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*Por María Dolores Cabrera  

 La escritora María Dolores Cabrera reflexiona sobre la legalización de la eutanasia y la posibilidad de elegir nuestro final si el dolor se volviera insoportable.

 

Hoy, viernes 18 de diciembre del año 2020, a las 08h15 de la mañana, me dirijo al Centro Médico, donde debo hacerme exámenes de sangre como parte de un control trimestral, relacionado con mi afección tiroidea crónica. Voy de copiloto en el carro. Conduce Juan, mi marido. Los dos usamos mascarillas por la pandemia. Desde mi celular reviso los titulares de los principales periódicos. Leo con asombro, un encabezado de El Comercio, que me deja perpleja y me emociona a la vez. Siento una sensación de bienestar y deseo aplaudir de manera impulsiva. Me alegro y visiblemente fascinada comento con mi marido:

«Por fin. ¡Qué excelente noticia la que leo! Casi no lo puedo creer», y sonrío tan complacida mientras sostengo el teléfono celular en mis manos, que Juan, asombrado, me dice mientras maneja:

«¿Qué pasó?»

«Escucha esto», le respondo y leo en voz alta:

El Congreso de España aprueba la Ley que despenaliza la eutanasia.

El Congreso de España aprobó este jueves 17 de diciembre del 2020 por una clara mayoría el proyecto de ley de la eutanasia, que despenaliza y regula por primera vez en España la ayuda médica para morir… La norma que aún tiene que ser aprobada por el Senado obtuvo la mayoría absoluta del Congreso…

Sigo la lectura del texto con la mirada y luego, resumo a manera de conversación: El Congreso que lo aprueba considera que, para quien desea suspender el sufrimiento físico cuando llega a ser insoportable, la eutanasia debería ser un derecho gratuito. El ministro de sanidad, Salvador Illa, se ha pronunciado acerca de que simplemente se trata de sentido común y humanidad.

Juan aprueba con su cabeza a pesar de que recalca que aún falta que el Senado apruebe la ley. El artículo le complace por mí, porque sabe que siempre he estado a favor de la eutanasia y que he escrito bastante sobre ello. He redactado ensayos sobre el tema. He recomendado películas como Mar adentro, Amour, El cuaderno de Tomy, Nunca me dejes sola, en cuyas tramas se muestra la necesidad de compadecerse de quien sufre y ya no desea hacerlo. Sabe que defiendo el derecho del ser humano de decidir por su propia vida y he ido incluso más allá al escribir sobre el polémico tema del suicidio en otro ensayo que publiqué en 2019 en el número 3 de la revista digital Máquina Combinatoria, titulado Suicidio: estigmas, tabúes y empatía.

Llegamos al Centro Médico C.B. Ingresamos. Miro a las personas que esperan el turno para ser atendidas. Todos llevan mascarillas e incluso algunos usan protectores faciales de acrílico transparente. Observo los azulejos blancos y fríos que simulan asepsia y pulcritud. Huele a alcohol. Sobre una mesa de metal hay paquetes de gasas e implementos médicos. El ambiente me inquieta. Se percibe el miedo a la enfermedad, pero también resignación y acatamiento. A nadie le importa mucho la incomodidad de un pinchazo frente a lo que puede significar un mal mayor. Me adapto al momento y espero. Fantaseo con la idea de que si yo estaría en un escenario de extremo sufrimiento, quizás en medio de un coma inducido e intubada (como muchos lo han estado y aún lo están en medio de esta maldita pandemia) y siendo otros los que decidan que debo seguir con el suplicio, mi angustia e impotencia serían desesperantes. Entonces, pienso que debo explicar por escrito que en una situación así, yo autorizaría a mi familia y a los médicos que detengan mi tortura. En ese momento, miro a los profesionales de la salud del Instituto y concientizo acerca de que en este país la eutanasia no es legal y que, si llegaran a cumplir mi requerimiento, serían sancionados por las leyes. Que ninguna petición escrita sería lícita, que mi autorización y mi firma no valdrían nada, tal cual lo describí en la historia ficticia pero llena de realidades macabras, narrada en uno de mis cuentos publicados, en la misma revista digital, y que se titula La prisión.

Estas reflexiones me llevan a sentir temor y se desata en el interior de mi estómago, de mis intestinos y hasta de mis huesos una ansiedad que apenas consigo disimular. Quizás muchos de aquellos galenos estarían de acuerdo con mi criterio, pero, atados de pies y manos, no podrían actuar para ayudarme.

