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Segunda y última parte sobre la infancia pobre de un estibador de guineo, y su odisea bananera, cuando trató de reclamarle a la United Fruit Company las tierras de sus trabajadores. 

  1. La fiebre del banano  

La abuela sacaba a escobazos la tormenta de la cocina. Estaba en zapatillas, cerca de los perros Tato, Payaso, Laurito y Chocolate, que chapoteaban en el agua, asustados de la intemperie que se metía a raudales en la finca y mojaba los muebles de la sala, el baño y las gradas de cemento que daban a los dormitorios del primer piso. La finca construida ladrillo a ladrillo por el esposo y Sara, la antepenúltima de las hijas, era apenas una mole inacabada, sacada de las sobras y rechazos de cuantas empresas paternas tampoco habían encontrado fin, remiendos de un mundo al que había querido pertenecer, pertenecernos. Y a la final la familia sólo había podido tener porcelanas rotas en los alféizar de las ventanas, un Corazón de Jesús lleno de grasa y polvo en el descanso de las gradas, un ajedrez de cristal de fichas trituradas a la entrada del baño, y gruesos troncos cruzados en equis en lugar de la puerta del garaje, papel periódico en vez de papel higiénico, juegos de sábanas únicas encima de las camas para dormir desastrosamente en la casa de Cuenca —a la que Él y la abuela iban, a lo mucho, el sábado y domingo de cada semana, o ni eso— y en Puerto Inca lo mismo, pero con sus variantes tropicales, no por la pobreza —a estas alturas los locales comerciales y la tienda de Cuenca vomitaban montones de plata—, sino como un recordatorio inconsciente de que a fuerza de querer ser lo que no eran, los hijos habían terminado siendo una prolongación, o mejor, el tejido muerto de un dolor, el de su padre, que Él trataba de cerrar desesperado, recordándoles, reviviéndoles enfermizamente —a ellos o a cualquiera— su infancia malherida.

«No sé por qué tu abuelo me contaba, me repetía, antes o después de que nos levantáramos de la mesa, cuando recién llegado a Guayaquil unos guambras malcriados le decían “paisano bruto cómo vamos a tomar eso caliente”, viéndole cómo enfriaba en las orillas del río Guayas la colada hirviendo que les iba a vender», me dijo mi mamá, su ex nuera, divorciada hace casi dos años de mi padre. «O cuando con la plata de los guachitos de lotería que había vendido en el día, veía a los compañeros, unos niñitos de su edad, ir a gastarse la plata en los cabarets, mientras Él tenía que mantenerle a la mamá. ¿Qué le respondía? De lo que me acuerdo es que alguna vez le conté que mi abuelo Benigno dejaba que los nietos hagamos un ruedo alrededor suyo y metiéramos la cabeza dentro de su poncho rojo, mientras, sin distinción ni apuro, nos acariciaba la cabecita por encima, riéndose, bufando con esas mejillas coloradotas que tenía. Eso me acuerdo.»

Él comía las últimas cucharadas del arroz con pollo con un desapacible sentimiento de culpa: había tenido unos hijos que no le sirvieron para nada, cada uno a su manera lo había decepcionado, los que no —Ricardo, Efraín, Eusebio— nacieron signados de ese gesto de fatalidad que se supone debería alcanzarnos en la vejez, rodeados de hijos, nietos, familia, pero uno es lo que pierde para… para nada. El segundo de los niños se perdió en el vientre de la esposa, en Tenguel. El carpintero Cedillo les hizo la cajita fúnebre con unos palos pintados de negro, pero como un cura del lugar les prohibió la cristiana sepultura del niño («no se puede, no está bautizado»), Él y la esposa cavaron un hueco a unos metros de las afueras del cementerio, sin marcar el lugar con una cruz, con una piedra, con un recuerdo, y volvieron a casa sin nada en los brazos, con la barriga vacía y herida de la esposa. «No nos afectó su pérdida, nació muerto», me dijo mi abuela, debajo de la inquebrantable mirada del retrato en blanco y negro de su marido.

Y el Manuel, mi primogénito, tan tonto, pensó Él, con el último bocado de arroz con pollo, intragable, endurecido como una caracha en la garganta, sin querer devolverlo al plato. Por qué será así de quedado, tonto, tan tonto. Cagarse en el colegio y manchar impúdica, imbécilmente el uniforme de gala. Jugar así al fútbol. Renunciar así a la medicina. ¡Yo que le di todo! Él que le mostró su piadoso orgullo en la planicie nudosa de un puño. Y veo a papá de pequeño en una fotografía, junto a la abuela y a una de sus hermanas: sus arrugas cada vez más pronunciadas de hoy son las prolongaciones rugosas y astilladas de su pasado. De su apariencia de niño al severo hombre actual, la ausencia de Él, parece decirlo todo, lo hastía y lo llena beatífica y mortalmente. Cuando papá abandonó la carrera de Medicina, Él no lo increpó, no hizo lo que solía, sino que lo miró compasivo, decepcionado, y papá, sin reprocharle que estudiaba eso por obligación, por cobardía, se dejó hacer, se abandonó. Dejó que unas manos grandes y callosas, y unas maneras rígidas y desoladas de afectos lo llevaran a la terraza de la casa de Cuenca, le anudaran una soga al cuello y le estrangularan en una viga, hasta que el suegro de una de mis primas arrebató a papá —lívido según unos, morado según otros— de los brazos furiosos y fornidos del verdugo. Y Él, después de dar las buenas tardes se tiró en la cama matrimonial a hacer la siesta, viendo, antes de cerrar los párpados, cómo los zapatos que le cubrían sus incurables pies ajados por la pobreza de la infancia, ensuciaban las sábanas blancas. Y sin hacer gestos logró tragar a la fuerza el horrible bocado final, pero unos hilos de pollo se le quedaron entre los dientes. «Que sufran como yo he sufrido», pensó, sin poder quitárselos. La frase le revolvía las articulaciones donde quiera que estuviera, aunque sólo se la dijera a mi mamá en los ratos de mayor encabronamiento con su propia suerte.

