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Allí llegan las personas a las que les encuentran cometiendo delitos en la capital del Ecuador. Por la emergencia en las cárceles a causa del Covid-19, en estos tiempos, ahí también son confinados los deudores de pensiones alimenticias. Una historia contada desde las entrañas de las frías y hacinadas celdas.

*Por Diego Montenegro Andrade

El corpulento hombre ingresó a la celda turbado. Miraba fijamente a los ojos del resto de detenidos y se paraba frente a cada uno de ellos, con actitud desafiante. No hablaba. Se lanzó contra el más pequeño y joven de todos y le empezó a apretar el cuello con sus grandes manos.  Su víctima, inútilmente, intentaba zafarse de la furia de su agresor y empezó a palidecer.

El instinto de defensa de la vida hizo que un grupo de cuatro detenidos nos abalancemos, casi en simultáneo, contra el grandote, que ya tenía al escurridizo joven contra la pared y sin posibilidad de defensa. Fue difícil tumbarle. Ya en el piso gritaba desenfrenado y golpeaba con sus manos la fría baldosa beige. Ingresaron los guías penitenciarios, lo esposaron y a empujones lo sacaron de la celda. El resto de días permaneció en el estrecho hall que conecta a las cinco celdas que hay en la Unidad de Flagrancias Norte, ubicada en la avenida Patria y 9 de Octubre, en Quito.

Cada celda tiene 6 metros de largo y 2.5 de ancho. En todo el contorno hay una banca de metal anclada a la pared. Las lámparas no se apagan durante las 24 horas del día y la única referencia del tiempo que se tiene allí dentro es el momento que llevan la comida. El desayuno llega a las 07:30, el almuerzo a las 12:30 y la merienda a las 16:30. A esta cárcel les llevan las personas a las que les encuentran cometiendo delitos. Aquel 29 de julio del 2020, también nos ingresaron a quienes fuimos detenidos por boleta de apremio. La causa: en El Inca, las puertas de la prisión estaban cerradas para evitar que ingresaran personas con Covid-19.

La noche de ese miércoles fue de terror. Unas tres horas después de la merienda ingresaron los supuestos integrantes de una banda de secuestradores. Eran dos. Uno de ellos, pequeño y delgado, tenía un tatuaje que ocupa toda su frente con la frase: ‘Nací para ser rey’. En realidad, todo su cuerpo parecía un lienzo. Al lado derecho del cuello resaltaba una inmensa corona impregnada con tinta azul. En sus brazos, un mix de símbolos que expresaban sus aficiones, por ejemplo, un revólver. En su pecho, un rosario de nombres de personas que han marcado su vida.

Era tranquilo y conversón. Entró en confianza con el resto de detenidos y no dudó en contar la historia de su detención. Es tatuador y tiene un local en el norte de la capital del Ecuador. Allí conoció a una persona que llegó hace pocas semanas de Nueva York, entablaron amistad y en una noche de tragos le propuso un trabajo. ¿En qué consistía? En retirar  dinero de sitio donde él le dispusiera.

En la tarde de ese 29 de julio, le dio una dirección por el sector de Santa Clara. También le describió las características del carro en el que le esperaba una mujer que le entregaría un sobre de manila con dinero. “Fui en mi moto, llegué a ese lugar y cuando me acerqué al vehículo, me rodearon unas 10 personas vestidas de civiles y con armas. Después me enteraría que eran agentes de la Unidad Antisecuestros (UNASE) y que la persona que me esperaba en el carro era familiar de un secuestrado”.

Según él, su jefe le ofreció USD 40 por esa «vuelta». En la celda, el tatuado tenía una cara de preocupación. Estaba desencajado, pasaba las manos por su cabeza repetidas veces y, a ratos, su mirada se perdía entre las blancas paredes. Parecía ausente, en medio del bullicio de los otros privados de su libertad, que iban llenando el frío cuarto.

En la celda adjunta, destinada para las mujeres, estaba encerrada su novia, de 19 años de edad. En su pierna derecha tenía una bota de yeso. Se fracturó en el operativo de captura, en el momento que su novio intentó huir de los hombres vestidos de civil que portaban armas. Ella no sabía en qué estaba involucrada su pareja, esa tarde subió a la moto porque él le ofreció invitarle a una hamburguesa. Ahora esperan una sentencia de 11  a 13 años por secuestro.

La calma parecía instalarse en el lugar, la historia que contaba el involucrado en la banda de supuestos secuestradores tenía enganchados a todos, su voz recorría sin interferencia hasta que sonaron los barrotes de la puerta. Un guía penitenciario traía a un joven trigueño y con cabello abultado. Su pantalón estaba manchado de sangre y en su mano derecha resaltaban las pintas rojas de sangre coagulada. Eran las evidencias del intento de asesinato del cual le inculparon.

