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Por Viviana Garcés-Vargas*

Ernesto sabía que vivir cómodamente se había transmutado en su estilo de vida, por ejemplo ir al gimnasio tres horas diarias para glorificar su cuerpo y llegar a los sentidos femeninos. Su número de teléfono celular circulaba entre las damas de la soledad. No importaban la hora o el día, siempre estaba presto a dar una cantidad jugosa de caricias a cambio de dinero. Estas transacciones equivalían a lujos y hasta a besos que, a pesar de no ser un requisito, siempre venían bien ante el poco amor que circulaba entre las mujeres acomodadas de la ciudad.

Se inició hace un par de años. No lo había fraguado así: estudió una carrera, pero solo sirvió para colgar el título en una de las paredes de la sala de la casa de sus padres y que se sintieran orgullosos. Comenzó a intuir que ser dueño de una fisionomía generosa serviría mucho más y hasta el momento no había errado.
Conocía a varios amigos que ejercían el oficio. Viajaban a Estados Unidos y tenían buenos autos a pesar de no laborar de manera estable. ¿Cómo mierda lo hacían? Empezó a indagar. Cada uno de ellos tenía un book de fotos en dónde resaltaban partes de su cuerpo: sonrisa, rostro angular, pectorales anchos y macisos, pelvis y glúteos muy bien formados y una agenda de solventes contactos femeninos.
Despuntó con al menos cuatro clientas semanales. Se dio a conocer en diferentes redes sociales usando el marketing ilustrado en los cursos de domestika y la promoción dio resultados inmediatos. No precisó de un nombre propio, pero sí de al menos tres trajes que resaltaran su 1.80 mts. de estatura, su cabello ensortijado, su diseño de sonrisa, el color de sus ojos con lentes de contacto que permutaba según los deseos y las calenturas de sus clientes.
Tenía múltiples solicitudes a variadas horas del día. La cifra no era fija ni tampoco las posiciones. La mujeres disfrutaban con él a espaldas de esposos, novios y ex que desconocían lo intenso que podían llegar a ser las caricias y los orgasmos femeninos.
A las damas solitarias las trataba con caballerosidad, astucia (investigaba a las usuarias antes de laborar para ellas), pero también atendía solicitudes de tríos, o voyers, lo que tenía otro valor que derivaba entre lo simbólico y lo complejo.
Lucía era una de sus clientes frecuentes. Su historia amorosa era triste. Gozaba de prestigio académico y de belleza. Caderas generosas, cabello largo y negro que acentuaban su piel blanca, su bronceado artificial y un busto amplio que le permitía representar las rusas que tanto agradaban a Ernesto en su adolescencia. sus

Ella carecía de amor propio, la mirada hacia el suelo a la espera de ser desmerecida, la sensación de que era menos a otras mujeres que veía en redes sociales. Instagram la agobiaba, pesar a tener múltiples seguidores, pero Tik Tok no iba con bailes de escritorio. No obstante, la poca psicología virtual que había incorporado en sus fantasías sexuales la adiestraban en el disfrute carnal.
El contrato solo permitía caricias y penetraciones, nada de besos en la boca. Sin embargo, Lucía se negaba a fraccionar a Ernesto y pagaba lo que él deseara a cambio de un servicio complejo. El jugoso impuesto que pagaba semanalmente complacía sus extravagancias y caprichos en la cama o en los lugares donde a ella se le ocurriese.
Frida era más temeraria. Su matrimonio con un legislador de la Asamblea Nacional, que le doblaba la edad, era monótono y aburrido, aunque lleno de lujos. Examinaba las peripecias cuando viajaba a la provincia que puso a su esposo en una curul. Rubia, tanto como su estilista le permitiese, de 1., 55 mts, pero con tacones que levantaban 20 cmt. más, trigueña, aunque afirmaba que el tono de su piel se debía al sol costero, senos firmes gracias a los implantes que le otorgaban volumen y consistencia, abdomen seductor gracias al fitness y una vulva que otorgaba suficiente espacio para el falo juguetón, firme y dadivoso de Ernesto.
Una noche le propusieron un menage a troi a Ernesto y él, a cambio de una suma más alta, no tuvo objeción alguna. Frida sugirió una de sus residencias. El Audi RS6 se encontraba a su disposición a orillas del ex hotel Punta Carnero. Los tres acariciándose con placer fue el hecho previo al ocaso dentro del auto deportivo. Ernesto desvistió a ambas con delicadeza, llevaban lencería que mostraba la sensualidad que sus otros hombres habían anulado de su personalidad. Penetró de perrito a Lucy mientras ambos examinaban minuciosamente cómo Frida usaba el succionador de clítoris. El fisgoneo fue intenso y fue la tercera vez que Ernesto podía sentir a Lucía con un orgasmo febril.
Frida colocó boca arriba a Ernesto, esperando instrucciones de ambas, mientras Lucía se montaba encima de él y vibraba de placer sin olvidar a la compañera que buscaba entrar en el juego colocando su vagina encima del rostro de Ernesto.
Se vislumbró a lo lejos una sirena. Entre los colores azul y rojo estridentes se acercaron dos policías en un patrullero con una de las guías delanteras sin funcionar y el capó con grietas.

Los agentes representaban el prototipo del soborno. El primero, un cabo con sonrisa que denotaba picardía y un estómago aficionado a la cerveza. El segundo era un oficial muy joven, de apariencia honesta, de piel morena gracias al entrenamiento, fornido, deseoso de ser parte de ese festín. Ambos sostenían linternas para hurgar lo que pasaba dentro del auto. Ernesto, Lucía y Frida disfrutaban la orgía y no se dieron cuenta de que los agentes percibían todo el espectáculo.

Codiciaban dinero o cuerpos. Frida se ofreció a chantajearlos. Un monto de al menos tres cifras sería el monto. Lucía no estaba dispuesta a flaquear y Ernesto no tenía voto en ello. Si no cedían con el dinero, la exhibición sexual sería semanal, cuando los policías lo dispusieran. Frida aceptó.
Citó a los agentes muy cerca del santuario de Olón. Necesitaba estremecerse más. Los policías bañaron en huanchaca los cuerpos de las mujeres, lamieron sus senos sin la maestría que Ernesto podría haberlo hecho. Frida hizo gala de sus juguetes bondage: los látigos, esposas, arnés y succionadores se mezclaron entre la euforia y la excitación que los envolvía; no obstante, los agentes amenazaron con armas Glock de 9mm. a Ernesto para que saliera del auto o participara solo como un fisgón.
Él obedeció, salió y se fue caminando, despacio. Al fin y al cabo, en su libreta de citas tenía programada para mañana la visita a la cliente que mejor le pagaba.

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*Viviana Garcés-Vargas, salinense, es escritora y periodista. Integra el staff de loscronistas.net

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