Cuando la abuela levantó el plato de la mesa, Él la apuró: las tormentas no soportan la necedad de la gente ni las escobas. Tendrían que guarecerse en la terraza de cemento, encima de las tiendas de la finca, en pleno carretero. Al menos allá las lluvias no podrían ahogarlos. Salieron deprisa por la puerta de la casa principal, con las manos cubriéndose la cabeza, y en un descuido, por la bulla de las aguas golpeando el mundo, la abuela por poco se fue al fondo de los italpisos de la piscina mediana, pero Él la agarró de su bracito despernancado y la trajo de regreso y de cuerpo completo a la superficie. Vadearon con cuidado la piscina pequeña y la grande, y lograron ir, seguidos de los perros ya bastante mojados, hacia las tiendas a través del suelo de metros y metros de cemento inútil. Los vecinos de los alrededores les prestaron una escalera, pues resultaba imposible para cualquiera abrir las cortinas metálicas de los negocios sin asfixiarse. Él amarcó a los perros, cada uno bajo un sobaco, y subió a la terraza luego de la abuela. En ese espacio alargado nada los resguardaba, excepto los recuerdos.

Estaban viejos y habían permanecido juntos por casi cincuenta años, desde que la abuela se escapó de la casa y del negocio familiar de venta de caldo de mocho, en Cuenca, y lo visitó en Tenguel para casarse por lo civil, tras un viaje agónico de 138 kilómetros por mar y tierra en carcachas viejas y buques de comercio, después de huir aprovechándose de un mandado que le pidió la mamá. Le faltaba un mes para alcanzar la mayoría de edad, se llamaba Martha de Jesús Loyola Ordoñez y era la muestra más grande del estoicismo, de una entrega silenciosa aplastada bajo el pedestal de un marido indolente que amaba sin miramientos, agigantando sus virtudes de deportista y buen conversador de la política nacional que ella ni siquiera comprendía, y anulando  su tacañería irreprochable puertas adentro de la casa, a pesar de que al fin y al cabo Él era el último gran ventrílocuo de su existencia de títere —la abuela que de una forma u otra había sido la sirvienta de su papá y sus hermanos, fregando pisos y zurciendo calzoncillos aun cuando había acabado de parir a su tercera hija—, e irremediablemente un día se le fueron metiendo los pensamientos del marido («las grandes ciudades nunca dieron abasto a todos los hombres», «la solución del país está en los campos»), los mismos gustos por el Deportivo Cuenca y los odios contra Rafael Correa, las mismas maneras toscas al chuparle las patas al cangrejo hervido (pues lo único que no logró seguirle al esposo fue la forma ruidosa al sorberle la cabeza con caca a ese animal horrible que cuando lo servían en algún almuerzo al que nos invitaban a mi familia y a mí, yo lo evitaba a toda costa por no ver como Él lo devoraba) o dormir sin cambiarse la ropa sucia, y el mismo vocabulario blasfemo en las peleas domésticas que le dejaban a la abuela los ojos hinchados y verdes como sapos.

Vivían juntos desde Tenguel, una parroquia rural de Guayaquil a 90 Km al suroeste de la cabecera cantonal, durante las postrimerías de la Fiebre del Banano, que había comenzado cuando la United Fruit Company  —conocida como la Compañía por los trabajadores y los lugareños— compró en 1926 la hacienda Tenguel al Banco Territorial por la ínfima suma de 80 mil sucres, una hacienda de unas 42.677 hectáreas que le había pertenecido a una rancia estirpe de la aristocracia ecuatoriana, los Stagg Caamaño, arruinados por la caída de los precios del cacao del país en el mercado internacional y el avance de unas plagas provocadas por unos demonios de nombres tan rebuscados que las gentes prefirieron llamarlos la Monilia y la Escoba de la Bruja, siempre y cuando se persignaran antes de nombrarlas, no fuera que últimamente Dios anduviera entrando en las haciendas inmensas de los banqueros, unos señores de frac y chistera que prestaban plata con intereses como si no hubiera mañana, y que habían aparecido por obra y gracia de la Divina Providencia con la bonanza de la pepa de oro.