Una joven con mandil azul, seria y algo apurada, me llama a la vez que busca con su mirada entre la gente: «Señora Cabrera, pase por favor.» Entro en el cubículo correspondiente y me siento en una silla de la que desconfío, pues el virus puede sobrevivir por horas sobre cualquier superficie. Ajusta una liga en mi brazo derecho, me pincha en la vena y extrae una cantidad de sangre que llena un pequeño tubo de vidrio. La enfermera me dice: «Eso es todo. Mañana a las diez de la mañana estarán listos los resultados en la página web del Instituto.» Yo miro a la señorita a los ojos por algunos instantes y ella se siente incómoda. Tengo ganas de preguntarle qué opina de la eutanasia y si ella se ha enterado de que el día de ayer el Congreso de España ha aprobado una ley que ayuda a morir a quien sufra de alguna enfermedad que ya no tenga remedio y que cause mucho sufrimiento en el paciente, pero no me atrevo a decir nada, pues no es un momento oportuno, y ella me repite: «Eso es todo, señora.» Entonces le agradezco y me retiro. Regresamos a casa.

Han pasado dos días desde que leí la noticia de la aprobación de la eutanasia en España, y hoy es domingo 20 de diciembre. Son las 07h00 y me dispongo a preparar el desayuno, pero primero, como casi todas las mañanas, reviso de nuevo los titulares de la prensa en Internet y encuentro otro encabezado, esta vez, del informativo digital español El País:

Si no puedo curarme y no aguanto el dolor, al menos que pueda elegir mi final.

El Valenciano Rafael Botella, tetrapléjico desde hace 16 años, pidió morir hace año y medio. Ahora quiere vivir sabiendo que puede recurrir a la eutanasia.

Leo la noticia completa y me entero de que Rafael Botella es un joven de 35 años, nacido en Valencia, España, que es tetrapléjico desde hace 16, debido a un accidente que tuvo en su coche. Pidió morir hace año y medio, pero ahora quiere elegir el momento a voluntad. Desea continuar con la certeza de que puede decidir cuándo morir, pues considera que llegado el momento, esa sería la única vía de escape digna. Ha acudido a DMD (Derecho a Morir Dignamente), asociación que lo apoyó y que además le ha aconsejado que opte por una nueva terapia para disminuir el insoportable dolor que padece. Rafael ha aceptado esta alternativa y su dolencia ha mermado, pero insiste en que quiere tener la certeza de que cuando necesite descansar, podrá hacerlo. Cree que la decisión del Congreso español ha sido acertada y que le da una luz, una esperanza. Está consciente de que todavía existe mucha gente que, apegada a doctrinas religiosas o a conceptos y creencias similares, rechazan esta opción y son precisamente ellos quienes lo juzgarán como a un cobarde que se ha cansado de luchar, que no quiere sentirse una carga o que no teme al castigo divino. Él sostiene que si no pedimos permiso para nacer ¿por qué tendríamos que pedir permiso para morir?  Rafael Botella, en el artículo que he leído, habla de sus preferencias, de su música, de sus sentimientos y de lo que ha sido su joven vida.

Recuerdo que estamos a pocos días de celebrar Navidad. Una Navidad distinta, ajustada a las circunstancias de un relativo confinamiento y de un obligatorio y necesario distanciamiento social. Acomodo platos, vasos y tasas mientras pienso de nuevo en mí. Me viene a la memoria la inquieta mirada de la enfermera que tomó la muestra de mi sangre para los análisis y el rostro de facciones maduras de un médico que cruzó por la sala mientras mi marido y yo salíamos del Centro Médico C.B. Siento curiosidad por saber qué piensan ellos del tema a pesar de haber jurado que solo salvarán vidas sin importar nada más. Dejo mi teléfono celular en el mesón de la cocina. Preparo café. Frío dos huevos y meto un par de tajadas de pan en el tostador. Mi gato naranja pasa entre mis pies y maúlla porque desea que le llene su plato de comida. Tomo el tarro donde está su alimento, me agacho y en cuclillas colmo el recipiente. Me quedo en esa posición y lo veo comer. Alza su cara y me mira agradecido. Lo amo desde que llegó a mí a los tres meses de edad. Ahora tiene cuatro años y me ha acompañado con cariño y fidelidad. Mi memoria se traslada al tiempo en que una vecina tomó la decisión de dormir a su perrito negro de 17 años de edad porque sufría. Estaba agotado. Ni su corazón ni sus pulmones tenían ya óptimas condiciones, y se ahogaba. Le faltaba el aire y no podía respirar bien. Caminaba con lentitud y sus huesos se rompían con facilidad. Una tarde, ella decidió «dormirlo» para que descanse. Esa era la mejor opción dada por los veterinarios que lo chequearon en su último tiempo de vida. Era prudente. Era la hora. Era la mayor muestra de amor que podía darle. Una muerte digna y sin más dolor. Un regalo de paz y de descanso. Sin duda triste, pero después de 17 años de amor, hubiese sido funesto permitir que padeciera por gusto, una injusticia sin nombre, y entonces pensé: ¿Y si fuera al revés? ¿Y si fuera nuestro perro o nuestro gato quien debiera decidir el momento de detener nuestro inútil sufrimiento? ¿Lo harían? No dudé en responderme a mí misma que sí, que seguro el amor de una mascota hacia su amo es tan grande que lo haría. Nos pondrían a «dormir» para aliviar nuestro mal.

