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Por María José Larrea*

Acordamos a las tres de la tarde en el Ciprés de Monterrey, una isla en medio del asfalto, gigante y solitario dividiendo el pavimento.     El sol evaporaba la humedad.  Era Navidad y no había tráfico, la ciudad dormía la siesta como si fuera domingo.   Comprobé los dientes limpios, rellené de color los labios,  alargué las pestañas; hice una mueca logrando una armonía desconocida, pero… no era natural.  Tapé y acomodé los frascos.  Cerré cada habitación.  Aseguré la puerta principal.  Me coloqué las gafas y salí.

En cuanto crucé la calle, los cristales se resbalaron de mi nariz y me sujeté del portón de hierro forjado para acomodarlos.  Miré la escalera en la que conversábamos,  los juegos en la terraza sin plantas, el tocadiscos portátil de donde salía  la voz de Miguel Bosé, el baño inundado de Jane Natte, el Milo en el desayunador y al Contralmirante, expresidente, leyendo el periódico junto a los ventanales repletos de sol.

Regresé la vista a la tienda que ya no estaba.  El olor de las bebas, de las rosas de pan de agua de veinte centavos de sucre, de los guineos maduros y la madera rasqueteada llegó junto con el de las palmeras de la casa contigua.  Rompía los cocos acomodados en los rotos del cemento hasta que me dolieran las manos, atorándome en su carne.  En los salientes florecían las hortensias y una orquídea multicolor.  El foco  pendiente de un cable largo en la cocina minúscula  iluminaba los pristiños ahogados en miel y el humo del chocolate de las tazas de vidrio verde Art Decó.  Entonces, era Navidad.

El semáforo cambió la luz y  continué hacia el Este.  Era temprano para virar hacia el árbol.  Atrás quedó el volcán.  El sol entibiaba la tarde en las villitas, los jardines y las terrazas  vacías.

En la mitad de la cuadra volteé hacia el muro.  Recordé al niño  moreno, de nariz alargada y pelo abundante que olía a piña fermentada y cantaba La cigarra hasta que se fue del barrio y años después, sin dejar de ser niño,  murió.

Volví a cruzar la calle, como si regresara, tenía que hacer tiempo. Caminé por la acera donde el compositor, apoyado en su cerca,  fumaba altivo con su cabello frondoso.  Por las ventanas  podía mirar  los contrabajos  descansando en las paredes de su sala y mis dedos acalambrados  presionando silenciosamente las cuerdas de la guitarra.

Llegué a la otra cuadra tarareando Atahualpa, volví a subir hacia el Oeste el mismo número de cuadras que había bajado.   Pocas veces me embarcaba en los buses destartalados repletos de gente, y sin embargo, esperaba el transporte del colegio envuelta en un impermeable azul cansón, olisqueada por una jauría  aterradora.

Giré hacia el Norte.  Pasé por las tiendas, el comedor, la farmacia, la ferretería… todo estaba cerrado; me sorprendió que los contenedores de basura no se desbordaran de papeles de regalo.  Llegué.  Miré la placa del árbol y en el reloj la hora acordada.

Continué hacia  ese cruce singular de cinco vías.  Pero volví hacia el árbol.   Eran las tres y veinte.  No había nadie esperando.  Subí hasta  las faldas del Pichincha con la pretensión de regresar a la casa y abrir todos los seguros.  El sonido de un carro me hizo voltear.  Los edificios superpuestos estaban defendidos por  la cordillera montañosa oriental en el atardecer azul de nubes rosas.  El calor continuaba colándose entre la ropa, seco y persistente sin que un ápice de viento lograra disuadirlo.

El vehículo se  aproximó.  Se detuvo.  Abrió la puerta. Descendió.  Se  dirigió hacia mí respirando interjecciones.  Caminó  entumecido dando traspiés, tomó aire sin lograr enderezarse por completo, se acomodó el cinturón, haló su suéter rojo, se aseguró los lentes oscuros y se amoldó el pelo.   Frente a frente dijo mi nombre cerciorándose de que fuera yo.  Nos quitamos las gafas.  La acuosidad de sus ojos me veló el color, la expresión y el entendimiento de un lenguaje que no pude descubrir; mientras él, con esos mismos ojos, examinaba los míos adivinando que, en efecto, era yo. Nos saludamos con un  beso confuso.   Un abrazo impreciso desató  una corriente.  Su cuerpo desequilibrado se apoyó en el mío.  Me aparté y percibí las garras que se prolongaban de sus pies.   La tibieza de la tarde se acabó con un escalofrío.   Sonriente, me dijo: ¿nos vamos?  Miré el reloj.  ¡Es tarde!   Al parecer, no cabía un recuerdo más entre esas coordenadas y caminé hacia el Sur acercándome al crepúsculo de la Navidad.

__________________________________

*María José Larrea Dávila, ecuatoriana, nacida en 1970.  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca.  Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito.  Pertenece a los clubes de lectura “En perspectiva lila” y “Santa Ana”, de Cuenca y es colaboradora permanente de loscronistas.net

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Comments (2)

  1. Ana C Rincon

    12 Feb 2021

    Muy lindo Ma. Jose me da gusto leer todo lo que escribes y sobretodo quiero continuar para ver que sigue. Felicitaciones

    • Los Cronistas

      17 Feb 2021

      Muchísimas gracias por su comentario.

      Saludos fraternos,

      Rubén Darío Buitrón
      Director

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