En la década de los veintes la Compañía exploró el Ecuador gracias a una petición de las élites nacionales que necesitaban con urgencia alternativas de exportación. La Compañía vio lo bueno de un país así, de un silencio así, en medio del cual las plataneras crecían tímidamente para hacerle sombra a ese fallido antídoto contra la miseria llamado cacao; a sus potenciales trabajadores abandonados a su suerte, sin todavía haber sangrado a sus tierras como se debe; abundantes y tiradas sin Dios ni ley a los sapos y a los cojudos. Una invitación irrepetible a comenzar todo de nuevo, a olvidar esa Centroamérica llena de ciclones que se llevaban por los aires a las vacas y a las gentes, y sus temblores de tierra y sus volcanes llenos de lodo y lava caliente, y, por si fuera poco, apestada por el Mal de Panamá, esa plaga de espanto que pudría a las plataneras succionándoles el alma desde adentro. (En los treintas la Compañía comenzó a aceptar la imposibilidad de manejar la propiedad y la administración de todas sus plantaciones en Latinoamérica. Pero lo tenían todo bien pensado.)

Como siempre, comenzar fue lo más difícil. Solían llegar en desbandada, envueltos en ponchos y alpargatas, los primeros migrantes del sur de la sierra ecuatoriana, y en sombreros y guayaberas, los primeros migrantes de la costa, trayendo la esperanza como se trae un periódico viejo bajo la axila, para descubrir con desilusión y rabia cómo el lodo de los caminos mojados se tragaba a burros enteros y su cargamento de racimos de guineo. ¡Cuántos huyeron al enfrentar aquella jodida realidad!

Él se frotaba las manos de pie, disimulando mal los nervios. Tenía la camisa desabrochada y los pasos lentos y redundantes ante una multitud de sillas aún vacías en el Auditorio de Tenguel, y lo peor era que un calor insoportable le soplaba por todo el cuerpo. Incluso el polvo se le pegaba como agua hirviendo en los brazos desnudos. Dos de sus compañeros amansaban a las mujeres y hombres apiñados en la entrada. Él cerró los párpados para tranquilizarse, para tratar de recordar las palabras que Federico Engels pronunciara conmovido en el cementerio de Highgate en Londres, frente a las nueve u once personas que asistieron al funeral de su amigo Carlos Marx en 1883: «Era el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo», recitó despacio, disfrutando de cada sílaba que masticaba o le resbalaba por la lengua. «Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones contra él», prosiguió sorprendido de que esta vez no había olvidado ni cambiado una sola palabra del gran panegírico de Engels. «Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía. Y ha muerto ve-ne-ra-do, que-ri-do, llo-ra-do por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde las minas de Siberia hasta California.» «…hasta California», repitió. Y así, con los párpados todavía cerrados recordó de pronto la cara de espanto de ese pobre burro que junto a unos compañeros trataron de sacar del lodo con sogas y manos y sácalo carajo sácalo o qué todo un día de trabajo perdido, pero sólo les dejó un pedazo de hocico abierto, mostrando unos dientes blanquísimos, casi petrificados en ese segundo final en que hombres y bestias por fin son iguales.

La Compañía instaló estructura básica a finales de los años cuarenta y logró continuar sus proyectos más ambiciosos: prolijos estudios de tierras, división por departamentos y haciendas, un canal de riego, escuelas de enseñanza de inglés y español, un centro social, una lechería, un camal, un campo de aviación, un hospital, casitas de ladrillo para los trabajadores, y buenos sueldos y beneficios nunca antes vistos en Ecuador.

La fuerza laboral de la Compañía consistía en gran medida en hombres casados por una simple razón: aunque algunos vinieran solos, tarde o temprano vendrían su mujer y sus hijos, y el trabajador, obligado a mantenerlos, se quedaría (¿para siempre?) en sus dominios. Exclusivamente masculina —las tiendas de campaña y los comedores incluidos—, la fuerza laboral contrastaba con los oficios de las mujeres que, en cambio, debían dedicarse a un prolijo cuidado de la casa e involucrarse en las labores de la escuela, la iglesia y la comunidad en general, e ir a las tiendas de la Compañía a comprar la comida. Ellas y sólo ellas tenían permitido hacer demandas sobre el sueldo y los beneficios de los maridos. En pocas palabras, la Compañía llevó a cabo en el país una forma de dominio sutil basada en una compleja red de felicidad ilusoria, para evitar masacres como la de las Bananeras en Colombia en 1928 y las innumerables huelgas de obreros en Centroamérica. Le largaban un poco de placer y ocio a los trabajadores organizados a través de una marcada diferenciación de género, y les infundían miedo a los que no mantenían a las familias o abusaban de las esposas y los hijos, mandándoles al vuelo al cura, a la policía o a la administración de la Compañía; a las mujeres solteras bastaba con limitarles los movimientos en la calle y en las fiestas.

Sin embargo, lo mejor estaba en los clubes sociales, usados en secreto como herramientas de fragmentación política. Había clubes propios para administradores, capataces, trabajadores del campo, en donde se organizaban fiestas, elecciones de reinas de belleza, colectas comunitarias y las clases de los niños. Además, la gente jugaba en un equipo propio del club al que pertenecían, sin mencionar que se enamoraban y se casaban dentro de los mismos. El control omnímodo sobre el trabajo, las relaciones sociales y personales, y las fuentes de entretenimiento, erigía a la Compañía como un padre bonachón y afable, un poco celoso, que proveía todo a cualquier hora y en cualquier lugar.