He sido testigo de casos de mascotas de amigos, de conocidos y de familiares, que en cuanto sus amados animalitos han comenzado a sentir afección por un tumor maligno, por edad avanzada, por cáncer, por mal funcionamiento de los riñones o por cualquier situación similar, no han dudado ni un momento en aliviar de inmediato su mal y los médicos veterinarios tampoco.

Entonces, si esa es la mejor muestra de amor hacia nuestras mascotas, si los veterinarios y los defensores de los derechos de los animales, así lo creen, ¿por qué entre los seres humanos nos negamos ese derecho, esa demostración de amor y de respeto entre nosotros?

El ser humano es contradictorio por naturaleza. Dice amar, pero su concepto de amor no incluye la compasión ni la empatía, mucho menos el respeto a la decisión ajena. Observo de nuevo a mi gato y mientras la mirada de sus ojos verdes se cruza con la mía, le prometo que si llega el día en que necesite aliviar algún sufrimiento por exceso de edad o por enfermedad, le ayudaré de inmediato.

De pronto, regresa a mi mente la idea de la vida del español Rafael Botella. Es muy joven y podría duplicar su edad actual o incluso más, pero ¿qué va a suceder? ¿Vivirá otros 35 años más acostado en una cama sin poder moverse y siendo un suplicio su aseo personal, su alimentación, su ausencia de movilidad? Imagino su cuerpo lleno de escaras, de llagas y de dolor. ¿Qué noticias nuevas nos dará el periódico El País en el futuro, acerca del desenlace de su caso?

Estaré atenta, me digo. Acaricio el lomo de mi gato y me levanto. Juan entra a la cocina y hace un comentario acerca del agradable olor del café. Le digo que los huevos fritos y las tostadas se enfrían y que desayunemos pronto. Él pica algo de fruta y nos sentamos a comer.

«¿Crees que el Senado apruebe la eutanasia en España?», le pregunto.  «El Congreso ya lo ha hecho y ese es un gran paso.»

«No te obsesiones con eso», me dice.

Yo bebo un sorbo de café y mi mirada se pierde en la nada mientras considero que ha llegado el momento de escribir una carta similar a la que escribió Inés, la mujer de Miguel, en mi cuento La prisión.

Hoy por hoy, en medio de la mortal pandemia desatada este año en el mundo, me pregunto: ¿cuánta gente que ha muerto después de estar inducida al coma, en terapia intensiva e intubada, hubiera pedido, de haber podido, que no la dejen padecer y que le permitan marcharse sin angustia y sin sufrir?

Continúo con mi desayuno y comento cuánto me complace que los resultados de mis exámenes médicos hayan sido buenos. Mi salud está bien. Por ahora estoy tranquila. Mi marido me mira, sonríe una vez más porque sabe con exactitud lo que pienso. Observa, a través de la puerta abierta, el árbol de Navidad que está en la sala y me dice:

«Yo también me alegro (una pausa). Escuché hace un rato, en el informativo de esta mañana, que la vacuna contra la Covid-19 ya es un hecho. Este 2020, muy malo para algunos y nefasto para muchos, termina con algunas buenas noticias matutinas, ¿verdad?»

Respondo solo con un gesto. Otra vez pienso en la nueva Ley de España, de nuevo la asocio con la historia de Rafael Botella y termino en silencio mi café.

*Segunda mención en la I Convocatoria de periodismo narrativo, organizada por loscronistas.net

_______________________________________

 *María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Psicóloga clínica y escritora ecuatoriana. Ha publicado tres novelas y dos libros de cuentos. Tiene un Diplomado en literatura latinoamericana en la Universidad de Los Hemisferios y cursos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar. En la actualidad escribe mensualmente para la revista literaria digital Máquina Combinatoria.

Foto de Rafael Botella, tomada de El País  

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Comments (2)

  1. CARMEN MARIA

    20 Abr 2021

    CORTO, INTENSO, LLENO DE VERDADES. BIEN POR TI.
    Y YO SOY DE LOS QUE APOYAN LA EUTANASIA, SIN DUDA.

    • Los Cronistas

      21 Abr 2021

      Gracias por tu comentario.

      Saludos fraternos,

      Rubén Darío Buitrón
      Director-fundador

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