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El violín: el cine como móvil político

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(No existe un cine más subversivo que aquel que nos deja sentados frente a los créditos, no por el interés de leerlos —cosa que todo buen cinéfilo hace por puro placer— sino por haber roto nuestra enajenación cotidiana.)

Digo de doble filo porque gracias a su relato creado a partir del enfrentamiento entre grupos guerrilleros campesinos y el Estado durante la década de los setentas del siglo pasado, El violín acaba relegándose sin querer de ese mínimo espacio que el circuito comercial da como una dádiva a las películas independientes. El artista que ha juzgado demás a este mundo, aun en sus más inocuos fracasos, no tiene derecho a nada más que a su propio aislamiento. Sin embargo, aunque hayan sido poquísimo quienes vimos El violín, ya no es posible pedirnos ni mucho menos obligarnos a cerrar los ojos: todo lo que nuestra renovada mirada recoja de afuera vuelve a ser medido para darle su respectivo y verdadero lugar en esta tierra de mediocridades ilustres.

Desde el plano inicial de la película, la cámara se pone a la altura de los pies de unos militares que torturan a unos campesinos. A nuestra izquierda un hombre está sentado, amordazado, decapitado por el plano, no tiene voz, mientras al fondo sus vecinos gimotean aterrados. Aquel hombre nos da la espalda, pero esa espalda que sobresale pese al castigo corporal propio y ajeno, como si no fuéramos capaces de comprender tanta impunidad, como un muro que nos vedara saber que la historia, al igual que la altura desde donde nos permite ver la cámara, se construye desde el lodo, desde los dolores más profundos, desde donde la tierra no individualiza de quiénes son las botas ni las manos que golpean y matan. Y si bien Francisco Vargas elige estar del lado de los vencidos, no es menos cierto que Borges decía que en realidad nunca sabremos si seremos vencedores o vencidos. Lo que tampoco evita que Vargas enuncie, sin mostrarlo, el lugar mental o geográfico en el cual se objetiva la violencia, y no porque se enuncie en los grandes bloques ideológicos de aquellos años, sino en los entresijos más oscuros de la ambición y la soberbia de quienes sí pudieron ir hasta lo más alto y escupir hacia abajo.

Por eso, desde donde El violín se ubica para contarnos esta historia, es probablemente el lado de los vencidos, incluso porque en una de las escenas, los representantes de ambos bandos, don Plutarco, un viejo violinista manco, y el capitán, logran sentarse a conversar, como si de repente ambos recordaron que ante todo son personas, y entonces van descubriendo cuánto se parecen (ambos son de origen humilde, a ambos les han matado a su gente, ambos han padecido el hambre y el frío), cuánto han ido perdiendo queriendo ser lo que ya no serán nunca. Todo esto gracias a que el violín es símbolo de liberación y móvil político por medio del propio arte, ósea esas melodías que tensan la paz casi hasta el infinito, cuando de pronto los hombres recuerdan para qué han venido a este mundo. En cualquier caso, no porque alguien toque el violín basta para acceder a su secreto mecanismo, pues como decía Facundo Cabral: «Yo no soy la libertad / pero sí el que la provoca.» Que es un error entonces seguir creyendo que en aquellos años se llevaba la pluma (en este caso el violín) en una mano y la metralleta en otra, cuando en verdad cada palabra era una bala. Cada nota una revolución discreta. Por desgracia, la unión entre Plutarco y el capitán es efímera, en tanto saben ambos —sin importar la postura del director ni del espectador— que en el momento exacto en que emerge la humana conciencia a veces creemos que si nos hemos unido es para postergar una venganza atávica, vieja como los siglos, creyendo todavía que luego de la revolución (o la contrarrevolución) habrá un momento para oír para siempre la música, olvidando imbécilmente que la música ha estado ahí antes que nosotros mismos y nuestras inútiles venganzas.

En el canto de los pájaros, por ejemplo.

_______________________________________-

*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos, así como colaborador del diario digital Nuevo Tiempo en la sección de cine Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net

 

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