Pero su apuesta más arriesgada fue, sin duda, la creación de dos facciones de trabajadores que competían por el control del sindicato en los años cuarenta, aparentando enfrentarse contra la Compañía. Fuera de la ficción eran controladas por un tal Juan Macini, quien lanzaba gritos destemplados al denunciar abusos, agitar trabajadores y hacer demanda tras demanda para después de un día o dos regresar triunfante con la noticia de que la Compañía había accedido a gran parte de sus demandas, pero no a todas, claro. Más tarde, cuando los trabajadores hicieron a un lado a ese traidor, se había formado una organización de verdad.

Por desgracia, cierta mañana fueron descubiertas varias plataneras comidas desde dentro. Tenían el corazón podrido y las hojas apestadas de aquella muerte amarilla que la Compañía se negó a aceptar, hasta que tú recibiste la orden de largar un machetazo a una pobre platanera, cuyo tallo cortado en sentido transversal y expuesto al sol como una lengua de vaca, les dejaba ver con espanto el alma sanguinolenta del Mal de Panamá: había vuelto.

Los despidos comenzaron y la desaparición de los surtidos de los almacenes, los cortes de electricidad y la reducción de los salarios tampoco se hicieron esperar. Las mujeres se vieron obligadas —al colapsar el rol de los hombres como proveedores de la familia y reforzarse la capacidad organizativa de las esposas— a tomar las riendas de las escuelas y las cocinas comunales, en las que el cotilleo y las risotadas poco a poco fueron dando un giro político y volviendo la casa y el club social en espacios de militancia, justo cuando en los últimos años de la década de los cincuentas los trabajadores acababan de padecer de nuevo el hambre y la miseria. La debacle de la Hacienda Tenguel era inminente. Por suerte, los trabajadores tenían al menos una organización que les ayudaría a reclamarle la tierra al Estado y demostrar la profunda necesidad de una reforma agraria. A su vez, los capitalistas locales veían la oportunidad de apoderarse de las haciendas y comenzaban a formar un escuadrón privado de la policía en la cancha de fútbol del pueblo, bajo el anuncio de que los trabajadores serían expulsados el 20 de marzo de 1962. Tú, en cambio, recordabas aquel partido de fútbol de tu adolescencia en la cancha de Tenguel con el delantero de la Selección ecuatoriana y del Club Atlético Peñarol, el negro Alberto Spencer, el Cabeza Mágica. Quisiste cambiar tu camisa sudorosa y vieja con la suya, y no lo hiciste porque tuvieras vergüenza, sino porque en ese entonces apenas te quedaba una. Apretaste durísimo los puños al verlo partir. De más chico había querido llevarte el Bonita Banana Sporting Club, ese equipo profesional de fútbol de El Oro, pero tu mamá no les dejó, tú la proveías, así de simple. Tanto tiempo yendo de bajada, tanto tiempo tú y allá la gente, que a veces te enfurecías más, impotente, creyendo que en Tenguel uno encontraba la explicación de todo, como que por esos días, Luis Noboa Naranjo, un niño pobre y sin papá, como tú, nacido en Ambato en 1916 —que contaba ya anciano cómo en la infancia se acostaba a dormir con su mamá y sus hermanos para olvidarse del hambre, un día se hartó y habiendo perdido la vergüenza fio dos sucres de pasteles de diez y veinte centavos para comer dignamente esa noche, y luego tuvo que ir a pie al colegio por veinte días, ahorrando en secreto los diez centavos diarios que le mandaba su mamá a la escuela, hasta pagar la deuda—, comenzara a edificar su imperio de guineo. Empezó con un primer cargamento de cien racimos que le exportó a la Standard Fruit Co, la competencia de la Compañía, y así, también metido en el negocio del arroz y la harina de trigo, y con una fortuna de 800 millones de dólares sólo en activos de su empresa, tras convertir su pequeña oficina de la 9 de Octubre Nº 113 en la Exportadora Bananera Noboa S.A., ubicada en el piso once de un lujoso edificio en Nueva York, era ya uno más que pensó como ellos, tomó el champagne de ellos y como ellos, mintió como ellos, se negó a la Reforma Agraria como ellos, conservó ilegalmente tierras que eran nuestras como ellos, nos negó un trato y un sueldo justo como ellos, para llegar a la actitud bastarda de impedirle al Ecuador entrar a la UPEB (Unión de Países Exportadores de Banano), y a debilitar la imagen del organismo, hecho que afectó sueldos, beneficios y condiciones laborales de productores y trabajadores de guineo del mundo entero. La política es sucia, o te haces a alguien o te pudres con ellos, susurraste para ti mismo. Ayer habías guardado unos cuantos sucres en la cama de tubos que tus hermanas sustraían cuando te descuidabas, recordaste al aplastar unos escasos billetes en el bolsillo de tu pantalón. La gente entraba e iba llenando los primeros puestos, deslumbradas al verte, esperando estrecharte la mano. En 1993, Álvaro, el quinto de los seis hijos de Luis Noboa Naranjo, lo visitó por última vez en su lecho de muerte en el New York Hospital.  ¿Qué deseas?, preguntó el viejo. El negocio del banano, contestó Álvaro. El viejo dijo que eso se lo había prometido a sus otros hermanos, que mejor le dijera cuánto. Entonces ambos sonrieron cuando Álvaro dijo 250 millones y le estampó un beso en la frente. El 28 de abril de 1994, a las 02h10 de la tarde, seis días después de que Richard Nixon llegara al mismo hospital para ser tratado inútilmente por un accidente cerebrovascular, Luis Noboa Naranjo también moría. Los siguientes nueve años sus herederos se gastaron 20 millones de dólares, convirtiendo una batalla legal familiar que atravesó tres continentes y provocó acusaciones de fraude y engaño, en una de las más caras de la historia. El ingeniero León Febres-Cordero, ex presidente de la República y amigo íntimo y protegido de Luis Noboa Naranjo, repartió la herencia y terminó el pleito en tres semanas. Tres de los hijos recibieron 150 millones, Álvaro, apenas una cantidad irrisoria y activos por 7,5 millones («él no heredó siete millones como dicen, no compró las corporaciones de la herencia Noboa, sino que se tragó a sus hermanas, y él sabe que yo lo sé», contó el ingeniero en una entrevista en Ecuavisa), apenas… una sombra, apenas una pálida imitación de las pasiones. Eso eran las ideas, aunque hombres de la talla de Lenin afirmaran que excepto el poder, todo es ilusión. Ese viejo bolchevique que igual decía que la revolución no se hace, sino se organiza, que para abolir el beneficio empresarial habría que expropiar a los patronos; que a veces creías