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Seis meses sin fornicar. Mi cerebro había olvidado por completo segregar oxitocina, se convirtió en hastiado y poco famélico. Las soluciones que le habían sugerido hace tiempo atrás, estimuladores sexuales o pornografía, ya no le causaban ningún tipo de placer, a pesar de los ofrecimientos de intrusos que prometían vigilias de hechizo; ninguno me atraía por completo.

¿Era acaso apatía sexual? Ni siquiera estaba cercana al climaterio, sino dentro del mal catalogado «mejores años de juventud» que reiteraba la «Cosmopolitan» en cada una de sus ediciones. Había tenido relaciones complacientes hasta cierto punto, pero ninguna que me hiciera recordar por mucho tiempo el deleite que merecía. ¿Malos amantes acaso?, algunos se esmeraban y con suma paciencia esperaba no debilitar su frágil ego, pero siempre me parecía que carecían de algo. Debo averiguar el por qué.

Pos el teletrabajo, debía estar conectada hasta las horas menos previstas para recibir cambios en las tareas encomendadas. Al ser una integrante inexperta por mis pocas semanas de haber ingresado en el medio, emplazaron a uno de mis compañeros más experimentados en la rama. Solo un par de años más que yo y con esa avidez por aleccionar en todo tipo de menesteres, debíamos conectarnos cada dos horas por medio del zoom para correcciones y disposiciones de la agencia. Nunca habíamos intimado, a lo mucho saludos espontáneos, siempre lo dejaba en visto por whatsapp ya que era adicto al trabajo y eso me estaba agotando.

-Hola. ✔️✔️
-Sé que te he fastidiado últimamente. ✔️✔️
-Y que probablemente solo deseas tratarme profesionalmente.✔️✔️
-Pero me he percatado que no te soy ajeno. ✔️✔️
-Te dejo mi dirección, aunque sé que evitas salir porque vives con adultos mayores. Este mensaje será temporal. No escatimes mucho tiempo. Suelo leer tu blog, podría ser una casualidad si decides tomarla. Una corbata en la manilla de la puerta será la pista para que puedas pasar desapercibida.✔️✔️

No solía leer mensajes en la madrugada, ya bastante ansiosa me encontraba parte del día como para no dormir con tranquilidad. Él me había perturbado recientemente. Había desactivado el visto y obviado mis visitas al blog. Él lo había encontrado y leído mi última entrada. Me encontraba expuesta y vulnerable, me agradaba esa sensación, no corríamos el riesgo, aunque parte del manual de convivencia del periódico nos prohibía ese tipo de actos próximos, valía la pena esa eventualidad.

Anhelaba derretir esa apatía que, a pesar de la terapia, seguía congelada. Él era lo suficientemente alto, 1.75 metros, sin cabello pero con un pecho que se traducía a un abrigo silencioso, de 43 años y barba espaciosa. Pocas veces sonreía, veía exponer sus emojis más en los mensajes sin contestar que en las reuniones cibernéticas. Era escueto en su vida personal, desconocía su situación sentimental y solo podía observar a un gato que se asomaba bajo el Zoom, intentando jugar con el ratón del computador.

Le respondí al día siguiente, me encontraba nerviosa, había despertado con una transpiración un poco confusa a pesar de los 20 grados centígrados que habitaban en agosto. Me saqué el baby doll y decidí tomarme una foto para enviársela. Si no contestaba en ese momento no intentaría absolutamente nada más, sería una humillación que no estaba dispuesta a soportar.

-Pensé que nunca contestarías. Tengo también una foto para ti ✔️✔️

Era su tórax firme y bien torneado. Para mí no era justo, se lo di a entender. ¿Podrías ser más específico?, esto no da mayor abasto a mi imaginación.

Recibo otra instantánea en la hora del almuerzo,  justo cuando nos encontrábamos reunidos en la plataforma de trabajo. Éramos solo los dos, seguía siendo una novata y él a veces me lo infería. Estábamos planeando cuál sería la portada del día de mañana y observo que él muestra su calzoncillo, aparentemente nuevo, y se para en plena convocatoria. Se vislumbra algo de vello púbico, toma su miembro y apaga la cámara. ¡Mierda!, exclamé. Me estimulaba más de lo que requería en esos momentos. Había guardado su dirección, pero no me atrevía a ir, algo me lo imposibilitaba. Él me enardecía, pero no me dio mayores pistas hasta días después.
Recibo un mensaje por whatsapp.

