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El descanso de Armando Manzanero en el barrio Las Peñas de Guayaquil

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Por alguna extraña razón, esa mañana el pintor Edgar Calderón comenzó a pintar un cuadro abstracto con detalles musicales, de esos que permiten volar con la imaginación y crear obras con texturas sorprendentes gracias al buen uso de elementos cotidianos y reciclados.

Por Wladimir Torres (Wlado)*

GUAYAQUIL.- La atmósfera en el taller de Calderón generalmente es la misma. El raspar de su espátula o el cuchicheo de los pinceles contra el lienzo se vuelven tan monótonos que únicamente se interrumpen con la intermitencia de una radio eléctrica que solo sintoniza una emisora. Una emisora de pasillos y boleros.
El taller tiene otros ruidos como el crujir del piso que avisa cuando hay visitas o cuando los gatos de los vecinos intentan entrar por la ventana y rascan la tela metálica que protege de los mosquitos.
Otros susurros lo producen las plantas desde el ingreso a la Villa Pharos, en la calle Numa Pompilio Llona, donde empieza la escalera que conduce a los paseantes hasta el primer piso del taller.

Esa mañana del año 2013 todos los sonidos se activaron repentinamente y era señal de que alguien bajaba por las escaleras e ingresaba al silencioso lugar de arte. Desde adentro, Calderón vio dos siluetas. Eran un hombre y una mujer que llegaron mirando todos los detalles de la casa y las pinturas que se encontraban en ella. Él era más bajo que su pareja femenina, una joven de agraciada figura y cabello oscuro recogido con una peineta verde y simbología azteca. Él traía saco oscuro y sonreía todo el tiempo, pero interrumpió su risa para preguntarle al anfitrión de la casa: ¿aquí vive el pintor de los tejados?
Calderón alzó la mirada y reconoció al importante hombre que llegaba a visitarlo y con el sentido del humor que lo caracteriza, respondió: «Es la primera vez que me siento grande al lado de un gigante», a lo que el hombre respondió: ¡Pero si usted es más grande que yo, maestro! Ambos rieron estrepitosamente y se abrazaron como si se conocieran de toda la vida.
Edgar no podía creer que el autor de ‘Esta tarde vi llover‘, ‘Somos novios‘ y ‘Contigo aprendí‘ estaba en su lugar de trabajo mirándo todo con asombro, como un niño en una confitería. Preguntaba todo, como si nada tuviera nombre, y suspiró largamente al ver en la casa un viejo piano que había sido de los habitantes anteriores.
Armando Manzanero tenía que dar un concierto esa noche junto a las cantantes ecuatorianas Patricia González y Mirella Cessa, pero quiso escaparse del hotel en que se hospedaba para caminar por el barrio Las Peñas junto a su mujer.
Manzanero quedó sorprendido con los amplios ventanales de la casa desde donde puede verse el majestuoso río Guayas y asomado en uno de los balcones disfrutaba mirando los pequeños cangrejos que se escondían velozmente entre el fango oscuro debajo de la casa de madera.
Preguntó si podía usar una hamaca que colgaba junto a la ventana y se sentó con su esposa a escuchar los sonidos del río y ver el transitar presuroso de los lechuguines, el mimetismo de las iguanas y aves furtivas de los manglares de río arriba. Calderón le confesó al cantante que su esposa y su suegra eran fanáticas de su música y que vivían allá enfrente, en Durán, y el intérprete le pidió que las llamara y vinieran para conocerlas.
La pareja se acostó en la hamaca y se quedaron profundamente dormidos unas dos horas, tiempo que Calderón aprovechó para pintar un cuadro de formato pequeño para regalar al artista cuando despierte mientras llegaban su esposa, sus pequeñas hijas y su suegra.
Luego de haber descansado profundamente, Manzanero y su esposa despertaron y se unieron a la familia que ya había llegado. En reciprocidad a la hospitalidad recibida, Manzanero tomó las manos de las dos mujeres que habían venido a conocerlo y mirándolas tiernamente a los ojos les recitó: «Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú. La otra noche vi brillar un lucero azul y no estabas tú…».

La familia del pintor cantó emocionada junto a Manzanero, quien con su vibrato amplio y suave les deleitó a capela con varias interpretaciones. Detrás de ellos, su mujer observaba el improvisado concierto y parecía acompañarlo con hombros y ojos en cada nota que su marido tarareaba.
Luego vinieron las fotos, unos cuantos autógrafos y la irremediable despedida.
Manzanero llegó sencillo esa mañana a las once y se fue de la misma forma, después de un largo descanso, a las tres de la tarde, pero con algo de prisa para alistar detalles de su concierto de esa noche.

Agradecido por la calidez de sus nuevos amigos subió por la escalera de baldosas tapizada con pétalos bermejos, gracias a una extensa peregrina aferrada a una pared contigua, y se marchó.

Hoy el mundo está de luto porque México ha perdido, a los 85 años de edad, a su más importante cantante y compositor romántico, víctima de la plaga mundial que nos azota.

Maestro, lo extrañaremos como se extrañan las noches sin estrellas, como se extrañan las mañanas bellas…

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*Wlado, guayaquileño, es pintor, cronista, fotógrafo y diseñador gráfico. El miembro del equipo de loscronistas.net, donde muestra su gran capacidad para contar historias.

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