se excedía al afirmar que la música puede ser un medio para la destrucción de la sociedad, porque enseguida pensabas en Julio Jaramillo cuando cantaba que tan solo se odia lo querido. Tan distintos, ¿verdad?, pero ¿de qué lado estaría la grandeza? Una pareja joven entraba cariñosa por la puerta, y tu hijo Manuel se le escapaba a tu esposa Martha del regazo e iba, ahora que podía caminar, a jalarte el pantalón, y un vagabundo al fondo, con los pies comidos de niguas como don Jaime, estiraba una mano viejísima a tus compañeros. La política es sucia, o te haces a alguien o te pudres con ellos. ¿Ellos? ¿Quiénes? ¿Serían acaso Álvaro y sus cinco hermanos peleándose por un testamento millonario que según dijo en 2002, el primogénito Luis Noboa, había sido abierto siete veces antes de la lectura definitiva? ¿Sería Rafael Correa que en su primera presidencia escribió en Ecuador: de la Banana Republic a la No República, que «aspiraba a la verdadera liberación de nuestros pueblos, por medio del conocimiento y la comprensión…»? (Pero todo discurso es más etéreo cuando peor conciencia tiene la clase que lo escribe, escribió Agustín Cueva.) ¿Sería Álvaro, quién luego de obtener el control del negocio de su padre, en su tercer intento por ganar la Presidencia de la República, compró los boletos de todos los vuelos del Ecuador para que Correa sólo pudiera movilizarse por el país en carro durante la campaña que lo llevaría a la presidencia, tal como contó Abdalá Bucaram Ortiz? La revolución estaba para desenmascararlos a ellos o, por el contrario, para enmascararlos de una forma distinta: ¿igual a la larga? A lo mejor, la revolución era en realidad el canto de un profeta ciego. «La política es sucia, o te haces a alguien o te pudres con ellos; un justo no podría gobernar este país», dijiste iracundo, dirigiéndote a las mujeres, a los ancianos, a los hombres y a sus niños que llenaban el Auditorio para escucharte inmenso y definitivo. «Eso decían, pero para eso estamos nosotros, ¡carajo!» Y proseguiste con que «el objetivo no es conseguir un resultado inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros: la causa del hombre por el hombre.» Te habían elegido Secretario General del Sindicato de Trabajadores de la Compañía, tenías veinte y cinco años, y hablabas sobre la venta de las tierras a los trabajadores anunciada por la Compañía. «No nos las quitarán, nos cumplirán la promesa, compañeros, porque ahora que tenemos el privilegio de las lágrimas, de llorar por lo menos el dolor de uno, conseguiremos fácilmente todo lo demás.» Las personas agitaban las palmas, te lanzaban vítores, ¿te querían? Pasaban una bandeja con jugos de naranja, vadea y limón, y unos panes que chorreaban mermelada de guayaba que todos comían preocupados de que no cogieras uno todavía. Un estrépito sacudía tu pecho, lanzabas promesas, declaraciones de principios, proclamabas ganada la batalla: «Sólo falta hacerla, compañeros.» Si hubieras sabido que ustedes nunca sabrían cuánto era el dinero de la multinacional que abastecía de banano a una buena parte del planeta, ocultándoles, engañándoles, contentándoles con el 7 por ciento en utilidades. «La revolución ha dejado de ser un prolongado silencio. Las revoluciones que haremos hoy nos enfrentarán de manera inevitable con el pasado, el presente y el futuro, porque un acto, cualquier acto, desde el más nimio hasta la causa de Bolívar, afecta a todo el género humano.» Tus palabras profetizaban el informe de abril de 2002 de Human Rights Watch, La cosecha mal habida, la cual denunciaba a las empresas extranjeras Chiquita, Del Monte y Dole, y a las ecuatorianas Noboa y Favorita, por no obligar a las plantaciones que les proveían de guineo y de millones de dólares (255,7 al año) a que respetaran los derechos humanos de sus trabajadores, pobres diablos que ganaban al día 5,44 dólares sin beneficios (el más bajo de América Latina), es decir, 108,80 al mes, cuando la canasta básica, según el Ministerio de Trabajo de entonces, costaba 288 dólares, por lo que los niños en una media de 11 años trabajaban para completar la plata para la comida y mantener cierta dignidad, cierta ilusión, de 9 a 13 horas al día, fumigando áreas con bombas pesticidas en las empacadoras de guineo; colocando los plásticos tratados también con pesticidas sobre los guineos, mientras los aviones lanzaban su veneno y no les quedaba sino cubrirse la cara con las manos, la camiseta o el cajón de embarque; bebiendo agua insalubre; jalando garrucha a lo largo de 6 a 8 viajes por día, a una distancia por viaje de uno a dos kilómetros por alrededor de un peso total de 50 a 100 libras de racimos de guineo, apenas ayudados por un arnés atado al cuerpo, una polea, un cable y unas ruedas colgadas desde los campos hasta la empacadora, si bien lo correcto era usar tractores aéreos y evitar el deterioro de la espalda; sufriendo acoso sexual; o como sus padres, sin poder formar un sindicato que les permitiera reclamar un mejor salario y mejores condiciones laborales, porque si lo intentaban eran despedidos en un abrir y cerrar de ojos o mandados a apalear, y la Ley Laboral demasiado ambigua y remolona permitía la subcontratación, de modo que casi todos eran trabajadores precarios, temporales y sin derechos, que zombificadamente iban de una plantación a otra, esperando que el día o la vida acabara pronto. La Junta Militar hizo la Reforma Agraria de 1964 como le dio la gana, provocando la pérdida de gran parte de las tierras ganadas legalmente a la Compañía por parte de los trabajadores; y ellos, los hijos de los hijos, ya ni siquiera podían saber contra quien protestaban, pues de empresas como la Dole sólo conocían la gran camioneta de vidrios oscuros del dueño de una hacienda, y algo parecido a una matriz en Machala. Encima de todo, un enemigo tan poderoso, globalizado, que le bastaba cambiar de tierra si se llegaba a fastidiar sus intereses, requeriría de un movimiento sindical también globalizado, mientras a Álvaro le bastaba, tal como hizo entre febrero y mayo de 2002, con los huelguistas de la Hacienda Los Álamos, una inmensa productora de la  compañía Noboa, despedirlos, negarlos como sus trabajadores o mandarles una ristra de 400 encapuchados a robarles las pocas cositas de sus covachas, largarles bala y amenazarlos de muerte y tirarlos al río si seguían jodiendo. Por eso, «cuando un hombre decide, decide por todos los hombres. Esa es la verdad, la vida», dijiste mirando la indistinguible cabeza de hidra llena de ojos de la multitud.