El joven se abrió espacio para sentarse en la banca de metal. Sus ojos desorbitados expresaban su estado emocional. Por error, alguien rozó su hombro y su reacción fue  verbal. “Conmigo no te metas, yo vengo de la calle, de allá donde todo se soluciona con cuchillo y a golpes. Aquí, nadie me topa. Ahorita no te muelo a trompones porque hay cámaras”. Hizo una pausa y empezó a escanear con su mirada a todos.

Se levantó con una mirada intimidadora y se dirigió a mí. En ese instante, en la celda ya estábamos 26 personas. Había calor y poco espacio para desplazarse. A quienes no le habrían camino les empujaba.

  • Sácate ese pantalón y toma el mío. Ya mismo me llaman a audiencia y tengo que ir bien presentado.
  • Yo no me pongo ropa de otras personas.
  • Aquí no estás en tú casa, ni eres dueño de nada. Si yo quiero tu pantalón y no me das, te lo saco a la fuerza.
  • Hazlo.
  • Si me activo, te vas a arrepentir, soy incontrolable, yo mato para vivir.
  • Hazlo.

En medio del cruce de palabras, sonó el cerrojo de la puerta de la celda, el guía traía a otro detenido, que tenía la cara desfigurada por los golpes y un corte en su brazo. Un afrodescendiente alto y flaco. Se paró en medio de la celda y con voz estentórea lanzó una advertencia: “No soy ladrón. Me intentaron linchar en el Comité del Pueblo. No he robado a nadie, me confundieron. Me  metieron trompones, palazos y machetazos. Si la Policía no llega me matan. No voy a permitir que aquí roben, eso les digo clarito”.

El obsesionado por mi pantalón se cortó y se retiró a su puesto. Su deseo se desvaneció hasta estancarse en la frustración de quien no cumple con su cometido. Seguían llegando más personas, en la celda ya no había espacio y el amontonamiento era la única opción. Unos dormíamos en la banca, soportando el dolor por la dureza del hierro y otros en el piso, sin cobijas y con sus pulmones chupando el frío de la baldosa.

En esta cárcel tampoco se aplicaba el protocolo de bioseguridad establecido por las autoridades de Rehabilitación Social. No había alfombras para desinfectar el calzado en el ingreso de las celdas ni dispensadores del alcohol. Algunos reos ingresaban sin mascarilla, previo a un rápido chequeo médico. El profesional de turno le pedía que se sacara la ropa para verificar y registras los golpes y lastimados que tenía en el cuerpo. Para descartar un posible contagio del Covid-19, le tomaban la temperatura y le preguntaban si tiene síntomas de gripe. Eso era todo.

Adentro de las celdas había hacinamiento y sin baño. El uso de la mascarilla era obligatorio solo hasta entrar. Los privados de la libertad teníamos que esperar la buena voluntad de los guías penitenciarios para que nos permitan ir al baño o a lavarnos las manos. La comida sí distribuían en envases desechables.

Quienes fuimos detenidos por el incumplimiento en el pago de pensiones alimenticias estábamos mezclados con quienes cometieron delitos o eran sospechosos. Es un mito eso de que a los padres deudores nos separan por un tema de protección.

 

LUIS  Y LA SECUELA DE LA TRAICIÓN

 

Él la llama la noche infeliz. Ocurrió hace 27 años. Aquel martes, como de costumbre, fue a trabajar en el casino. Salía a las 14:00 de la casa y volvía a las 03:00, en el recorrido de la empresa. Ese día, no hubo clientes y el dueño decidió cerrar a las 23:00. Su imprevista hora de regreso a casa sería fatal, dolorosa.

Su único hijo tenía un poco más de un año. Al llegar a su vivienda cumplió el protocolo que él mismo había establecido para no cortar el sueño de su niño y de su esposa: Desvestirse, en silencio, en la sala y ponerse la pijama para ingresar al dormitorio y acostarse, intentando que no lo sientan. Caminaba muy despacio, en puntillas, para que el entablado no crujiera.

Movió la manilla de la puerta del dormitorio con mucho tino, abrió la puerta, se acercó despacio a la cama (no prendía la luz para no molestar). Entre la oscuridad notó que debajo de las cobijas había más de una persona. “Pensé que había llegado mi cuñada y que se quedó a dormir ahí. Volví a salir a la sala y ahí me quedé unos 15 minutos”.

La esperanza de que su esposa sienta que ya llegó se desvaneció cuando escuchó un murmullo, era una voz desconocida. Volvió al dormitorio y encendió la luz. En la cama estaban ella  y su amante, un vecino más joven, también amigo suyo. Recuerda que sintió que su alma se desplomó y su mirada se quedó en blanco. “Por mi cabeza pasaban mil ideas. A mí no me gusta pelear y siempre he podido controlar mi ira”.

Él asegura que tomó la mejor decisión de su vida. Sin decir nada, salió del departamento y fue a la casa de sus padres. Amaneció allí y al siguiente día fue a sacar su ropa. Desde entonces, no volvió a saber de su esposa hasta el 27 de julio del 2020. Ese día lo detuvieron mientras regresaba de su trabajo a casa. Le interceptó un patrullero y uno de los policías le pidió la cédula. Entregó el documento y le informaron que tenía boleta de apremio. La deuda total: USD 28.737.

