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El anciano

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Por Marco Maldonado*

La familia llevaba apenas dos semanas de haberse mudado. Era una casa muy antigua, de principios de siglo pasado. Desde que entraron por primera vez todos en la familia sintieron una vibra  especial, alguna clase de energía extraña en el ambiente.

Aunque ni la madre ni el padre hablaran del tema, sí lo hizo Miguel, su único hijo, que constantemente repetía que no le gustaba su nuevo hogar y pedía regresar a su antigua casa, pero como a todo niño de cinco años lo ignoraban pensando que solo buscaba llamar la atención. Y aunque los padres de Miguelito lo hubiesen querido complacer al niño les era tarea casi imposible ya que habían invertido todo lo que tenían en la compra de esta casa, no había marcha atrás.

El nuevo hogar estaba ubicado en un pueblo de pocos habitantes, paisaje gris, árboles gigantes y clima cálido.

Los días iniciaban con el pequeño Miguel despidiéndose de su padre. Lo contemplaba desde la ventana de la casa y lo veía subir a su carro, el padre desde lejos le hacía un ademán a su hijo para emprender otro día más de trabajo, esa era la mejor parte del día de Miguel, quien se quedaba solo con su madre.

Ella se dedicaba a sus labores de ama de casa y en su afán de tener todo el lugar muy ordenado muchas veces su hijo quedaba relegado a quedarse en su cuarto, encerrado.

El niño era tímido y nervioso, delgado y de apariencia frágil. Pasaba los días encerrado en su cuarto jugando con sus carritos de madera, pues sus padres le habían prohibido entrar a otras habitaciones de la casa. Su cuarto era un poco oscuro con un olor particular a humedad. Se sentía una energía mucho más pesada que en el resto de la casa pero, a pesar de esto, el pequeño cumplía con las órdenes de sus progenitores y no salía para nada de la habitación a no ser que su madre lo llamase para la cena.

Un día la madre decidió emprender un pequeño negocio: instaló un quiosco tipo soda bar cruzando la calle, le dedicaba unas seis horas al día a este emprendimiento y como lo había colocado justo al frente de su casa pensaba en que lo mejor para su hijo era que este se quedara en casa solo hasta que ella volviera. El niño protestó, pero al final tuvo que resignarse.

Lo que en su momento parecía una energía confusa en su cuarto se iba volviendo otra cosa, empezaba a divisar una sombra que caminaba lentamente de un lado a otro de la habitación. Al principio la sombra era gris y poco visible, pero, a medida que pasaban los días se volvía más densa y oscura. El pequeño niño podía distinguir en esa sombra la forma de un anciano con bastón.

Miguel lo veía avanzar de un lado a otro de la habitación, caminando lento y cojeando. El niño empezaba a tener conductas extrañas, como encerrarse por horas en el armario hasta que desapareciera el espíritu, empezó a mojar la cama y sus padres lo regañaban, a pesar de que él les manifestaba lo que pasaba en su cuarto.

Pasaron algunas semanas y esta extraña energía seguía apareciendo, casi a diario. Ahora, cada vez que venía el espectro, lo acompañabas un frío inusual. El niño seguía encerrándose en el armario acompañado de un perrito que le había regalado su padre, esperando que con la compañía del can el niño dejara de alucinar.

Cada vez que aparecía el espíritu el perro empezaba a ladrar en dirección al anciano, quien con el pasar de los días se volvía más claro y tomaba color. Ahora podía distinguir otros rasgos más, ver su pelo canoso, sus lentes gruesos y tenía una pierna un poco más corta que la otra. Además podía distinguir que usaba un buzo celeste.

A pocos días de cumplir Miguel seis años sucedió algo que marcaría al niño de por vida. Se encontraba jugando en su cuarto con su perro, la puerta del cuarto estaba semiabierta y un frío invadía la habitación. El asustado niño ya sabía lo que se venía, así que intentó salir de la habitación, pero en esta ocasión el perro se le adelantó, abandonándolo.