(En 1928, la Compañía mandó a masacrar a 3.000 peones colombianos; en 1954, financió el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala; en 1961, ofreció sus barcos a exiliados cubanos para derrocar a Fidel Castro en la Invasión de Bahía de Cochinos. La Compañía estaba por todas partes, hasta en la literatura de Miguel Ángel Asturias, Álvaro Cepeda Samudio, García Márquez, Vargas Llosa, en los poemas de Neruda. Todavía funciona en el siglo XXI, con otro nombre, reestructurada: Chiquita Brands.)

La cooperativa Juan Quirumbay asumió la defensa de los trabajadores. Y en 1964, con falsos rumores de que comunistas cubanos y de Guayaquil habían iniciado una supuesta sedición que dejó puentes despedazados, casas incendiadas, policías heridos en un tiroteo, las gentes de la cooperativa sacaron los tanques de la hacienda y los pusieron en el campo de aviación para que no aterrizara nadie en la pista. Ese año los gringos abandonaron Tenguel. Lo que no evitaría que en la década de los noventas Ecuador se convirtiera en el estándar de la industria con la caja de guineo más barata de la región, y se duplicara su tierra cultivable para el plátano. En 2008, uno de cada cuatro bananos exportados a Estados Unidos venía de Ecuador. Hoy todavía captamos un 15 por ciento del mercado gringo.

—Acompáñenos, por favor— le dijo un oficial de policía en la puerta de su casa, tras el discurso—, queda bajo arresto.

—¿Bajo qué cargos?— dijo Él.

—De instigación— dijo el oficial.

Dos uniformados se unieron detrás.

—Martha ya regreso— le gritó a la abuela que lavaba los platos en la cocina. Y no respondió nada más durante el viaje.

  1. La caída

Si se pensaba bien, repasando las circunstancias, la gente que conoció en setenta años de azares, no tenía sino que rascar la cáscara dura, roída del ayer para darse cuenta de que María, Tioelías, doña Dolores, sus hijos, su esposa, parecían encarnados en unos designios —los suyos— que iguales a los de su intrincado periplo vital no se cumplirían por completo: doña Dolores lo volvería a parir una y otra vez en una ominosa sucesión de fatalidades que acabarían en el sitio exacto donde el dolor no ayuda a concebir espíritus libres sino hombres prisioneros de su propio tiempo, en un futuro que montado sobre los ejes desvencijados del presente se niega a sí mismo, pues resulta irrisorio que un hombre cualquiera, en su sano juicio, entienda por un fugaz instante a su dizque, mal llamado prójimo, si la guerra, el hambre, el mecanismo de los días es tal porque la incomprensión, la duda, la incertidumbre, sus variantes unánimes, echan raíces más profundas en el espíritu que una paz duradera.

