trabajo con el cuerpo lo es más todavía. Por eso me quedo pensando en el erotismo. Un eros vaciado, sin sustancia.

(Se levanta para obsequiarme un ejemplar de “Angelote, amor mío”)

SV: ¿Este es todo el texto? (Libro en formato A5 de 40 páginas)

KV: Todo el texto.

SV: ¿Y la obra cuánto dura?

KV: 45 minutos. Me gusta ese tiempo en los tiempos actuales. La atención, la concentración de la gente, se diluye más pronto. Estar en el Sucre es emocionante. Es un teatro que me gusta.

SV: ¿Cómo sentiste la primera presentación con el texto y cuando sentiste que podías transmitirlo de una forma diferente?

KV: Me pasa lo mismo que con la danza. La danza la trabajo desde la intuición. No tengo escuela, no tengo academia. En el hacer voy descubriendo ciertas metodologías. Después los recursos: no darse vueltos, no adornar… Ir directo a lo franco, a lo real.

SV: Quieres tu honestidad para que se exprese en lo que vas a presentar.

KV: Siempre va a ser ir más allá del texto. Descuartizarle al cuento, al cuerpo. Siempre buscando otros tipos de expresiones insólitas.

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*Sebastián Vera. Periodista ecuatoriano de 26 años. Aunque ama Quito, vive enamorado del Valle. Nació, literalmente, con la soga al cuello. Continúa vivo gracias a la broma del verdugo. La corbata amarilla ya no le llama más la atención, pero sigue ahí.

 Fotografía de Kléver Viera por Sebastián Vera

Sigue a Sebastián Vera en Instagram // @sebis_vera

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