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El sol veraniego azotaba Quito y Marianela decidió cortar los jeans que tenía refundidos en su

cajonera de plástico. Ese pantalón chancroso que su abuela quería hacerlo trapo de cocina y su

nieta se negó y trabajó en él hasta dejarlo tan pequeño, tan ajustado a su cuerpo, que se convirtió en

el cachetero que había visto en la calle Ipiales y no pudo comprar por falta de dinero.

Se contorneaba con mucho sabor por las calles a pesar de las objeciones constantes de su marido

que la celaba a punta de insultos y golpes con marcas en su espalda, queriendo coartar la

sensualidad de su cuerpo.

Marianela había decidido regresar con pareja e hijo después de 10 años de haber trabajado como

empleada doméstica en Murcia, España, y cuidando adultos mayores por la noche en un hospicio

de esa ciudad.

Cansada de que su marido no aportara a la pareja más que maltrato e infidelidad decidió retornar

al Ecuador sin olvidar a su abuela, quien la crió y resolvió, durante todos los años que su nieta

estuvo ausente que recibió parte de los ahorros que me enviaba y construirle una casa de una planta

en donde, sobre una terraza sin cerramiento, se alzaban pilares maltrechos de bloques de hormigón

como símbolo de la esperanza de levantar en algún momento un segundo piso.

La villa, de construcción mixta, con dos cuartos diminutos, comedor, cocina y un baño situado

afuera de la vivienda, era el esfuerzo de Marianela luego de tanto sacrificio y humillación que debió

vivir como migrante ilegal en España.

Regresó al ver que su situación irregular no la ayudaba a conseguir un mejor empleo y que su

marido, borracho y perezoso, le robaba la plata y la traicionaba con cuanta falda corta y pantalón

apretado se le cruzara. Necesitaba liberarse del yugo de un cónyuge maltratador al cual se había

unido porque existía un niño en común.

De piel trigueña, Marianela tenía un extraño acento donde arrastraba la s mezclada con la z.

Regresó con la firme intención de recobrar su juventud. Exhibía su pelo rojizo que le llegaba hasta

la cintura, con las raíces descoloridas, propias de alguien que no podría pagar una manutención

mensual de su look. Nariz respingada, ojos cafés, pestañas rizadas, cejas pobladas y bien

maquillada, no importaba la ocasión.

De 1.60 de estatura, busto y caderas prominentes que resaltaban la herencia de sus antepasados del

Valle del Chota, jamás había perdido contacto con el exnovio que hace una década dejó en

Carapungo por embarazarse de Sergio.

Byron le había prometido un mejor futuro, con su abuelita incluida, pero Marianela prefirió a un

pelotero, mediocre aspirante a futbolista y desequilibrado emocional.

Sergio le ofreció viajar a Europa para que Marianela pudiera cumplir su sueño de instalar la

ansiada estética en la capital española y él intentar convertirse en un jugador de élite. Pero ningún

sueño se cumplió.

En Quito, Byron la seguía esperando, aun cuando él ya tenía pareja y tres niños. Era un hombre de

trenza larga, alpargatas y poncho colorido que arrimó el hombro desde los 13 años. Se mensajeaba

por whatsapp todas las noches y madrugadas con Marianela, sin importar el huso horario entre

Murcia y Quito. Luego el idilio se intensificó con videollamadas y la oferta secreta de Marianela de

regresar y cumplir todas las fantasías sexuales que habían soñado, dejando atrás la relación virtual.

Los familiares y vecinos de Marianela decidieron darle la bienvenida y festejar su regreso. Hicieron

vaca y llenaron la calle de música, aguardiente, cuy y fritada. La celebración sería a lo grande.

Marianela anhelaba construir en el segundo piso un cuartito de tres por tres metros donde empezar

a cortar cabellos, hacer tinturados y manicure. Su objetivo era que su ambición no se frustrara

nuevamente. En la fiesta haría el anuncio de su sueño.

Mientras grandes y chicos bailaban la Bomba del Chota alrededor de los bancos de madera y de

plástico, la música retumbaba en los parlantes colocados sobre la vereda. La abuela de Marianela

las vecinas servían a los comensales mientras Marianela intentaba emborrachar con aguardiente

Zamarro a Sergio, el cual se instaló sobre una butaca deseándola con intensidad, pero sin aparecer

frente a ella.

Byron apareció en medio del barullo y Marianela se sobresaltó. Fue un momento de enorme

tensión. Intercambiaron sonrisas y miradas. La mutua atracción impactaba en sus almas y en sus

cuerpos.

Marialena se dio cuenta de que Sergio estaba borracho y que buscaba con quien ligar, así que

decidió no disimular. Brindó un vaso con Zamarro a Byron, lo besó, se dejó abrazar estrechamente

e hizo el juramento de no separarse de él durante toda la velada.

En medio de la algarabía de la fiesta y las danzas afro, Byron tomó de un brazo a Marianela, la

convenció de que subieran al segundo piso y se escabulleron entre los cordeles colocados en medio

de los hierros y las sábanas deshilachadas que flameaban como banderas.

Marianela apretó a Byron a su cuerpo, lo abrazó y le pidió que le hiciera el amor como fuera y

donde fuera, le dijo que quería recompensarle por todo el cariño que le había guardado diez años.

Gimiendo, diciendo cosas amorosas y sensuales, se apresuró en desvestirlo. Su camisa blanca fue

desabotonada en un tris y su pantalón corto voló en medio de los sacos de cemento que se

encontraban cerca. El bóxer se escurrió en medio del viento y Byron terminó arrimado a uno de los

pilares, ansioso y amorosamente desesperado. Marianela se sacó de inmediato el short que, con

premura, lo elevó y se confundió entre las sábanas.

Byron levantó en peso a Marianela y la sujetó contra él. Su vulva fue penetrada con el libertino

deseo del tiempo que los distanció durante diez años. Con su lengua, Byron recorrió varias veces la

piel de Marianela, sus labios, su cuello, sus pezones y sus nalgas, con lentitud, con vértigo, con

ternura. Se estremecieron en un largo orgasmo, exaltación y locura que nunca antes sintieron

juntos. El pilar comenzó a agitarse y cambiaron de columna, a pesar de estar más corroída que la

anterior. Byron introdujo su pene duro y ansioso entre las nalgas resistentes y exquisitas de

Marianela, ella se inclinó y emplazó sus manos en la columna para sostenerse y lograr mayor

satisfacción.

Los gritos de placer eran vibrantes, pero con los altavoces era imposible que alguien escuchara los

alaridos y gemidos. Jugaron, se besaron y se satisficieron por largos minutos sin darse cuenta de

que los bloques de la columna comenzaban a ceder.

De pronto, Marianela no logró sujetarse, agarró de una mano a Byron y en medio del mareo

cayeron juntos. Los bebedores oyeron un fuerte ruido y se asomaron a la calle.

Sobre un amplio charlo de sangre en el asfalto reposaban dos cuerpos desnudos fuertemente

abrazados.

_________________________________________________

*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Nacida y radicada en Salinas, península de Santa Elena. Miembro del staff de loscronistas.net, es creyente de que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia. Lectora compulsiva, busca temas que generen empatía con el lector y la comunidad, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental.

 

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