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El precio de la tristeza

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En una esquina de la avenida Eloy Alfaro me encuentro con Santiago. Empieza a caer la noche.

Lo veo descompuesto, frágil, como si la existencia le importara poco, como si la vida que circula a su alrededor no tendría sentido.

Me dice que no debería contar a nadie lo que le pasa, pero que si ya viene haciéndolo con el psiquiatra, ¿cómo no lo haría con un amigo?

Me cuenta que cada cita con su médico cuesta 60 dólares y que, en otros tiempos (no sé qué me quiere decir con “otros tiempos”) habría protestado y exigido que alguna institución de control pusiera freno a estos abusos.

¿Sobre la base de qué criterios te cobra 60 dólares un psiquiatra o un urólogo o un especialista en traumatología? ¿Quién fija las reglas? ¿Quién pone las tarifas?

Pero no, para qué, expresa resignado y con la mirada perdida en algún punto indescifrable de su propia alma.

Afuera oscurece. Con prudencia le digo que si quiere me cuente lo que le ocurre, porque no creo que su problema sean los 60 dólares. Tiene un empleo y tenerlo no debería ser producto de su tristeza.

Cuando empieza a llover la noche cae y me pide guarecernos en una tienda de abarrotes. Él pide un sánduche y una cocacola. Yo, una botella de agua mineral con gas.

Nos sentamos en una especie de barra, de frente a una pared sucia, de color amarillento, con el único adorno de un viejo calendario de flores japonesas y la publicidad de una marca de electrodomésticos.

Nada me anima, reflexiona en voz alta. Luego me mira y me pregunta: ¿y a ti?

Le respondo que yo no soy el tema ese momento, que me cuente más de él.

¿Sabes cuántas decepciones llevo sobre mis hombros?, pregunta en un tono discursivo, de tarima.

Lo recuerdo, entonces, cuando él lideraba nuestro taller de literatura y nuestra revista, la cual apenas pudo circular cuatro números. Lo recuerdo cuando editaba nuestros primeros libros que fueron un fracaso pero que, al final, salieron, produjeron cierta bulla en la prensa, cierto escozor en las damas de la aristocracia reunidas en los clubes de lectura, algo de bulla en la prensa y uno que otro debate. Nada más.

Yo ya no escribo, me dice. Ya no escribo nada. Mastica sus palabras como si estuviera leyendo mis pensamientos. ¿Y tú? Sé que sí, aunque no te he leído. Mejor dicho, ya no leo nada de nada.

Me veo a mí y siento que quien está conmigo soy yo mismo. Me veo en la derrota del hombre que tengo a mi lado y que come y traga sin masticar un sánduche inútil (pan blanco, queso de mal olor, un pedazo de tomate un cuarto de hoja de lechuga) y bebe grandes sorbos de su cocacola.

Pero no. Es otro. Es “el otro”, como dicen los sociólogos, los antropólogos y los teóricos de la comunicación social.

Deja a medias el sánduche, lo arroja a un sucio tarro de plástico de color verde y toma lo que le queda de la botella.

Afuera llueve con intensidad casi salvaje. Entran soplos de un viento helado. Quito se vuelve hostil, más de que de costumbre, un lunes en el ocaso del día.

Atenuar la tristeza cuesta 60 dólares y un montón de pastillas, susurra mientras observa con escepticismo la imagen de una de las flores del calendario.

La flor parece oscurecerse, como la noche sin luna allá afuera. Crepitan los truenos. Los relámpagos. La lluvia que no cesa.

¿Tú crees -me pregunta- que suicidarse sea gratis?

Entonces recuerdo a Iliana, una de mis amigas más queridas. Recuerdo cuando me la encontré en un bus de la línea San Bartolo-Miraflores. Estaba pálida. Tenía la misma mirada de mi amigo. Me senté a su lado. Se puso a llorar. Le dije que me iba a casa a visitar a mi madre y le pregunté si quisiera acompañarme.

Me dijo que no. Que tenía mucho que hacer ese día. Que iría en el bus desde el principio hasta el final del recorrido y luego desde el final hasta el principio las veces que pudiera, hasta que le pidiesen que se bajara del vehículo.

Una semana después supe que se había suicidado. Y lloré por mi incapacidad de ayudarla, de entenderla, de percibir que algún fuerte sismo le estremecía la vida.

¿Tú crees -me llama la atención mi amigo- que suicidarse no cuesta?

Lo miro. Le responde que no lo sé. En lo más profundo de mí quiero que me diga que está viviendo una pesadilla y que ya pasará.

¿Puedo ayudarte? ¿Qué te parece si salimos, dejamos que la lluvia empape nuestros hombros y nuestras cabezas y vas contándome lo que te ocurre?

No, replica. Voy de vuelta donde el psiquiatra y le pediré que me devuelva los 60 dólares. Miraré su rostro de desconcierto. De avaricia. ¿Estará dispuesto a ceder los 60 dólares a un paciente a quien ya lo vio, ya lo escuchó, ya lo aconsejó y la le recetó? Además, le diré que he decidido suicidarme, que de nada ha valido su tratamiento. No creo que valga la pena, balbuceo casi sin saber qué decir.

Nos quedamos en silencio. Él se pone de pie, retira el banquito donde estaba sentado, observa mi actitud. Hace una mueca. Mueve la cabeza.

Adiós, me dice. Anda tú con la lluvia. Yo me quedo.

Salgo, desconcertado. No sé si nada es cierto.

________________________________

*Rubén Darío Buitrón (Quito) es poeta, narrador y periodista. Ha escrito diez libros sobre distintos géneros y tiene en preparación dos más. Ha ganado premios nacionales de periodismo y de cuento. En la cadena SRRadio mantiene el programa “La otra mirada” y escribe para la revista digital Plan V. Es el director-fundador del portal loscronistas.net 

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