-Hola, ¿No te agradó la foto de la última vez? No te veo muy interesada, ¿o solo deseas que te implore como virgen de estampa?✔️✔️
…✔️✔️
-No te preocupes por tu lugar de trabajo, te has esmerado mucho desde que ingresaste, aunque en el plano sexual te sigo viendo un poco rígida. ¿Me equivoco?✔️✔️
-Envío instantánea para que así duermas pensando en alguien más. ✔️✔️

En efecto, se esmeró en la nueva fotografía. La iluminación le otorgaba cierto misticismo frente al espejo del baño, solo tomando su celular, un falo de 15 centímetros, erecto, majestuoso, algo rosa, algo negro, debido a la opacidad de la noche.

Tiré el celular. Hace tiempo que no observaba con detalle algo semejante, mi resistencia había sido innata ante la escasez de prospectos y la sensación de que nadie podría satisfacerme como las primeras veces.

Recibo una videollamada. Eran 22h30, era él, yo estaba a punto de dormir y me dice:

-Aquí no podrás dejarme en visto, ¿te interesa?

Tomé mi celular y solo pude mover la cabeza en forma de afirmación. Se había quitado la camisa que yo reconocía (uniforme de trabajo), jean, calzoncillo y zapatos, todo se encontraba en absoluto orden, del cual me daba vergüenza, porque mi habitación no se encontraba igual.

Decidió bailar, nunca lo había visto tan sugestivo: «Es mirar la montaña y decir no podré (…)», balancear las caderas al son de Gilberto Santa Rosa y yo lo seguí con el ritmo, intentando zafarme de la blusa y bralette que hacía juego para no desentonar. Nos mostramos vulnerables y por primera vez, sonreímos coquetos a la par.

Él cerró la llamada y no supe más por al menos dos días, los que concertando un descanso para ambos; empero no pude reposar. Esa última llamada había sido exquisita, sin hablar, solo mostrando nuestras fragilidades. Seguía pensando seriamente en visitarlo. Pero, ¿Si compartía lugar con alguien más? ¿Habría ido a hacer compras? Preguntas estúpidas para cuestionar mi falta de coraje.

Me encontraba cerca de su departamento, me di una vuelta, toqué el timbre y, en efecto, la pajarita seguía sujeta a la cerradura de su puerta. Toqué con rubor. Un short, una crop top y unas sandalias para bajar la sensualidad a la informalidad.

Se demoró en abrir, pensé que era una eternidad, coloqué mis oídos en la puerta para saber si habría gente en el departamento. No se escuchaban murmullos. Estaba comenzando a azorarme.

A punto de irme percibí cómo alguien gira la manija. Era él, desnudo, con una copa de vino en la mano y con una botella en la otra.

-Lamento no haber abierto antes. Pensé que no vendrías nunca. Dejó que ingresara a su habitación, donde un sillón tantra nos estaba esperando.

-Quiero ser tu gigoló por esta noche, ¿Aceptas?

Estaba ansiosa por un buen manoseo, no obstante, él estaba presto a eso y más. Bajó el cierre de mi short con premura, el bralette estaba fuera gracias a mi cortesía y la camiseta, ni qué decir. Me sujetó por atrás y comenzó a recorrer mis glúteos con su pene. Llenó en pocos minutos todos los espacios en los que ya no cabía un vibrador más.

Me cortejó con chocolate encima de mi vagina y lamió la zona con exquisitez. Empecé a aspirar el «Dior Sauvage» que penetraba todo su cuerpo, me encandiló hasta llegar al multiorgasmo. Fueron horas en donde desconocí hasta mi nombre.

Tuve que despertar. La niña no había tomado el biberón hace dos horas y el mayor aún no sabía ir al baño sin pañales. Mi esposo había dejado un par de dólares para el delivery. La lubricación funcionó. Debí renunciar al Zoom. Él me había dejado en la puerta del letargo donde aún era feliz y no lo sabía.

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*Viviana Garcés-Vargas es nacida en Salinas, Ecuador. Es escritora y periodista. Al momento redacta una serie de cuentos que serán parte de su primer libro. Es miembro del staff permanente del portal digital loscronistas.net

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