Pensó «Yo soy yo», bastaría «Yo», completarlo así sea mediante palabras es absurdo, se deja de ser «Yo», se lo abandona a la suerte, aunque se lo afirme. Y quiénes somos si en el sigilo de los segundos dejamos de ser y en la calamidad de los días empezamos a borrarnos. Se le vino entonces la imagen de doña Dolores sacándolo a tumbos de Nulti, mientras comía derrotado y exhausto la sopa de lentejas que le había traído. «Que peste», dijo furiosa. Y rápidamente lo bañó en la orilla del Julián Matadero, a la vista de la gente del pueblo que pasaba por ahí y no daba crédito del niño que se visibilizaba blanqueadas las nalgas y la cara de los kilos de mugre y mierda dura. «Blanquito ha sido», dijo una de las lavanderas piadosas, al verlo emerger de la orilla como un fideo escurrido. Las gentes comenzaron a despedirse al verlos partir a las prisas: adiós niño Guillermito, adiós. Nos vemos doña Doloritas. El agua le había mojado las cuencas de los ojos.

—Son tus lágrimas— lo contrarió la abuela.

—No exageres Martha, es la fuerza de la tormenta— dijo al percatarse que la tormenta había amainado hacía rato.

«Te agradezco tanto que vayas a escribir sobre papá», dijo la tía Sara en una llamada vía WhatsApp desde los Estados Unidos a Ecuador. «Que la gente sepa quién fue. Papá que él mismo contaba desciende de los chivirreyes, un apellido o una aristocracia vieja, no sé bien. Yo soy de los chivirreyes decía orgulloso», añadió siguiéndole la corriente a esa mentira autocompasiva de un hombre que siendo tan pobre nunca se sintió cómodo entre esa clase. Quizá por eso se la pasaba inventando santos propios, admirando a cualquier advenedizo que se las daba de platudo en la sala de su casa hecha de remiendos, o deformando, tonto y orgulloso, la palabra «virrey» que habrá conocido en uno de los tantos tomos de su colección de la Enciclopedia Salvat y hecho suya a su manera, en medio de un cuarto lleno de polvo y sábanas sucias, creyendo que nadie más que él podía salir de un mierdero siendo autodidacta. «¿Cuáles fueron sus errores? Debió haber disfrutado más de lo que hizo», dijo la tía Gina en un cuarto a puerta cerrada de la casa familiar, que antes lo ocupaba una cocina lúgubremente iluminada por una luz de harina, desde donde cuando se pasaba la comida se podía verlo presidiendo la mesa, parsimonioso y supremo, manejando la cuchara frente a toda la familia. «Al final me llamó a desearme feliz Día de la Mujer, y yo, yo al menos avancé a decirle cuánto le quería, no como tu papá. Pero tú sabes por qué mijo. No debes juzgarlo.»

«Le estiró la mano a tu papá, no sé cómo, mientras se moría en el cuarto de la clínica, con la boca con sangre de lo que casi había vomitado hasta los pulmones», dijo la tía Chabela conmovida, exagerando los gestos, histriónica. «Yo le decía Manuel perdónale a papá, perdónale lo que te hizo.» «¿Y tú le perdonaste?», le pregunté a mi papá, luego de un rato de conversar sobre cómo iba todo. Hacía poco se había divorciado de mi mamá y se lo notaba más viejo, torpe y encorvado. Decía con cierta timidez e ilusión que ahora que había muerto el abuelo, mamá volvería con él. Caminábamos por un pasillo del ala derecha del primer piso de la Clínica Santa Ana en Cuenca. Saludé al vuelo a los tíos, a los primos, a mamá, a mi hermano, parados en un rincón. Y luego de cruzar la puerta de su cuarto de enfermo lo encontramos por fin derrotado, fulminado en la camilla, cubierto a medias con una sábana limpia y con la boca abierta en un gesto lleno de sarro y quebranto, en esa blancura de la muerte a la que aun en su agonía final había tratado de deformar, queriéndola hacer a su imagen y semejanza. «Me pidió perdón antes de morir», me dijo papá poniéndose muy cerca de mí, pero con miedo de abrazarme, de alborotarme levemente el cabello, de confesarme que este instante irrepetible también me pertenecía.

  1. Los zapatos de don Jaime

Mi abuelo se llamaba José Guillermo Espinoza.

Y guardo dos recuerdos.

Uno es de cuando tenía cuatro años. Estaba en la tienda debajo de su casa en Cuenca, viendo cómo todos se preparaban desesperados para la llegada de fin de semana del abuelo. Y corrían y gritaban y trataban de sonreír y decían ya viene el abuelo ya viene el abuelo. En esa ocasión me dejaron a enfrentarlo solo —encontrarse con él era siempre abandonarse a un impúdico escrutinio privado— cerca de la heladera y la vitrina de los caramelos, en el momento exacto en que atravesaba la puerta, autoritario y orgulloso, y bajaba su cabeza fulminante, pintada el pelo de negro, hacia mí, inerme ante sus pies. Y aunque me he esforzado mucho todavía no he logrado verle a los ojos ni siquiera en ese recuerdo que hoy creo no ocurrió nunca. Fue por años mi manera de sentirme parte de la familia paterna —unida por el miedo a ese ser omnipotente— de la que prácticamente hoy he perdido cualquier contacto, incluso con mi papá, salvo la puntual llamada a dúo de la tía Gina y la abuela cuando cumplo años.