Miguel caminó a la puerta, esta se cerró y no le quedó sino encerrarse en el armario, como otras tantas veces. El niño miraba por la hendija del armario, expectante del espíritu del anciano, pero esta vez era diferente: el anciano tenía en su mano izquierda una soga y el niño vio cómo el anciano con dificultad amarraba la soga a la viga del techo de la habitación, se sentó en la silla de madera azul contemplando la soga alrededor de una hora y Miguel miraba sin entender bien lo que pasaba. Preso por el miedo el niño desde el armario le gritó al anciano:

-Señor, váyase! ¡Esta es mi casa! –.

Transcurrieron unos minutos y el anciano movió la silla en dirección a la soga, se paró sobre ella, la amarró a su cuello, se arrojó de la silla y se ahorcó.

El niño salió gritando del armario e intentó abrir la puerta, pero esta estaba cerrada, la pateó reiteradamente, gritó por largo rato. Su llanto era tan fuerte que su madre, al otro lado de la calle, le escuchó y acudió en auxilio del pequeño.

Luego de este evento a la familia no le quedó más remedio que poner en alquiler la casa y mudarse a otro sitio. El niño se prometió nunca más regresar allí, sin embargo, transcurrirían un poco más de seis décadas para que regresara a la casa.

Miguel ahora era un anciano. Sufría de Alzheimer y a causa de su enfermedad cada vez era más difícil lidiar con él. También sufría de una dificultad para hablar y por este motivo se había vuelto callado y amargado.

Su único hijo, quien era el que lo cuidaba, había decidido que lo mejor era que su padre viviera en la vieja casa, acompañado de una enfermera, dada su condición mental.

El anciano no recordaba los episodios que de niño vivió en este lugar, pero a pesar de esto apenas puso un pie en esa casa no pudo evitar sentir esa sensación de nuevo, esa energía tan pesada que de niño tanto le perturbó.

La enfermera que lo cuidaba apenas cumplía con lo esencial de su trabajo, le daba sus pastillas y le ayudaba a comer, pero no hablaba con Miguel. Prácticamente lo ignoraba y el viejo pasaba sus días en completa soledad, encerrado en la misma habitación que tuvo de niño. A veces se sentaba con su bastón a mirar las paredes y otras veces caminaba por la habitación del cuarto. Lo hacía cojeando un poco ya que tenía una pierna ligeramente más corta que la otra a causa de un accidente de tránsito. Caminaba de un lado a otro con su buzo celeste y sus gruesos lentes.

Al cabo de algunos días de encierro percibió que por ciertos momentos en su cuarto soplaban ráfagas de frío a pesar de no haber ventanas. Empezó a observar el espectro de un niño caminando por la habitación y escuchaba ruidos en el armario.

Con el pasar de los días el anciano solo se sentaba a verse sumido en el más profundo de los miedos, quería hablar pero no podía, cada vez que el espectro se le aparecía sentía escalofrío y un apretón en el pecho, las mismas sensaciones la había vivido muchos años atrás, aunque no recordaba cuándo ni dónde.

Se lo contó a su hijo y a la enfermera, pero ambos lo ignoraron pensando que eran solo excusas para regresar a su antigua morada. El anciano esperaba que el espíritu se marchara, pero este cada día se volvía más real.

La soledad, la depresión y el miedo incontrolable lo rebasaron por completo y un día, cansado de ser ignorado y por el dolor de sobrellevar su enfermedad se dirigió a la bodega, tomó una soga, subió a su habitación, acomodó la vieja silla azul de madera, subió y ató la soga a la viga del techo de la habitación.

Luego se sentó a contemplarla, como si de algún sueño se tratase.

Mientras contemplaba la soga se preguntaba si tomar o no la decisión, esperando alguna señal del destino, cuando de repente, y como dándole el empujón que necesitaba entró una ráfaga de frío a la habitación y desde el armario emergió la voz del niño:

-Señor, váyase! ¡Esta es mi casa!

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*Markbass es un escritor aficionado, nacido en Guayaquil en 1983. Amante de la música, publica sus historias en su blog personal https://marcomaldonadomamh.wixsite.com/website y en su Instagram @marcodehistorias. Colabora ocasionalmente con loscronistas.net

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