Tampoco volvió a ver a su hijo. Por las redes sociales se enteró que hace algunos meses se incorporó de ingeniero agrónomo. “Jamás me imaginé que iba a cobrar la liquidación de las pensiones alimenticias. Dejé de pagar desde que él es mayor de edad”.

Luis pagó una condena de 30 días de cárcel porque su hijo no aceptó ningún acuerdo de pago. En la celda, en las noches, se descomponía y no dejaba de pronunciar esta frase: ‘La Biblia dice que cerca del fin de los tiempos, los hijos se rebelarán contra los padres’.

 

FERNANDO Y LA DECEPCIÓN DE LA AMISTAD

 

Por una mala jugada del destino, su mejor amigo quebró económicamente. Al verlo sin trabajo y desesperado por no tener dinero para llevar el pan a su casa, Fernando le propuso que fuera socio en el proyecto de crianza de chanchos. Él puso la inversión y decidió que su esposa sea la administradora. Fernando y Miguel se conocen desde niños, vecinos del barrio donde crecieron.

Fernando es maestro mayor y por ese tiempo le salió un contrato grande en el sur de Quito. Entonces, su esposa y Miguel pasaban mucho tiempo juntos: Iban a las ferias a comprar los chanchos, a darles de comer en los corrales, a vender en los mercados… Así transcurrieron 9 meses. Miguel ya tenía ingresos y empezó a comprar cosas para su casa.

Fernando estaba feliz por ver bien a su amigo hasta que un sábado recibió la noticia desgarradora. Llegó a casa cerca de las 14:00, sus dos hijos no estaban allí y su esposa no había preparado el almuerzo. “Me dijo que quiere hablar conmigo, por esa razón envió a los niños a la casa de su abuela”.

Ella no estaba nerviosa, pero sí preocupada. Se había arreglado muy bien como cuando salían a la calle en familia. Con mucha sutileza le informó que había tomado la decisión de divorciarse. Fernando recuerda que un aire helado recorrió irrefrenable por su cuerpo.

  • ¿Por qué tomaste esa decisión? ¿Qué pasó? Hemos pasado bien…
  • Ya no siento nada por ti. Te agradezco que seas bueno con nosotros, pero eso no es suficiente.
  • Dime ¿Qué pasó?
  • Nada, nada, solo quiero estar sola, entiende por favor.

Luego, ella le pidió que le dejara con el negocio a cambio de no poner el juicio de alimentos para sus hijos. Así fue. Semanas después se enteró que Miguel también salió de su hogar anunciando a su cónyuge que tenía la intención de divorciarse. Fernando empezó a tejer una red de suposiciones hasta que confirmó que Miguel y su exesposa eran pareja.

La ira le desbordó y fue a buscar a su amigo. Le reclamó por haber defraudado su confianza y llegaron a los golpes. Como represalia su exesposa interpuso el juicio de alimentos y lo dejó ahí. En junio del 2020, Miguel fue detenido por una deuda de USD 7 300, por pensiones alimenticias acumuladas. A los pocos días a Fernando le llegó una notificación para una audiencia, con el propósito de llegar a un acuerdo de pago por USD 9 100 que adeudaba por concepto de alimentos.

En la audiencia, su exesposa no aceptó ningún acuerdo de pago, quería todo el dinero. “No tenía USD 9 000 y me detuvieron al finalizar la audiencia. Permanecí 30 días detenido en la cárcel de Latacunga”. Luego de cumplir la condena tampoco hubo acuerdo de pago, y la Jueza giró otra boleta en su contra, pero esta vez para 60 días. Se escondió hasta que le capturaron el 29 de julio.

“Voy a aguantar los 60 días de cárcel. Le ofrecí USD 3.000 y el resto pagar en cuotas durante dos años. Tampoco quiere”, cuenta con un rostro pálido y afectado por la preocupación.

El corpulento hombre que ingresó a la celda turbado e intento ahorcar al diminuto joven subió esposado al bus que nos trasladó a Latacunga. En el trayecto me contó que le iban a sentenciar por asesinato culposo. Encontró a su esposa con su amante en la cama y los mató a los dos. A él le ahorcó y a ella le golpeó con un martillo en la cabeza. Su abogado le dijo que es muy seguro que tendría que quedarse en la cárcel de Latacunga 39 años y 4 meses, la pena fija por femicidio.

Se quedó en silencio y las lágrimas recorrían sus mejillas. Con voz quebrantada recordaba a Alci Acosta. “Ayer, yo visité la cárcel de Sin Sin y en una de sus celdas solitarias, un hombre estaba arrodillado al redentor… Yo tuve que matar al ser que quise amar y aún estando muerta yo la quiero… Piedad, piedad de mí mi gran Señor…”.

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*Diego Montenegro Andrade, ibarreño, es periodista y escritor. Es miembro de la mesa de redacción de loscronistas.net y dirige su portal informativo códigoenfoque

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