Otro es de una de las muchas visitas que le hicimos a los abuelos con mi papá, mi mamá y mi hermano en la primera planta de la casa, en los tiempos que olía a aceite frito y estampas de santos mojadas —antes de que la remodelaran y la pintaran de blanco por dentro, después de la muerte del abuelo—. Pasábamos por una escalera mugrienta que chirriaba de vieja hasta una puerta de vidrio empañada de grasa a la izquierda, que daba a un pasillo que conectaba con los cuartos de los inquilinos y la sala en la que el abuelo nos esperaba soberbio y ventrudo, sentado en su sillón, detrás del cual había un cuadro de dos de mis primos, los hijos de la tía Sara, quienes creo fueron los únicos que amó sin prejuicios ni interés por recibir algo a cambio. Bueno, ellos y una ex novia llamada Luz.

Desde su sillón hacía y deshacía el destino de la familia: las deudas de la tía Sara, el desplante que a la Tía Gina le hizo el amor de su vida, el restaurante de la tía Teresa, la seca indiferencia que solía mostrarle a la tía Chabela para que no volviera más de Quito, el odio hacia mi padre que logró escapar de su reino de rencor y de polvo gracias a mi mamá, pero qué volvía siempre a darle informes casi periodísticos de cómo le iba en su matrimonio y algunas veces a pedirle algo de dinero, y cierta vez a que le arrendara una tienda que a última hora siempre le negaba, nos negaba, parsimonioso, simulando su seriedad hipócrita. Pero, sobre todo, desde su sillón solitario, componía episódicamente aquella derrota vital que hoy, estoy seguro, trataba de contarnos desesperado, simulando la calma de un rico exitoso en su discurso bien reposado y lleno de grandes artilugios de narrador, a mi mamá y a mí, antes de que llegaran los demás y asimilaran su infancia pobre y su odisea bananera con su humor negrísimo y vulgar, pero que en realidad ponía en la medida exacta lo que mi abuelo había vivido, había sido. Quería hacerle creer a todos —excepto a mi mamá con la que siempre y por alguna razón se mostraba auténtico, adolorido, como aquella tarde que en la Iglesia de Nulti dijo arrodillado ante Dios, al enterarse del embarazo clandestino de la tía Sara y la tía Gina, «así abre pecado para pagar así»— que nada lo había ni podía lastimarlo, jactándose, por ejemplo, de no haber vomitado nunca, porque aprendió a comer de la basura cuando por miedo a doña Dolores se quedaba con los helados que no había podido vender bajo las noches costeñas, entre las lápidas del cementerio de Guayaquil.

Recuerdo que en esa visita nos contó a mamá y a mí un intento de suicidio que en su boca se transformaba de forma extraña en la enfermedad caudillesca de tener siempre la razón. Había ocurrido luego de que la familia de Luz le pidiera que leyera el periódico. Y el abuelo que no tenía educación, que nunca había pisado ni siquiera el primer grado de escuela, lo tomó al revés y recitó de memoria unos titulares erróneos que quizá le escuchó a uno de los canillitas amigos suyos que pululaban en Tenguel.

—Hubieras visto cómo se rieron. Ya después de eso, un señor que me parece era profesor de escuela y su mujer me enseñaron a leer.

Mi madre lo miraba callada, asombrada, por la capacidad del abuelo para dotar a una biografía exageradamente repetida, de tantos matices y versiones a pesar de las mismas verdades, caídas y despojos.

—El ser humano es capaz de cualquier cosa cuando ama, cualquier cosa.

Mi madre entonces pidió permiso y fue a ver a mi abuela que la llamaba. Yo me quedé frente a él muerto de miedo. Su mirada estaba perdida, desparramada sobre la ventana de su derecha, ese lugar solitario donde la abuela sufriría en secreto la viudez.

—Una vez cuando vivía en Guayaquil con mi mamá y el tío Guillermo, hermano de tu abuela y hermano de crianza mío, no sé si tú le conozcas, ahora estamos peleados, nos levantamos a las cuatro de la mañana y fuimos descalzos, sin desayunar, a esperar, como todas las madrugadas, los periódicos y los guachitos de lotería en una plaza. Imagínate tú, de que hubiéramos vivido sino… Bueno, una vez, no recuerdo bien donde, le encontramos en una vereda a un señor elegante y bien peinado, don Jaime Nebot Velasco de la mano de un niño, su hijo, Jaime Nebot.

Jaime Nebot fue alcalde de Guayaquil por 20 años. Actualmente es la cara de la oligarquía ecuatoriana.

Entonces mi abuelo bajó la vista hacia mí. Y yo por fin pude verle a los ojos, en cuya expresión atónita todavía podía notarse claramente la sombra abatida que le había deparado el porvenir.

—¿Sabes por qué te digo esto?

Preguntó y tras una pausa demasiado larga por fin se deshizo de un dolorido secreto:

—Porque ellos tenían zapatos.

(Fin de la segunda y última parte)

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y colaborador del diario digital Nuevo Tiempo en la sección de cine Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net

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